Los vampiros no existen

8ª parte

            - Mi corazón lo está, no puedo evitar lo que soy. Cuando el hambre me domina soy una bestia salvaje, pero el resto del tiempo intento ser humana. ¿Qué me dirías si esta noche salgo a cazar antes de volver a casa y morderte a ti? Cuando sé que voy a tener dos víctimas en una noche, puedo dejar a ambas con vida.

            - Insinúas que ayer mordiste a alguien más - dedujo Abel, horrorizado.

            - El otro no sobrevivió.

            - Quiero irme de aquí - dijo el chico, a un paso de la histeria.

            Aquella reacción era la que Sam temía, al fin la creía pero no fue como había imaginado. Pensó que se daría cuenta de que en todo ese tiempo había sido cariñosa con él, que no le había atado, que había sido totalmente sincera con él. Así se supone que eran los humanos, una vez uno se abre a otro, éste comprende y perdona. Pero Abel no estaba comprendiendo ni perdonando, quería salir corriendo y poner distancia de por medio.

            - He sido sincera desde el primer día - dijo ella, suplicante -. ¿Por qué te pones así? No te he amarrado a una estufa, he confiado en que tú serías distinto. Te juro que he hecho todo lo que he podido para que te sintieras a gusto conmigo.

            - Quiero irme - replicó él, temblando.

            - Vamos, me gustas, te habría matado si no fuera así.

            Sam sonrió al darse cuenta que acaba de decirle la primera mentira. No le gustaba, aunque podía decirse que le gustaba su sangre, le enloquecía y deseaba con todas sus fuerzas no tener que emplear la fuerza para que se quedara. Lo malo era que había jugado mal sus cartas, a la luz del día no tenía fuerzas. Necesitaba que él se quedara por voluntad propia. Nunca antes había conseguido que un humano hablara con ella racionalmente después de desangrarle.

            - ¿Cuánta gente has matado? - preguntó Abel, con expresión sombría.

            - No lo sé - replicó ella -. ¿Cuántos pollos has matado tú? En diecinueve años has tenido que comer mucho pollo. ¿A que no los has contado?

            - Así me ves... - dedujo él, asustado -. Soy un apetitoso plato de pollo que quiere salir de tu casa.

            - No - contestó Sam -. Eres especial porque crees en nosotros. No has enloquecido y me gustaría que entendieras lo especial que es para mí poder hablar con libertad. Me hace pensar que no estoy tan muerta.

            - No pareces muerta - replicó Abel -. Pero eres una asesina, de eso no hay duda.

            - No es por maldad, es cuestión de supervivencia.

            - ¿Por qué te has sincerado conmigo? Piensas matarme, ¿no es eso? No creo que vayas dejando testigos de vuestra existencia.

            - Eres el primero con el que me he sincerado.

            - ¿En serio? - Abel se estaba asustando más aunque estaba disimulando para parecer más tranquilo. Lo notaba con el olor del sudor frío de su piel -. ¿Cuántos días te duran tus víctimas?

            -  Algunos mueren a la primera, otros al segundo día, muy pocos llegan al tercero. Enloquecen, su mente no resiste la realidad. Sin embargo tú podrías soportar más.

            - ¿Por qué crees eso? - inquirió -. No tengo más sangre que el resto.

            - Porque si nos llevamos bien, no beberé tanta sangre. Me contendré.

            - Y seguirías con hambre - dedujo.

            - Tu sangre me hace irresistible para los muchachos más jóvenes. Podría salir a terminar de saciarme y no morirías tú, ni moriría nadie más. Un litro de sangre no mata a nadie.

            - Así que es eso, mi sangre es especial. Vaya, debería sentirme halagado. Con mi sangre te será más fácil encontrar víctimas.

            Tanta sinceridad estaba provocando efectos negativos en su nuevo amigo. Sus manos estaban ocultando toda su ansiedad ya que él se estaba clavando las uñas en la palma para no demostrar externamente que estaba siendo poseído por el pánico.

