Los vampiros no existen

7ª parte

           

            Despertó con un horrible dolor de cabeza. Estaba en una cama de sábanas de seda, color rojo, la luz del Sol se filtraba por unas tupidas cortinas y daba a la estancia un toque fúnebre. La tenía a ella apoyada sobre su pecho, aparentemente dormida ¿Qué demonios había pasado? Para una vez que había conseguido enrollarse con una tía escultural, inalcanzable para sus registros lógicos, resultó ser una chiflada con colmillos de vampiro. Hasta le había desangrado, la muy desgraciada. Sentía dolor en su cuello y deseó no haber sido tan abierto con ella. Le había confesado su interés por lo paranormal y ella le había gastado una broma de muy mal gusto. Lo peor de todo era que había bebido su sangre. ¿Qué clase de chiflada haría algo así por hacer una broma?

            Estaba claro, sus amigos le habían hecho eso. Habían pagado a una prostituta de lujo para darle una lección. Esos eran capaces de lo que hiciera falta con tal de pasar un buen rato y echarse unas risas a su costa.

            Se intentó levantar y para ello tuvo que despertarla.

            - Disculpa - dijo -. Me parece que ha habido un mal entendido.

            Ella despertó y le miró como si no entendiera.

            - No sé quién te ha pagado para hacerme esto, pero... de verdad, ya lo he pillado. La broma ha ido demasiado lejos.

            - No sé de qué estás hablando, no me ha pagado nadie - dijo ella con voz dulce, desperezándose de su sueño.

            - En serio, tía, lo sé todo, deja ya de poner esa cara de inocente.

            - ¿Qué es lo que dices que sabes? - preguntó Sam, desorientada.

            - Mis colegas te han pagado, ¿no es eso?

            - ¿Tus colegas? - preguntó -. ¿Qué colegas?

            - Oh, vamos, deja ya de mentir.

            Abel se intentó salir de la cama, quería correr las cortinas para verle bien la cara a ella. Pero aunque ella se había despertado mantenía un brazo sobre su estómago y una pierna sobre su rodilla y no quería incomodarla por levantarse él.

            - Espera, espera - añadió el chico -, según tú esto es exactamente lo que parece. ¿Eres una vampiresa?

            Ella le miró a los ojos con expresión preocupada.

            - Puedes contestar - insistió Abel.

            - Lo soy.

            - Ahora yo debería saltar de la cama asustado y correr las cortinas para que el Sol te abrase y tú les harás un gesto a mis colegas para que entren a ver mi cara de tonto, ¿no es eso?

            - Si corres esas cortinas el Sol no me matará - reconoció Sam.

            - No dices que eres un vampiro.

            - Sí, pero el Sol no nos mata. Nos debilita, nos hace tan frágiles como seres humanos, puede que más. Supongo que en la antigüedad eso era casi como matarnos porque los que sabían dónde dormían, iban a por ellos y no encontraban apenas resistencia.

            Abel la miró con el ceño fruncido. En ningún momento había creído que fuera una vampiresa pero ella parecía decir la verdad. Era eso o mentía muy bien.

            - ¿Puedes levantarte? - le pidió Abel, con amabilidad.

            - En realidad no quiero - dijo ella, mostrando una sonrisa inocente y colocando la barbilla sobre su esternón.

            - Tengo que irme, está bien, te creo, eres una vampiresa. Gracias por no matarme. Hoy es lunes, necesito irme a casa que ya he perdido una o dos clases de la universidad.

            - ¿No decías que querías estudiar parapsicología? ¿Qué estás estudiando?

            - Ni siquiera sé para qué estudio, es biología. Pero no tengo otra cosa.

            - ¿Estudias y no sabes para qué?

            - Para que mis padres sigan dándome la paga.

            - Ya.

            - ¿Ninguno de mis amigos te dijo de qué facultad somos?

            Ella dejó caer la cabeza sobre su pecho, apoyando la oreja sobre su corazón. Parecía realmente debilitada, casi como si estuviera enferma.

            - Tengo sueño, ¿no podemos dormir? Apenas hace una hora que me metí en la cama.

            - ¿Cuánto te han pagado? - preguntó.

            - Mira, si de verdad crees eso, ¿por qué sigo abrazada a ti? ¿No me tendría que haber marchado? Según tengo entendido esas mujeres suelen cobrar un dineral por un tiempo muy limitado.

            - Porque estoy en tu casa - respondió Abel, como si fuera obvio.

            - Esta no es mi casa.

            - Pues te aseguro que mía tampoco.

            - Es de un estirado viejo que se las daba de interesante. Es una lástima que los jóvenes no tengáis estas casas, habría matado dos pájaros de un tiro.

            Abel se la quedó mirando, sorprendido.

            - ¿Un viejo?

            - Me lo ligué hace unos días, dijo que era un jubilado y que se había dedicado a la moda. Bueno, dado que tenía un piso así en pleno centro, le creí.

