Nueve de corazones

3ª parte

            Nueva York, recordó. Había viajado a Nueva York y se había instalado en un hotel de cinco estrellas. Le estaba costando doscientos dólares la noche y llevaba allí más de una semana. Los primeros días en la ciudad estaba entusiasmado, creía que podría encontrar casos en los que trabajar a destajo. Supuso que la gente allí creería más en fantasmas y en cuanto pusiera carteles en las farolas, con su número de teléfono, le llamarían sin tregua.

            Pero no fue así. Nadie llamó.

            - Si hay alguien a quien Dios no quiere, ese debo ser yo, el tipo más solitario de su creación - susurró, desganado, recordando su sueño celestial.

            En más de una semana nadie había llamado, ni siquiera para tomarle el pelo. Ya se había acostumbrado a las bromas pero por lo visto eso de reírse de los demás era más cosa de los españoles que de los americanos.

            Para distraerse, por las mañanas iba a un gimnasio que estaba en el propio hotel, se ponía en forma y luego se metía a hacer diez largos en la piscina climatizada.

            Había dejado de fumar, o al menos lo estaba intentando. Desde su pesadilla con el infierno, que también escribió en su cuaderno de notas, se le quitaron las ganas de morir a corto plazo. Ahora quería llegar a viejo y al ritmo que estaba fumando no habría llegado ni a los cuarenta.

            Por las tardes, los primeros días los había dedicado a pegar sus anuncios por las farolas, colgarlos por Internet e incluso había pagado un anuncio en la sección de contactos del New York Times. Cuando no le quedaron más ocurrencias, empezó a quedarse en su hotel y se limitaba a ver la tele o a jugar a videojuegos.  Al principio se aburría mucho porque la televisión le hartaba, casi todo era basura o series que ya estaban por la mitad y por tanto no se enteraba de nada. Las películas le entretenían pero no tanto como su consola portátil de videojuegos, que por otro lado, tampoco soportaba más de una hora seguida.

            En el gimnasio había conocido a varias personas pero no podía contarles a qué se dedicaba así que era muy distante con todo el mundo.

            Se dio cuenta de que en esa ciudad la gente era mucho más abierta que en España, pero también mucho más fría. La primera vez que se dio cuenta de ello, estaba tomando un café en un Starbucks y una chica le pidió que fuera con ella a una fiesta que daban unos amigos, sin conocerla de nada. Simplemente surgió porque le dio la hora y sin más se pusieron a hablar. Una situación así, en Madrid, sería imposible. Era guapa, se llamaba Lisa, pero la mintió tantas veces sobre su vida que, aunque le dijo que iría a la fiesta, no fue porque si la hubiera vuelto a ver, no podría recordar todas las mentiras que le había dicho.

            ¿Debía inventarse una vida completa que fuera coherente? No merecía la pena. Tarde o temprano los amigos terminarían enterándose de todo y él no podía permitirse el lujo de que otros supieran que se dedicaba a buscar fantasmas, monstruos y que luego en la mayoría de las ocasiones tenía que desaparecer por haber violado varias leyes. No dejar amigos era más sencillo, no tenía que acordarse de llamarlos, escribirlos... ni mentirlos. Y además, los amigos que había tenido ni siquiera le creyeron cuando fue acusado en el pasado de asesinato. No solo sus amigos, incluso sus padres. ¿Para qué quería amigos?

            Estaba bien solo, pero no se sentía bien. Tenía tiempo de pensar en sus experiencias, en su vida pasada. Especialmente en ese momento, que había soñado con Verónica como si ésta fuera su amiga y confidente a pesar de que él mismo intentó matarla. Lejos de atormentarle, ella trataba de hacerle comprender que la vida sin amor no valía nada aunque bien pensado, era una buena venganza con regusto dulce. Aun así se sentía en paz porque ese sueño significaba que no se sentía culpable por lo que había hecho. Verónica le había gustado y, como a todas las chicas a las que había besado, había intentando matarla. A ella por ser la asesina de los espejos, a la anterior porque era una vampiresa.

