Los mendigos eternos

7ª parte

 

            Tardé tres segundos en cambiar la sonrisa y felicidad por el pasmo.

            — ¿Qué has dicho?

            Me miró como si no entendiera mi cambio de actitud tan brusco.

            — Creí que lo estabas deseando.

            — ¡Serás cerdo! ¿Te crees que por ser un tío bueno se me van a caer las bragas así, a la primera proposición? Si me has tomado por una guarra vete a tomar por el culo.

            Me levanté furiosa quedándome torpemente atrapada por la poca altura de la tienda, que perdió su anclaje y se vino conmigo. Pero David me retuvo cogiéndome del antebrazo sin entender todavía mi reacción.

            — ¿Qué he dicho? Oh, mierda. No quería decir eso —de repente lo entendió—. Me refería a la sorpresa.

            — No me has dicho qué es —farfullé.

            — Te han devuelto el papel de Melibea —aclaró—. Le dije a Pablo que no me sentía cómodo teniendo que besar a su hija delante de todos y se le abrieron los ojos como platos. Me respondió "¿Por qué ibas a besarla? Si le has puesto la mano encima...". Le recordé la obra de teatro y se calmó. Le pedí que se buscara otro actor que hiciera de Calisto y se negó. "Ni ni hablar, tienes razón mi hija no puede ser Melibea". Si vieras su cara, para partirte de risa. Quería decir que estaba deseando hacer la obra contigo. Tú también me lo dijiste, ¿recuerdas?

            Era bastante extraño que me contara todo eso mientras trataba de salir de debajo de su tienda como si fuera un conejo atrapado en una red.

            — Deberíamos arreglar este lio, ¿no crees? —Sugerí.

            A esas alturas estábamos sujetando las lonas con las manos y era una situación bastante graciosa.

            Sus amigos espiaban en el exterior tan cerca que al salir David se golpeó la cabeza con Jorge. No pude evitar reírme de la situación.

 

            Entre todos reensamblaron la conejera mientras Sara y Lucía me interrogaban.

            — ¿Qué te ha hecho, chiquilla?

            — No tiene importancia —respondí a Sara.

            — Nadie grita así por nada —desconfió.

            — Fue un mal entendido.

            — ¿Qué te dijo? —insistió Lucía.

            — Cosas nuestras...

            Quería decirles que ahora David era mi novio pero ni siquiera sabía lo que él pensaba al respecto y por lo que acababa de pasar no estaba segura de que esa fuera su intención. Aún tenía el susto en el cuerpo sobre su estúpida frase, que quiero pensar que fue un mal entendido, y lo último que quería era hacer el ridículo por lo que había pasado.

 

            Cuando terminaron de clavar lo últimos ganchos de los corta vientos— o como quiera que se llamen esas cuerdas— y la tienda volvía a estar firme, David me agarró de la mano delante de sus amigos y me sacó del campamento sufriendo conmigo las insinuaciones de Jorge y Sara.

            — No os vayáis muy lejos, parejita —aconsejó ella.

            — Está claro que el único que no va a mojar aquí soy yo. ¿No te parece injusto, Sara?

            — Ni lo sueñes —replicó ella entre carcajadas.

            Eso fue lo último que escuché que decían antes de que David comenzara a hablar.

            — Así que soy un tío bueno —me miró de reojo sin dejar de caminar.

            — No creo que sea la primera que te lo dice —repliqué molesta de que fuera el segundo hombre de la acampada que ignoraba mis insultos y se los tomaba como un halago. ¿Por qué nadie me toma en serio? ¿Tengo cara de payasa?

            — Pues sí, las chicas nunca me habían dicho tal cosa y menos estando enfadadas.

            Sonreí, quería seguir enfadada porque aún recordaba su cara de pervertido cuando dijo "que estaba deseando hacerlo conmigo". No sé, fue como una pedrada en la cabeza y aún no me recuperaba del shock. Pero en seguida se me pasó cuando dijo:

            — Este año me saco el carnet de conducir —rompió el silencio con una abierta sonrisa—. ¿Eres de Madrid?

            — Sí, ¿y tú?

