Los vampiros no existen

5ª Parte

            Aquello era demasiado para ella. Por supuesto estaba segura de que existían los vampiros, pero no creía que hubiera nada más.

            - Dime qué harías si te cruzas con un vampiro - le retó ella, poniendo cara de mala y riéndose.

            - Le clavaría una estaca en el corazón - respondió sin pensar, como si fuera obvio.

            Ella se rió a carcajadas aunque no sabía por qué. Aquella respuesta le traía recuerdos muy duros. Su padre la había atravesado con una estaca y la habían enterrado con un ladrillo en la boca, en Rumania. Su gente pensaba que si se enterraba a un vampiro muerto había que evitar que le crecieran los colmillos y por eso les metían un ladrillo en la boca, una estúpida tradición que no tenía ningún sentido dado que ella despertó a los tres días y pudo escapar de su tumba escarbando con sus propias manos. Esa noche descubrió que no era humana y lo primero que hizo fue borrar todo rastro de su propia familia. Los acechó uno a uno, a su padre, a su madre, a su hermano, incluso a su prometido y su familia. No estaba sola ya que Frederic no se separó de ella. Cuando bebía sangre se sentía poderosa y rejuvenecida. Sus fuerzas se multiplicaban, adquiría habilidades sobrenaturales que por el día se disipaban.

            - Sí, las estacas son la solución, no hay duda - sonrió. Ese chico pronto sabría lo que era ella y no quería que dudara de la efectividad de la estaca. Nunca comprendió que la gente pensara que eso podía acabar con ellos. O que el ajo los ahuyentara... ¿Para qué atravesar un corazón muerto? ¿Y por qué tenían que ser estacas de madera?

            Si existía un modo de matarla, ella lo desconocía. Incluso una vez tuvo que exponerse al Sol durante horas, tuvo tiempo suficiente para esconderse. Su aspecto quedó hecho un asco pero seguía teniendo agilidad felina y la noche siguiente, al primer mordisco, recuperó su esbelto y hermoso cuerpo.

            - Pero más que de vampiros - continuó Abel -, ¿sabes qué historia me fascina desde que tenía catorce años? - preguntó.

            - Cuenta, cuenta - suplicó ella, maldiciéndose a sí misma por animarle a seguir hablando.

            - El fantasma del espejo, la Verónica. Es una historia increíble, ojala dejara supervivientes ya que sus víctimas no pueden contar sus historias.

            - ¿Por qué te fascina eso? - se extrañó Sam.

            - ¿A ti no? Claro es que no has leído sobre ello.

            Sam estaba cansada de esa conversación y que cada vez que él le contaba una cosa nueva pusiera esa mueca de prepotencia como si él fuera muy culto y ella una estúpida.         

            Entonces pensó que sería divertido poner a prueba sus conocimientos sobre los vampiros.

            - Estás muy interesado en las leyendas de terror... - dijo ella, pensativa -. A ver, te voy a poner a prueba. Si tuvieras a un vampiro delante, ¿cómo lo reconocerías?

            - Obviamente por los colmillos, aunque algunas leyendas hablan de colmillos retráctiles, como las uñas de un gato. También me fijaría en su reflejo, los vampiros no tienen, ¿sabes? Además se supone que tienen la piel dura como el mármol.          

            - Pero si tienen la piel tan dura,... ¿Cómo es que se les puede matar con una simple estaca en el corazón? ¿No sería imposible hacerlo?

            - Ehmm... - Abel se quedó sin respuesta.

            - El ajo también les envenena y la sangre de muerto les mata si la beben.

            - Ah, ya - dijo ella, pensativa -. ¿Por qué?

            - No sé, supongo que podrían beberla igual, es otra cosa sin sentido.

            - Y por qué los matarías - preguntó ella, con curiosidad -. No sé, viven eternamente, son guapos, jóvenes para siempre, probablemente seductores,... ¿No te interesaría más hacer amistad con alguno para que te deje beber su sangre y ser uno de ellos?

            - Anda ya, un vampiro es un monstruo sin alma... - Abel la miró con desprecio -. Yo no te he dicho nada de que sean guapos y jóvenes para siempre ¿A ti también te molan los vampiros? Hablas demasiado sobre ellos.

            Sam soltó una risita por no llorar. ¿Cómo se atrevía a decirle que hablaba demasiado sobre el tema si era él quien volvía recursivamente a lo mismo?

            - He visto películas - respondió ella con desgana -. Y lo único que me atraía de ellos era su inmortalidad y su belleza.

            - Pero las últimas son estúpidas. No hay vampiros que se enamoren...

            - Claro, porque tú los has visto y los conoces personalmente - bromeó ella.

            Abel soltó una carcajada.

            - Claro que no, solo digo que,... No sé, no creo en ese tipo de vampiros.  

            - A ver, dime, ahora mismo es de noche - siguió ella la broma -. Si tuvieras que señalar a alguien y decir quién podría ser un vampiro en este autobús, ¿a quién señalarías?

            - A ti - replicó sin pensarlo.

            » Eres guapa, seductora y no sé... das un poco de miedo. Además me estás llevando a tu casa y yo no suelo aceptar irme con desconocidas. Bueno, para ser sincero, eres la primera que me invita a su casa en la primera cita... En realidad... la primera que me invita a su casa.

            Ella se quedó asombrada por la intuición de ese chico aunque sabía que no decía en serio.

            - ¿Te doy miedo?

            - Sí,… No, me pones nervioso. Eres tan segura de ti misma... Y eres... Preciosa. Sigo sin entender por qué quieres una cita conmigo, soy un friki, ni siquiera voy bien vestido, no tengo dinero y aquí estoy, acompañando a la chica más bonita de Madrid a su casa. Mis amigos van a quedarse con la boca abierta cuando se lo cuente. Y claro, nunca he estado cerca de una chica como tú y me intimidas... me pones nervioso porque me gustas un huevo.

            - ¿Y por eso crees que soy una vampiresa? - dijo ella, conmovida.

            - Has dicho que si tuviera que señalar a alguien... No digo que crea que lo eres.

            - ¿Por qué no me tocas la mano? - preguntó ella -. Estoy helada y me vendría bien tu calor. Seguro que cuando la toques volverás a creer que lo soy.

            Por la cara de Abel parecía que le había pedido que hicieran el amor allí en medio delante de todos. Sus ojos se abrieron como platos y se quedó paralizado.

            - ¿Qué he dicho? - añadió ella, cogiéndole la mano y poniéndola entre las suyas.

            Abel se dejó coger la mano y al estrecharla entre las suyas se relajó un poco.

            - Nunca has cogido de la mano a una chica - dedujo Sam, sonriendo.

            - Soy muy tímido - se defendió Abel, como pudo.

            - Entonces eres virgen... umm... me encanta la sangre virgen - bromeó ella sonriendo con una de sus más seductoras sonrisas.

            Le encantaba esa situación, podía ser totalmente sincera con él y ni siquiera se lo creería a pesar de que creía en los vampiros.

            Abel sonrió nervioso.

            - Eso tiene gracia, sí. Soy virgen - reconoció como quien confiesa que ha tirado un ladrillo a un escaparate.

            - Creo que hoy vas a tener suerte - dijo ella -. Puedes cumplir uno de tus sueños si te portas bien conmigo.

            Abel sonrió como un idiota, seguramente equivocando el sentido de su frase.

            - Aquí es, pulsa el botón de parada - urgió Sam, señalando al botón de la barra de delante de Abel.

Animal es el que abandona a su mascota.

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