Los mendigos eternos

4ª parte

Anochecer...

 

 

 

 

            Tengo muchas cosas que escribir y todas ellas de locos. Ya estamos en el campamento, son las diez de la noche y he vivido las ocho horas más angustiosas de mi vida. Aunque sería injusto no reconocer que también fueron las más emocionantes...

            Poco más tarde de escribir la última vez seguimos caminando por pleno monte y en una hora divisamos una cabaña en medio de la nada.

            — Es ahí —resopló Abel.

            — ¿Puedes decirme qué estamos buscando exactamente?

            — No te preocupes, no hay peligro.

            Me dieron ganas de abofetearle por no decir nada, aunque ahora sé que si me hubiera dicho todo lo que sabía jamás se me habría ocurrido acompañarle, estaba completamente equivocada con él... Pero no en el sentido positivo... No quiero precipitarme contando las cosas antes de tiempo.

            No quiso entrar, susurró que la puerta estaría cerrada y que tampoco íbamos a encontrar nada dentro. Mi concepto sobre él no estaba pasando por su mejor momento así que decidí no meterme en sus conversaciones privadas consigo mismo.

            Comenzó a buscar por el campo, entre zarzas y me puso los pelos de punta cuando agarró una tela que salía de la tierra y tiró con fuerza extrayendo la mano huesuda de un niño descompuesto. ¿Cómo sabía que estaba enterrado ahí...? Si no era responsable de su muerte. La duda me asaltó con tal fuerza que me lo quedé mirando con terror. ¿Qué había hecho? ¿Acaso le conocía tanto como para adentrarme en el monte, quien sabe a dónde, sola con él?

            — ¿Por qué me miras así? —Me preguntó.

            — ¿Cómo sabías que estaba justo ahí?

            — No estamos solos, Emma. Te dije que me ha mostrado el camino para llegar hasta él.

            — ¿Cómo lo sabías? —Era una acusación encubierta, pero no captó mi intención.

            — Le he estado siguiendo. Él nos ha traído. Creí que lo habías entendido y por eso viniste.

            — Vine para que no te perdieras, estúpido.

            — ¿Qué? —Sonrió como si le hubiera dicho algo bonito, otra vez ignoró que le estaba insultando.

            — Ninguna chica se había preocupado antes por mí —me explicó.

            Nos quedamos cayados unos segundos. Me iba dando cuenta de que ese chico desgarbado, pálido y raro era una persona sensible y dolida, con mucha falta de afecto, pero no por ello sentía algo por él.

            — ¿Qué hacemos ahora? —Pregunté, señalando al cadáver—. No podemos tocarlo y nadie sabe dónde estamos.

            — No sé, no lo pensé... No estaba seguro de que lo encontraríamos.

            — Si tuviéramos cerillas podríamos hacer señales de humo.

            — Buena idea —apoyó—. ¿Tienes?

            — No, si hubieras esperado un poco antes de salir hasta podíamos tener agua y algo de comer, pero tenías mucha prisa.

            — Lo siento.

            Se acercó a la cabaña, que en ese momento era nuestra única esperanza y trató de abrir la puerta. Como suponíamos estaba cerrada con llave. Agarró una piedra del tamaño de un puño y se acercó a la ventana. No me di cuenta de que pretendía destrozar el cristal hasta que lo vi reventado.

            — Espero que tengan ahí dentro.

            — ¿Estás loco? Eres tonto o qué.

            No le dije exactamente eso, le insulté de forma soez y no quiero repetir ese lenguaje aquí.

            — ¿No querías fuego? —Preguntó ofendido.

            — Tiene que venir la policía y nos va a caer una buena cuando vean este estropicio.

            — ¿Te preocupa eso? —Se burló—. Hemos encontrado un niño que llevan meses buscando y ¿piensas que nos van a meter en la cárcel por romper un cristal? Deberíamos ponernos de acuerdo —añadió—. Nos hemos perdido y llegamos a esta cabaña por casualidad. Mientras buscábamos con qué hacer fuego vimos al muerto.

