Nueve de corazones

9º parte

 

            Continuaron hablando de cosas triviales, qué películas les gustaban más, qué libros. Reconoció que había sido fumador incorregible pero una mala experiencia le hizo dejar el tabaco hacía poco tiempo. Ella preguntó qué había pasado y Antonio replicó que se enteró de que un amigo suyo había muerto de cáncer de pulmón, volviendo a recurrir a la mentira. Le gustaba demasiado como para sincerarse por completo.

            Cuando llegaron las nueve ella alegó que tenía que irse, que su marido estaba a punto de llegar.

            - Ha sido un placer conocerte en persona. Espero que sigamos en contacto por el Chat - añadió Brigitte -. A ver si mañana puedo conectarme y seguimos hablando - ofreció.

            - ¿No tienes teléfono móvil? - preguntó él, impaciente.

            - Sí, lo tengo - fue su escueta respuesta.

            No se lo daría. No quería que su marido la descubriera aunque aquello no era nada, solo una amistad recién nacida.

            - ¿A qué hora te conectarás? - preguntó.

            - A las siete - respondió ella.

            ¿A quién quería engañar? Le estaba dando largas, no volvería a conectarse. Ella parecía un poco desencantada, demasiado preocupada por que su marido se enterase de nada. Ambos se despidieron con cierta sensación de vacío, él porque no quería que se fuera y ella por que, o bien le había decepcionado, con su estúpida historia del escritor frustrado, o bien porque trataba de fingir que no sentía nada por no fastidiar su matrimonio con él, un completo extraño.

            La despedida fue un frío beso en la mejilla. Ella no quiso que la acompañara a casa y tuvo que conformarse con verla salir del hotel, desde la ventana del restaurante.

 

 

 

 

            Volvió a su cuarto y se dejó caer en la cama, completamente desanimado. Ya estaba enamorado total e irremediablemente y sabía que nunca sería correspondido. Seguramente la había asustado, incluso con la mentira de que era un escritor frustrado que por arte de la fortuna y el azar se había convertido en millonario. Seguramente ella quería a un hombre con los pies en el suelo y no a un idealista que se dedicaba a escribir estúpidas historias de dudosa credibilidad. Si le contaba que en realidad no era una historia, sino parte de su pasado sería mucho peor. Prefería que pensara que era un escritor de vampiros a que creyera que era un loco de remate.

            Deseó volver a dormirse, pero no pudo dejar de pensar en ella y en su voz triste. La frase que le había marcado más era que su marido sabía que ella ya no le quería. Y que pensaba dejarlo y no sabía cómo, que dudaba que pudiera amar toda la vida a alguien y eso, en el supuesto de que terminara casándose con él, también le incluía.

            Apagó las luces de su habitación y trató de dormir.

            Entonces sonó su teléfono móvil. Al principio se asustó, nunca había sonado su teléfono americano. Se lo había comprado porque tenía opción para leer libros, y además porque necesitaba un modo de que la gente que viera su anuncio pudiera contactar con él.

            - Mierda, es un cliente - dedujo, emocionado.

            Pulsó el botón verde y se puso el aparato en el oído.

            - Dígame - pronunció en inglés.

            - ¿Es usted Antonio Jurado? El detective de lo sobrenatural, supongo - dijo una voz de chico joven, con acento americano casi imposible de entender.

            - Sí, yo mismo. ¿En qué puedo ayudarle?

            - Verá no soy de Nueva York, estoy de paso, pero he visto su anuncio y quizás pueda ayudarme.

            - Cuénteme lo que ocurre - dijo, asombrado de sí mismo porque cuando se convertía en detective su voz parecía cambiar como si fuera de verdad.

            - Verá, mi hermano Timy, fue abducido por los extraterrestres. Dice que no es verdad a todo el mundo, lo niega hasta hablando conmigo a solas. Pero le juro que yo mismo vi cómo una nave espacial iluminaba nuestra habitación y se lo llevaba. Fui corriendo a contárselo a mis padres pero cuando volví ya estaba en la cama. Por favor, tiene que ayudarme.

            - ¿Cuántos años tienes, hijo? - preguntó, con tono de paciencia infinita.

            - Quince - replicó.

            - ¿Conoces mi tarifa? En el anuncio especificaba claramente mi precio.

