Los vampiros no existen

6ª parte

 

            El chico tocó el botón y sonó una campanilla. El autobús se detuvo unos segundos después y salieron al frío de la calle Velázquez. A esas horas no había nadie caminando por ahí.

            - Debes tener mucho dinero - dedujo Abel, asintiendo con la cabeza como un tonto.

            - En realidad no lo necesito - declaró ella, con tono casual.

            - ¿Quién no necesita el dinero? - protestó él -. Si me tocara la lotería sí que cumpliría todos mis sueños.

            - ¿Qué sueños tienes? Quiero decir, a parte de dejar de ser virgen - bromeó ella mientras caminaban hacia su casa.

            - Pues me compraría un yate y daría la vuelta al mundo... También pagaría la hipoteca de mis padres, que tiene deudas hasta las orejas. Por eso me están diciendo siempre que me busque trabajo y que andan justitos. Los pobres solo pueden darme diez euros semanales, pero eso no es vida.

            - No me extraña que ansíes del dinero - apoyó Sam.

            - Ah, también dejaría los estudios y... - Abel se interrumpió -. No sé, estudiaría parapsicología en Estados Unidos. Me dedicaría en cuerpo y alma a estudiar los fenómenos paranormales.

            - Veo que tienes mucha ambición - bromeó ella, sonriente.

            - Bueno, qué más da lo que uno piensa, todo el mundo sueña con lo que haría con dinero pero este nunca llega.

            - Ten cuidado porque, un día podría tocarte la lotería y entonces serías esclavo de tus sueños. Elige bien en lo que quieres soñar.

            - Vaya, que bonito, ¿esa frase es tuya? - preguntó el chico.

            - Soy una chica sensible - admitió ella, encogiéndose de hombros-. Aquí es.

            Habían llegado a un antiguo portal de hierro con barrotes negros y adornos dorados. Era uno más entre todos los que había por esa oscura calle. Abel dejó que ella pasara delante y subió tras ella por las escaleras estrechas. Sabiendo que él estaba detrás, ella se tomó la libertad de contonear las caderas un poco más de lo normal para seducirle y que bajara las defensas hasta que entrara en casa. Una vez dentro, ya no le importaba lo que hiciera.

            Al llegar arriba, él parecía nervioso y agotado por subir cuatro plantas andando. Esos humanos eran tan débiles que eso les agotaba aunque fueran deportistas. Abel no lo era y eso se notaba porque había comenzado a sudar.

            - Bienvenido a mi casa - dijo ella, con voz dulce.

            - Vaya - suspiró él al ver el sofá rojo, las cortinas rojas y las paredes blancas con cuadros abstractos con rojo y amarillo combinados.

            - ¿Te gusta?

            - Me encanta - susurró Abel, fascinado -. Ojala yo tuviera una habitación en este piso. La mía es de apenas siete metros cuadrados. Este salón es más grande que mi casa entera. ¿Dónde tienes la televisión?

            - ¿Para qué querría una? - preguntó ella, encogiéndose de hombros.

            Abel la miró asombrado.

            Sam estaba alerta a cualquier ruido que hubiera. Sabía que Miguel podía haber despertado y temía que se pusiera a gritar como un loco. Ahora que tenía una presa más joven no le necesitaría más y él lo sabía. Tenía las horas contadas.

            - Siéntate un momento mientras me pongo más cómoda - ofreció ella.

            Caminó despacio y le echó una última mirada de reojo antes de ir al pasillo de las habitaciones, no quería que la siguiera. Abel estaba palpando el sofá de cuero y asentía con la cabeza mientras sonreía como si no pudiera creer la suerte que había tenido.

            Abrió la puerta donde estaba Miguel y éste estaba aún inconsciente. ¿Tanta sangre bebió? Podía estar muerto.

            Le levantó la cabeza y le vio muy pálido y frío. Estaba muerto.

            - No tendré que preocuparme más por este - susurró, aliviada.

            Se quitó las botas, se sacó las mallas negras ajustadas y se puso un pantalón corto, negro ajustado y cómodo para acrecentar el deseo de Abel. Se quitó la chaqueta y se quedó sólo con la blusa.

            Cogió un lapicero que había sobre una cómoda, en el pasillo y se lo llevó pensando bromear más con ese chico.

            - ¿Estás cómodo? - preguntó.