            - Déjame marchar, por favor - suplicó.

            - Me gustaría que te quedaras. Puede que... después de todo, cuando vea que no te queda sangre que ofrecer... te ofrezca la mía. Millones de personas desean ser como yo, podrías ser inmortal.

            Ella se levantó y caminó sensualmente hacia él. Abel la miró con una expresión boba en la cara. No tendría fuerza pero, como ella decía, era absolutamente irresistible. Era el perfecto depredador  ya que confundía sus sentidos. Era una mantis religiosa, salvo que ella no tenía sexo antes de comerse a sus víctimas, simplemente las seducía antes de acabar con ellas.

            Aunque él sabía la verdad y estaba aterrado, sabía que ella podía haber matado más personas que la peste negra, no podía imaginarse clavándola una estaca en el pecho o cortándole la cabeza. Era preciosa y le trataba bien, ninguna chica le había tratado así y lamentó que tuviera que ser ella la primera.

            Su única forma de sobrevivir era escapar.

            - Me voy a marchar - propuso, tranquilamente, rezando para sus adentros por que ella aceptara.

            - No - Sam se interpuso entre él y la puerta del dormitorio -. Quédate.

            - Por favor - suplicó Abel, temiendo que fuera mucho más fuerte que él.

            - Ya no vas a llegar a tus clases, son las once - intentó convencer ella.

            - Tengo que avisar a mis padres, se van a preocupar.

            - No vas a avisar a nadie - aclaró ella, sonriente -. No puedes salir de aquí.

            - Si no me vas a dejar, tendré que empujarte.

            - No vas a hacerlo - le retó.

            Abel estaba tan asustado que la empujó con todas sus fuerzas y ella se empotró contra la pared que tenía delante con demasiada violencia. La vio caer y quejarse de dolor, lo que hizo que se sintiera culpable por un momento y temiera que todo había sido una broma. Un golpe así podía haberla matado.

            Sin embargo su sentido común le hizo volver a la realidad y abrió la puerta del dormitorio dispuesto a marcharse. Corrió por el pasillo y llegó hasta la puerta de la calle.

            Se detuvo.

            - Va a matar a más gente que la peste negra - se dijo, temblando de miedo -. Y ahora es vulnerable, puede que nunca más lo sea. Puede que nadie más se atreva a enfrentarse a ella... Puede que nunca más le de a nadie la oportunidad de defenderse.

            Miró hacia el sillón rojo y vio el lápiz en el suelo. Tenía que elegir rápido, escapar y olvidarse del asunto o tratar de acabar con ella. Entonces pensó si no sería la única vampiresa que existía, si la mataba, acabaría con todos ellos. Sería como volver al punto de partida, el de la auto convicción de que los vampiros no existen. Sin embargo tenía que admitir que era una criatura adorable, irresistible. ¿Cómo iba a matarla? No tendría valor para hacerlo, sería como matar a una ninfa de un cuento de hadas. Puede que la última ninfa. Si sus profesores se enteraban de que estaba planteándose matar a un animal en peligro de extinción, le expulsarían de la facultad.

            Apretó el pomo de la puerta y no supo qué hacer durante segundos. Era el pomo o el lápiz, tenía que elegir rápido.

            - No puedo dejar que mate a tanta gente - decidió.

            Se dio la vuelta y corrió a por la pequeña estaca de madera. Estudió el lapicero y trató de clavarlo contra el sofá con fuerza. Este lo atravesó como si fuera mantequilla, estaba bien afilado.

            Con determinación volvió sobre sus pasos y abrió la puerta del dormitorio donde la dejó. Ella no se había movido, estaba sollozando a los pies de la cama y parecía convencida de que estaba sola. Sintió lástima por ella, quiso cambiar de idea, volver sobre sus pasos, no parecía tan terrible allí tirada. Tenía el aspecto de una chiquilla indefensa y maltratada y sintió que debía disculparse por ser tan rudo con ella.