            - Si demuestra que es verdad y le saca el aparato de la cabeza a mi hermano mis padres le pagarán los quinientos dólares.

            - Cobro quinientos por adelantado y otros quinientos por cada día de investigación - replicó él, con tono aburrido. Era la mejor forma de quitarse de encima a los bromistas.

            - Pero tiene que ayudarme, nadie más me cree. En su anuncio decía que si nadie te cree y nadie puede ayudarte, usted lo haría.

            - Me refiero a problemas de verdad, no a fantasías de crío - contestó de mal humor, dispuesto a colgar el teléfono.

            - Escuche, tengo pruebas. Tiene una cicatriz detrás de la oreja que antes no tenía.

            - Pero... - Antonio trató de calmarse -. ¿Qué puedo hacer yo? Si le han abducido no hay nada que pueda hacer ya por él.

            - Hágale pruebas, escanee su cabeza. ¿No se dedica a eso?

            - Mi especialidad son los fantasmas, no los extraterrestres.

            - ¿No puede hacer una excepción? - insistió, cansino, el crío.

            Antonio sujetó con fuerza su teléfono, enojado, y meditó unos momentos antes de responder. Ese chico era su primer caso en muchos meses.

            - Cuando dije que podía ayudar, en el anuncio, me refería a si su vida corre peligro. No ayudo a que la gente crea en cosas. No soy un charlatán.

            - Es que me quiere matar - añadió el chico, asustado.

            No estaba mintiendo, podía saberlo por el timbre de su voz. Tenía mucho miedo y si no le ayudaba, podía tener razón. Suspiró profundamente y negó con la cabeza. Necesitaba un caso que le distrajera, no podía seguir en ese hotel, dándole vueltas a la cabeza y pensando en mujeres casadas.

            - Está bien, dime tu dirección.

            Le dio una serie de indicaciones, le pidió que intentara que tu hermano y él estuvieran juntos en la puerta de su casa, al día siguiente a las doce del medio día.

            En cuanto se cortó la comunicación miró la dirección y se dio cuenta de que estaba en el barrio de Linden. Podía llevarle una hora llegar hasta su casa. Ni siquiera tenía claro qué iba a hacer para investigar ese caso.

            - Tanto tiempo esperando para que contrate un niño obsesionado con expediente X... - se dijo.

            No tenía ganas de ir. Sabía que podía llevarle todo el día y a las siete no llegaría a tiempo al hotel para volver a conectarse. En cierto modo le aliviaba, ya que así no tendría que ser él quien apareciese y ella la que no. Estaba casi seguro de que no volvería a saber de ella y eso le hacía sentir una sombra de sí mismo. Como si ya no importara su vida de mentira, como si todo fuera hueco y sin sentido. Se había ilusionado con que ella sintiera lo mismo que él y eso fue lo que más le dolía. Las falsas esperanzas eran más doloras que un tiro en el corazón.

            Seguía sin tener sueño, pero quería dormir. Olvidarse de sí mismo y, quizás, dejarse llevar por Verónica para que le enseñara un poco más del cielo. Ahora, era lo único que todavía le interesara que no tuviera que ver con Brigitte. Miró al portátil y se preguntó si alguien le había escrito un email. Se incorporó de la cama y lo encendió. Vio cómo se iniciaba el sistema mientras se daba cuenta de que lo único que esperaba era ver un email de ella, comentándole algo, si le había gustado o no. Se dijo que era una estupidez aunque tenía una corazonada. Como si pudiera sentir su voz dentro de él pidiéndole que mirara su correo. Por supuesto tardaría cinco minutos en darse cuenta de lo obsesionado que estaba y que no habría tal email.

            Al fin se inició el sistema. Vio que la luz del puerto de conexión parpadeaba, y supo que ya tenía Internet. Abrió su correo y vio que tenía un correo. Entró, impaciente y vio su nombre, lo que le dejó boquiabierto. ¿Realmente podía comunicarse con ella? Podía haber sido mera casualidad.

 

 

Hola, mi príncipe azul.

No creas que yo no estaba nerviosa, si hubieras visto

mis piernas como temblaron cuando te vi, esperándome...

y las palpitaciones de mi corazón... pero me

controle... quise decirte tantas cosas... pero unas no

me atrevía, y otras pensé que te iba poner mas

nervioso aun.

Sorry, si te presioné a que me contaras cosas

pero quería que sea como en el Chat. Me encanta tu voz, no sabes la

corriente que paso por mi cuerpo al oírla, es mas aun

la siento cuando te recuerdo... Me encanto que

llamaras por mi nombre tal y como es, poca gente

sabe pronunciarlo correctamente, ¿sabes?

Cuando hablabas y no te dabas cuenta, cerraba los ojos e imaginaba que podía acariciarte,

que podría sentir con mis dedos el movimiento de

tus labios al hablar, y me volvía loca, loca por

besarte y sentirlos... Quise decirte todo esto, quise

contarte que estaba flotando sobre una

nube... de la cual no quería bajar, que me sentí con

mas fuerza para luchar, que me sentí capaz de estar contigo

Hay muchas cosas más que sentí...

pero no puedo explicarlas con palabras, solo

que me perdí en un mundo maravilloso mientras

hablábamos, en nuestro mundo... gracias por tu foto me he

quedado admirándote perdida en ti por unos

minutos... Me encantan tus piernas...

Oh Tony, me haces muy feliz, no podía dejar de sonreír

después que habláramos, cuando me fui durante 15 min.

Me pareciste un niñito, un adolescente en su primera cita, y me

encantaste, me encanto sentir tu nerviosismo, sentir tu inseguridad...

sentirte tan entregado, miedoso... porque supe cuánto me querías,

porque me di cuenta que en verdad te importo, no creas que he

estado pensando que mentías, solo que necesitaba

sentirlo y no solo creerlo.

Debo borrar tus mails, los de las fotos,

sabes, es mejor así, no hay que dejar

pruebas... y lastimosamente con ellas se van tus

fotos, pero las tengo guardadas en mi mente... Me

pareció graciosísima la foto donde estas de pie, parado en ese

murito... hay una típica foto en Perú donde nuestro

Inca se para al borde de un precipicio y hace el mismo

gesto... je je, que ironía...

No creo que pueda conectarme más este día y este fin de semana...

pero estaré ansiosa por encontrarte el lunes...

pórtate bien y no me hagas travesuras este fin de

semana, ¿eh?

Te quiero mucho... ¡Mi escritor favorito!

Quisiera que me mandaras uno de tus libros,

no debí decirte nada y espero que no te incomodara que

bromeara sobre ese de vampiros. Estoy ansiosa por leerlo.

 

P.S.

Ahora te toca mandarme un mail, diciéndome cómo te

pareció mi voz... y que sentiste... si es posible

mejor lo mandas el domingo, o el lunes temprano, para

que no este nerviosa todo el fin de semana pensando

                  que mi esposo pudiese abrir mi correo... ¿Ok?

 

            Cuando terminó de leerlo se dio cuenta de que tenía toda la cara llena de lágrimas. Se había puesto a llorar de alegría como un niño pequeño, la primera vez que lloraba por algo bueno. Nunca antes nadie le había dicho cosas tan bonitas. A lo mejor para una persona acostumbrada a salir con gente, a enamorarse, a tener trato y decir cosas bonitas, un email así no habría sido tan importante y tan emotivo. Pero para él había sido el momento más intenso y romántico que había vivido en su vida. El problema seguía estando ahí, ella seguía casada pero si ya la vio sin saber si ella le correspondía ¿Cómo iba a poder evitar verla ahora?

            Había una cosa más que le había sorprendido. Ella se despedía hasta el lunes, él ni siquiera sabía que era viernes. Tenía una vida tan despreocupada que le importaba muy poco qué día fuera. Pero ella vivía de su trabajo y sábado significaba que estaría todo el día con su marido. No se conectaría a las siete... ella había encontrado una forma más que bonita de decírselo sin que se enfadara.

            El fuego de su corazón se estaba extendiendo por todo su cuerpo de modo que cuando se tumbó en la cama y trató de dormir se sentía más vivo que nunca. Su corazón latía tan fuerte que lo sentía dentro de él, bombeando y haciéndole hinchar la arteria carótida en su cuello. Era una sensación maravillosa, abrazó la almohada y pensó, otra vez, que estaba abrazando al amor de su vida.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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