No soy el último superviviente

1ª Parte

 

            Tengo 38 años y no soy el último superviviente. Lo cierto es que tendría menos miedo si así fuera. No sé cuanto sobreviviré ni quién o qué me matará, ni a cuántos voy a tener que matar, pero mi única oportunidad es estar solo.

            El mundo civilizado se ha venido abajo. Fueron los grandes terremotos los que dejaron todo patas arriba. Dicen que en el norte quedan países intactos: Polonia, Alemania, Rusia... pero son aun peores que este infierno porque allí matan a los refugiados que asoman por sus fronteras. Se puede atender a miles pero no a miles de millones.

            Aquí no hay autoridades, los grupos y bandas luchan por el poder y los que no estamos con nadie, luchamos por sobrevivir.

            Esta es mi historia, me llamo Francisco Romero.

 

 

 

 

            Todo empezó una mañana como cualquier otra, cuando todavía tenían sentido los calendarios y los relojes ordenaban nuestra existencia. Era un día nublado, eso lo recuerdo, yo acababa de perder el trabajo y me sentía un poco desafortunado porque cada vez más gente lo estaba perdiendo y en cualquier sitio a donde preguntabas te decían que ese día, solo ese día, habían recibido más de mil curriculums. Yo creí que nos encaminábamos al desastre pero no pensé que tendría tanta razón.

            Esa mañana el suelo comenzó a temblar y salimos todos a la calle con lo puesto. Mi casa no es grande y vivía de alquiler así que me preocupé por que dejara de temblar la tierra para comprobar que mis cosas seguían dentro de la casa, mi televisor, mi ordenador, mi única forma de vivir. A medida que el temblor se alargaba en el tiempo y empezamos a ver que los edificios se derrumbaban a nuestro alrededor, me fui dando cuenta de muchas cosas, pero ninguna realista. Pensé en mis vecinos que no habían logrado salir a tiempo, pensé en que no había sacado dinero de la casa y que aunque tenía buenos ahorros, todo estaba en un banco, en Internet y que con semejante destrozo sería imposible recuperarlo. Mi casa seguía en pie y solo pensaba en que se terminara el temblor de una maldita vez para poder sacar todo mi dinero, hacer una transferencia de mi cuenta de ahorro a la cuenta corriente y coger mi documentación y correr como un loco al cajero más cercano a sacar el dinero. Qué estúpidas ocurrencias, no me daba cuenta de que estaba viendo cómo se derrumbaba toda la estructura social de la humanidad.

            Después de media hora de temblores, no había ni un solo edificio en pie. Había explosiones por todas partes, las tuberías de gas soltaban gases y éstos prendían con los chispazos eléctricos. Las siguientes dos horas fueron el caos y cuando las explosiones cesaron, la gente empezó a ser consciente de lo que había pasado.

            Ya no había propiedades, las viviendas eran escombros, y nuestras pertenencias estaban aplastadas entre toneladas de inestables cascotes, polvo y agua. No había alimentos, no había ropas y muchos estábamos en pijama, con lo puesto. Ni siquiera pude sacar el reloj, la cartera, un bocadillo... ¿Quién iba a pensar en un bocadillo en un momento así? Cuando estábamos todos como zombis mirando la ruina de nuestra vida, creo que todos pensamos que debimos haberlo sacado cuando todavía estaba en pie nuestra casa.

            Yo pensaba que las grandes catástrofes son aventuras de los supervivientes, que cuando ocurren terremotos, la gente que sobrevive es afortunada y que tienen que replantearse la vida como una aventura. No tenía ni idea de que algo así podía ocurrirme a mí. Imaginaba que sería fácil vivir en un mundo destruido porque al morir tanta gente, tendría para mí solo todos los restos abandonados.

            Lo que no tuve en cuenta fue que... maldita sea... nadie murió.

            Todos tuvieron tiempo de salir, pues el temblor fue de menos a más y en media hora no quedaba un alma cuerda en ningún edificio. No aparecieron grietas en el suelo que se tragaran a la gente. Fue como si Dios hubiera dicho, de repente, que "el primer mundo" debía enfrentarse a escasez absoluta.

            Ese primer día fue la última vez que tuve trato con otros seres humanos. Intentamos organizarnos. Al principio me acerqué a un hombre al que no había visto nunca y tenía una pala en la mano. Estaba intentando desenterrar algo donde antes estaba su casa, pero también en ese lugar debía estar mi casa de modo que me ofrecí para ayudarle no sin cierto egoísmo por encontrar algo mío.