            Se agachó a su lado y ésta, al escucharle, se volvió.

            - Has vuelto - dijo, con debilidad.

            Abel le acarició el pelo y ella sonrió. La cogió en brazos y notó que apenas pesaba, era ligera como un cachorrito. La colocó sobre la cama y notó que estaba temblando.

            - No me dejes - susurró ella, sin apenas voz -. Eres la única persona que no ha huido de mí después de saber lo que soy.

            El chico se acercó a ella y la besó en los labios. Su piel era fría como el mármol y no sabía por qué la había besado. Ni siquiera sabía dónde había dejado el lápiz cuando la cogió en brazos. Seguramente le estaba hipnotizando. Nunca antes había sentido aquello por nadie, pero no era amor, era admiración, la idolatraba. Ya no era una vampiresa, era su vampiresa. De alguna forma había logrado subyugar su voluntad y aunque lo sabía, no quería resistirse más. Incluso deseó que le mordiera para que ella pudiera recuperar fuerzas. Si tenía que morir, moriría por ella.

            Al inclinarse un poco más notó que el lápiz le pinchaba en la ingle. Sí, lo había guardado en el bolsillo. Se tumbó a su lado y con la mano que ella no podía ver sacó el lápiz. Casi toda su voluntad le decía que lo dejara caer en el suelo, que no podría matarla. Pero una minúscula porción de su cabeza se mantenía firme, debía hacerlo ahora.

            - Me alegro que estés aquí, puedo contarte mis secretos - dijo ella, con un hilo de voz. Parecía que el golpe que se llevó contra la pared la había dejado sin respiración. Debía tener varias costillas rotas y, sin embargo, no estaba enfadada con él.

            » Hace demasiado tiempo que estoy sola - continuó-. Mi novio, Frederic, murió hace ciento cincuenta años cuando unos escoceses nos encontraron. Los bastardos nos sorprendieron durante el día, le torturaron antes de matarle. Le hicieron pedazos y luego quemaron sus restos. A mí me dejaron vivir porque pensaron que era una víctima más. Aquel día me di cuenta de que aún tenía sentimientos porque al perderle sentí que me moría por dentro. Al anochecer no dejé a ninguno de esos escoceses con vida. Después de matar a sus mujeres e hijos y ver su cara de espanto me sentí satisfecha y pude matarles a ellos. Sin embargo estaba sola, Frederic se había ido. Aquel día... decidí cambiar mi nombre, borrar mi pasado, o intentarlo. Me gustó el nombre de Samantha. Pensé que era más bonito y más occidental que Ratza. Con el pasar de los años me fui dando cuenta de que ya no era más que un animal sin sentimientos y me propuse morir. Viajé por toda Europa buscando la forma en que podría acabar con mi propia vida y llegué a España. Era un país pobre, por aquel entonces. Aún no había superado la reciente guerra y no salía casi nadie en la calle por las noches. Era difícil cazar y me aburrí de hacerlo. Un día bebí la sangre de una chica llamada Ana. Ella me pidió que la matara, decía que no soportaba vivir ni un día más, que quería descansar para siempre. Cuando bebí su sangre no necesité ni un litro para dejar de sentir su débil corazón. Me había contado que su marido había desaparecido y que estaba sola, no tenía con qué pagar sus deudas y que no tenía fuerzas para vivir.

            Abel estaba conmocionado, le estaba contando su historia y, en su debilidad, no parecía capaz de hacer daño ni a una mosca.

            - Acudí a su velatorio y lloré por primera vez desde que mataron a Frederic. No había acudido nadie y estaba completamente sola en el tanatorio. Aquello me desmoralizó, esa chica era como yo, una persona solitaria que no tenía a nadie que se preocupara por ella. Entonces lo decidí, cargué su cuerpo y lo enterré en una tumba cualquiera, en un cementerio cercano. Después volví y pensé que así debía morir yo. Me encerré en el ataúd y dejé que me enterraran. Supuse que sin sangre moriría al cabo de un tiempo. Sin embargo me quedé profundamente dormida y sentí paz.

            Sam giró la cabeza y le miró a los ojos.

            - Cuando desperté, estaba en una camilla, en una morgue. Había pasado treinta años. Alguien me había desenterrado y al ver que no me había corrompido con el tiempo estaban tratando de hacerme pruebas para averiguar por qué. De alguna manera, había olvidado lo terrible que era estar sola y volví a seducir y matar. Ahora no sé si podría volver a dormir... Pero si te quedas conmigo, te juro que te daré mi sangre para que juntos podamos soportar esta vida solitaria y terrible.

            Abel deseó aceptar su ofrecimiento, sin embargo no quería ser un monstruo sanguinario. Agarró con fuerza el lápiz y con lágrimas en los ojos atravesó el pecho de Sam en pleno costado.

            Ella soltó un gemido de dolor y sus ojos se tornaron vidriosos. Abel sintió que ella se estremecía entre espasmos y poco después dejaba de respirar y moverse. Sus ojos se habían quedado fijos en él y se sintió culpable por un segundo.

            El muchacho no pudo apartarse de ella durante varios minutos. Sentía que aquel lápiz había atravesado su propio corazón. Ella no se había transformado en cenizas, no había gritado como una posesa. Sus ojos miraban al infinito y sendas lágrimas recorrían su pálida cara a ambos lados. El monstruo que no lloraba, lloró sus últimos instantes de vida. Aquel detalle rompió el corazón de Abel. No, no era un asesino, pero acababa de segar la vida de una de las personas más fascinantes que existían.

            - Descansa en paz, Sam - susurró Abel, sin poder contener sus propias lágrimas, cerrándole los ojos con los dedos.

            Después de mirarla un tiempo indeterminado se levantó de la cama y se marchó a casa. Cada paso que daba sentía que había tomado la decisión acertada. Prácticamente ella le había pedido que le diera la paz. La soledad se podía convertir en una pesada carga y él se sentía solo demasiado a menudo. La perspectiva de la vida eterna no era precisamente la solución, pero se le había antojado atractiva si hubiera pasado la eternidad a su lado. Era preciosa y puede que nunca encontrara una chica tan bonita en su vida pero él no era un asesino.

            Ahora no era el idiota fantasioso que creía en cosas que no existían. Ahora sabía que las leyendas tienen sus bases en la realidad, algo que la sociedad no esta dispuesta a aceptar.

            Abel fue recuperando el ánimo a medida que se alejaba de la casa de Sam. Los vampiros existían o, al menos, Sam había existido. Se preguntó si habría más como ella y deseó con todas sus fuerzas no tener que volver a encontrarse con uno. Se sentía como los héroes de sus cómics, como Spiderman, que luchaba contra el crimen, protegido en el anonimato. Como Constantine, una especie de médium que usaba todo tipo de armas para acabar con los demonios del mundo...

            Sin embargo él no era un héroe, era un chico corriente que dependía de sus padres para sus caprichos. No tenía dinero, no tenía futuro como biólogo.

            - Dejaré que Dios decida mi destino - susurró.

            Pasaba delante de una tienda de loterías y compró un boleto del euro millón.

            - Si me toca... - susurró -. Me convertiré en un detective de lo sobrenatural. Me cambiaré de nombre y dejaré toda mi vida para proteger a las personas indefensas contra las fuerzas oscuras sobrenaturales.

            Compró un boleto con los números de ese día, mes y año, añadiendo otros tres aleatorios. Así lo haría todas las semanas y, si le tocaba, su vida cambiaría por completo, lo tomaría como un “sí” de parte de Dios.        

            Cuando iba de camino a su casa, ya dentro del metro, empezó a sentir cansancio y sueño. Allí sentado, en el solitario vagón, tuvo una fugaz visión de Sam, sentada a su lado, tal y como había estado la noche anterior en el autobús. Recordó su interesante conversación sobre los vampiros y sonrió al recordar una parte en la que ella le preguntó qué haría, si veía a uno de verdad. Él había respondido que le clavaría una estaca en el corazón y recordaba perfectamente lo que ella había respondido.