            - Es un sofá increíble - respondió él, luego la miró y al verla con esa blusa y ese pantalón tan cortito se quedó boquiabierto.

            Ella sonrió complacida. Se soltó la melena, que tenía recogida con unas pinzas y dejó caer su pelo libremente por su cara.

            - Vaya, estás muy... muy buena - dijo él, casi sin palabras.

            - Lo sé, me gusta cuidarme - replicó ella enseñándole el lápiz de madera.

            - ¿Qué es eso? - preguntó él, intrigado.

            - Parece una estaca de madera - bromeó Sam -. Ahora que me tienes delante, por qué no me la clavas en el corazón. ¿No dices que soy una vampiresa?

            - Si lo fueras... no sé si podría matarte.

            - ¿Por qué? - replicó ella.

            - Porque me gustas, me gustas mucho.

            Ella dejó caer el lápiz en el suelo y se sentó junto a él, bien cerca para sentir su calor. Quería saborear cada instante de esa noche, sería la última que Abel no la odiaría. Tenía que conseguir que deseara permanecer con ella por su propia voluntad y para ello debía ser amable. Además era sangre virgen, eso le daba un sabor dulce incomparable y la belleza que la otorgaría era la de la inocencia pura de la virginidad. Sería irresistible si bebía su sangre. Podría conquistar a chicos aún más jóvenes, podría recuperar su belleza quinceañera para su próxima caza, pero sobre todo deseaba que su nueva mascota se sintiera a gusto con ella.

            - ¿No sería un problema mi piel de mármol? - siguió la broma, cogiéndole de la mano y llevándola sobre uno de sus suaves y blandos senos.

            Abel se puso tenso, pero no por miedo, era porque nunca había tocado antes a una mujer.

            - Disculpa, nunca antes había tocado a una mujer… Estás fría.

            - Eso es lo que más me gusta de ti - replicó ella, sonriente -. Que todo lo que haga contigo será fascinante para ti, no podrás compararme con otra. ¿Te importa que me arrime más a ti? Hace frío y me encanta tu calor.

            - ¿Y qué piensas hacerme?

            Ella le besó en los labios y le pasó la lengua sobre los suyos sensualmente.

            Abel se sobresaltó al sentirla.

            - Estás helada, ya deberías haber entrado en calor.

            - Lo sé - reconoció ella, temiendo que pronto tendría que silenciarlo en cuanto se pusiera a gritar.

            Abel le acarició el rostro y ella se dejó.

            - Creo que vas a cumplir uno de sus sueños - dijo ella.

            - Ya lo he cumplido, estando aquí contigo - añadió él, sonriendo como un tonto.

            Ella se subió a sus piernas con las piernas abiertas y le puso las frías manos en las mejillas, le miró unos instantes a los ojos pensando en el tiempo que hacía que no probaba sangre virgen. Había matado a numerosas víctimas y sin embargo el sabor dulzón y delicioso de la sangre virgen era incomparable. Tanto que temía que al beberla, despertara su deseo de no beber otro tipo de sangre nunca más.

            Le besó tiernamente en los labios y jugó con ellos entre los suyos. Abel se estaba dejando aunque sus manos le recorrían la espalda como si no supieran dónde debían parar.

            Su beso fue desviándose por su mejilla, luego descendió al cuello y ahí sintió el fuerte golpeteo de la arteria con la irresistible y cálida sangre. El deseo irrefrenable provocó que le salieran los colmillos y su instinto depredador anuló por completo su aparente humanidad. Le sujetó con una mano por detrás del cuello y clavó sus colmillos en aquel tierno manjar. Cuando sintió que salía la sangre de su cuello succionó con fuerza y sintió el cálido flujo sanguíneo entrando en su cuerpo. El sabor era exquisito, ni siquiera se percató de que el chico estaba intentando liberarse, que la estaba golpeando con todas sus fuerzas para que le soltara. No había que preocuparse, pronto dejaría de tener fuerzas y perdería el sentido.

            Cuando se sintió satisfecha le soltó. Abel estaba pálido e inconsciente. No había bebido demasiado, pronto despertaría y quería estar delante para explicarle lo que fuera necesario. Necesitaba que aún sabiendo lo que era, confiara en ella. No quería beber sangre de nadie más durante mucho tiempo y para ello debía cautivarle el corazón y no solamente mantener cautivo su cuerpo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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