            - ¿Qué está buscando? - le dije.

            - Un teléfono móvil - respondió.

            - ¿Quiere intentar llamar desde el mío? - le ofrecí, ya que lo único que se me ocurrió coger fue eso, antes de dejar mi casa.

            - Necesito el mío. No recuerdo el número de mi mujer ni el de mi hija - replicó -. ¿Por qué no llamas a la policía? Haz algo útil.

            - ¿Para qué iba a llamar? Toda la ciudad está destruida y si queda algun policía estará más preocupado por volver a su casa o en rescatar a gente atrapada que en escuchar mis quejas de que no puedo coger nada de mi casa... que ni siquiera es mi casa. No creo que pueda encontrar su teléfono móvil - le insinué, sinceramente, viendo lo difícil que era encontrar un frigorífico entre ese caos de polvo y escombros, cuánto más un teléfono móvil.

            - Pues si eres tan positivo, por qué no te largas con esos llorones - me contestó, furioso.

            Miré a mi alrededor y vi un centenar de personas reunidas en un grupo. Algunas iban y venían a los escombros que las rodeaban llevando cosas útiles. Había personas con sus mascotas, sus perros, abrazados a ellos y llorando. Había familias enteras que se habían unido en un círculo en el que no parecían admitir a nadie más.

            Me acerqué al grupo y pregunté si podía ayudar en algo.

            - Busca comida - me dijo un viejo, con desprecio.

            - ¿Nadie echa de menos a alguien? - pregunté, sorprendido-. ¿No hay gente sepultada a la que podamos ayudar?

            - Todo el mundo tuvo tiempo de salir - explicó el viejo -. Los que no están, se fueron a su trabajo y esos ya no volverán porque todas las carreteras están destrozadas. Seguramente se preguntarán qué fue de nosotros pero da igual, no podemos contactar de ninguna manera. Han intentado llamar y los teléfonos no tienen cobertura. Lógico, si tenemos en cuenta que no queda ni una sola antena operativa.

            - Puedes acompañarnos al centro - me propuso una chica joven, de unos veinte años.

            Me miró de pies a cabeza y luego pareció arrepentirse de habérmelo propuesto. Yo tenía un pantalón corto de pijama sin ropa interior y una camiseta oscura. Mi calzado eran unas zapatillas de estar en casa. No estaba tan mal como otros ya que en ese grupo había gente completamente desnuda que se tapaba con trapos, algunos ni siquiera tenían calzado. Una mujer tenía jabón en el pelo y un señor la barba a medio afeitar, con una simple bata de estar en casa.

            - Claro, iré con vosotros, no tengo nada que hacer aquí - me ofrecí.

            El grupo era de unas veinte personas, todas jóvenes, de menos de veinte años.  Algunos eran más niños que jóvenes, pero estaban ágiles y fuertes y eso nos venía bien como grupo.

            No recuerdo qué nos empujó a ir al centro de la ciudad, supongo que la esperanza de ver edificios comerciales, tiendas derrumbadas de las que poder recuperar comida o familiares de los jóvenes que venían. Supongo que nadie era consciente de la catástrofe a la que nos enfrentábamos ya que si lo hubiéramos sabido, jamás habríamos cooperado, jamás habríamos ido al centro y no se nos pasaría por la cabeza atravesar esos mortales escombros.

            Pero éramos idealistas, un grupo de personas que aún piensa que todo lo arreglaría el ejército cuando apareciera, que pronto llegaría la ayuda internacional y que aquella pesadilla sería pasajera. Que lo peor ya había pasado. Sí, recuerdo esa sensación de alivio.

            Ir al centro no era tan fácil como cuando las calles estaban asfaltadas y los edificios estaban en su sitio. No había calles, no quedaba ni rastro de lo que conocíamos, solo montañas de escombros humeantes, millones y millones de cascotes traicioneros que estaban esperando que un incauto los pisara para hundirse y sepultar al desgraciado que pasara por encima.

            Recuerdo que, antes de la catástrofe, cuando uno quería ir a la otra punta de la ciudad y solo tenía que coger el coche. En apenas un cuarto de hora, o una hora con atasco, llegabas sin problemas. La pesadilla a la que nos estábamos enfrentando era muy diferente. Para poder avanzar una simple manzana, tuvimos que dedicar ese día completo y... bueno, me estoy adelantando. No quiero contar la llegada de la noche tan pronto.