            — De Segovia —se encogió de hombros temeroso—. Pero en cuanto me saque el carnet mi padre me ha prometido que me compraría una moto o un coche si saco una buena nota de selectividad.

            — ¿Cuándo es? —Pregunté.

            — En julio, se supone que debería estudiar en mis ratos libres —hizo una mueca traviesa, como si no todavía hubiera sacado un libro de su mochila.

            — Ya, menudo rollo estudiar en verano.

            — Sí, y luego elegiría carrera. Quiero ser arquitecto, pero las notas que piden son demasiado altas.

            — Y que lo digas.

            — Es lo que más salidas tiene. Bueno y Teleco.

            — Ya, pero esa es para los cerebrines, ¿no?

            — Qué bien informada —me alabó—. ¿En qué curso estás tú?

            — El año que viene me toca pasar por la selectividad —asentí, resignada.

            — Lo malo es que después de la carrera me tocará hacer le mili —protestó, pensativo.

            — Tú céntrate en lo que tienes por delante, sacar una buena nota y luego el carnet de conducir.

            — Yo ya sé coger un coche, lo que me va a costar más es el teórico.

            — ¿Cuándo aprendiste?

            — Vivo en un pueblo y mi padre me enseño con quince años. Sin coche no puedes ir a ningún lado.

            — Ah...

            Me quedé sin decir nada, no entendía a dónde quería llegar. ¿O simplemente me estaba dando conversación?

            — Será difícil, las relaciones a distancia siempre lo son, pero me gustaría intentarlo... ¿Y a ti?

            Le miré estupefacta. Tardé varios segundos en responder porque mi cabeza chillaba de alegría, poseída por la emoción, y quería saltar y gritar como una loca que me estaba pidiendo salir. Me pidió ser mi novio y además, formal. Cogí aire para tratar de ordenar mis ideas y no parecer una loca cuando respondiera.

            — Bueno.

            — ¿Eso es un sí? —Preguntó con miedo.

            — ¡Pues claro idiota! —Exclamé riendo de forma incontrolada.

            Me abrazó con fuerza y dimos vueltas en el prado llevándome en volandas. Me sentí como si voláramos por el cielo.

            Supe que ese era el mejor día de mi vida y que estaba absolutamente loca por él.

 

 

 

29 de junio de 1989

 

 

            Son las siete de la mañana y llevo tres horas despierta en lo que parece una horrible pesadilla.

            Cuando me acosté me había olvidado por completo de Abel, es más, durante todo el día vi que ocurrían cosas extrañas pero no les di importancia, lo único en lo que podía pensar era en David y lo feliz que era por su romántica declaración.

            Después de comer fuimos a bañarnos al río y allí todos se quedaron asombrados de que un insecto diera vueltas a mi alrededor asustando incluso a David. Era una de esas cosas voladoras que parecen enormes gusanos con alas y planean sobre el agua como si tuvieran un hilo del que se colgaran, una libélula creo que se llama.  Después de intentar espantarla salpicándola, el bicho golpeó la cara de mi novio. Bueno se asustó y se apartó de mi lado mientras el insecto daba vueltas a mi alrededor durante un minuto eterno. Se me pusieron los pelos de punta. Lo extraño fue que de repente se detuvo justo delante de mis ojos y pareció mirarme a los ojos cinco segundos. Me sentí rara, como si Abel me recordara que no le estaba ayudando.

            Pensé escribirlo pero no me separé de David en todo el día y cuando me acosté se ofreció a venir a mi tienda a dormir. No para acostarnos, fue porque le dije que había visto a un fantasma y no quería que estuviese sola. Estaba tan cansada que me limité a contar en mi diario cómo habíamos empezado a ser pareja.

            El motivo por el que no escribí esto ayer no importa, el caso es que apague mi luz al terminar y me dormí.

 

            A las tres de la mañana me desperté tiritando de frío junto al río. Me temblaban hasta los párpados tardé en averiguar dónde estaba. Al principio pensé que era una pesadilla, pero caminé a ciegas —no se veía absolutamente nada— y caí al agua. Dios, nunca había pasado tanto frío en mi vida.

