Nueve de corazones

7ª parte

            Era casi la hora y regresó al hotel. La cafetería en la que habían quedado estaba tan cerca que podía ir caminando, en unos diez minutos.

            Se duchó y se puso un polo de color negro y un pantalón vaquero de los que había comprado con un cinturón de hebilla plateada brillante. Se peinó y luego se alborotó un poco el pelo para no parecer exageradamente preparado. Se roció con su perfume de ochenta dólares, que compró en el aeropuerto nada más llegar a Estados Unidos - después de percatarse de que estaba apestando a sudor, tras nueve horas de vuelo.

            Estaba listo, eran las siete menos cuarto. Salió sin prisa del hotel y caminó hacia la cuarenta y dos. Era sencillo, su hotel estaba en la treinta y nueve y había mirado por Internet la distancia que había. El paseo fue agobiante porque había muchísima gente por la calle. Era hora punta y no podía ir más deprisa ni más despacio porque la marea humana le llevaba como si fuera en un autobús invisible.

            Finalmente llegó y se encontró la cafetería a reventar de gente. No se esperaba ese problema así que decidió esperar en la puerta para que su chica no tuviera problemas en encontrarle. Le pareció raro pensar en su amiga como "su chica". Ni siquiera le había dicho su nombre, la conocía de Internet. Podía ser rarísima o podía espantarse en cuanto le viera. No era nada, solo una persona a la que le encantaría conocer.

            - Hola Tony - le dijo alguien, en español, desde la espalda.

            Se dio la vuelta. La voz era desconocida pero parecía pertenecer a un ángel. Su timbre era el más femenino y encantador que había escuchado.

            - Hola - se quedó paralizado al verla. Era poco más baja que él, también se había preparado a conciencia y sonreía con la mirada más seductora y natural que había visto.

            - Has venido - dijo ella, sonriendo.

            - Por supuesto - respondió él -. No tenía nada más interesante que hacer... No, perdona, no quise decir que...

            - Tranquilo - interrumpió ella posando su mano en el brazo de Antonio -. No muerdo.

            Estaba nervioso, y cuando se ponía así hablaba muy deprisa y sin pensar lo que decía. Su cerebro se convertía en un torrente de pensamientos que salían en forma de palabras absurdas por su boca.

            - Esto está abarrotado - explicó Antonio, tan nervioso que no sabía muy bien qué hacer.

            De camino a la cita se había imaginado que, cuando se encontraran, le daría dos besos, pero si se los intentaba dar ahora podía parecer raro.

            - Lo sé, por eso me cité aquí contigo - replicó ella, sonriente -. No sabía si serías un perturbado, quiero mucha gente cerca para sentirme segura.

            - Estoy perturbado - dijo él, sonrojado -. Pero solo desde que te he visto en persona. Eres más guapa de lo que imaginé.

            - ¿No viste mi foto? - ella no pareció escuchar el gran cumplido que se le había ocurrido y se sintió un poco estúpido.

            - Sí, pero no hace justicia.

            - ¿Nos ponemos a la cola? - preguntó ella.

            - Sí, claro - aceptó Antonio, sintiéndose algo extraño.

            - Por cierto, me llamo Brigitte - se presentó, ofreciendo su mano.

            - Oh,... ah, ya, encantado - replicó él, rascándose la cabeza sin saber qué decir y luego aceptando su mano. ¿Qué tenía que hacer? Darle un beso amistoso parecía exagerado, sobre todo después de llevar unos minutos hablando.

            No se había atrevido a preguntarle su nombre, pensaba que ella no se lo querría decir. Ni siquiera sabía si se volverían a ver a partir de ese día.

            - Cuéntame algo de ti - pidió Brigitte, sonriente.

            Qué tranquila estaba, parecía que quedaba con desconocidos todos los días. Quizás por eso Antonio estaba tan nervioso o quizás ella no porque había tenido incontables novios y él nunca había salido con nadie y no estaba acostumbrado a lidiar con esos sentimientos tan fuertes.

            Suspiró, enojado consigo mismo y se dijo que solo era una amiga y que no quería más, que estaba casada y solo quería tener a alguien con quién hablar.

            - Sí, eh,... ¿qué te cuento? - preguntó.

            - ¿Qué pasó con tus padres?

            - Esto... Brigitte - dudó -, no te lo tomes a mal pero es un tema muy personal y no me gustaría contarte algo así delante de tanta gente. Ya sé que puede que no hablen en español, pero... - arrugó la nariz esperando que ella comprendiera.

            - Oh, claro... ¿Tan serio es? ¿te maltrataron? ¿Te violaron?

            - Nooo - replicó Antonio, sonriendo exageradamente -. Ellos no me hicieron nada, ese es el problema,... o sea, que no hicieron nada cuando debían haberme apoyado. Es todo.

            - Pero, ¿qué pasó? - insistió ella -. Perdona, lo siento, luego me lo cuentas. Pero va a ser difícil que hablemos sin que haya gente cerca. Si tenemos la gran suerte de encontrar mesa, seguro que hay otras personas tan cerca que pueden escucharte.

            - Eso es lo que me temía, por eso quería sugerirte que fuéramos a un sitio más tranquilo.

            Por la cara de ella no le había parecido una buena idea.

            - No, mejor no, sino tardaría demasiado en volver a casa y Ben sabría que he salido. Además nadie se está fijando en nosotros, esto es Nueva York, aunque gritara nadie me miraría. Para eso tendría que subirme a la barra y desnudarme y aún así no les importaría el motivo.

            Antonio sonrió y negó con la cabeza. Sin duda sería un espectáculo verla desnuda, tenía un cuerpazo. Sin embargo trató de controlar sus pensamientos ya que estaba pensando en la mujer de alguien, cosa que no le resultó nada fácil.

            - Creo que fue una tontería decirte que mejor te lo contaba en persona. Me imaginaba un encuentro privado en algún lugar donde nadie más pudiera escucharnos... Es mucho mejor el Chat que esto, la verdad.

            - De todas formas no tengo mucho tiempo - añadió ella -. Tengo que estar en casa a las nueve, como muy tarde, así que si quieres tomamos café y me hablas de cosas no tan secretas.

            - Sí, claro - replicó él, decepcionado.

            La cita estaba siendo un completo desastre. Tanto tiempo pensando en ella, pensando en qué le contaría, si se fijaría en la expresión de su cara para saber si podía contarle más o no... Para que luego no se atreviera ni a empezar a hablar. La gente no era el problema, era ella.  

            Si sentir que el cerebro se derrite y el estómago burbujea es enamorarse, él estaba en el peor estado de la enfermedad. Porque realmente se sentía enfermo, era como una fiebre fuerte que bloqueaba sus pensamientos. Seguramente con alcohol en la sangre o con un cigarrillo en los labios ese efecto secundario de parálisis cerebral se le pasaría. Pero no podía fumar allí, y además, no tenía tabaco ni una petaca llena de Vodka.

            Cada vez que surgía una frase en su cabeza, inmediatamente pensaba que eso era una estupidez. Si deseaba contarle lo de sus problemas con la justicia, pensaba que eso la espantaría. Y si le contaba a qué se dedicaba, seguramente le llevaría la corriente como a un loco y luego se despediría y no volvería nunca más a ese chat con el Nick "geheimnis". Si le contaba que era millonario y que podía vivir a todo lujo más de cinco vidas, se podría interesar demasiado por el dinero...

            Los minutos pasaban, se acercaban a la caja para pedir sus cafés y ese silencio eterno podía haber sido terrible si no fuera porque ella empezaba a mostrarse tan nerviosa como él.

            - Perdona, no debería haberte mencionado que tengo que volver tan pronto. Soy una tonta, si desconfío de ti, no sé para qué te cuento mis problemas.

            Antonio la miró con asombro.

            - Venga, vámonos de aquí. ¿A dónde me quieres llevar? - ofreció Brigitte, con una sonrisa sincera.

            ¿A dónde la quería llevar? Maldita sea, no quería irse de allí. Al menos tenía la excusa de la gente. Si se quedaban a solas no tendría excusa, tendría que contarle cosas y eso le aterraba.

            - Ven, daremos un paseo a mi hotel – ofreció, aparentando tranquilidad -. Hay un restaurante donde no hay mucha gente. Así no tendrás de qué preocuparte, siempre podrás pedir ayuda si te hago algo.

            - Buena idea.

            Caminaron uno detrás del otro por las atestadas calles de Nueva York. Fue imposible hablar durante el trayecto. Él la miraba de vez en cuando para asegurarse de que no le perdía o que ella no huía de él. Sin embargo la multitud a veces les separaba y tenía que hacer un esfuerzo por volver a encontrarla. En una de las veces que la perdió de vista, ella se acercó a él e hizo algo que le detuvo el corazón y le dejó sin aliento durante segundos: Le cogió de la mano.

            - Ahora no nos separaremos - dijo triunfal y sonriente.

            Qué sorpresa tan bonita. ¿Cómo era posible que una cálida y delicada mano pudiera provocar en él tantas sensaciones? Aquel gesto fue lo que su salud necesitaba para combatir los síntomas traumáticos del enamoramiento enfermizo. Se sintió más seguro de sí mismo, su cerebro comenzó a tener ideas más claras y su respiración se volvió normal. El silencio dejó de ser molesto y fue agradable pasear entre tanta gente hasta alcanzar el objetivo del hotel al que ya no temía como antes. Ahora sí se atrevería a hablar con ella.

            Llegaron y se sentaron en una mesa, junto a una ventana que daba a la enloquecida calle donde los coches se movían más despacio que la masa humana de las aceras. Allí dentro había música tranquila, la luz era hogareña, lo justo para ver lo que la gente estaba comiendo y tenían una vela en la mesa que podían encender si querían. Por primera vez desde su llegada a Nueva York iba a tomar algo en ese restaurante sin estar solo con su portátil. Al llegar a la mesa, seguían cogidos de la mano y Antonio no quería soltarla. Pero no hubiera sido correcto dejarla sentar sola por no soltar su mano, de modo que tuvo que liberarla y ofrecerle asiento sacando él la silla para ella.

            - Es precioso - dijo Brigitte, mientras se sentaba -. Tiene que ser carísimo.

            Antonio sonrió con ironía. Ni siquiera se había dado cuenta de que había muy poca gente allí porque sus precios eran prohibitivos. Recordó que la pizza, que no terminó la noche anterior, le había costado cincuenta dólares y encima era tan mala como las del supermercado. No sabía el precio del café pero seguro que no sería barato.

            - No te preocupes por eso, pide lo que quieras que yo invito.

            - Se me han quitado las ganas de café, la verdad - alegó Brigitte, examinando la carta de bebidas.

            Antonio se la quitó de las manos amablemente y, con más seguridad de la que había tenido en su vida, le dijo:

            - Te prometo que nada es demasiado caro, pide lo que quieras.

            Ella sonrió emocionada. Debió pensar que se estaba dejando sus ahorros en esa cita, para impresionarla, porque no parecía dispuesta a pedir nada.

            - Escucha, uno de los secretos inconfesables que tengo - le explicó Antonio, entre susurros -, es que estoy podrido de dinero. Si crees que esto es caro, deberías ver lo que pago al día por la habitación. Y eso no es nada, para mí sólo es calderilla.

            Brigitte le miró con la boca abierta, asombrada.

            - ¿En serio? – preguntó -. Eso explica que no soltaras una palabra delante de tanta gente.

            - Ni siquiera me había dado cuenta de que esto está siempre tan vacío por los precios - explicó Antonio -. Además, me prometí a mí mismo no decirte ni una mentira.

            - ¿Y por qué es un secreto que seas rico? No serás un traficante o un mafioso.

            Antonio sonrió abiertamente y soltó una pequeña carcajada.

            - No, no, no, nada de eso - replicó jovial.

            - Entonces, ¿por qué?

            - El dinero es totalmente legal, tengo bastantes propiedades y estas me dan una renta importante cada mes. Además tengo bastante dinero en la cuenta de ahorros porque no doy a basto. A pesar de que gasto todo lo que puedo y casi voy regalando el dinero, no es fácil gastar más de lo que gano. Pero no quiero que la gente sepa que soy rico porque no quiero que se me acerquen aprovechados  o delincuentes ¿entiendes?

            - Por curiosidad... - inquirió ella -. ¿Por qué no viajaste con tu mujer?

            Antonio la miró extrañado. ¿Acaso le estaba confundiendo con otro amigo del Chat? Le había dejado claro que era soltero. Sin embargo ella le miraba con picardía. Le estaba acusando de mentiroso de la forma más sutil.

            - No estoy casado, ni siquiera he tenido novia... Soy virgen - esto último se lo dijo entre susurros y sintiéndose como un idiota.

            - Me puedo creer que no te hayas casado, pero no las otras cosas - Brigitte negó con la cabeza -. ¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con otra? Venga, sé sincero. Con lo guapo que eres, no creo que haya pasado más de una semana.

            - Te digo que soy virgen. Espera hace treinta y ocho años que no toco una vagina... Si es que querías tanto detalle - replicó él, sonriendo.

            - Pero es imposible... Eres encantador, eres rico, eres guapo... Deberían pelearse por ti todas las mujeres del planeta.

            - Ya, menudo desperdicio estoy hecho, ¿eh? - Antonio se sintió halagado y empezaba a sentirse tan cómodo con ella como en el chat, incluso hablando mal de sí mismo.

            Ella soltó una carcajada mostrando sus dientes blancos como perlas. La vio tan bonita que volvió a hablar sin pensar.

            - Tú sí que eres encantadora y tu marido tiene mucha suerte - dijo él, asombrado de que pudiera decir eso sin ponerse nervioso.

            - No, no la tiene. Llevo meses planteándome cómo dejarlo y creo que él lo sabe – su sonrisa se convirtió en una mueca de tristeza, que no la hacía menos bonita a los ojos de Antonio -. Se da cuenta de que dejé de amarle apenas dos meses después de casarnos. Me pregunto si puedo amar toda la vida a alguien.        

Animal es el que abandona a su mascota.

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