            Asentí, más tranquila aunque no de acuerdo.  Me preocupó un poco que dentro de su locura fuera capaz de saber que si lo contaba nadie le creería. Y aún temía que me hubiera estado mintiendo desde el primer día y en realidad él fuera el asesino.

            — Entra a ver si hay algo —le ordené—. Sino yo qué sé qué podemos hacer.

            Entró y abrió desde dentro. Dudé unos segundos si debía entrar o no. Hasta que no decidí que si fuera un asesino ya me habría matado no crucé el umbral.

            Y al hacerlo casi nos chocamos, salía de prisa con un mechero encendido con la cara de un niño que encuentra un tesoro.

            — Ahora solo queda buscar leña —manifestó a veinte centímetros de mi cara.

            — Bravo, estoy deseando volver al campamento —protesté, alejándome de él.

            En media hora teníamos una hoguera rodeada de piedras, como nos enseñaron en el curso del primer día y un fuego de un metro de altura que no echaba humo.

            — ¿De dónde vamos a sacar agua ahora? —me quejé.

            — Con una rama de arbusto.

            Él lo hizo todo, arrancó una muy grande y se puso a golpear el fuego con las hojas hasta que logró apagarlo y al fin conseguimos nuestra columna de humo. Como si hubiéramos puesto el dedo gordo al taxista, esperamos quince eternos minutos hasta que nos aburrimos de esperar y nos sentamos junto a la hoguera.

            Qué ilusos, una hora después seguíamos esperando. Nos dio tiempo a entrar a la cabaña, curiosear por todos los rincones  y volver a avivar la hoguera unas cinco veces. Ah, tuvimos una conversación que no sé si contar porque como no quería pensar que era un asesino di por sentado que veía a Francisco.

            Fue cuando empezábamos a aburrirnos de esperar, junto a la hoguera.

            — ¿Puedes hablar con el niño? —Le pregunté.

            — No mucho, la verdad no tiene un abanico grande de temas para conversar. Si le digo algo que no es que voy a ir a buscarlo hace como si no escuchara. Cada vez que aparecía era para preguntarme si ya había hecho lo que me pidió. Si le decía que no por la razón que fuera me lo repetía. Es como una grabación.

            — ¿Y qué te ha pedido?

            — Ya te lo he dicho —se impacientó—, que lo encontremos y hagamos justicia.

            — ¿Y no te ha contado qué ocurrió y quién le mató?

            — Pasaba unos días acampado cerca de aquí con sus padres y dos hombres armados con rifles llegaron y mataron a su padre a golpes, a su madre la violaron y la asesinaron brutalmente obligándole a verlo y después le soltaron. Lo que no le dijeron es que le perseguirían como a un conejo y le darían caza. Con cuchillos le cortaban en los brazos y le dejaban escapar de nuevo. Cuando ya no podía correr más le acuchillaron en el vientre y  le dejaron morir donde le encontramos.

            — Qué horror —exclamé—. ¿Y dices que no conversa mucho?

            — En realidad no habla —se sinceró—. Bueno, muy poco. Lo que te he contado me lo mostró en una pesadilla, lo vi todo como si me pasara a mí.

            Me quedé sin palabras al escucharle. Pensé preguntarle cómo sabía que era cierto pero ¿acaso falló al encontrar a Francisco?

            — Ahora que le hemos encontrado, ¿descansará en paz?

            — Eso espero, y que deje de torturarme porque me tiene harto. No es agradable darte la vuelta y ver un fantasma mirarte fijamente.

            — Lo imagino —apoyé.

            — ¿Te gusta mucho ese chico?

            Su cambio de tema me sorprendió.

            — ¿Quién? ¿Francisco?

            — El de COU, ese David, al que le di el papel de Calisto.

            Pensé contestar que no era asunto suyo pero me acababa de abrir su alma y no lo consideré justo.

            — Sí, es muy majo.

            — Está bien, no me interpondré...

