Nueve de corazones

4ª parte

 

            Después de dos horas de Chat, el camarero del hotel le pidió que por favor se marchara, ya que estaban a punto de cerrar para hacer la limpieza para ofrecer la cena en una hora. Antonio asintió y se quedó asombrado, había estado charlando con esa desconocida de tantas cosas que ni siquiera se dio cuenta del paso del tiempo. Era una mujer casada pero no era feliz, tenía dos hijos y éstos la eran unos grilletes que la ataban a su marido. Por otro lado no le dejaba porque tampoco le odiaba. Para ella su matrimonio había sido feliz los primeros dos años, después más bien fue un contrato que no era difícil cumplir, pero que no le hacía feliz. 

            Era muy fácil hablar con ella porque apenas tuvo que hablar de sí mismo. Le había dicho las únicas verdades que podía confesarle, que estaba soltero, que a sus treinta y ocho años seguía siendo virgen, que tenía un negocio de inmobiliaria y que era jefe de sí mismo, que tenía bastante tiempo libre y que nunca había estado casado. También le confesó que se sentía solo y que no podía entender cómo teniendo familia, después de compartir tanto tiempo y experiencia con ellos, no sentía nada por su pareja. Ella le dijo que sí que le quería, pero no era el amor febril del noviazgo, que habían perdido la pasión, habían desaparecido los detalles y que ahora ella se sentía sola.

            Antonio se propuso no intimar demasiado con ella, no quería una novia, solo una amiga con la que charlar, no quería verla, no quería ni imaginar lo que sería salir con una mujer casada, pero no podía negar que habían conectado y no quería despedirse de ella para siempre. Le dijo que si mañana se aburría, volvería a conectarse. Ella le dio las gracias por haberla escuchado y le confesó que ahora se sentía mucho mejor. Como frase de despedida, le dijo que mañana le estaría esperando. Él no le prometió nada.

            Eran las ocho de la tarde cuando cortó la conexión y se quedó mirando la pantalla de su portátil, con dificultades para volver al mundo real. El camarero carraspeó para hacerse notar, barriendo junto a su silla y eso le trajo de vuelta.

            - Disculpe - dijo, distraído.

            Cogió el portátil y lo metió en su bolsa de transporte. Abandonó el restaurante mientras los camareros colocaban en las mesas las cartas de la cena. Subió a su habitación y se tumbó en la cama, todavía sin ser capaz de pensar con claridad. Era como si hubiera tomado una droga que le había aturdido el cerebro y le había acelerado el corazón. Su estómago burbujeaba como si se hubiera tragado una docena de pastillas eferbescentes y podía pasar cinco minutos mirando a la pared, sonriendo, solo por pensar en lo que Geheimnis le había contado.

            Una mujer casada, con dos hijos, acababa de decir que le estaría esperando mañana. No sabía ni su nombre, no sabía qué aspecto tenía pero tenía una extraña la certeza de que esa desconocida era la persona con la que más había intimado en toda su vida. 

            - No me volveré a conectar - se dijo, después de más de dos horas sin hacer nada, tumbado en la cama con los brazos atrás, apoyando la cabeza en sus manos y mirando al techo, únicamente dedicado a recordar su conversación. Se había imaginado a esa mujer de mil maneras, pensó que podía ser un hombre, quizás un camionero gordo que se había estado riendo a su costa. Pero no, nadie podía inventarse una vida tan compleja como esa, la creyó. Se lamentó por no haberle preguntado por su aspecto. Solo sabía que tenía entre veinte y cuarenta años, no le preguntó la edad por educación. Lo más seguro es que fuera sincera y tuviera realmente entre veinte y treinta y cinco, tal y como rezaba el título del Chat.

            Miró el reloj, eran las doce de la noche. Tenía sueño y suspiró...

            - Maldita sea, tengo que dejar de pensar en ella. Es una desconocida casada.

            ¿Y en qué otra cosa iba a pensar? Se preguntó. No tenía caso, no tenía amigos ni chicas en la cabeza, solo Verónica y no merecía la pena pensar en ella ya que estaba muerta. Si quería distraerse debía ver una película o jugar a algún videojuego hasta que no pudiera mantenerse despierto.

            - Vamos, esto se me pasará... - se dijo.

            Cogió la consola portátil y puso el juego de más acción que tenía. Siempre podía pasar las horas muertas con ese juego y cuando volvía a la realidad se daba cuenta de que había perdido horas y se sentía como si hubiera estado dormido, despejado y con ganas de hacer cosas. Se trataba de un juego de lucha y había llegado a dominarlo. Intentaba superar sus récords y para motivarse creó un personaje llamado como él.

            A la segunda pelea dejó la consola al lado de la cama y se quedó mirando al techo, pensando en si a ella le gustaría él. Si no quería a su marido, era posible que se enamorase de él y por tanto no debía volver a conectarse al día siguiente. Suspiró y se mordió el labio inferior con indecisión... No conseguía sacársela de la cabeza. Miró al consola y volvió a jugar una partida. Sin embargo perdió combates que podía haber ganado sin dificultad si estuviera concentrado.

            Cogió su libro, y leyó la segunda historia. Se trataba de un libro de historias sobrenaturales que nada tenía que ver con un asesino. Al menos no hasta la segunda historia en la que se contaba una curiosa versión romántica de la leyenda del fantasma del espejo. Había leído en la contraportada que eran historias relacionadas entre sí sobre hechos reales y ficticios. No se mencionaba nada de fantasmas y el hecho de que hablara de Verónica le llamó sumamente la atención. Leyó el nombre del autor "Antonio J. Fernández Del Campo" y sonrió. Antonio J. podía ser Antonio Jurado aunque obviamente él no era quien había escrito ese libro.

            Miró el reloj, no le apetecía leer más historias de fantasmas. El tiempo pasaba despacio y de pronto se dio cuenta que no había cenado. Había pasado toda la tarde en el restaurante y ni siquiera había terminado su pizza. Lo cierto era que no tenía hambre y aunque no sabía si el restaurante del hotel cerraba pronto, pensó que si abrían a las ocho para servir cenas posiblemente estarían hasta muy tarde. Los turistas no solían regresar pronto de sus expediciones por Manhattan.

            - Mierda, no debí dormir a medio día, ahora no tengo sueño - se lamentó.

            Miró la hora. Eran las diez y se preguntó para qué había mirado antes el reloj ya que no vio que hora era. Se rascó la cabeza con nerviosismo, no estaba en sus cabales y no lo estaría hasta que comprobara una cosa. ¿Y si ella le echaba de menos tanto como él?

            Bajó a cenar con su ordenador portátil y volvió a conectarse a la red wifi. Mientras cenaba otra pizza, vio las noticias, chequeó su email donde no había nada y a los diez minutos estuvo a punto de apagar su ordenador. Entonces pensó si ella se habría conectado para encontrarle, si ella pensaba en él tanto como él en ella y entró en el Chat con el mismo Nick. Buscó a "Geheimnis" pero no estaba. Ni siquiera sabía si los que estaban conectados eran los mismos de antes, aunque las tonterías de las que hablaban todos eran similares.

            Cuando se iba a dar por vencido, mientras mordía su última porción de pizza, apareció ella en la lista de conectados. Al verla se quedó congelado, como si hubiera visto un fantasma. Su corazón bajó su ritmo de latidos y sus manos dejaron de temblar. Por primera vez, en toda la tarde, su mente volvía a ser de su dominio. Sin embargo se preguntó si habría vuelto por él o le había mentido y se conectaba a todas horas.

            Antes de conseguir pensar una sola cosa con claridad, se abrió una ventanita de conversación privada.

 

 

 

                Geheimnis: Hola

                Tony: Hola

 

            Antonio estaba nervioso, no sabía qué decirle.

 

                Geheimnis: Veo que sigues conectado

                Tony: Bueno, acabo de entrar, es la hora de cenar y vuelvo a tener wifi

                Geheimnis: Ah, me has echado de menos, ¿eh?

                Tony: ¿Y tú a mí?

                Geheimnis: No, que va, me conecté por accidente. Sabes, este chat está en todas partes, la tecnología nos ha invadido, hay ordenadores en cualquier esquina. Te hablo desde la nevera

 

            Antonio soltó una carcajada y se cubrió la boca para que los del restaurante no le tomaran por loco.

 

                Tony: Lo he intentado de mil maneras, pero no he conseguido sacarte de mi cabeza. Nunca había tenido una amiga como tú y ni siquiera sé cómo eres.

                Geheimnis: Yo no siento esto desde que empecé con mi marido y ni siquiera sé tu verdadero nombre.

                Tony: Sí lo sabes, no te he mentido en nada. Me llamo Antonio J.

 

            Le pareció un curioso detalle que pusiera su nombre como el autor del libro que estaba leyendo. Era una extraña forma de no perder las costumbres de manipular a los demás, sin mentir. A lo mejor conocía ese libro.

 

                Geheimnis: ¿Qué es la jota?

                Tony: Antonio Jurado... esto... nada.

                Geheimnis: ¿Qué ibas a decir?

                Tony: No quiero que pienses que te miento, solo iba a contarte que no siempre me he llamado así. Te dije que no te mentiría,  me he cambiado el nombre aunque no esperes que te confiese el antiguo, nadie lo sabe excepto yo. Tuve problemas, como te dije, fue cuando mis padres me dieron la espalda y la única forma de librarme del problema era dejar mi pasado atrás.

                Geheimnis: Mientras no seas un antiguo ex novio mío...

                Tony: No soy americano

                Geheimnis: ¿En serio? Yo tampoco

                Tony: Soy español, ¿y tú?

                Geheimnis: De Perú. Aunque mi padre es Alemán y he vivido también en Alemania

                Tony: Vaya, estás hecha una trotamundos

                Geheimnis: No ha sido por gusto

                Tony: Cuéntame algo de tu vida

 

            Ella tardó en contestar. En la barra de estado ponía que estaba escribiendo pero no terminaba de salir nada. Estaba claro que el Chat tenía una curiosa forma de ganar interés gracias a las dudas que despertaba, si realmente estaban contestando, si en realidad ella tenía abiertas cuatro ventanas y hablaba con más gente o si, simplemente, le estaba escribiendo una parrafada de diez líneas. La sensación de incertidumbre podía resultar adictiva.

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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