Nueve de corazones

10ª parte

            El sábado amaneció sin sueños que pudiera recordar. Sin embargo seguía sintiendo la felicidad heredada de la noche anterior. Aún podía oler el suave perfume de Brigitte y sus palabras embriagadoras de su último email le habían convertido en un ser hecho de energía pura, con ganas de comerse el mundo. Tenía un caso que resolver en dos días y en circunstancias normales seguramente se habría dedicado a prepararlo una semana y luego la investigación podía durar un mes.

            Estaba enfrentándose a dos posibles verdades. La primera era la más probable, que le estaban tomando el pelo. La segunda era que podía ser cierto y si no tenía en cuenta este factor, sería fatal para él descubrir que pudo evitar la muerte de un chico si le hubiera creído y más aún sabiendo que podía haber examinado personalmente a un abducido auténtico.

            "No me hagas travesuras" - le había advertido Brigitte en su email. ¿Por qué tuvo que decirle eso? Ahora solo se le ocurrían travesuras. Una detrás de otra y no había otro modo de resolver el caso en tan poco tiempo.

            Tenía dos días para hacer demasiadas cosas, para escribir sus experiencias pasadas para que Brigitte las pudiera leer y que pareciera una historia de ficción, también tenía que alquilar un almacén, comprar dos máscaras, una bata de médico, un uniforme militar y una camilla de hospital. Tenía que tener todo listo antes de las doce. No había problema, ya que eran las seis de la mañana. Nunca podía dormir más tiempo en esa insufrible habitación sin persianas.

            El dinero es un buen apoyo cuando hay que hacer cosas fuera de horario comercial. Estaba acostumbrado a llamar a puertas a horas intempestivas y en Nueva York era más fácil convencer a la gente si mostraba billetes de cien pavos a los que molestaba.

            A las once tenía un almacén totalmente equipado en Brooklyn y había contratado a unos gamberros para que trajeran a sus contactos, sin hacerles daño. Les regaló unas caretas de monstruos para que se las pusieran en su misión, si no querían que les trincara la poli. Además les advirtió de que si cualquier persona resultaba herida, podían despedirse del dinero.

            Se vistió de médico y se puso la mascarilla de un cirujano mientras esperaba a sus compinches, a los que no había dejado que le vieran la cara completa, poniéndose unas enormes gafas de sol, por si algo se torcía. Los gamberros llegaron puntuales, a las doce y media con su camioneta destartalada e hicieron bajar a los dos muchachos, que estaban completamente desorientados con una bolsa de papel en la cabeza y las manos atadas.

            Antonio sonrió, empezaba el espectáculo. Despidió a su pandilla con dos billetes de cien dólares para cada uno y éstos se marcharon tan felices.

            Metió a Timy, el supuesto abducido, en un despacho del almacén y le ató a una silla y a su hermano se lo llevó a otro despacho y le soltó, le quitó la capucha, le cortó las cuerdas de las muñecas y le hizo sentar para explicarle la situación.

            - ¿Es usted el detective de lo sobrenatural? - el chico estaba aterrado.

            - Sí, pero escúchame atentamente. He descubierto que tu hermano no es lo que parece. Mis hombres están con él tratando de sonsacarle la verdad pero esta especie de Alien es muy dura. Son duros de verdad. Vamos a tener que emplear medidas drásticas para que confiese.

            - ¿Qué clase de medidas? - preguntó el chico.

            - ¿Cómo te llamas? - cortó Antonio.

            - Terence, quiero saber qué van a hacer con mi hermano.

            - Si en diez minutos no confiesa, tendremos que abrirle la cabeza. Esos alienígenas son muy inteligentes, los chips que meten en las cabezas son muy pequeños y los alojan en el hipotálamo, reemplazando parte del hueso. Suelen incluir una antena de titanio que es lo más llamativo de sus abducciones, esta es superficial y solo sirve para que ellos puedan manejarlos a distancia como títeres. Tendremos que...

            - ¡Van a abrir la cabeza a mi hermano! - exclamó, horrorizado.

            - Por supuesto, ¿qué esperabas? Y pienso que cuanto antes mejor. Te hemos traído a nuestra base de operaciones para que, si algo sale mal, tenga a un familiar cerca.

            - ¡Por favor! No lo hagan, es mi hermano. Podría morir.

            - No hay más remedio, es la única forma de salvarle.

            Terence le miró aterrado. Antonio esperaba cualquier gesto, una mueca de arrepentimiento por haber mentido... Sin embargo el muchacho asintió, llorando.

            Salió del despacho y le encerró con llave. No podría salir, no tenía ventanas. Se cambió de ropa rápidamente, se quitó la bata de médico y se puso el uniforme militar. Se puso una máscara antigás y entró en la habitación de Timy. Le quitó la bolsa de papel y caminó lentamente a su alrededor, examinando con detenimiento su comportamiento, sus posibles marcas en la base del cuello. Por suerte tenía el pelo corto y no tuvo problemas en identificar un corte justo detrás del oído izquierdo. Un corte suturado sin puntos.

            - Qué te ha pasado en el oído - preguntó. Su voz con la máscara antigás era gutural.

            - ¿Quién es usted? - preguntó el chico, que debía tener trece años -. Esto es un secuestro, va a pudrirse en la cárcel.

            - Si no me respondes tendré que hacer daño a tu hermano - le amenazó, impasible.

            El chico le escupió y le dieron ganas de abofetearle, pero no lo haría. Solo quería la verdad, no hacerles daño.

            - Hágale lo que quiera, le odio - replicó Timy.

            - ¿Te haces el valiente conmigo? No deberías.

            Extrajo una jeringuilla de una caja y la llenó de suero salino.

            - Voy a tener que sacarte la verdad a la fuerza. ¿Has oído hablar del Pentotal Sódico? Es el famoso suero de la verdad. Dicen que funciona en el 98% de las ocasiones y el 2% restante resulta mortal. Se ha documentado que ese 2% parece ser que solo se da si se aplica a niños menores de quince años.

            - Métase esa jeringa donde le quepa - repitió el chico, escupiéndole de nuevo.

            Qué cabezota era ese crío. Antonio pensó que ya estaba bien de amenazas, le clavó la jeringuilla en el brazo y le inyectó su contenido lo más rápido que pudo. Sabía que si lo hacía así le dolería mucho más. Sin embargo no se quejó, solo puso cara de dolor pero resistió bien.

            - Si sigues vivo en media hora, volveré a preguntarte. Mientras tanto voy a interrogar a tu hermano a base de golpes. Seguro que él sabe algo de esa cicatriz.

            - Espere, espere - dijo Tim, con cara de preocupación, al fin -. No le haga nada, no le diga nada. Mis padres me llevaron al hospital por un dolor de oído y me operaron. Es solo una cicatriz y no queremos decirle nada porque probablemente a él también tengan que operarle. Es una enfermedad genética y él detesta los hospitales.

            - Cuéntale eso a otro que le interese - replicó saliendo y cerrando con un portazo.

            Salió y volvió con Terence. Este parecía preocupado y al verlo entrar con otro uniforme se asustó. Al no poder verle la cara le pregunto quién era.

            - Las preguntas las hago yo - intentó cambiar el tono para que pareciera otra persona.

            - ¿Cómo está mi hermano?

            - Le están interviniendo, nuestros cirujanos son expertos en bioingeniería. Saben cómo taladrar cráneos alienígenas.

            - Pero pueden matarlo - Terence parecía no poder soportar más la tensión.

            - Un Alien muerto es mejor que uno vivo y libre - aleccionó.

            - ¡Tiene que detenerlos! - gritó, furioso -. He mentido, no le han abducido. Solo es que ya no es el mismo de siempre, antes jugábamos juntos, éramos amigos. Ahora me odia, odia a todo el mundo. Le juro que es verdad, déjenlo tranquilo, no es malo, solo es idiota perdido - estaba llorando mientras decía eso.

            - Demasiado tarde, no se puede detener la intervención - replicó.

