Los mendigos eternos

1ª Parte

 

 

 

 

 

Sábado, 22 de junio de 1989

 

 

 

            Siempre lo mismo, la mejor forma de librarse de mí es el campamento de verano del colegio. Tengo dieciséis años y mis padres siguen esa costumbre año tras año desde que cumplí los catorce. Odio los campamentos porque me hacen correr y competir en pruebas absurdas entre todos los asistentes y dan premios de lo más cutre por ganar. Los dos años anteriores terminé adaptándome y conocí a un par de chicos y alguna amiga a los que nunca volví a ver porque vivían cada uno en una provincia diferente. Mi madre dice que me llevan por mi bien, mi padre que así aprendo a socializar más y maduro como persona... Lo cierto es que el campamento siempre logra lo contrario, detesto llegar a un sitio donde no conozco a nadie y tener que llevarme bien con todos a pesar de que después de ese mes nunca más los veré. ES un esfuerzo inútil y me cuesta mucho conocer gente nueva.

            — Emma, ¿Estás lista? Vamos a llegar tarde al autobús —gritó mi madre desde la puerta de casa.

            — Ya voy —respondí de mala gana, metiendo mis últimos calcetines en la mochila.

            Sería la última vez que me obligaban a ir, me prometí esta mañana.

            Cuando llegamos al autobús, junto a la puerta del colegio había unas cincuenta personas de todos los cursos excepto del mío. Sólo conocía a dos y por que son amigas de una compañera, pero nunca habíamos hablado antes. Como eran las únicas que conocía me senté al lado de su asiento y las saludé tímidamente con un hola apenas audible debido al griterío general. No eran las más mayores, ni las más niñas por lo que estaban en la mitad del pasillo. Los de más edad se sentaban en las dos últimas filas y se reían y contaban chistes machistas —eran casi todos chicos—. Después los de quince, catorce y hasta de trece años y gritaban como locos colgándose de los soportes de las bolsas de mano como chimpancés desbocados. Había dejado mi mochila en el compartimento de abajo y subí unos cascos para no aburrirme en el trayecto. No esperaba tener a alguien sentado a mi lado. De hecho de todo el autobús era el único asiento que seguía vacío.

            Aún así, el conductor no salía y tuve que mantener la sonrisa forzada para que mis padres me vieran feliz antes de irse. Y ahí estaban, diciéndome adiós con la mano, como si fuera a salir de un momento a otro. Pero no salía.

            Entonces aparcó un coche muy viejo frente al autobús, del que salió un chico. Cargaba una mochila más grande que él y su padre le ayudó a colocarla en el compartimento de abajo. Era muy delgado y su cara demacrada era deprimente, tampoco era feliz por tener que venir. Me temí lo peor.

            — Dios... Que no se siente a mi lado —susurré de tal forma que nadie más me escuchara.

            El campamento estaba a más de tres horas de camino y no tenía ganas de soportar a un soso junto a mí. Como era obvio que se sentaría ahí, me puse los cascos y la música a volumen muy alto. Los hombres G serían mis compañeros de viaje.

            El chico caminó torpemente por el pasillo y los más pequeños le pegaron a sus espaldas. Él no reaccionaba ni se enfadaba, simplemente agachaba la cabeza y seguía caminando. Entonces uno le puso la zancadilla y el muy torpe cayó sobre un chico.

            — ¡Eres imbécil o qué! —Gritó.

            — Perdona —se disculpó con voz triste.

            Siguió caminando y se quedó mirándome, atontado, sin decir una palabra. ¿Es que no sabía hablar? ¿Me iba a hacer levantar?

            — ¿Qué? —Le pregunté, despectiva.

            — ¿Puedo sentarme ahí?

            — No.

            El chico miró a su alrededor y se rascó la cabeza sin saber qué hacer.

            — Por favor, sentaros todos —ordenó el conductor—. Vamos a salir.

            — Pasa anda —acepté finalmente, resignada.

            — Gracias —respondió él con una sonrisa taimada.

            — Date prisa, pesado —gruñí, levantándome y dejándole entrar.

            Era alto, debía ser de último curso, sin embargo no parecía ser capaz de enfrentarse a un niño de dos años. Cuando nos sentamos volví a ponerme los cascos mirando hacia delante, ignorando a ese repelente.

            — ¿Cómo te llamas? —Escuché que preguntaba tartamudeando.

            Fingí no escucharle moviendo la cabeza al ritmo de la música.