            Escuchar eso de sus labios fue cómico. Me imaginé a un mono tratando de evitar que una excavadora eche abajo su árbol y que le dijera que mejor no se interponía. Era tal su cara de resignación que hubiera querido hacerle una foto. Me pregunto de dónde saca las ilusiones este chico.

            ¿Qué debí responder? Ni idea, me quede en blanco. Le podía explicar que para poder interponerse debería tener una relación con él o haberla tenido. Pero me sentí como si hablara con una pared o mejor, con un personaje de la tele al que ya puedes gritar con megáfono que se va a morir si no se detiene, que da sigue a lo suyo.

            — Solo somos amigos, Abel — me sinceré, contándole que de momento David no se me había declarado y la cosa no trascendía.

            — Lo sé, quisiera que fuéramos algo más.

            — Qué — me quedé pasmada, ¿es que lo entendía todo al revés?

            — ¿Te sorprende? Creí que lo sabías.

            Estaba en una dimensión paralela a la mía. Sencillamente el caza fantasmas no escuchaba lo que decía.

            — Cállate —exploté—. No te enteras de nada, hablaba de David, tú no me importas, no voy a salir contigo ni en sueños, quítatelo de la cabeza.

            Su mirada dolida me hizo sentir lástima por él pero ya era hora de que pusiera los pies en el suelo.

            — La única razón por la que fui detrás de ti es que eres... Vamos, admítelo, tienes dos pies izquierdos y no hubieras llegado tan lejos sin mi ayuda. Mira, no conozco a nadie en el campamento como a ti, eres mi compañero, no me dejaste opción.

            — Somos amigos —repitió triste. Eso fue todo lo que escuchó porque parecía un alma en pena al decir esa frase.

 

 

 

 

 

 

            Después de avivar la hoguera unas cuantas veces al fin apareció un coche de la guardia civil por el sendero de tierra. No debían esperar encontrarnos allí ya que se sorprendieron de vernos.

            — ¿Qué hacéis aquí, muchachos? —Preguntó el más gordito.

            — Nos hemos perdido, somos del campamento del colegio Liceo Castilla —respondí.

            Suponía que era información redundante ya  que creía que  nos fueron a buscar al ver la hoguera sabiendo que éramos nosotros. Pero tuvieron que confirmar por radio que había una búsqueda. Fue un poco chocante, la verdad.

            Aun más extraña fue la reacción de Abel, que no abrió la boca salvo para responder a las preguntas que iban directas a él.

            Les explicamos que nos habíamos perdido y, buscando material para la hoguera dimos con un cuerpo entre la tierra. Se lo mostramos y llamaron de nuevo a la central informando del hallazgo. Después llegó un coche y vimos a nuestro monitor tremendamente agitado por las prisas.

            — Han encontrado un cuerpo, supongo que ya pueden dejar de buscar al tercer chico —informó el agente.

            El monitor se acercó a los restos del niño y se quedó mirando al guardia civil con extrañeza.

            — ¿Es una broma? —Increpó con cierto respeto—, ese cadáver hace mucho tiempo que murió. Buscamos a un niño que lleva horas desaparecido.

            Ah, casi lo olvido, no estoy segura pero creo que en algún momento debimos mencionar que ese era el niño perdido cuando nos interrogaron ya que no me llamó la atención la conversación en su momento.

            — Es él, profesor —afirmó Abel—. Este es Francisco.

            — ¿Qué habéis estado tomando?

            A partir de ahí no recuerdo una secuencia completa, empezaron a discutir y los guardia civiles, que no eran simpáticos, precisamente, y nos llevaron a los tres al cuartelillo con el fin de interrogarnos por separado.

            Yo me veía entre rejas por ese lío, temía que nos acusaran a Abel y a mí de matar a Francisco aunque las acusaciones eran más hacia el monitor, que se empeñaba en asegurar que no podía ser Francisco porque estaba registrado en el campamento. Hasta que no lo identificaron después de traer el cuerpo, tras varias horas, no nos dieron la razón a mí y a Abel que ante la presión tuvo que decirles la verdad, que él siguió al fantasma de Francisco. Le tomaban por loco hasta que demostraron su identidad y vieron que se trataba del mismo chico desaparecido del campamento.