            « Sí, las estacas son la solución, no hay duda» - su voz no sonaba preocupada, sino irónica. Como si le pareciera una más de las leyendas absurdas acerca de los vampiros.

            Él había atravesado su corazón con una estaca, el mismo corazón de aquella chica maravillosa con la que parecía haber tenido un flechazo a primera vista.

            La primera chica que no le tomaba por friki por hablar de esos temas tan extraños.

            La primera chica a la que había besado.

            La única chica que le había propuesto pasar el resto de la eternidad a su lado.

            Cuando se dio cuenta de todo eso, rompió a llorar amargamente.

 

 

 

 

 

 

 

Sucesos, Madrid

 

Aparecen cadáveres en avanzado estado de descomposición en un piso antiguo, en las proximidades de la calle Velázquez. Los vecinos denunciaron un olor extraño procedente de un piso del que hacía semanas no se veía entrar o salir a nadie. Cuando la policía derribó la puerta se encontró el dantesco escenario de varios crímenes. Había restos de sangre por todo el piso que llevaban directamente al frigorífico de la casa el asesino había descuartizado al dueño de la casa y a un joven aún sin identificar y los había guardado en la nevera separando distintos tipos de carne, como si la hubiera comprado en el supermercado. Se piensa que podrían ser más de dos víctimas aunque es un dato pendiente de confirmar.

El olor nauseabundo que salía del apartamento era por la basura, donde habían depositado la cabeza, pies y manos de las últimas víctimas.

Según los vecinos, el dueño no parecía muy sociable. Podían pasar semanas o meses hasta que se cruzaba con otro vecino porque solía salir de noche y llevaba prostitutas a su apartamento.

Se sospecha que es un crimen relacionado con la trata de blancas y la policía centra sus esfuerzos en investigar organizaciones de prostitución e inmigración ilegal.

 

 

 

 

FIN

 

 

Si quieres saber más sobre esta historia deberías continuar en:

 

Antonio Jurado

Escribir comentario

Comentarios: 8
  • #1

    yenny (lunes, 04 abril 2011 19:24)

    Muy bueno aunque tardaste mucho en publicarlo me gusta como haces que las historias se entrecruzen, ayuda a ver otro punto de vista de los protagonistas.

  • #2

    x-zero (martes, 05 abril 2011 01:39)

    no le entendi mucho al final pues significa que abel es antonio jurado? o.O
    fuera de eso muy bueno! :)

  • #3

    Tony (martes, 05 abril 2011 09:38)

    En la historia "La reliquia del ángel" se menciona que Antonio tuvo que investigar un caso de vampirismo en inglaterra. Aún falta por escribir esa otra historia así que podéis esperar una continuación.

  • #4

    yenny (martes, 05 abril 2011 19:00)

    Seria interesante un reencuentro entre Sam y Antonio. Me gustaria mucho una historia de ellos.

  • #5

    Lycan (miércoles, 11 mayo 2011 05:45)

    Orale!!.. no soy una persona que lea jaja de echo fue casualidad que llegara a esta pagina, valla, pense en leer solo la primera parte pero me e picado y e acabado todas, exelente historia, muy muy muy buena :)

  • #6

    Vanessa (lunes, 16 mayo 2011 03:44)

    muy buena historia me fascina esta pagina :D

  • #7

    fernando (domingo, 29 mayo 2011 20:27)

    todo lo leo tranquilamante en mi disposito portatil co una melodia llamada "Wandering About" es del juego (Resident Evil 1 remake)descargenlo esta melodia acompañada de las historias te concentra demasiado,no se arrepentiran...

  • #8

    carla (miércoles, 06 julio 2011 01:54)

    Me fascina como relacionas tus mejores historias, de verdad que si, es increible. Muy buena. Muy buena.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo