No soy el último superviviente

2ª Parte

            Salí de aquella jungla de hierros y cascotes a una calle mucho más segura cuando ya apenas había luz. Me di prisa ya que de no haberlo conseguido hubiera tenido que pasar la noche sujeto a unos hierros ya que no ver dónde pisas en un lugar así era como tratar de atravesar un foso lleno de serpientes venenosas. Más tarde me di cuenta de que salir de las ruinas antes de la noche me salvó la vida.

            Estaba en un antiguo parque que daba al metro. Recuerdo que antes, bajaba a por pan a esa plaza donde había una tienda que abría hasta las once de la noche. Iba y volvía a casa en diez minutos. Si estaba viendo la tele y había anuncios me daba tiempo a ir y volver para comprar una bolsa de patatas para ir picando mientras seguía viendo la película.

            Había necesitado un día entero y ver morir a casi una decena de personas para llegar hasta allí.

            Pensé ir que al centro sería una odisea imposible y sin sentido para mí, y más sin un calzado decente. Pero de noche me di cuenta de lo que realmente necesitaba... Ropa, abrigo y comida. Lo peor no fue que yo lo supiera, lo peor fue encontrarme a más de mil personas hambrientas, con familia, de raza gitana, comiéndose la poca comida que habían encontrado y ordenándome que me marchara porque no tenían comida para mí. Que bastante poca había para sus familias.

            Les dije que solo quería descansar, que estaba destrozado por aquel día terrible que había pasado pero me amenazaron con sus palos y hierros con que si no me marchaba me matarían. Me alejé de ellos y busqué un rincón donde dormir, donde no corriera el aire. Una casa parecía más o menos entera y me metí en ella, pero centenares de personas ya estaban refugiadas en ella y no me dejaron entrar. Tuve que dormir en un trozo de jardín que nadie había reclamado y me desperté con la primera réplica del terremoto.

 

            Si pensábamos que no quedaba nada en pie, nos equivocamos. Aquella casa donde había cientos de personas, se vino abajo como un castillo de naipes. No consiguieron salir casi ninguna de las personas que estaban allí. Lo peor fue lo que ocurrió dentro de mí... me alegré por ello, me sentí afortunado porque no me dejaron entrar y creí que había sido justicia divina que la casa les matara a todos por egoístas.

            Por supuesto, ahora no pienso eso, debía haber familias enteras allí dentro. Con la nueva réplica, los gitanos se alborotaron y los gritos de los niños, los llantos de los bebes y de sus madres, y los gritos histéricos de los hombres me convencieron de que allí nunca podría dormir. Estoy hablando de una réplica que duró casi una hora y que no dejó prácticamente nada en pie. En esa hora yo solo me preocupé por buscar un lugar que no pudiera hundirse para volver a conciliar el sueño, aún estando en pleno terremoto.

            - La Biblia nos lo advertía - gritaba un chiflado desde el campamento gitano.

            Mientras daba sus sermones la tierra cortaba sus frases con estallidos semejantes a explosiones. Debo reconocer que los terremotos son más aterradores por el hecho de que la tierra se parta bajo nuestros pies que por el hecho de que se caigan las edificaciones. A pesar de los estallidos de la tierra, no se abrieron muchas grietas, al menos donde yo estaba. Pero creo que el campamento gitano no tuvo tanta suerte porque los gritos eran ensordecedores y no estaba dispuesto a acercarme para ver qué les pasaba.

            Debían ser las diez de la noche y la réplica cesó. No puedo asegurar qué hora era pero siendo invierno y sabiendo que se había hecho de noche sobre las seis de la tarde, esa era la hora que debía ser. Por más que lo intenté no pude dormir. Pero no me atrevía a moverme ya que no veía donde pisaba y podía haber grietas en cualquier parte.

            Pasé un buen rato allí encogido por el frío cuando vi pasar a un hombre con una antorcha.

            - ¿Hay alguien ahí? - preguntaba.

            Sorprendentemente no contestaba casi nadie y vi que una mujer gitana corría hacia él.

            - ¿No hay nadie más? - preguntó el hombre.

            - Yo - dije, poniéndome en pie, tiritando de frío.

            - Dios mío, no queda casi nadie - lamentó él.

            Era un hombre con barba, bien abrigado y aparentemente muy sano.

            - Venir por aquí, estamos juntándonos los supervivientes. Tenemos algo de comida y agua.

            Su declaración fue como la voz de un ángel.

            Nos juntamos en un lugar donde había mesas y platos con comida. Todos ansiábamos comer algo pero ninguno nos atrevimos a hacerlo. Eran los restos de un colegio, o quizás habían sacado las mesas de los escombros, no había forma de saberlo. Debíamos ser unos treinta y todos teníamos miradas asustadas.

            - Nunca había pasado tanto miedo - dije en voz alta, queriendo que los demás también se abrieran a mí. Necesitaba hablar con alguien.

            - Mi familia... - dijo una mujer mayor.

            - No quiero ser alarmista - dijo el hombre de barba -, pero no hay un solo rincón seguro en esta ciudad. Si no son los escombros, son los saqueadores, sino es el frío y el hambre,... tenemos que permanecer unidos para sobrevivir a esto. Tenemos que organizarnos ya que no podemos contar con que venga el ejército, ni la policía, ni la ayuda internacional.

            - Tengo una radio - dijo una anciana -. No sé si funcionará. Antes la puse y encontré una emisora, decían que el terremoto había asolado todo el sur de Europa, el norte de África y que se estaban produciendo réplicas en Medio Oriente y Asia.

            - ¿En América no ha habido? - preguntó un señor.

            - No lo sé, eran las noticias de las tres y no mencionaron América.