            No sé si por miedo o agradecimiento por encontrarlo con los extraños poderes de Abel, nos soltaron y regresamos al nuestras tiendas.

            Ya me las daba de misión cumplida y me disponía a dormir (escribiendo antes) cuando fuimos convocados a una reunión con los dos monitores y los agentes de la guardia civil que nos encontraron.

            — ¿Pueden explicarnos esto? —Nos enseñaron el registro del campamento con los nombres de los que estábamos allí y se distinguía el último levemente diferente del resto. Era el nombre de Francisco.

            — Hay treinta apuntados y yo conté veintinueve al salir de Aluche —explicó el monitor, visiblemente enfadado—. Y aquí está la lista de la excursión donde se perdió Francisco.

            — ¿Por qué nos pregunta a nosotros? —Pregunté, enojada.

            — Quiero que cuenten la verdad. Quién puso el nombre mientras estábamos en el río.

            Señaló la última línea donde figuraba Francisco con esa misma letra de imitación.

            — ¿No llevó la lista con usted? —Pregunté.

            — Pues no, no creí que fuera necesario señorita Emma.

            — Fui yo —admitió Abel, dejándonos a todos sin habla.

            — Avelino Policarpo, supe que daría problemas en cuanto le vi llegar veinte minutos tarde al autobús —acusó el monitor—. Queda expulsado del campamento y del colegio, llamaremos a sus padres...

            — No puede hacer eso —cortó uno de los agentes—. No debe moverse de aquí mientras no finalice la investigación del asesinato y, aunque es poco probable que él matara al niño, es el principal sospechoso. Debe vigilarle hasta que se lo requiera el juez, en estos momentos usted es el tutor del muchacho.

            Nos dejaron marchar y al salir juntos de la casa me quedé mirando a Abel con muy mala leche.

            — Tú has organizado todo este lío. Te había creído pero eres un maldito mentiroso.

            — No tenía otro modo de que me dejara en paz. Era necesario encontrarlo o se habría enojado conmigo.

            — ¿Sabes qué? —repliqué asqueada—. Cuéntale tus locuras a otra persona, olvídate de mí, no te me acerques, no me hables, no me mires. Desaparece de mi vista.

            Pero nos interrumpió el monitor, que salió hecho un basilisco y agarró a Abel por el brazo arrastrándole dentro.

            — No tan rápido, señor Policarpo —apremió con aspereza—. Tenemos muchas cosas que hablar a solas.

            Y eso fue todo, vine a mi tienda y quise contarle lo ocurrido al único amigo que tengo en este asqueroso campamento, mi diario. No niego que me dio pena que todo el mundo le culpe sabiendo que realmente ve muertos... Pero me mintió, confié en él y no me contó que había provocado todo el jaleo de la desaparición del niño muerto. Me pregunto si sería la única mentira que me dijo o todo lo que sale de su boca es pura fantasía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios: 5
  • #5

    lulu69 (viernes, 21 diciembre 2012 15:49)

    Me gusta mucho. Avelino es todo un personaje.

  • #4

    Lyubasha (jueves, 20 diciembre 2012 15:39)

    Buff que difícil lo has puesto, solo se me ocurre que el monitor encierre a Avelino en una de las cabañas, la chica encuentre algo que demuestre que todo lo que le dijo es cierto y lo ayude a escapar.
    Por cierto, la historia va muy bien :D

  • #3

    Jaime (jueves, 20 diciembre 2012 01:50)

    La historia comienza a desvelarse con un ritmo interesante. Espero la siguiente parte.

  • #2

    Tony (miércoles, 19 diciembre 2012 23:29)

    Mejor conentais, que sino esto es muy aburrido XD

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 18 diciembre 2012 21:27)

    Este es el momento en el que tú dices lo que esperas que pase después o bien, simplemente, no comentas nada.

Animal es el que abandona a su mascota.

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