Los vampiros no existen

4ª Parte

            Nunca pensó que sería tan desagradable mantener conversaciones con los humanos. A lo mejor era falta de práctica o simplemente se había transformado en otra cosa y ya no soportaba la primitiva manera de pensar del ganado del que se alimentaba. Miguel le había parecido atractivo, al principio pensó conservarlo como un hámster, una mascota con la que pasar el rato y, especialmente, con la que poder evitar salir de caza a diario. Tenía que buscar otro más joven para reemplazarlo y sabía que no podía volver a la misma zona que la noche donde encontró a Miguel. Sabía que sería peligroso dejar solo a su cautivo, podría gritar y alertar a los vecinos, quizás por eso había bebido más cantidad de sangre que el día anterior, pensando que si moría no sería ninguna pérdida importante.

            Pensó en ir a la zona norte, donde iban los hijos de los ricachones. Seguramente la policía aún no buscaría a Miguel de modo que podía ir con su blusa provocativa y unas mallas negras bien ceñidas a sus piernas, igual que el día anterior. Nunca fallaba, los humanos eran tan débiles, tan volubles, tan fáciles de conquistar... Solo tenía que mirarlos de forma provocativa, intensamente y éstos caían como moscas en su telaraña. Al menos los más solitarios. Y para los que parecían líderes de un clan, como Miguel, solo había que retarlos a bailar. Lo malo era que en la discoteca el humo y la falta de iluminación hacían imposible la identificación de los más jóvenes. Tenía que conseguir a uno de quince años, era la edad que mejor le sentaba a su piel.

            Cogió el metro y fue hasta la calle Orense, el lugar más frecuentado por los adinerados. Se había puesto sus botas rojas y no había hombre del vagón que no la mirara de reojo. Tan volubles y débiles... Podría llevarse a cualquiera de esos, pero había demasiado público.

            Se dirigió a un Pub que parecía un hervidero de gente. Ahí fuera había muchos fumando, algunos borrachos y diciendo tonterías. Cuando la vieron acercarse escuchó varios silbidos y uno de ellos dijo que si tuviera pasta para pagar sus servicios, la pagaría.

            No era la primera vez que la confundían con una prostituta. Miró intensamente al que le dijo eso y deseó arrancarle la cabeza de cuajo. Esos patanes no le durarían ni medio minuto, pero matar en la calle con testigos no era una buena idea. Lo bueno de no tener alma era que no había sentimientos dentro de ella, ni de amor, ni de odio... Para ella solo era ganado que hacía ruido por la boca. Aunque se enojara con ellos, era fácil dominarse.

            Al fin encontró un lugar más adecuado, pasó junto a un restaurante kebub donde había varias personas sentadas dentro. Era un local pequeño y ninguno de ellos estaba solo. Después de examinarlos detenidamente decidió que allí no encontraría lo que buscaba, un chico joven, demasiado joven para estar en un lugar así. Se sintió estúpida por no haber salido antes, ya que a partir de las dos de la mañana solo había adultos por la calle. Los chicos de menos de dieciocho volvían a sus casas, por lo general, a las once.

            - Nos vemos en el botellón - le dijo un joven a sus amigos, despidiéndose de ellos en el kebub.

            Ella se volvió hacia él y le siguió con la mirada.

            Los botellones le encantaban, había jóvenes, había alcohol, oscuridad y nada de vigilancia. De hecho, huían de la policía si estos aparecían.

            Fijándose bien, se dio cuenta de que ese chico no pasaba de los dieciocho o no los aparentaba. Tenía acné, aunque no demasiado, le sobraban unos kilos y caminaba hacia una calle desierta. Le siguió pensando que la llevaría a una reunión de jóvenes y en el camino pudo sentir el olor corporal y el frescor de su juventud. Esta vez era su presa.

            Debía interceptarlo, salirle al paso y evitar que llegara donde sus amigos. Nadie debía verla hablar con él.

            Recordó el primer día en que fue consciente de que no era humana. Fue hacía trescientos años y en aquel entonces, la gente era muy supersticiosa. En su pueblo natal la gente sabía que los vampiros eran reales y que nunca se debía salir a media noche por miedo a esas criaturas. Ella era una chica que no obedecía las normas. Se había enamorado de un chico cuando sus padres la habían prometido con un mercader.  Se vieron en una casa, en las montañas, y esa noche llegó un jorobado avisándoles de que no debían salir. También les dijo que no comieran nada.

            Su amante comió carne de venado y murió al ingerirla. Antes de que pudiera llorar su muerte, vio cómo éste recobraba vida y le escuchaba pronunciar su nombre, Ratza. La acechó como un depredador y ella tuvo que escapar de la cabaña. En su huída desesperada por la oscura ventisca, él la alcanzó y la mordió en el cuello. Intentó resistirse pero no sirvió de nada, tenía una fuerza colosal. Ese fue el último día que sintió miedo.

            No la mató, solo bebió sangre un par de minutos. Luego la miró a los ojos y le dijo que podían vivir para siempre, que lo único que debía hacer era beber la suya, le prometió que seguirían juntos para siempre. Ella gritó con todas sus fuerzas pero Frederic le tapó la boca con la mano, se mordió en la muñeca y dejó que su sangre manara como de una fuente y la dejó caer en su boca, mientras ella gritaba. Sin darse cuenta tragó las primeras gotas y al saborerarla dejó de gritar y bebió con avidez. Era deliciosa, era como una droga. No se estaba dando cuenta que desde ese día, nunca desearía alimentarse de otra cosa. Que nunca volvería a ser humana.

