Nueve de corazones

16ª parte

 

            Salió corriendo a la plaza y vio lo que más temía. El Demonio sostenía a Verónica por el cuello y Pedro estaba suplicándole que tuviera piedad de ella. Ya no estaba cubierta de luz, habían logrado doblegarla.

            Corrió cuanto pudo y chilló con todas sus fuerzas mientras blandía la lanza contra el Demonio. Este no le vio venir, tenía que sostener a Verónica y no esperaba que le atravesara con aquel palo con punta oxidada. La lanza asomó por su abdomen pero el demonio no sangró.

            - Suéltala, maldito - exigió, poniendo la punta de la espada en su cuello.

            Dejó caer a Verónica a un lado y esta fue auxiliada inmediatamente por Pedro, que se disculpó por haberse dejado engañar por el Gemelo. El demonio rompió la lanza por la punta y se la sacó por la espalda con muecas de dolor.

            Antonio se quedó frente a frente con el Diablo.

            - No esperaba que volvieras tan pronto - renegó el demonio.

            - He venido a por las llaves de sus cadenas - dijo -. Y no puedes hacerme ningún daño, Dios está dentro de mí y lo sabes. Sin embargo nada me impide hacerte rodajitas.

            El Gemelo chasqueó los dedos y la espada que tenía se convirtió en una culebra que se le enroscó en el brazo con fuerza. Antonio la cogió de la cabeza y se la quitó antes de que se lo partiera. Después la arrojó lo más lejos que pudo.

            - ¿Y por qué piensas que te las daría? - preguntó, sonriente.

            - Porque me quedaré yo a cambio.

            - ¿Tú te quedas? - preguntó, desconfiado.

            - Tienes que dejar que Verónica la libere.

            - Dejaré ir a Brigitte, solo a ella. Esa es mi única oferta.

            - Dame las llaves - ordenó Antonio, enfurecido.

            Antonio se acercó a él con determinación. Sabía que el maligno temía su contacto, sentía que Dios estaba con él.

            - Me las he tragado - le retó Satanás, que parecía no sentirse intimidado.

            Obviamente no mentía. No llevaba nada colgando y no tenía ropa alguna. Sus peludas patas no podían esconder unas llaves de grilletes.

            Ante su sorpresa, el demonio hizo aparecer una espada de fuego en su mano y la volteó en el aire con tal destreza que rozó la punta de la nariz de Antonio. Si hubiera querido hubiera podido matarlo de un solo tajo.

            Antonio se mantuvo firme, no podía escapar y tampoco enfrentarse a él de modo que si tenía que morir, lo haría con dignidad, sin correr como un cobarde.

            - No puedo creer que pensaras en serio que podías conseguir un trato que te beneficiara de todo esto.

            - Libérales a todos.

            - ¿O qué? - puso la espada de fuego sobre su cuello y sonrió, con suficiencia.

            Una mano luminosa salió del brazo de Antonio y aprovechando su cercanía atravesó el pecho del Demonio sin lacerarlo, como un ente espiritual. Sin embargo su contacto con la carne del Demonio le hizo sufrir indecibles torturas pues se retorció de dolor. Sacó la llave de su estómago y después Jesús salió completamente del cuerpo de Antonio. Verónica volvió a iluminarse al verlo y Pedro puso cara de espanto.

            - He venido para que las cartas vuelvan a su lugar de la mesa - dijo el Señor -. Has hecho trampas, querías quedarte mi nueve de corazones - miró a Verónica con una sonrisa de complicidad -. Es justo la carta que necesitaba para hacer una escalera de color y era mía desde el principio. Utilizaste tus malas artes para arrebatármela, para provocar males indescriptibles al mundo.

            Antonio se sintió pletórico al ver a Satanás retroceder ante el hijo de Dios.

            Al verle tan poderoso se sintió esperanzado. Puede que pudiera llevarles a todos de vuelta.

            - ¡¡Aléjate, no quiero verte, no puedes estar aquí, no me toques!! - de repente, el Gemelo parecía un cobarde.

            - Libéralos - ordenó Jesús, con autoridad pero sin elevar la voz.

            - Él no te pertenece - señaló a Antonio -. Ha pactado conmigo, dijo que se quedaba voluntariamente.

            Jesús volvió la cabeza y le miró, comprensivo. Antonio tenía miedo, era cierto que lo había hecho, le había ofrecido su alma por salvar a Brigitte.

            Antonio creyó que era lo justo, debía cumplir su parte del trato y quedarse en el infierno a cumplir su condena. Había estado fuera de la ley tanto tiempo que a Dios no debía importarle demasiado. Agachó la cabeza y esperó con resignación la respuesta de Jesús.

            - Ahora yo tengo la llave que te pidió a cambio de ese trato. No puedes exigir nada - replicó Jesús -. Vete.

            El Demonio se levantó enfurecido y corrió lejos de allí. De su espalda salieron unas alas enormes de murciélago y emprendió el vuelo, alejándose de ellos. Los cuatro le vieron alejarse hasta que le perdieron de vista en el oscuro cielo ardiente.

            - Despediros, vais a tardar mucho en volver a veros - recomendó a Antonio y Verónica.

            - Gracias… me has salvado - se dirigió a Jesús, aún sorprendido por la manera tan rápida en que había sido salvado. Luego miró a Verónica -. Lamento...

            - Gracias a ti - le interrumpió -. Nunca habría podido salvar a Pedro sin tu ayuda.

            - Siento haberme llevado a tu chica - dijo Pedro, con tristeza, sinceramente dolido.

            - Yo habría hecho lo mismo - reconoció Antonio, sonriente.

            Entonces, Pedro y Verónica se miraron y se abrazaron. Antonio se emocionó al ver aquella bonita escena.

            Jesús se acercó a ellos y les tocó por los brazos. Éstos se iluminaron emitiendo un resplandor cegador. Tras la fuerte luz, desaparecieron para ir al cielo.

            - Nunca estaré lo suficientemente agradecido por lo que has hecho - dijo Antonio -. Creí que merecía este destino,  he cometido tantos errores… Perdóname si te pido otro favor más, Señor.

            - ¿Quieres que vaya contigo a sacarla de su celda?

            - Eso es - asintió Antonio, sorprendido porque quería pedirle que fuera solo él.  Lo cierto es que la idea de ir también él era aún mejor.

            - Aún tienes otra cosa más que pedirme pero no te atreves, ¿por qué?

            Antonio quiso contestar pero no fue capaz de expresarse.

            - Es... que no puedo, no tengo derecho a pedirte tantas cosas. Pero, necesito que me quites esa carga que tengo encima. No puedo huir siempre de la justicia y sabes que soy inocente.

            - Yo sé lo que deseas antes de que puedas pedirlo - replicó Jesús, sonriente -. Vuelve a tu vida, Antonio. Y sigue siendo mi soldado en la tierra. Las cosas se resolverán solas.

            - ¿Antonio? - preguntó, asombrado -. Mi verdadero nombre es Abel.

            Jesús se acercó a él y como si estuviera orgulloso de él le dijo:

            - Tu verdadero nombre es Antonio.

            Ambos bajaron a las celdas y la encontraron de pie, mirando hacia las escaleras a la distancia que le permitían sus gruesas cadenas.

            - Has venido - dijo Brigitte -. ¿Quién es?          

            - Estás a salvo. He venido a salvarte - replicó Jesús.

            Le mostró las llaves y ella recordó lo que le dijo su amado antes de marcharse. Que alguien vendría a sacarla y no sería él.

            Al ser liberada fue directa a los brazos de Antonio y se fundieron en un abrazo.

 

 

 

            Despertó con el sonido de una ambulancia. ¿Había estado soñándolo todo? Sus sueños eran así y quiso golpear la almohada porque creyó que todo cuanto había soñado acerca de Brigitte sería mentira. Pero le costó abrir los ojos. Estaba muy débil y vio la cabina de una ambulancia. No tenía a nadie cerca, estaba solo pero tenía puesto un tubo en la nariz con oxígeno. Le costaba respirar y no sabía qué hacía allí. Estaba de camino al hospital y seguramente tenía un par de policías al lado.

            Se dio cuenta de que estaba llorando. Todo había sido un sueño pero no estaba seguro de que hubiera servido para algo. Podía estar todo en su cabeza y Brigitte podía haber muerto.

            La ambulancia se detuvo con un frenazo casi seco y se golpeó la cabeza con el hierro de la camilla. Al sentir el golpe abrió los ojos y se encontró solo en la ambulancia. ¿Dónde estaban los médicos? No había nadie allí.

            - ¿Quién rayos está conduciendo? - se quejó.

            La puerta del conductor se abrió y escuchó pasos hacia la puerta de atrás. Al abrirse entró un resplandor cegador que no le dejó ver quién entraba. Había una farola justo encima de su posición. Era de noche.

            - Vaya, vaya, no te puedo dejar solo - dijo una voz femenina que le resultó tremendamente familiar.

            - ¿Qué pasa? ¿Quién eres?

            - ¿No te dije que en la cárcel no puedo visitarte para beber tu sangre cuando yo quiera? - preguntó ella, jocosa.

            - ¿Sam? - No podía ser, cómo sabía que estaba allí.

            Ella olisqueó el aire y se acercó a él con cara de asco.

            - La misma - replicó, ofreciéndole la mano para que se levantara -. Vamos, levanta, puede que me hayan seguido, tienes que huir.

            - ¿Qué ha pasado?

            - Sentí que mi asesino particular estaba en apuros y tuve que venir a por ti. Esos polis querían encerrarte hasta el día del juicio final.

            Antonio se incorporó y vio que fuera de la ambulancia había vegetación. Esa zona le sonaba, era el Central Park.

            - Vamos, sal de ahí o nos pescarán - ordenó ella.

            - ¿Qué ha pasado? - preguntó de nuevo, aun sabiendo que acababa de hacer esa misma pregunta.

            Ella le miraba con cara de asco. Se acercó a él y le olió más de cerca.

            - Joder - protestó -. Ya no eres virgen. Hueles a hembra - protestó Sam -. Si lo sé no te salvo.

            Antonio seguía débil y tenía mucho sueño.

            - Gracias - susurró, mirándola con sinceridad -. Me has arruinado la vida, me has hecho esconderme hasta de mi sombra, pero ¿sabes?... me has salvado ya dos veces y te lo agradezco de corazón.

            - No te metas en más líos - ordenó ella, seria -. No voy a beber de tu sangre porque ya eres un viejo asqueroso y ni siquiera eres virgen, pero te necesito vivo. Teníamos un trato, ¿recuerdas? Un día vendré y esperaré que me mates.

            - Lo sé... pero quizás... me cueste hacerlo. Es bueno saber que me ayudarás siempre que te necesite.

            Sam sonrió dejando que viera sus colmillos largos y blancos.

            - Si no me matas tú, te mataré a ti y a toda tu familia. Créeme, me matarás.

            Dicho eso Sam se desvaneció como una fantasma. Antonio sonrió, fascinado por sus poderes nocturnos. Se quedó pensativo y triste al darse cuenta de que eso era absurdo. ¿Su familia? ¿Qué le importaba su familia? Pensar que quizás no habría sido mala idea ser vampiro, pero enseguida comprendió que sin Brigitte su vida no tendría mucho sentido y si fuera un chupa sangre, la perdería irremediablemente. Ahora solo tenía una esperanza en la cabeza, tenía que averiguar qué había pasado con ella y si era posible, entrar a verla. Aunque sabía que era una locura y la policía estaría vigilando su habitación esperando que hiciera eso.

            Tendría que volver a recurrir a su dinero.

 

Continuará

Animal es el que abandona a su mascota.

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