            Poco a poco mi vista se fue habituando a la oscuridad y reconocí la playa arenosa donde vamos a bañarnos. En ese momento estaba aterrada porque no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. ¿Me fui sonámbula?

            Regresé al campamento escuchando los castañeteos de mis propios dientes.  Las sombras eran tan numerosas que temía que me atacaran monstruos de cualquier sitio. De hecho me sentía observada y perseguida.

            Llegué al campamento donde todos dormían, me pregunté si no debería vigilar alguien. Pudieron secuestrarme y nadie se habría dado cuenta hasta el día siguiente.

            Iba a dormir en mi tienda cuando al abrirla me encuentro a alguien dentro. Era Francisco.

            — Ayúdale —me suplicó—. Encuéntralo.

            Entonces desapareció.

            Me caí de culo por el susto y no me atreví a volver a entrar. Tiritando de frío y pánico corrí a la tienda de David y le di un susto de muerte al tratar de abrir su cremallera como un oso hambriento, según me describió.

 

            Cuando al fin pude entrar me esperaba con un machete en la mano y suspiró al verme bañada en la luz de su linterna.

            — Le he vuelto a ver —expliqué—. Por favor déjame entrar.

            Le conté dónde me había despertado y lo que vi en la tienda pero David parecía más preocupado por mi temperatura corporal que por lo que le decía. Me quitó la ropa empapada y me ofreció unos pantalones y camiseta. Fue muy respetuoso ya que no me alumbró mientras me vestía.

            — ¿Qué quiere que haga? —protesté, llorando —. ¿Por qué no se aparece a un policía?

            — Ese amigo tuyo te ha llenado la cabeza de tonterías y afirmas ver cosas que no existen. Anda duerme que mañana lo verás todo de otra manera.

            — ¿No me crees? —aluciné.

            — Claro que sí, estoy seguro de que tú supones que has visto al niño, pero está demostrado científicamente que las alucinaciones son debidas al cansancio y la sugestión. Admite que no eres muy objetiva en este momento.

            Quise golpearle pero una parte de mí le daba la razón. La misma que seguía creyendo que Abel estaba loco.

            — Está bien, me muero de sueño.

 

 

            Apenas me quedé dormida en sus brazos vi la cara de Francisco y desperté con un grito.

            — Es otra pesadilla —me tranquilizó David, que aprovechó para acariciarme la oreja y me besaba en los labios con dulzura. Al principio pensé que era su forma de darme las buenas noches pero su mano comenzó a deslizarse por mi cuello, luego por mi hombro, mi espalda, mi cintura y acabó recorriendo mis nalgas con una dirección muy definida hacia mi entrepierna.

            — No tan rápido —le detuve—. No es el momento.

            — Lo siento, es que eres tan guapa... No pude contenerme.

            No estaba tan equivocada cuando me enfadé con él, no cabía la menor duda de que en serio desea hacerlo conmigo... Y lo cierto es que en ese momento no me desagradó la idea. Pero estaba muy asustada y vulnerable, no quería que algo que debía ser memorable se viera manchado por lo que había ocurrido esa noche.

            — Necesito dormir —supliqué, arrullándome en sus cálidos brazos.

            El poco tiempo que dormimos sirvió para devolver a mi cuerpo el calor que tanto necesitaba, pero mi mente quedó expuesta a Francisco que aprovechó para mostrarme lo que le estaban haciendo a Abel.

            Le tenían atado a una silla y un hombre rudo con barba de una semana le preguntaba cómo había encontrado el cuerpo y quién le ayudó. Él contestaba que lo hizo con ayuda del fantasma del niño. Pero el interrogador no creía una palabra y cada vez que mencionaba al fantasma soltaba su mano y le abofeteaba.

            No nos quedamos a ver mucho más ya que nos alejamos de la escena y vi la casa en la que estaban, en un pueblo de unas altas montañas donde la ventana daba a un barranco de cincuenta metros de altura.

            Como regresando a mi cuerpo me alejé de allí por carretera y leí un cartel con total claridad.

            "Huesca".