            Mientras recordaba su pasado corrió, rodeando la manzana tan deprisa que cuando llegó al otro lado, el chico aún no había llegado. Entonces aprovechó su oportunidad.

            - Hola, disculpa - le dijo, aparentando estar agitada de cansancio.

            Él la miró como quien mira a un leproso.

            - ¿Tienes hora? - insistió ella.

            - No tengo dinero - replicó él.

            - ¿Para qué querría yo tu dinero? - contestó ella, enojada -. ¿Me estás llamando golfa?

            - ¿No lo eres? - dijo él, avergonzado.

            - He quedado con un chico aquí a las dos y cuarto y creo que llego tarde. No tengo reloj.

            El muchacho miró su muñeca y respondió.

            - Buf, tardísimo, son las tres.

            - Mierda... Bueno, era una cita a ciegas... Mi amiga me va a matar.

            - ¿Habías quedado con un chico que no conocías?

            - Ajá, pero parece que he corrido para nada.

            - Ah, ya, buena suerte...

            El chico se marchaba, se estaba escapando. No podía llevárselo a la fuerza, tenía que arriesgar más.

            - Espera, ¿tienes prisa?

            - He quedado con unos amigos - explicó él sin dejar de caminar.

            - Eres guapo, ¿te gustaría ser mi cita a ciegas?

            Sonrió con la mejor de sus sonrisas y empleó su poder de seducción sobrenatural. Sus ojos se volvieron amarillos por un instante y él sufrió las consecuencias del hipnotismo al instante.

            - ¿Quién no querría? - dijo él, fascinado.

            Llevárselo a su casa fue muy fácil. Le dijo que tenían que coger el autobús y él la acompañó sin rechistar. En el camino coqueteó con él para que supiera que tenía mucho que esperar de ella. Le sonreía como una tonta, le contaba mentiras acerca de su vida, como que se había vestido así para aparentar treinta años, que en realidad era una chica de dieciocho, que se había maquillado ella misma. Él parecía no creer la suerte que había tenido al conocerla. No era de extrañar, no tenía una conversación fluida, hablaba de cosas estúpidas y encima era más bien feo, aunque más delgado y con unos pocos años podía mejorar. Lo bueno era que tenía diecinueve años.

            - Tienes unas manos muy fuertes - elogió ella, mimosa, mientras estaban sentados en el autobús.

            - Las tuyas son preciosas - dijo él, tímidamente -. Tus uñas parecen de cristal, deben haberte salido caras...

            Ella sonrió aparentando no haber escuchado esa tontería.

            - Vamos, las chicas sabemos nuestros trucos. Todo es para impresionaros.

            - ¿Sabes qué me impresiona? - dijo él -. Los fantasmas. Me fascinan, he leído que algunas historias por Internet de gente que escucha voces por la noche, que desaparecen cosas o incluso he visto fotos donde...

            - ...Has visto fantasmas en fotos - dedujo ella, tratando de cortar ese estúpido tema de conversación.

            - Sí, son reales, te lo juro.

            - Me dan miedo los fantasmas - agregó ella, como indirecta -. ¿Podemos hablar de otra cosa?

            - Claro, por cierto, ¿cómo te llamas?

            Ella miró a su lado en el autobús y se aseguró de que nadie estuviera escuchándoles.

            - Samantha - susurró en su oído.

            - Vaya, me encanta ese nombre. Además te pega, tienes cara de Samantha. Bueno, nunca he conocido ninguna, aunque conocí a una chica pelirroja en el instituto que me odiaba, pero no se llamaba...

            - ¿Tú como te llamas? - interrumpió ella, exasperada por dentro, ya que él hablaba a voces para hacerse oír, debido a que todo el mundo hablaba alto.

            - Abel - respondió.

            Samantha tenía preparado un elogio para su nombre, pero hasta eso era feo y se quedó callada.

            - En realidad me llamo Avelino, pero no me gusta, siempre digo a todo el mundo Abel. Aunque en el NIF aparece mi nombre completo - sacó su cartera del bolsillo de su chaqueta y señaló su nombre -. Avelino Policarpo, ya ves, mis padres me odiaron cuando vine a este mundo y seguro que siguen haciéndolo. Aunque puedes llamarme Abel.

            - Mucho mejor, sí - sonrió ella, tratando de no soltar una carcajada histérica.

            Aquella estúpida conversación empezaba a ser inaguantable. Necesitaba silencio por unos segundos, sin embargo, Abel parecía desatado y siguió hablando.

            - ¿A qué te dedicas? - le preguntó.

            - Soy estudiante - replicó ella -. ¿Y tú?

            - Este año empecé a estudiar la carrera de Filosofía. Es la más parecida a Parapsicología, es una pena que no exista esa facultad en este país, estuve pensando en irme a Estados Unidos a estudiarla, pero a parte de que no tengo dinero, ni siquiera valdría como título universitario.

            - ¿Parapsicología?

            - Me fascinan los fenómenos paranormales, ¿a ti no?

            Samantha quiso callarle la boca mordiéndole en el cuello pero un autobús atestado de gente no era el lugar más recomendable. ¿Cuántas veces pensaba repetirle que le gustaban los fantasmas?

            - Para quien crea en ellos, debe ser fascinante - replicó ella, con una mueca que intentaba seguir siendo una sonrisa.

            - Oh, vamos, ¿de dónde salen todas las historias entonces?

            - De la imaginación de gente como tú - respondió ella, sonriente.

 

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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