            - ¿Te liaste con un viejo?

            Ella le miró asqueada.

            - No me lié. Solo quería un lugar donde dormir y él me intentó ayudar. A él no podía morderle, ¿Te imaginas? Tendría sus arrugas a los dos días, ¿Sabes lo difícil que es conquistar a un joven con la apariencia de sesenta años?

            - ¿Por qué sigues mintiendo? - se enojó Abel -. Hablas como si fueras una vampiresa de verdad, y ya te he dicho que no te creo.

            Aquello provocó un profundo suspiro en su nueva amiga. Le clavó con fuerza las uñas en el pecho y creyó que le arrancaría la piel.

            - No-te-miento - dijo, conteniendo su mal genio.

            - Los vampiros no existen, bueno si existieran no me toparía con una, sería demasiado casual. Yo, un chaval con inquietudes paranormales justo se cruza con una vampiresa. Demasiada casualidad, ¿no crees?

            - ¿Y no podía ser el destino? - respondió ella.

            - No, el destino me rehúye.

            - ¿Qué tengo que hacer para que me creas? - le dijo ella mirándole a los ojos.

            - Enséñame tus colmillos - la retó él.

            Sam volvió a dejar caer la cabeza sobre su pecho y comenzó a reirse.

            - No quieres que haga eso. Los colmillos son incontrolables, aparecen cuando la sed de sangre domina por completo mi voluntad. Es casi como cuando tú te erectas, no puedes hacerlo voluntariamente y si una chica te lo provoca, luego te resulta difícil parar. Y una de las cosas que tenemos los muertos es que desde el mismo día que nos asesinaron, perdimos todo resto de fuerza de voluntad.

            - ¿Muerta? - preguntó Abel -. Pero si estás caliente.

            - Estoy sobre tu cuerpo, mi sangre se calienta con tu cercanía.

            - ¿Por qué no me mataste entonces? ¿Pudiste beber toda mi sangre y te detuviste?

            - Esta noche volveré a beber y posiblemente no pueda evitar matarte. Una persona puede vivir sin dos litros de sangre, pero si pierde otros dos un día después, muere. No sé si como biólogo entenderás lo que te digo. Por experiencia creo que solo los chicos corpulentos y musculosos resisten hasta el tercer día. Deberías comer. Te dará una oportunidad mayor.

            Abel empezaba a creer lo que decía. Sin importarle que se incomodara la apartó a un lado y salió de la cama. Estaba harto de esa semipenumbra de modo que corrió la cortina para que entrara el Sol.

            La luz cayó sobre el rostro de Sam y ésta se cubrió con la mano, con muestras de debilidad.

            - Estás pálida - comentó Abel -. ¿Te encuentras bien?

            - Soy una vampiresa - respondió ella -. ¿Puedes creerme de una vez?

            - Te tomaré el pulso - aceptó Abel, convencido de que era mentira.

            - Sí, por favor, a ver si te convences de una vez.

            El chico le puso la mano en el cuello y sus dedos no sintieron nada. Luego le cogió la muñeca y tampoco sintió nada. Le pidió que se pusiera boca arriba y ella obedeció sumisa. Tanto que le excitó verla tan vulnerable y con tan poca ropa. Seguía siendo una diosa, incluso lo parecía más a la luz del Sol. Su piel parecía viva, sus labios más tiernos y, aunque estaban azulados, seguían siendo una irresistible invitación al deseo. Sus ojos eran marrones y con la luz del sol brillaban como si fueran rojos. Su cabello ondulado y pelirrojo contrastaba con su tersa e irresistible piel pálida de melocotón.

            Abel colocó su oído sobre su pecho. Su olor era agradable, era un aroma que le incitaba abrazarla, era como una droga que le enloquecía.

            - Nada, no hay latidos - dijo, entre confuso y asustado.

            - ¿Vas a dejar de hacerme preguntas estúpidas ahora? - preguntó ella, mirándole con una mueca de enojo.

            - ¿Lo eres? - preguntó él, como si ella misma también hubiera descubierto que era una vampiresa.

            - Si no lo soy, me conservo muy bien para haber nacido hace unos doscientos cincuenta años - bromeó ella.

            El chico retrocedió y se golpeó la espalda contra la pared. No respondió, estaba demasiado sorprendido y asustado.

            - Sabes, voy a ser completamente sincera por primera vez desde que soy lo que soy. Nunca había conseguido que los humanos me hablaran como una persona después de averiguar lo que soy. Siempre se asustan, gritan, intentan matarme, tratan de huir... Cada víctima ha sido un fracaso completo como para tratar de dialogar con ellos, intentar encontrar un compañero que se ofrezca, voluntariamente a cederme su cuello por voluntad propia. ¿Acaso he sido violenta? ¿Te he incomodado? ¿Por qué tienes miedo?

            - Estás muerta - fue lo único que pudo decir Abel.

 

Continuará

Animal es el que abandona a su mascota.

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