Los grises

9ª parte

 

         Claudia iba a hacer noche en el pueblo donde nacieron sus padres. Su novio y ella necesitaban intimidad ya que casi siempre salían con otros amigos y ya llevaban un tiempo como pareja. Emmanuel propuso que se fueran juntos de excursión a un sitio tranquilo y ella recordó la soledad y recogimiento de aquel pueblo andino.

         En pleno camino a las escarpadas montañas de los Andes argentinos, la camioneta en la que viajaban se paró de repente. Por suerte el freno funcionó y el chico logró detenerla antes de caer por un terraplén. Era un precipicio de más de quinientos metros de altura que acababa en un río de corrientes embravecidas. La penumbra de la noche les envolvía y no sabían a cuanta distancia estaban de la siguiente cueva.

         — ¿Qué pasa? No me digas que no funciona.

         — Qué raro —respondió Emmanuel—. No funcionan ni las luces.

         — ¿Tienes alguna linterna? Este lugar es muy peligroso, dicen que asaltan coches, desaparece mucha gente.

         — ¿Cómo? Lo podías haberlo dicho antes ¿Por qué teníamos que ir a un sitio así?

         — Mi pueblo es el lugar más pacífico del mundo. Y quería enseñártelo —añadió, dolida.

         — No arreglamos nada con discutir, ya está hecho. Abre la guantera, creo que tengo una linterna ahí. Pero no sé si tendrá pilas.

         De repente comenzaron a ver en el exterior como si les iluminara una farola en el más absoluto silencio. Se quedaron paralizados pues estaban en medio de la nada, a cien kilómetros de la civilización, en un camino por el que circulaba un sólo vehículo a la semana, y era el colectivo, que pasaba dentro de tres días.

         Claudia miró a su alrededor y no vio el origen de la luz, debía venir de arriba pero no se escuchaba nada, ni siquiera los cantos de cigarras y grillos típicos de la noche.

         — ¿Están cerradas las puertas? —Preguntó ella al imaginarse a varios asaltantes alumbrándoles desde la colina.

         — Sí.

         — Arranca, ¡por el amor de Dios!, ¡sácame de aquí!

         Los nuevos al mover la llave intentos fueron inútiles, ni siquiera sonaba el motor de arranque.

         — No hace ni contacto. Quizás si la empujamos.

         Iba a salir pero ella chilló que no lo hiciera.

         De pronto escucharon  algo frente a ellos. Vieron cuatro nubecillas de polvo brotar del medio del camino tan grandes que dejaron agujeros con forma de pata de animal con tres dedos. No vieron más que las huellas en el camino de tierra. Por la distancia que las separaba, era grande...

        ¿Qué demonios...

         La camioneta se movió, algo se subió encima, y escucharon un zumbido como de alas de insectos sobre sus cabezas.

         Los dos miraban hacia arriba aterrados.

         De pronto vieron varios destellos azules que surgieron de la derecha y pasaron por encima del coche. Escucharon un lamento extraño, como un gorgoteo, y luego un líquido brillante y amarillo chorreó abriéndose camino por fuselaje del techo devorándolo todo. Al verse en peligro Claudia trató de salir pero la puerta estaba sellada y la sustancia les cayó encima quemándoles igual que al resto del vehículo.

         Mientras, veía arder a su novio en una horrible mueca de dolor y su rostro se volvía irreconocible. Claudia actuaba sin pensar mientras se le derretían sus propios dedos tratando de apartar esa especie de lava a Emmanuel del rostro.

         Algo movió el coche y vio ante ella a un hombre que les miraba desde la parte delantera. Apareció de la nada, primero translúcido y luego nítido.

         — Lo siento muchachos, no pudimos salvaros.

         Dicho eso empujó el vehículo hacia atrás y la camioneta salió del camino rodando por el precipicio a gran velocidad. El dolor de sus manos y su corazón era tan intenso que cuando explotó la camioneta al impactar con las rocas supo que esa aparición debía ser una especie de ángel, porque el dolor cesó de repente.