            - Era la radio por satélite. Seguramente transmitían desde muy lejos - dijo un hombre con bigote blanco.

            - Hemos tenido suerte, decían en la emisora - añadió la anciana -, que al parecer la peor parte se la ha llevado Italia. Decían que allí habían tenido una escala de Richter de 8 durante dos horas. Que las imágenes de los satélites revelaban que Italia se había convertido en una isla y que era prácticamente imposible que hubiera supervivientes.

            - Señora no se dice así lo de la escala del terremoto - corrigió un hombre con gafas.

            - ¿A quién le importa cómo se diga? - la defendió otro señor mayor, de unos setenta años -. Estamos jodidos, y lo que es peor, estamos solos.

            Me di cuenta de que yo era el más joven del grupo. El hombre de barba debía tener casi cincuenta y la mujer más joven debía rondar su edad. La rotundidad de aquel señor nos hizo mirarnos unos a otros. Analizamos la situación desde una nueva perspectiva y la acuciante necesidad de un grupo unido nos hizo guardar silencio.

            - Encienda la radio, buena señora - le dije -. A ver si dicen algo más.

            Todos me dieron la razón y la mujer encendió su aparato.

            Se escuchó ruido y ninguna voz ni emisora. Entonces movió lentamente el dial para comprobar todo su rango. No había más que ruido y sonidos agudos hasta que se escuchó una voz lejana que apenas se entendía.

            - Este es un mensaje automático de Radio Nacional, atención a todos los que puedan escucharlo, no queda nada. No acudirá ninguna ayuda, todo ha sido destruido. Al parecer los países del norte de Europa no han sufrido los terremotos pero los últimos informadores nos han dicho que están disparando a todos los que acuden a sus fronteras. Debe haber miles de millones de víctimas de los terremotos pero también hay miles de millones de supervivientes que buscan comida y refugio de forma violenta. Si pueden oír este mensaje, no traten de ir al norte. Solo nosotros podemos volver a levantar este país desde sus cenizas, organicémonos y luchemos por hacerlo.

            Después se escuchaba una musiquita y luego volvía a repetir el mensaje.

            La mujer apagó la radio, desconsolada. Todos estábamos abrumados por la pesadilla que nos había tocado vivir.

            - Ahora está claro, ¿no? - intervino el hombre de barba -. Esto es el fin a menos que comencemos a organizarnos. Hoy intentaremos dormir y mañana nos separaremos para buscar comida y agua. ¿Estáis de acuerdo? 

            Todos asentimos.

            - Debemos racionar la comida que tenemos, puede que la necesitemos. Tú, chico - me señaló -, recoge la comida en una bolsa y reparte un trozo a cada uno.

            Me sorprendió que me llamara chico. No me llamaban así desde los veinte años.

            Obedecí, recogí toda la comida que había en la mesa y la metí en una bolsa limpia. Luego pasé delante de todos y le ofrecí un poco a cada uno. Cuando todos comimos nuestra ración solo quedaba la mitad de la comida. Teníamos lo justo para comer un día más. Pero lo peor era que no teníamos ni una gota de agua. A los últimos no les llegó ni siquiera un sorbito.

            Dormimos como niños a pesar del frío, el hambre y el cansancio.

            Sin embargo no despertamos de día con el Sol, sino por los golpes que nos propinaron los saqueadores que pasaron por nuestro campamento. Se llevaron la bolsa de comida, despojaron de sus abrigos a los que tenían y les robaron los calzados. A mí me golpearon con palos hasta que no pude moverme más. Me rompieron varias costillas y escupí sangre durante horas. A los demás ni siquiera les dejaron conscientes. Recuerdo que el hombre de la barba trató de resistirse y le volaron la cabeza con una escopeta de caza. Era nuestro líder y... no duró mucho, supongo.

            Con dolor en todo el pecho me quedé dormido y pensé que no despertaría más. Además le pedí a Dios que por favor, no me dejara despertar.

 

            Pero no me escuchó. Desperté entre los cadáveres de mi grupo, alguno de los ancianos aún agonizaba, las mujeres habían sido despojadas de su ropa y después de violarlas las habían matado, incluso las más ancianas. Era tal el dolor que sentía al ver el estado de aquella gente que me había ayudado que no quise permanecer allí por más tiempo y me marché. Busqué comida, ropa, calzado. Cogí una tubería para defenderme si tenía que hacerlo y el segundo día pude encontrar una lata de refresco entre unas ruinas y varios cadáveres a los que pude arrancar la ropa para ponérmela a modo de capa. Por supuesto, las telas apestaban pero prefería apestar a morirme de frío.

            Durante esa semana seguí manteniendo la esperanza de encontrar a alguien con quien dialogar, con quien unir fuerzas, pero los pocos con los que me he cruzado iban armados y no me he atrevido a dejarme ver. Ha habido varias réplicas del terremoto, y siempre se ha abierto la tierra para borrar los rastros del crimen que la propia naturaleza ha cometido. He visto desaparecer manzanas de escombros enteras bajo una gigantesca grieta, he visto cómo grupos armados eran devorados por la justicia divina, en pleno temblor y por alguna razón, después de una semana de cataclismos, yo sigo con vida.

            Este es un mundo de pesadilla y no sé si algún día quedará alguien cuerdo que pueda leer esto o le interese mi historia. Al menos yo la he contado y he mantenido mi escasa cordura intentando dejar un testimonio de lo sucedido para las generaciones futuras, si es que la raza humana vuelve a ser civilizada algún día. Si es que este testimonio puede servir para que la gente entienda por lo que estamos pasando.

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    carla (sábado, 02 julio 2011 00:05)

    Wao!! Me fascino esta historia!! Super! Y no dudo que esto suceda algun dia, segun van las cosas!!

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo