Me suicido por ti

4ª Parte - FIN

         Vio las caras de espanto de las personas que la miraban y en un fugaz vistazo percibió la mirada horrorizada de David que parecía no poder creer lo que estaba pasando.

         Pensó que todo se acabaría en cuestión de segundos.

         El golpe fue durísimo, cayó con las piernas y estas cedieron, rompiéndose la tibia el peroné, desencajándose las rodillas y puede que fracturándose el fémur, los huesos de su espalda crujieron, su cabeza golpeó con fuerza contra el suelo y sintió como si se la hubieran aplastado con un martillo. No esperaba sentir nada, debía ser una muerte rápida y sin dolor, pero fue espantoso, terriblemente doloroso y lo peor era que aún en el suelo siguió notando un indescriptible dolor creciente que ni siquiera la permitía respirar ni gritar. Sus extremidades rotas, su columna partida, su cráneo fracturado, y seguía viva y consciente. ¿Acaso era un castigo divino? Quiso llorar, pedir ayuda para que alguien terminara de matarla… Pero esa ayuda no llegó. Solo escuchó voces pidiendo que se apartaran de ella, que llamaran a una ambulancia. Las chicas se llevaban las manos a la cara espantadas de que todavía estuviera viva. Casi todo el mundo se alejó, escuchó vómitos… y seguía viva. ¿Por qué seguía viva?

         En esos minutos eternos, agónicos, sus ojos buscaron desesperadamente a David. Por alguna extraña razón deseaba que apareciera y que la volviera a pedir perdón. El dolor era insoportable y aunque se iba adormeciendo, seguía consciente y viva. Quería llorar pero tenía todas las costillas rotas y no podía apenas ni respirar. Una profesora se había arrodillado a su lado y le suplicaba que no se durmiera, le daba bofetadas molestas que le provocaban terribles dolores en la cabeza. ¿Por qué la torturaba así? Solo quería dormir y no despertar; pero el dolor era demasiado intenso y aunque lo hubiera deseado no habría podido.

         La ambulancia llegó en unos interminables quince minutos. Los enfermeros la estudiaron con muy poca delicadeza y entre los dos la subieron en una camilla. Cada paso que daban hacia su vehículo le causaba un dolor terrible en sus piernas rotas, en su cabeza destrozada, en su pecho ardiente. Sentía que los latidos de su corazón eran estables, debía ser el único órgano de su cuerpo que no había sufrido daños.

         - Quiero... - susurró sin apenas aire.

         - No podemos darte nada de beber, cariño - dijo la enfermera.

         Quería morir, quería morir y esos estúpidos luchaban por salvarla. Le pusieron suero intravenoso, una mascarilla de oxígeno que le provocaba fuego en los pulmones. Más dolor, más sufrimiento... Se pusieron en marcha hacia el hospital y la sirena le producía tanto dolor en los oídos como la propia fractura craneal.

         Fueron horas críticas, los médicos no se atrevieron a dormirla por temor a perderla. Decían que tenía múltiples hemorragias internas y no sabían por donde empezar para estabilizar su estado. Se alegró cuando uno de los médicos dijo que sería un milagro si sobrevivía a esa noche. Sin embargo no se notaba más débil y los dolores no cesaban. Se preguntó por qué no le daban algún calmante pero entendió que no querían que se durmiera en ningún momento.

         Había intentado hablar varias veces pero ya no tenía ni voz. Tenía serias dificultades para conseguir que entrara un poquito de aire en los pulmones y el precio por hacerlo era un dolor tan intenso como si la atravesaran espadas en el pecho cada vez que respiraba.

         «Ese estúpido…» - pensó -, «seguro que ni siquiera se siente culpable, si al menos pudiera hacerle entender que no se puede ir por ahí sin sentimientos… Si pudiera hacerle comprender que las chicas sufrimos y amamos mucho más intensamente de lo que puede imaginar, si supiera lo que nos duele que no engañen, que nos utilicen como un trozo de carne,… Dios mío, si realmente existes y eres justo… permíteme sobrevivir para hacer que lo entienda.»

         Aquel pensamiento fue el primer signo de arrepentimiento por lo que había hecho y era la primera vez que sintió ganas de vivir desde que saltó. Justo cuando la vida comenzaba a escapársele porque sentía que cada vez era menos consciente de lo que ocurría ahí fuera y se estaba durmiendo a pesar del terrible dolor.

 

         - ¡Despierta! - le gritó una voz severa.

         Abrió los ojos sintiendo un dolor intenso en el brazo derecho. Todos sus dolores habían desaparecido salvo el dolor del brazo, que lo tenía entumecido. Al ver a su alrededor sintió pánico y dio un grito histérico. Estaba colgando en lo alto de la azotea del instituto y el hombre de treinta años la sujetaba a duras penas con una sola mano. Se estaba escurriendo.