            Recordó que en la pesadilla del avión, donde creyó ir al infierno, había visto a un antiguo amor de Verónica, Pedro, y que éste ansiaba verla. Si lo hubiera recordado en el sueño, se lo habría dicho. Aunque ella parecía saberlo todo así que pensó que era una tontería y que no tenía por qué.

            Después de cerrar su diario miró el reloj.

            Eran las siete de la mañana, ni siquiera era una hora decente de levantarse. Tenía todo un día por delante y no sabía qué hacer, hasta las once no abrían el gimnasio y no tenía sueño. Cogió su consola portátil y la guardó en el armario. No quería distraerse, necesitaba un caso.

            Cogió la chaqueta y buscó en los bolsillos compulsivamente, sin saber que estaba buscando tabaco. Lo supo cuando encontró la cajetilla vacía y con su propia letra escrita en el cartón: "No vas a fumar más, así que olvídalo". Contuvo un reniego y a punto estuvo de aplastar la caja entre sus manos, pero consiguió controlarse y la volvió a meter en el bolsillo de su chaqueta.

            - ¿Y si yo mismo investigo algo? - se preguntó -. Estoy harto de no hacer nada.

            Verónica estaría partiéndose de risa, donde quiera que estuviera. Le había fastidiado el día. Estaba harto de estar solo, quería un amigo o una amiga... se sintió culpable, una vez más, por haberle clavado aquel cuchillo. Añoraba la intriga de aquel caso, añoraba los días en que esperaba en su apartamento una llamada del hospital diciéndole que había despertado. Deseó volver a dormir para que pudiera hablarle en sueños pero tenía los ojos más abiertos que el pato Donald. Se levantó y se dirigió al baño, se miró al espejo y se vio despeinado y con cara de cansado.

            Con cara de cansado, había dormido unas horas, ¿por qué no podía dormir?

            Así no podía seguir.

            Miró detrás de él en el reflejo y deseo verla a ella. Sintió un leve deseo de invocarla pero supo que al otro lado del espejo solo encontraría cosas malas y encima lo entendía. Se preguntó si podía invocar a Pedro pero negó con la cabeza al recordar que todo fue una pesadilla. Además ningún reflejo podía amar, no tenía ningún sentido esperar que Pedro y Verónica pudieran reencontrarse. La extrañaba pero quería tenerla allí, quería seguir investigándola. Pero el caso más importante de su vida estaba cerrado y eso dejaba su vida hueca como el tronco de un árbol muerto.

 

            Deseó ver a una chica que se pareciera a Verónica, se vistió y salió del hotel. Pidió un taxi y le pidió que le llevara a una calle donde hubiera prostitutas de lujo. El taxista le llevó a una calle donde las chicas eran espectaculares, guapas, la mayoría habían sido operadas de pecho. Se acercaron una a una a su ventanilla, a medida que el coche avanzaba lentamente por la calle. Casi todas eran rubias y mulatas y pasó de largo como si no las viera. Vio una chica morena, de cara perfecta en una esquina y le dijo al taxista que se acercara a ella. Cuando la chica habló pidió mil dólares por un polvo. Tenía una voz bonita y una sonrisa prefabricada que parecía sacada de revista porno.

            - Lo siento, me he equivocado – replicó, resignado.

            Antonio sonrió y subió la ventanilla. Había decidido que su idea de fabricarse una amiga había sido una estupidez. Que las ganas de conocer a una amiga así se le pasarían en cuanto volviera a dormirse y soñara otra cosa. Hubiera sido interesante intentarlo con esa chica, pero se dio cuenta de lo que pasaría. Ella no cobraba por polvos, sino por tiempo. Y tenía un cuerpazo impresionante y la disposición de acostarse con él lo más pronto posible para volver a la calle cuanto antes. La conversación habría durado cinco minutos y probablemente el polvo habría durado menos. 

            No quería perder así la virginidad, aunque se sintió ridículo pensando eso. Sí era virgen a los treinta y muchos y se avergonzaba de ello. Pero perderla con una prostituta marcaría su vida para siempre. Si un día conocía a alguien y le preguntaba con quién tuvo su primera relación sexual, no quería responder que con una prostituta.

            Volvió al hotel, ya eran las once así que comenzó su rutina de gimnasio. Hizo pesas, bicicleta, corrió en la cinta estática, se esforzó todo lo que pudo y luego se dio una ducha rápida, fue a la piscina y nadó hasta que dejó de sentir los brazos y las piernas. Se metió en la sauna y volvió a su habitación a descansar, viendo la tele y volviendo a engancharse a un videojuego. Luego cogió uno de los libros que había comprado y miró su portada. Le había llamado la atención porque le apasionaban los libros de investigaciones criminales y era de un asesino en serie que se enamoraba de su última víctima, al menos era lo que leyó en la sinopsis de su contraportada. No conocía al autor, pero tampoco le dio importancia, no leía demasiado. Se titulaba “El asesino que escribía cartas de amor” y le llamó la atención en la librería porque era como él. A todas las chicas que le habían gustado de verdad, al final tuvo que intentar matarlas.

            Leyó el primer capítulo y le gustó, aunque empezó a darle sueño y se quedó dormido.

 

            Esta vez no soñó en absoluto, o al menos, no recordó hacerlo. Fueron veinte minutos así que no tuvo mucho tiempo de soñar. Al despertar se vistió y bajó al restaurante del hotel, donde pidió un filete de ternera con ensalada. Mientras comía vio que había varias personas comiendo solas. Los que no estaban solos conversaban en un idioma que desconocía, otros se limitaban a comer. Se sentía extraño, cuando estaba en España nunca habría ido a comer solo a un restaurante, o al cine. No le gustaba ser el bicho raro que estaba solo en una mesa. Pero en New York no le importaba. Debía ser porque le traía sin cuidado lo que pensaran los demás sobre él. Estaría allí hasta que se aburriera y ya empezaba a aburrirse. Debía decidir a dónde debía ir después de un mes. Podría volver a España, o debería agotar su período de vacaciones. A partir de ese mes, sería considerado ilegal así que no le convenía encariñarse mucho de la Gran Manzana.

            Mientras comía, encendió su portátil y se conectó a la red wifi. Miró su correo y no tenía mensajes, como siempre. Entonces pensó que sería buena idea conectarse a un Chat, el único lugar donde no tenía que mentir y podía compartir sus pensamientos con alguien. Otras veces lo había intentado y se había hartado de la estupidez de la gente en menos de un cuarto de hora pero ahora no intentaría hablar a la masa descerebrada de los visitantes habituales.

            Por ello fue más específico y entró en un chat de hispano-parlantes, de personas de New York, entre veinte y treinta y cinco años para hablar de amistad.

            Cuando entró había veinticinco personas diciendo estupideces en la pantalla principal. Se preguntaban unos a otros si Bruce Springsteen era mejor que Madona, y que Lady Gaga no hacía más que desnudarse para llamar la atención, que si los políticos mentían más que hablaban, que si los Nicks habían hecho un partido de pena, que si The patriot había hecho un gran espectáculo en los Monsters Trucks pero que Grave Digger había estado colosal, como siempre... Un chorreo de frases inconexas que hizo que estuviera a punto de cerrar la ventana y olvidarse de los Chat otra temporada. Sin embargo hubo una frase que le llamó la atención. Una persona con Nick "Geheimnis" preguntaba si alguien quería hablar con ella en privado.

            Invitó a esa persona a una ventana privada y comenzó a presentarse. La chica, o lo que fuera, tardó en responder, y pensó que habrían intentado hablarle media docena de personas a la vez y tenía que decir algo que atrajera su atención sobre él. Pensó unos segundos y finalmente creyó saber lo que tenía que escribir: “Hola, si me hablas a mí prometo no decirte ni una sola mentira.”

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

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Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

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