            — Ellos deben pagar —escuché que decía el niño—. Matarán a más gente.

— ¿Por qué acudes a mí? —Indagué con miedo—. ¿Qué puedo hacer yo?

            — Matarlos —respondió.

            Mi pregunta había sido retórica pero debe ser que los niños fantasmas no entienden esas sutilezas.

Ahora me lo tomo con humor, pero cuando desperté estaba convencida de dos cosas, que sólo yo podía salvar la vida de Abel y que si trataba de encontrarle lo más probable era que me mataran a mí también. Ningún guardia civil me acompañaría y además no confiaba en ellos.

            En ese momento sólo podía contar con David.

            — Despierta —le zarandeé sin miramientos.

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Tony (martes, 15 enero 2013 17:38)

    Gracias a todos por seguir el relato y sobre todo por puntualizar los puntos que corren peligro de quedar sin respuesta.
    El relato está casi acabado pero las cosas se enredan un pelín así que voy a tomarme mi tiempo para que no queden cabos sueltos o incoherentes.
    A ver si para dentro de dos o tres tengo lista la penúltima parte.

  • #6

    yenny (martes, 15 enero 2013 17:04)

    Si tambien pienso eso creo que los mendigos eternos son las almas que estan vagando buscando la forma de descansar en paz; ahora el tema de que solo Emma pueda ver a Francisco talvez es porque es la unica que cree en Avelino pero como Tony es el escritor ya lo explicara en su momento.
    Se pone emocionante la historia quisiera saber que hace Emma para salvarlo y eso de que un asesino astuto mataria rapido a su rehen es cierto pero sabemos que es algo que nunca pasa sino las peliculas nunca tendrian un final feliz siempre gana el bueno porque el malo cuando puede asesinarlo siempre va a dar un monologo sobre sus planes o algo y da tiempo a que se recupere o escape, asi que no seamos tan duros en las criticas.

  • #5

    Lyubasha (lunes, 14 enero 2013 18:07)

    Yo creo que el título se refiere a las personas a las que asesinaron los hombres que secuestraron a Avelino, lo que no entiendo es por qué de todas ellas solo puede aparecerse Francisco.

  • #4

    lulu69 (lunes, 14 enero 2013 12:43)

    Estoy de acuerdo con Jaime. Aun n o entiendo el título, me imagino que al final quedará aclarado

  • #3

    Jaime (lunes, 14 enero 2013 01:57)

    La historia parece prometedora, sin embargo, aún quedan por aclarar ciertos puntos que, si no se toman en cuenta, la historia completa podría parecer o muy irreal o muy forzada.

    En primera, ¿por qué Emma ve al niño fantasma? ¿No se necesita de cierto don extrasensorial para poder interactuar con fantasmas, como pasa con Abel? Al principio de la historia, Emma no parecía tener esta virtud. Si cualquiera pudiese ver fantasmas, sería mucho más sencillo para Francisco atormentar a su asesino que convencer a una adolescente de ayudarlo.

    En segundo lugar, un asesino astuto no dejaría vivo a su posible delator por tanto tiempo. Al menos si yo fuera el asesino de Francisco, me hubiera deshecho de Abel inmediatamente después de haberlo torturado sin resultado alguno.

    Finalmente, falta ver cómo le harán Emma y David para ir a Huesca y aniquilar o neutralizar al asesino sin que éste sospeche nada. Ninguno de los dos tiene licencia de conducir ni han matado para que puedan llevar a cabo una tarea como ésta. Tal vez tendrán que confiar en alguien más que los ayude.

    Sospecho que la historia tendrá un final trágico en el cual los protagonistas no saldrán bien librados del todo.

  • #2

    Lyubasha (domingo, 13 enero 2013 17:18)

    Jajajaja, si ya sabía yo que al final el fantasma de Francisco iba a tener que llamarle la atención a Emma para que intente salvar a Abel.
    A ver qué pasa en el próximo capítulo.
    Por cierto, lo de que David se refieriera a la obra fue toda una sorpresa xD

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 13 enero 2013 14:30)

    Ya podéis comentar lo que pensáis que va a pasar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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