            Íbamos en fila india. El primero era un muchacho fuerte, de unos quince años. Estaba perfectamente vestido, con sus zapatillas de marca, su pantalón del chándal, su camiseta y su chaquetita. Tengo que admitir que ir vestido y bien calzado era como ser el líder del Status Quo. Quien no iba así, era inferior, como yo. Y no por estúpidos cánones de estilo y moda, sino por pura necesidad. Él podía atravesar los escombros, pisarlos y tantearlos sin dificultad y a mí se me enganchaban las zapatillas en todas partes. Los hierros sobresalían de todos los rincones y me costó seguir el ritmo del grupo. Puede que eso me salvara la vida a la postre, ya que mientras yo intentaba superar un muro con hierros, sujetándome a ellos y arrastrando las puntas de mis zapatillas por el borde, mientras luchaba por no perder el equilibrio y seguir a todos los que pasaron aquel escollo sin incidentes, escuché un estruendo delante y cuando miré vi que un muro de ladrillos se cernía sobre nosotros, sepultando a más de cinco de los nuestros. No hubo ni un grito, no creo que sobrevivieran al impacto. Los que sobrevivimos nos quedamos pálidos y el corazón se nos detuvo. Todos teníamos en la cara una mueca extraña de pánico y de alegría porque no habíamos sido nosotros los desafortunados. Todos menos dos chicos que empezaron a gritar desesperados que su hermana estaba ahí abajo y que tenían que sacarla. No se atuvieron a razones y tuvimos que abandonarlos allí, ambos despellejándose los dedos por mover aquel muro. Habían enloquecido y ni siquiera había comenzado la pesadilla.

            Cuando ocurrió eso, aún podía ver a lo lejos a mi vecino buscando su teléfono. No nos habíamos alejado ni cincuenta metros.

            Un poco más adelante, la chica que me invitó a acompañarles me ofreció su mano para saltar un vacío de más de cinco metros de profundidad. Era muy guapa y creo que albergué esperanzas de que fuéramos amigos o algo más. Sin embargo era la novia de uno de ellos y pensé que ni siquiera debería plantearme ligar en una situación como esa.

            Recuerdo todo eso con claridad porque según crucé el vacío, me quedé sujeto a un hierro y a su mano, y al pisar en su plataforma ésta cedió y se vino abajo, arrastrándola a ella al vacío. Intenté sujetarla pero el hierro al que yo me aferraba apenas me pudo sostener a mí y como acto reflejo la solté para agarrarme con las dos manos y vi como ella se ensartaba entre los hierros y cascotes de ahí abajo. La vi morir mientras me debatía por volver a poner los pies en un sitio estable, sujetándome con las manos a ese hierro que poco a poco se iba doblando bajo mi peso. Al darme cuenta de que me caería sobre ella busqué una forma de salvarme y vi que detrás de mí había una plataforma que parecía firme. Apoyé mi pie en el muro y antes de que el hierro cediera, salté hacia atrás y llegué. La superficie aguantó mi peso.

            En ese momento me di cuenta de que acababa de matar a esa chica por el mero hecho de haberla acompañado. Si no hubiera saltado sobre su plataforma, esta no habría cedido. Creo que no escuché los gritos de su novio, su desesperación al verla morir agónicamente, atravesada por tres hierros y con un final realmente espantoso. Yo también la miré, no podía evitarlo, supongo que fue la primera persona que murió por mi culpa y por eso la recuerdo tan bien y a veces me tortura cuando cierro los ojos. Solo quiso ayudarme y no solo no le devolví el favor sino que fui el causante de su muerte.

            Cuando volví a pensar como una persona cuerda me di cuenta de que me había quedado solo y se estaba haciendo de noche. Estaba atrapado en una plataforma de la que no parecía haber salida salvo el vacío. Solo había una salida y era tratar de volver al camino que tomaron los demás saltando a un cascote inestable que no parecía capaz de sostener una mosca. No podía arriesgarme y me costó mucho dar el salto. Demasiado tiempo ya que el Sol empezaba a ocultarse y yo todavía seguía reuniendo valor. Si esa plataforma cedía, moriría como esa chica. Pero si no lo hacía, podría seguir adelante.

            Si escribo esta historia es porque salté y la plataforma resistió un par de segundos. Los justos para que pudiera saltar a la siguiente y sujetarme al muro. Los escombros hicieron honores a aquella chica cayendo sobre su cadáver y cubriéndolo a modo de tumba.

            - Que el señor la tenga en su gloria - dije.

           

 

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo