Nueve de corazones

12ª parte

 

            Caminaron abrazados entre la multitud y lo que fue un trecho fastidioso el viernes anterior, se convirtió en el paseo más romántico que él había disfrutado. Sentir el cuerpo de ella pegado al suyo, abrazada a su cintura, caminando o tratando de caminar los dos con el mismo pie para ir acompasados, fue algo que nunca olvidaría. Se sentía culpable por muchas cosas, como que la había mentido para poder llegar a eso y también le hacía sentir mal que ella estuviera casada y estuvieran estropeando su matrimonio. Pero nada enturbiaba la sensación de que estaban caminando sobre nubes algodonosas, y que estaban en el cielo.

            Llegaron al hotel y ella mostró una cara de sorpresa y fascinación.

            - ¡Wow! Es alucinante - dijo, mirando los adornos de los techos del hotel -. Nunca pensé que entraría al Sofitel. Siempre que lo veo pienso que sólo los ricos de la tele podían permitirse esto. Se ve desde mi casa, ¿sabes? Hasta ahora era una especie de fondo bonito inalcanzable.

            - Yo te puedo alcanzar lo que me pidas - dijo él, feliz de haberla sorprendido.

            Subieron a la habitación y una vez dentro, ella se abalanzó sobre él sin darle un respiro. Le empujó a la cama y comenzó a desnudarse ofreciéndole un excitante espectáculo. Antonio se quitó la ropa enseguida y se quedó completamente desnudo esperando a que ella se quitara los zapatos, los arreglos del pelo y le miraba seductoramente. Luego ella le invitó a ponerse de pie y le besó detrás de la oreja. Antonio sintió un escalofrío que le hizo recordar a Sam por lo que tuvo un impulso incontrolable de apartarla. Sin embargo logró dominar sus miedos y la dejó besarlo y lamerle el cuello mientras su cuerpo se estremecía.

            - ¿Puedes desabrochar el vestido? - preguntó ella, susurrando a su oído.

            - Claro.

            Antonio trató de soltar la cremallera y ésta se enganchó en la tela. El momento romántico corrió peligro pero ella no se enfadó. Tuvo que dejar de abrazarla para poder soltar el mecanismo y finalmente logró bajarle la cremallera. Ella se había cruzado de brazos y golpeaba, impaciente, el suelo con la punta de uno del pie.

            - ¿Has terminado? - preguntó, riéndose.

            Se volvieron a abrazar y esta vez sintió el contacto de sus senos rozando su pecho y los acarició sin poder creer que fueran tan suaves y cálidos.

 

 

            Hicieron el amor varias veces. Cuando terminaban se quedaban descansando, abrazados y hablando de cosas, detalles de sus vidas como anécdotas de sus respectivas infancias, qué sitios habían visitado y dónde querrían ir algún día. Ambos estaban de acuerdo en que querían ir a Paris, pero solo con la persona que fuera el amor de su vida. Luego volvían a hacer el amor, repitiendo el ciclo una y otra vez, como si fuera el día y la noche y ambos no quisieran detener nunca esa rutina.

            Antonio tuvo un momento de silencio para cerrar los ojos y pensar un deseo que lanzó al cielo con todas sus fuerzas. "Dios mío, ojala este momento durase para siempre".

 

 

            Pasaron toda la tarde juntos y ninguno de los dos quiso mirar el reloj. Ella se levantó para ir al baño y prometió volver inmediatamente. Antonio no quería mencionar la hora, debían ser más de las doce de la noche y temía que si decía que ya se había pasado de las nueve, ella se marcharía. Se incorporó un poco y buscó el reloj por la habitación. Estaba tirado en el suelo, debajo de una silla. Se levantó y miró la hora. Eran las dos de la madrugada.

            Justo en ese momento escuchó un golpe en baño, como si Brigitte se hubiera golpeado fuerte con el suelo.

            Su corazón se congeló, había sido un golpe tan duro que hizo temblar la alfombra que estaba pisando. ¿Se había resbalado y golpeado la cabeza?