            Mi falta de interés le desanimó aún más y se quedó mirando por la ventanilla con cara de tonto.

            Fue un viaje muy tranquilo, ninguno de los dos rompió el silencio durante todo el trayecto hasta que llegamos a la gasolinera, a medio camino.

            Los monitores, un profesor de pelo rizado y negro y una maestra de unos cuarenta años con cara de estreñida, nos invitaron a bajar a tomar algo y estirar las piernas.

           Oh, no... —protesté. ¿No podían simplemente llegar y ya?

            Tuvimos que bajar y entrar en el restaurante. Todo el mundo hablaba con alguien menos yo... Y el rarito que se sentaba a mi lado, que por alguna razón pensaba que era mi novio o algo así no se despegó de mi lado.

            Intenté ignorarlo alejándome a propósito y al ver que no lo lograba, me metí en el baño de las chicas y finalmente le perdí de vista. Qué pelmazo.

            Después, temí que siguiera fuera esperándome y pensé una forma de quitármelo de encima. Me acercaría a las amigas de mi compañera de clase y les preguntaría por el viaje, no importaba que fueran desagradables, al menos me libraría del pesado.

            Al salir me lo encontré saliendo del baño de los chicos, que al verme sonrió como un idiota y se volvió a poner a mi lado igual que una sombra. Harta, fui derecha a las chicas y les dije:

            — ¿Qué tal el viaje? —Traté de parecer lo más cordial que pude.

            — Muy bien, ¿Y tú? —No me miraron al contestar, miraban al hijo de la familia Monster que se había arrimado a mí.

            — Bueno, aburrido, no conozco a nadie más que vosotras.

            — Yo me he mareado —intervino el chico, sonriendo con timidez.

            — ¿En serio? Qué asco —respondió una de ellas.

            — Sí, qué asco —protesté, queriendo que se me tragara la tierra—. Voy a pedir algo, tengo hambre.

            — Yo también voy —añadió el monstruo.

            Cuando dimos tres pasos me giré en seco y le encaré.

            — ¿Qué quieres?

            — Un sándwich —respondió él inocentemente.

            — No me refiero a eso, digo que por qué me sigues a todas partes.

            — No conozco a nadie.

            — Yo tampoco, ¿me ves seguir a alguien?

            El chico se encogió de hombros.

            — ¡Déjame en paz! —Supliqué.

            Al decirle eso me di la vuelta y fui a pedir un bollo con un refresco. Al mirar hacia atrás vi que el chico se había quedado clavado donde le encaré. Su cara era un poema que expresaba la tristeza de forma tan efusiva que me sentí culpable. Solté un suspiro y cuando me sirvieron mi refresco y mi pepito volví a su lado y le dije:

            — Voy a sentarme en esa mesa, si quieres puedes acompañarme.

            El chico sonrió y fue derecho a la barra a pedir su sándwich. Cuando llegó frente a mí y comenzó a comerlo me sentí mejor a pesar de que estaba con el retrasado del campamento. Al menos no comía sola.

            — ¿Cómo te llamas? —Preguntó el muchacho.

            — Emma.

    Yo soy Abelino. Estoy en segundo de BUP.

Encima su nombre era espantoso…  ¿Es que no se salvaba nada de él?

            Comí el bollo escuchándole con atención. Me fijé en él mientras se presentaba, su piel tan pálida me daba grima por ver esas venas asquerosas surcando sus sienes y parte de su frente. Además no tenía forma en los brazos, era tan delgado que le quedaba grande esa camiseta de talla S. Al menos no era tan callado como pensaba.

            — Yo también he acabado segundo —le conté.

            — Se te da bien estudiar —dedujo él con la boca llena.

            — No mucho, pero no suspendo si es lo que quieres decir.

            — ¿Y tienes novio? —Preguntó él de forma natural.

            — No, ¿crees que estaría en un campamento de verano si tuviera uno? Jamás habría aceptado venir.

            — Claro, por supuesto —Abelino siguió comiendo su bocadillo.

            — ¿Y tú novia qué? —Pregunté, con media sonrisa de diablilla. Quería ver la cara de vergüenza que ponía cuando le dijera que no tenía. No parecía haberla tenido nunca.

            — Yo, claro, novia... —se puso nervioso—. No, no... Yo no tengo —se encogió de hombros colorado como un tomate.

            — ¿Has venido a buscar una al campamento? —Pregunté con malicia, sabiendo que yo le gustaba.