            Volvió a dejarle solo. Al salir se quitó la máscara y sonrió. Decidió que sería bueno para los dos que tuvieran un momento para rezar por su hermano y se arrepintieran de sus respectivas actitudes. También él tuvo tiempo de reflexionar, había secuestrado a dos chicos por una estúpida riña de hermanos. Suspiró y se llevó las manos a los bolsillos esperando encontrar su caja de cigarrillos. Se dio cuenta de que era su uniforme militar y que no tenía ni la caja vacía.

           

            Les metió en la furgoneta a ambos, con las bolsas de papel en la cabeza y les llevó a su barrio, a varias manzanas de su casa. Les hizo bajar en un callejón donde no había nadie y cortó las ataduras de las manos a uno de los dos. Se volvió a meter en la furgoneta y se fue de allí. Por el retrovisor vio como Terence se quitaba la bolsa de la cabeza y liberaba a su hermano. Al examinarle la cabeza y verle bien le dio un fuerte abrazo y les perdió de vista.

            - Supongo que esto cuenta como travesura - se dijo, sonriente, convencido de que había estado perdiendo el tiempo con esos mocosos pero al menos ahora se querrían un poco más entre ellos. Se preguntó si denunciarían a la policía lo que había pasado y decidió tirar su teléfono de cuatrocientos dólares por la ventanilla de la furgoneta por si acaso les daba por investigar su llamada. Aquella broma había supuesto el fin su trabajo como detective de lo sobrenatural en Nueva York. Tendría que crearse una cuenta de email.

            Dejó la furgoneta mal aparcada a quince minutos de su hotel. La había robado, así que no le importaba que se la llevara la grúa.

            Cuando volvió a su habitación se dio cuenta de que eran las cuatro de la tarde del sábado y ya no tenía con qué divertirse. Se tumbó en la cama, cansado por tanto ajetreo, y cerró los ojos sabiendo que acababa de hacer una estupidez demasiado grande. En el anuncio de las farolas se había anunciado a sí mismo con su nombre actual, Antonio Jurado. En el hotel estaba registrado así, de modo que si la policía se ponía a investigar el extraño caso de secuestro sin secuestro, llegaría hasta él. Era su palabra contra la de los críos, que ni siquiera serían capaces de contar la misma versión de los hechos. Uno pensaría que fueron varios secuestradores y el otro que solo fue uno. Aunque esperaba que el buen juicio de ambos les hiciera entender que solo fue un susto y que debían aprender la lección de no mentir.

            Pero el sentido común de la juventud actual era un mito. Seguramente le denunciarían, Terence les diría que le llamó a él y le encontrarían tarde o temprano. No sabía cuántos Antonio Jurado podía haber en esa ciudad. Lo único razonable que podía hacer era desaparecer de Nueva York inmediatamente.

            Dedicó la tarde del sábado y el domingo completo en escribir su historia con la vampiresa, Sam. Se sintió bien al contar lo sucedido ya que necesitaba confesarse con alguien y el papel parecía que no le juzgaba. Estuvo enfrascado con sus relatos de su encuentro con la muerte y cuando tuvo que descubrir un culto a la Santa compaña. Todos ellos casos que estaban separados en el tiempo, algunos un año, otros varios años... y se dio cuenta de que los casos más cercanos que había tenido eran el del camino por el infierno y cuando resolvió el caso de Verónica. Decidió obviar el último de los niños ya que no era realmente un caso. Tampoco quiso escribir sobre los incontables casos falsos que le costaron dinero y solo sirvieron para ir descartando tipos de personas a la hora de escuchar a la gente. Recordó una mujer que le llamó diciéndole que su vecina estaba poseída y resultó que lo único que había poseído era una cogorza tremenda.  Estas personas le hacían arrepentirse de prestarse para que le tomaran el pelo.

            Pero los peores, con diferencia eran esos estúpidos chiquillos. Las prisas le habían hecho cometer errores, dejar testigos de su aspecto. Justo cuando no podía emplear su truco favorito de desaparecer.

            No podía marcharse antes de ver a Brigitte.

            - Buena la he hecho - se dijo, fastidiado, frotándose la cara con las manos.

            Nunca se marcharía, lo decidió en ese instante. Al menos, no sin ella.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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