            - ¿Estás bien? - preguntó, asustado.

            Ella no contestó.

            Corrió al baño a ver qué había pasado y la vio tendida en el suelo, completamente inmóvil. Se quedó pálido al verla, le tomó el pulso sin apenas respiración y sus dedos tardaron en encontrárselo. Su pulso era preocupantemente débil e irregular.

            - Por favor, por favor, por favor, no puedes morirte... tenemos tantas cosas que vivir juntos...

            ¿Qué demonios había pasado? No había nada roto, era como si al estar mirándose al espejo hubiera caído fulminada...

            - El espejo... - dedujo inmediatamente.

            Miró al enorme espejo del baño, uno del tamaño de una persona y buscó algo sospechoso, algún movimiento extraño o sobrenatural. Al no ver nada se regañó a sí mismo por no reaccionar y quedarse ahí plantado. Fue corriendo a por el teléfono y mientras llamaba se puso el pantalón y los zapatos. Pidió una ambulancia urgentemente y mientras llegaron trató de vestirla como pudo. No podían encontrarla completamente desnuda. La vistió con suma delicadeza, le puso el vestido azul tratando de mover lo menos posible su cabeza, la besó en los labios esperando despertarla como a la bella durmiente pero, a diferencia del cuento, ella no despertó.  A medida que pasaban los segundos se le fue formando un hematoma en la frente. Seguramente cayó de cara contra el lavabo y no puso las manos para protegerse.

            - Por favor, despierta - suplicaba, aterrorizado.

            Los servicios de emergencia llamaron a la puerta y les abrió. Al verla tendida en el suelo del baño él les explicó que se había derrumbado de repente. Le había dado tiempo a ponerle el vestido pero no la ropa interior. Pero al menos no la verían desnuda, pensó.

            Los dos enfermeros le ignoraron y le pidieron que se apartara. Antonio no sabía qué hacer, la tumbaron en una camilla y le pusieron oxígeno. Dijeron que su corazón parecía sufrir una arritmia y uno de ellos dijo que parecía estar en coma. Especularon que quizás había tenido una aneurisma y el otro le dijo que podía ser incluso un ictus. Ambos estaban de acuerdo en que había que llevarla inmediatamente a un hospital.

            Antonio les vio llevarse su cuerpo y quiso ir detrás.

            - No puede venir con nosotros. Vamos al North General - le dijo uno de ellos, mientras se cerraba la puerta del ascensor. La camilla y ellos llenaban todo el espacio útil y no pudo acompañarles.

            Al quedarse solo volvió a su habitación a terminar de vestirse y se sintió extraño. Como si todo hubiera sido una pesadilla. Entonces vio su bolso y se sintió aliviado. Ahí podía encontrar su identificación, podría ir a verla. Buscó su cartera y vio sus apellidos. En cuanto la identificaran llamarían al marido y él no podría volver a entrar. Debía tener cuidado de no meter la pata.

            De repente pensó qué pasaría si ella moría y la idea fue como un martillazo en su pecho que le dejó sin aliento. Casi se derrumbó al pensarlo. Se tuvo que sentar en la cama y lloró desesperadamente, tratando de asimilar lo que había pasado.

            Se puso los zapatos, se fue al baño y se peinó. Mientras lo hacía, la puerta se cerró de golpe, sin que nadie la tocara.

            El fondo del espejo comenzó a iluminarse de color rojo.

            Antonio retrocedió hasta tocar con la espalda la pared, se estaba asustando. Sintió una quemazón intensa y dolorosa en su antebrazo izquierdo y se lo miró. Ante su asombro, estaban apareciendo unas letras escritas en su piel, como si alguien le estuviera quemando con un punzón al rojo vivo.

            - Aaaahhhh - gritó, dominado por el dolor, tapándose las heridas que se le formaban con la otra mano sin conseguir evitar que siguieran saliendo.

            Cuando el dolor del brazo cesó, el baño volvió a la normalidad y la puerta se abrió sola. Entonces vio que había una frase escrita en su antebrazo, como una quemadura.

            Devuélvenos a Verónica

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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