            — No lo creo, estoy aquí porque me han obligado mis padres. Dicen que no tengo amigos y no sé abrirme a los demás.

            Cuando dijo eso su imagen cambió por completo para mí. No es que empezara a gustarme, lo que pasó fue que dejó de fastidiarme.

            — A mí me pasa lo mismo —admití—, nos mandan a estos sitios por disfrutar sus vacaciones y no tienen valor para admitirlo.

            — ¿Crees en los fantasmas? —Preguntó de repente, cambiando de tema.

            — ¿Qué? —me extrañé.

            — No te asustes, solo quería estar seguro de que no eres uno. La gente nos mira mucho y no sabía si es por que no pueden verte y les sorprende que hable solo.

            Me quedé sin palabras. Nos miraban porque él era un bicho raro y yo soy muy guapa, los chicos preguntándose por qué hablaba con él, con envidia, y las chicas para preguntarse qué había visto en él.

            — Acabo de pedir un café con bollo —razoné, y no sé por qué lo hice en vez de dejarle solo, con sus locuras—, si alguien tiene pinta de espectro, disculpa pero eres tú.

            — No demuestra nada —replicó—. Los he visto haciendo cosas aun más difíciles que pedir algo y comer.

            — ¿Perdona? —Pregunté, más que sorprendida, indignada ya que era imposible tal cosa.

            — Saben que puedo verlos y se acercan a mí para pedirme cosas. Es bastante desagradable porque de repente miro a un reflejo y me encuentro hablando solo.

            Me quedé boquiabierta, pero lo que más me sorprendió fue que sacara un espejito del bolsillo de su camisa y se pusiera a mirar a través de él en todas direcciones, a todo el mundo, incluida a mí.

            — Estás viva —manifestó con alegría—. Menos mal.

            — Sí, claro que lo estoy —fue lo único que acerté a decir.

            — No serías la primera que...

            Mi cara de asombro debió ser muy obvia ya que dejó de hablar de inmediato.

            — Me estás asustando —le dije.

            — No te preocupes — sonrió ilusionado—, no son peligrosos.

            Cogí aire para decirle que no era eso lo que me estaba dando miedo aunque la idea de llamarle loco unida a su imagen de psicópata selló mis labios y no pude decir lo que pensaba. Por desgracia mi silencio no fue bien interpretado, él lo tomó como una invitación a seguir contándome cosas horribles.

            — La primera vez que me ocurrió fue con mi...

            — Basta, cállate —protesté.

            Me levanté nerviosa y me alejé de él sin saber a dónde ir. Salí a la calle y me subí al autocar a escuchar música y escribir en mi diario. Al parecer no era la única que se aburrió de esperar, había otros tres esperando.

            No sé cómo terminará el campamento, pero ha empezado de miedo, nunca mejor dicho. ¿Cuándo arrancará el autobús...? Aunque prefiero que tarde mucho porque no me apetece ver al pirado a mi lado tan pronto.

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    carla (sábado, 08 diciembre 2012 02:34)

    que biiiiien una historia nueva \o/ espero puedas publicar la continuacion pronto ;D
    va muy interesantre :)
    ps: espero que naruto se equivoque y no tenga nada que ver con Antonio, aclaro, me gustan sus historias pero no creo que sea buena idea que todo lo que escriba se relacione con el :/

  • #5

    naruto7 (martes, 04 diciembre 2012 02:15)

    te quedo bien la historia, algo me dice que tiene que ver con Antonio cuando era chico

  • #4

    Jaime (lunes, 03 diciembre 2012 22:33)

    Esperando la siguiente entrega.

  • #3

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 03 diciembre 2012 19:48)

    Pues teniendo en cuenta que los finalistas salieron con un "ligero" retraso y fue más de un mes respecto a la fecha prevista,...

    Con suerte saldrá para enero :D

  • #2

    yenny (lunes, 03 diciembre 2012 17:52)

    Interesante, espero la continuacion pronto.
    ¿Ya salieron los resultados del corcuso Tony? quisiera saber qe tal te fue, espero que bien :)
    Cuidate suerte en todo.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 03 diciembre 2012 17:25)

    Siento haber tardado tanto en publicar la primera parte.
    Esta vez no vamos a hacer encuesta. Cuando tenga problemas para saber cómo continuar os pediré ayuda así que no os desentendáis.
    Claro, que si queréis aportar vuestras ideas serán bienvenidas y puede que las tenga en cuenta si todavía estoy a tiempo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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