 

 

         John recordaba la mirada de aquella chica argentina, su incertidumbre por no entender lo que ocurría resultaba doblemente trágica. Algo que tenía una fácil explicación para él: Matar a aquel zancudo sobre el coche no fue tan buena idea, pero tuvo que aprovechar el instante en que se quedó quieto. Sus pensamientos fueron "mátalo ahora". Y descargó su fusil de plasma hasta dejarlo pitando.

         El comandante lo entendió y nunca le culpó. Ese monstruo estaba a punto de atacarlos, hubieran muerto igual. Esos malditos invasores usaban mucho la táctica de intimidación: "Mátame y no moriré sólo".

...

 

         Aquello ocurrió en 2010. Los grises frecuentaban aquella zona montañosa por ser solitaria. Los científicos creían que escondían algún nido o factoría por allí y de vez en cuando mataban a las personas con las que se cruzaban. Por eso se aprobó la incursión bajo la directiva: "Disparen a todo lo que se mueva".

         Su trabajo no era salvar vidas, se repetía desde entonces, consistía en matar a esos monstruos a pesar de las bajas colaterales que pudiera causar. Por eso no convenía encariñarse con nadie. Fue la primera vez que vio morir a alguien por un error de cálculo y la última que le dolió. El comandante le vio tan afectado que se reunió con él a solas y le dijo que por cada baja colateral que él causara estaba salvando miles de vidas que ese monstruo hubiera segado después, de haber sobrevivido. Eran muertes significativas que no debían afectar su determinación en su trabajo.

         Aquel día le ascendieron a teniente. Todos subieron de escalafón pues acabaron con la colmena completa de aquella región.

         Por aquel entonces Petrova y Bosco eran sus mejores amigos. Al menos colegas de pelotón, se complementaban a la perfección y llevaban un ranking de cuál de ellos había eliminado más bichos. La mejor puntuación la tenía Elena, aunque era lógico porque era la más veterana. Aquellos eran buenos tiempos en los que pensaba que merecía la pena jugarse la vida a diario y hasta disfrutaba con ello.

         — ¿Dónde me llevas? —Preguntó Antonio, nervioso.

         No respondió, lo llevó cogido del brazo por la escalera que parecían descender al mismo infierno. Iban a la última planta inferior, la cuarta, donde estaba la sala de interrogatorios.

         — No os miento, mi vida ha sido muy complicada, pero no tengo nada que ver con los grises. Os lo juro.

         — La máquina hablará por ti.

         — ¿Qué?

         — Si eres totalmente humano no tienes nada que temer. Tranquilízate.

         Antonio se puso más nervioso al decirle eso.

         — Está bien. Acabemos con esto, someterme a esa máquina —aceptó con resolución—. Tampoco quiero ser un micrófono andante.

         Le hizo entrar solo en una sala rodeada de metal. Los cristales iban protegidos por rejillas con círculos pequeños alineados, igual que las puertas de un enorme microondas. Un disco de aluminio ocupaba la pared derecha completa.

         — Los grises poseen un sexto sentido muy desarrollado —comentó John por un altavoz—, y a sus colaboradores les implantan un receptor en los huesecillos del canal auditivo y en nervio del oído. Aun así no perciben tanta información como ellos pero utilizan una frecuencia muy corta y escuchan sus instrucciones de modo que parecen pensamientos propios. Así les controlan incluso sin saber que son controlados.

         — ¿No? Mierda.

         — Lo averiguaremos ahora.

         — ¿Qué pasará si me lo han puesto?

         — Morirás después de un sufrimiento que no deseo a nadie.

         — ¿Cómo?

         Comenzó a escuchar un zumbido y la cabeza le empezó a doler. El disco producía ese ruido molesto y cada vez era más fuerte.

         — No te preocupes, ningún humano sufre daños a menos que tengan el implante —repitió John.

         Cada segundo que pasaba le parecía que le ardía el cerebro a una temperatura superior, se sujetó las sienes y cayó de rodillas. Notó una gran presión en los ojos y los cerró por miedo a que le explotaran, algo estaba machacando sus neuronas, una energía que llegaba desde todas las direcciones. ¿Le habían metido en un microondas gigante? Apretó los dientes y los labios para contener un gemido de dolor que aún así logró escapar de su boca.

         ¿Eso significaba que tenía el implante? Le habían abducido..., Pero cuándo. La máquina no hacía daño a humanos... Entonces ¿qué le estaba haciendo a él?

         Después de casi un minuto eterno el zumbido cesó.

         Ignoraba si podría volver a ver ya que los ojos le ardían como si le hubieran metido hierros candentes. El dolor permanecía y su cabeza amenazada con explotar. Ignoraba las consecuencias que tendría lo que le habían hecho y deseó que nunca más le tocara pasar por eso.

         — Es extraño. Los grises chillan de dolor y les explota la cabeza ante esta máquina. Y los humanos que tienen el implante sufren hemorragias cerebrales. Les sangran los ojos y sencillamente mueren en minutos. Pero los que no llevan nada no notan absolutamente ninguna molestia. ¿que eres tú Antonio Jurado, o como te llames? Habla mientras puedas y ayúdanos a detener a quienes te han puesto eso en la cabeza. Seguro que anhelas venganza.

         — Me llamo Avelino Policarpo —gimió temblando—. Nací en Madrid, fui acusado de unos asesinatos que no cometí... —no se atrevió a abrir los ojos por miedo a que se le derramaran por las mejillas—. Me salvé de ser la tercera víctima... La policía nunca me creyó y me vi forzado a escapar. Tuve la gran fortuna de ganar muchos millones en la lotería el mismo día que me apresaron y con ese dinero pagué una identidad falsa. Me fui a Estados Unidos y... Después de muchas vicisitudes me topé con una abducción, pero no recuerdo que me cogieran, de hecho se llevaron a un asesino al que yo perseguía. Si me cogieron os juro que no lo recuerdo. Desde entonces no he vuelto a tener contactos con seres de otros planetas... ¿O sí? Un momento, Alastor... Él me curó de heridas mortales. Tuvo que ser él.

         — ¿Cómo? —Inquirió John muy interesado—. ¿De qué conoces tú ese nombre?

         — Ya no tenéis que preocuparon por él.

         — ¿Preocuparnos? —Se escandalizó John—. Él fundo el EICFD, lleva más de un mes desaparecido, le buscamos desesperadamente. ¿Qué sabes de él?

         — Hasta donde yo sé, está muerto.

         — ¿Cómo? ¡Explícate!

         John le zarandeó por los hombros pero la mueca de dolor de Antonio le hizo soltarlo.

         — Era un personaje deplorable, merecía la muerte.

         — Él era quien convencía al consejo de mantener el EICFD. Salvamos vidas gracias a él.

         —No tienes idea de la gente que ha matado pero... Es imposible , su meta era... —Antonio tosió y la flema le supo a hierro, los ojos le ardían y cada segundo le faltaban más fuerzas—... Regresar a su planeta, él era uno.., De ellos. ¿Por qué enfrentarse a los suyos?

         Y se desplomó inmóvil quedando tendido en el suelo, con un hilo de sangre escapando de su boca. Su palidez era muy mala señal y John se alarmó.

         — ¡Repite eso!

         Antonio no dijo nada más.

         — Maldito seas, ¡no te mueras! Termina.

         Pero no hubo reacción.

         El capitán se apresuró en salir, encerrando el cuerpo de Antonio en la máquina y corrió hacia los ascensores. El comandante debía saber todo eso.

 

 

         Irrumpió en el despacho de Montenegro sin llamar a la puerta.

         — ¡Jurado ha hablado!

         — Por tus prisas debe ser importante.

         —Lo es, antes de morir dijo algo muy grave. ¡Alastor es uno de ellos!

         —¿Cómo? Eso es ridículo...  Un momento, ¿conocía al Comandante General?

         — Creo que fue precipitado meterlo en la máquina, tenía mucha más información, ¡maldita sea!

         — Los espías deben ver lo menos posible. Ahora sabrán todo sobre nosotros. Suerte que no entró en los laboratorios ni la fábrica.

         — Señor, De ser cierto Alastor ya les contaría todo. Merecía la pena mantenerlo vivo hasta que escupiera lo que sabía. Escondía mucho más, también dijo que Alastor está muerto y no creo que mintiera.

         — Mierda... Eso sí me preocupa.

         — ¿Qué hacemos ahora?

         — No se puede destejer el tiempo, capitán.

         Montenegro parecía consternado. John se cuadró conteniendo una nueva respuesta.

         —Deshágase del cuerpo del señor Jurado, tenía familia, ¿no?  Asegúrese de que cobra una buena indemnización. Ahora tendré que dar explicaciones al consejo sobre nuestro mecenas. Mucho me temo que se retirarán del proyecto bastantes miembros cuando se enteren.

         — No se lo cuente, señor. No necesitan saberlo.

         — Ya les he dado largas mucho tiempo... Necesitamos dinero y exigen ver a Alastor. ¿Qué hace aquí todavía? ¡Le he dado una orden!

         — Sí, señor.

         John dio media vuelta y regresó para hacerse cargo del cuerpo del recluta.

         Otra víctima de los grises, ya había perdido la cuenta. Pero lo que más le estaba mellando el ánimo era que el hombre que decidía las misiones que debían afrontar era un maldito extraterrestre. ¿Qué sentido tenía todo en ese momento?

 

         Abby esperaba fuera, preocupada.

         — ¿Qué ha pasado?

         — Era un topo.

         John no se detuvo, la esquivó y fue directo a los ascensores, seguido por la teniente.

         — ¿Qué? ¿Dónde está?

         — Ha muerto, ahórrame un mal trago y haz los trámites administrativos. Yo me ocupo del cuerpo.

         — Estás bromeando...

         — ¿Tengo cara de bromear?

         — No, capitán. ¡Qué coño te pasa! Entiendo que no te afecten las bajas colaterales pero Antonio era un compañero. No puedo creer que hables de una tragedia así como si nada. ¿Sabes que tiene un hijo de un año? ¡Con qué cara quieres que vaya a su mujer a contarle una patraña sabiendo yo lo traje a morir aquí!

         John se metió en el ascensor y no la dejó entrar.

         — No debe involucrarse, teniente, ya lo sabe. Hace tiempo debió aprender esa lección.

         Las puertas del ascensor se cerraron y Abby la golpeó con los puños, rabiosa.

         — ¡Maldito seas, John Masters!

Comentarios: 4
  • #4

    Ariel (jueves, 25 junio 2015 19:58)

    Sería inesperado que Antonio muera, después de todo lo que pasó

  • #3

    Yenny (jueves, 25 junio 2015 18:52)

    Creo que Antonio sigue vivo porque el protagonista no puede morir sino la historia se quedaría en la mitad. aunque quisiera saber porque Antonio se ve afectado por la máquina y en que momento le implantaron algo.

  • #2

    Jaime (jueves, 25 junio 2015 02:25)

    Ya presentía que el EICFD había sido fundado por la Organización o el mismo Alastor. Pienso que Antonio sufrió de es forma ya que su cuerpo fue modificado por Génesis. Seguramente Antonio se habrá curado cuando John regrese y Antonio tratará de escapar de allí. Abby tendrá que decidir si ayudar a Antonio o seguir a Masters.

  • #1

    Tony (jueves, 25 junio 2015 01:38)

    Siento el retraso. Espero que la próxima semana consiga publicar el martes.
    No olvidéis comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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