         - ¿Qué ha pasado?

         - Te tiraste y logré sujetarte por los pelos. Pero te diste un golpe muy fuerte en la cabeza contra la pared y has estado inconsciente un par de minutos. Dame la otra mano porque no voy a poder sostenerte mucho más tiempo.

         Ella obedeció aterrada por lo que supondría caer de nuevo. Sabía lo que pasaría y por nada del mundo querría volver a pasar por algo así. Le dio la mano que tenía libre y le sujetó la muñeca. Eso parecía que le dio fuerzas al hombre, que pudo tirar hacia arriba con más fuerza y la hizó hasta casi el borde.

         - Sube las piernas, vamos - dijo él.

         Ella obedeció, trató desesperadamente de subir la pierna derecha pero no conseguía subirla. Su mano derecha se resbaló de la fuerte mano del hombre y se habría caído si él no la tuviera todavía cogida por la izquierda.

         - No te sueltes - gimió él, que a duras penas conseguía sujetarla.  

         Volvió a cogerle de la muñeca y cogió impulso para subir la pierna derecha. Esta vez sí llegó arriba y pudo subirla. Escuchó gritos de alegría abajo, aplausos y hasta creyó ver flases de fotos.

         Con el pie arriba aquel hombre pudo devolverla a la azotea sin problemas, resoplando de cansancio.

         - ¿Por qué me ha salvado? - preguntó ella, sentada junto a él, ya a salvo.

         - No creo que hayas hecho algo tan terrible para que merezcas ese castigo.

         Siempre había visto la opción del suicidio como una escapatoria, una forma de huír del sufrimiento o una forma de torturar a los demás. Era extraño, después de esa traumática experiencia se dio cuenta de que el desconocido tenía toda la razón, el suicidio era un castigo a sí misma, no tenía nada de romántico, no era ninguna escapatoria, ella no había hecho nada para merecer semejante final. Ella solo había amado, como ese hombre amaba a su familia. Él no era culpable de infidelidad, por eso le había dicho que lo que importa es lo que hacemos nosotros no los demás.

         Se abrazó a él, pues le entendía y él la entendía a ella a pesar de no haberle contado sus problemas.

         - Cómo se llama - le preguntó.

         - Tomás - respondió.

         - Yadira - dijo ella, abrazándose a su pecho.

 

 

         Aquello salió en los periódicos locales, Yadira no quiso volver a ver a David nunca más ya que siempre que le veía recordaba todo lo que había ocurrido y por fin aprendió la lección. Se prometió a sí misma no volver a entregarle sus sentimientos a ningún otro chico sin estar completamente segura de que podía fiarse de ellos, y muchísimo menos de entregarle su cuerpo. Había aprendido que el suicidio no era la solución, no había nada de romántico en ello, solo era estúpido y tenía que ser agradecida a Dios porque la enseñó con un sueño en medio de su crisis.

         Un día encontró una página Web de una persona que escribía relatos de terror. Le llamó la atención por lo cercanos que conseguía que fueran esos relatos y sintió deseos de que esa persona contara su historia para que todas las demás chicas que la leyeran aprendieran de ello antes de hacer una estupidez.

         Le pidió que por favor escribiera lo que le había pasado.

 

         Y este es el resultado.

 

 

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Comentarios: 4
  • #1

    yenny (jueves, 30 diciembre 2010)

    Una historia muy conmovedora me trajo muchos recuerdos ya que pase por algo muy similar espero que este relato ayude a muchas personas a no tomar la decision equivicada, porque los unicos perjudicados somos nosotros una persona que no te ama no le interesa si vives o mueres.
    Siempre hay angeles en nuestro camino para mi Tony tu eres ese angel tu relato Un ángel en el tejado me hizo pensar y valorar la vida no solo la mia sino la de todos, siempre te lo voy a agradecer gracias a ti y a tus relatos supere esos momentos.

  • #2

    carla (martes, 05 julio 2011 18:03)

    Muy linda la historia y con un super mega mensaje. No todos tienen la suerte de esta chica, muchos se dan cuentan cuando falta poco para el impactoy ya es tarde. Pero la vida es lo mas preciado que tenemos y debemos ser agradecidos por cada dia.

  • #3

    valeria (lunes, 30 julio 2012 20:20)

    es real?

  • #4

    Maciel (lunes, 19 mayo 2014 07:35)

    Esto es increible,, una historia que me ha tocado fondo, agradezco sus lindos mensajes.

Animal es el que abandona a su mascota.

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