Pregúntale a la ouija

- Acabo de comprar un juego de la Ouija y puedes preguntar a los espíritus dónde está tu hija - dijo Arturo.

- ¿Estás loco? -respondió Elena-. No pienso hacerlo, todos los que conozco que la han practicado dicen que pasan cosas horribles y no quieren volver a hacerlo.

Arturo negó con la cabeza.

- He leído que lo utilizaban antiguos eruditos para llegar al fondo del subconsciente. Los espiritistas la usan sin miedo porque la usan con el debido respeto y sabiendo lo que hacen. Podemos buscar a un espiritista y que haga la Ouija con nosotros. No tienes nada que perder.

- La policía ya está buscando a mi niña -replicó Elena, malhumorada-. Confío mucho más en ellos que en una tabla y un vaso.

- Pero podemos intentarlo. ¿Y si funciona?

Elena volvió a mirar a su novio con ciertas dudas. Haría cualquier cosa por encontrar a Betti. Llevaba dos días desaparecida desde que fueran al centro de Madrid a hacer compras navideñas. Entre todo el tumulto de la Gran Vía se soltó de su mano y pensó que seguiría allí, pero cuando se dio la vuelta ya no estaba. Nadie la vio, y la niña terminó perdida. La policía aseguraba que la encontraría pero no hicieron nada hasta hacía tan solo veinticuatro horas.

- ¿Lo haremos con un experto?

- Por supuesto.

- Entonces vale.

Buscaron por Internet médiums que vivieran cerca para acudir a ellos. Encontraron el siguiente anuncio clasificado:

Mariela vidente médium, avalada por 20 años de videncia y un equipo de profesionales serios, deja que te ayude a encontrar y recuperar todo lo que te mereces atiendo personalmente 555718041

- Jamás pensé que llamaría a una vidente - dijo Elena, avergonzada.

- Adelante, cuanto antes lo hagas antes encontraremos a Betti.

A Elena le molestaban esas cosas de su novio. Se creía todas las historias que le contaban. Seguramente si le dijera que había visto un duende le entusiasmaría tanto que no la dejaría tranquila hasta conseguir hacerle una foto. Siempre decía que había que creer en las personas hasta que se demuestre que mienten y de eso debían aprovecharse todos y le contaban cada bulo que no se lo creían ni ellos.

Elena marcó el teléfono y sonó un contestador. Sabiendo lo caro que era llamar a esos números colgó de inmediato y se quedó mirando a Arturo con cara de circunstancias.

- No pienso tirar mi dinero al retrete. Un contestador decía: "hola, soy Mariela, en este momento no puedo atenderte pero dime cual es tu problema y espera", que seguramente me tendría conectada más de una hora para que luego un "fantasma" me corte la comunicación... No gracias.

Arturo suspiró resignado.

- Enciende la tele, puede que digan algo de mi niña.

- Podemos hacerlo sin médium -dijo él-. Solo tenemos que seguir las instrucciones de la caja.

- ¿Es que no te das cuenta de que eso no es más que una tontería para niños?

- Todos los amigos que lo han probado - terció Arturo - aseguran que siempre obtienen respuestas desconcertantes y correctas. Luego pasan cosas aterradoras, pero bueno, es un riesgo que tenemos que correr. Si alguien puede ayudarnos son los espíritus.

- Está bien, está bien. Qué pesado eres, vamos a hacerlo solo por callarte la boca. A veces me pregunto si tienes realmente treinta y siete años o tienes doce.

Arturo fue a por su bolsa con la Ouija recién comprada y la abrió con cuidado.

- ¿La has comprado en el Toys "R" us? Espera...

Elena cogió la caja riéndose y leyó por detrás.

- ¿De ocho a catorce añitos? - Elena soltó una carcajada.

- Puede que para los niños sea un juguete, pero...

- ¿Te has gastado 22 euros en esto? - se enfadó Elena.

- Teníamos que intentarlo.

- Arturo, vamos a intentarlo -replicó ella-. Pero SOLO por que eres un pesado.

- Genial, aunque según tengo entendido, solo funciona si los que lo hacen tienen fe en lo que hacen.

- Bueno pues vete a la iglesia para que suba el cura. Él pondrá toda la fe que me falta a mí.

- Mujer, esto es muy serio. Confía por una vez en mí.

- Claro, y mañana me convencerás para que te acompañe a una cacería de gamusinos.

- Solo hoy, por favor. No tenemos nada que perder.

Elena quitó el plástico que envolvía el juego con evidente desgana y lo abrió buscando las instrucciones.

- "Colocar el vaso en el centro del tablero. Todos los presentes colocarán el dedo índice en su lado del vaso. A continuación se formularán las preguntas... bla, bla, bla."

Separaron la caja y pusieron el tablero. Elena se estaba riendo según colocó el vaso en el centro del tablero.

- ¿Qué te hace tanta gracia?

- Lo ingenuo que eres, cariño. Esto lo podíamos haber montado nosotros con una cartulina y tú vas y te gastas 22 euros... Con ese dinero podías haberme comprado un bolso o unos zapatos.

- Ya, claro -respondió Arturo, avergonzado. Era muy triste que por lo que tenían delante hubiera pagado esa cantidad de dinero. Eran un folio con instrucciones para cortos mentales, un tablero de cartón piedra con símbolos dibujados, letras y expresiones corrientes y un triste vasito de plástico malo.

- Está bien, empecemos - dijo ella, decidida.

- Espera, mujer, tenemos que ambientar la situación. Hay que apagar las luces y encender un par de velas. Eso le dará más misterio, ¿no crees?

- Haz lo que quieras pero como hagas cualquier cosa para asustarme, te mato.

Arturo bajó todas las persianas y buscó en la cocina un par de velas.

Luego se sentó frente a ella y el juego y colocó el dedo en el vaso.

- Cuando quieras.

Ella puso su dedo en el lado contrario.

- ¿Ahora qué? -rezongó Elena.

- Voy a ver las instrucciones -dijo él, abriendo el manual.

- "Espíritus del más allá... ¿Alguien está ahí que pueda respondernos?"

El vaso no se movió. Elena mostraba su cara de "ya te lo decía yo".

- Hay que poner más de tu parte. Concéntrate y trata de creer en lo que hacemos.

- Oh, claro, espera... - arrugó la frente y se concentró con una mueca exagerada en la cara.

- Así no vamos a conseguir nada -dijo Arturo, cansado de su falta de cooperación.

Entonces el vaso se movió bruscamente hacia el "Sí". Elena se asustó y miró enfadada a Arturo.

- Muy gracioso. Te voy a ...

- Te juro que no he movido nada.

- Ya, claro, a ver,... yo no he sido y cuántas personas más pueden ser... espera déjame pensar...

- Deja de faltar al respeto a esto. Tenemos un espíritu aquí.

- Hola señor fantasma. ¿Cómo se llama? - preguntó ella burlona.

El vaso se movió a toda velocidad por las letras formando una palabra.

- Víctor - dijo Arturo, asustado.

- Hola señor Victor, ¿cuantos años hace que estás muerto? - la voz de Elena era burlona.

El vaso volvió a moverse frenéticamente por el tablero formando palabras.

- No estoy muerto - dijo Arturo.

- Vaya, entonces ¿dónde está? por que no lo veo - el tono de Elena era cada vez más enojado. Seguía pensando que todo eso era cosa de Arturo y sus bromitas.

- Estoy justo encima de vosotros - el vaso se empezó a calentar por lo deprisa que se movía.

De repente las velas se apagaron y Elena y Arturo gritaron.

- ¡Estúpido! Enciéndelas. No tiene gracia.

- Te digo que no he sido yo - dijo Arturo buscando frenéticamente el mechero. Dio con él y lo encendió.

Cuando volvía a haber luz vio a un hombre tras Elena y se llevó tal susto que se cayó de espaldas de la silla. La silla se partió y una de las maderas le hizo un corte en la mejilla. Volvió a encender el mechero con ansiedad y sudores fríos y esta vez solo veía a Elena, que se había puesto de pie y trataba de encontrarle con las manos.

- ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

- Nada, cariño... solo me he asustado. Vi un... bueno creí ver... es igual.

Con las manos temblorosas volvió a encender las velas y luego se quedó mirando la silla.

- Eres un animal - dijo ella.

- Lo siento, mañana compraremos otra.

Apartó los restos de la silla y mientras lo hacía una mano le tocó la mejilla dándole otro susto de muerte. Elena se había levantado y le estaba tocando la mejilla arañada por el palo.

- Ese corte tiene muy mala pinta. Espera que te lo cure... Sí que estás asustadizo tú.

- No hace falta, terminemos con la sesión. No es bueno dejar al espíritu sin atender.

- ¿Qué espíritus y que niño muerto? Sé que me estabas tomando el pelo.

- Elena, te juro por mi madre que no he hecho más que tú.

- ¿Por qué estás tan asustado?

- ¡Lo he visto! Estaba justo detrás de ti cuando me asusté y rompí la silla. Era un hombre de unos cincuenta años, estoy seguro de que es Víctor.

- Aquí no hay nadie más que tú y yo -le regañó ella.

- ¡Te lo juro!

- Está bien -aceptó ella de nuevo, harta-. Terminemos con esto.

Justo en ese momento sonó el teléfono. Ambos dieron un salto y después suspiraron. Elena lo descolgó y sin esperar a que hablaran preguntó: ¿Saben algo de mi hija?

- Estoy vivo - se escuchó tras el auricular.

La voz era tan débil que Elena se quedó blanca por el pánico.

- ¿Qué pasa? ¿Quién es? -preguntó Arturo.

Elena colgó el teléfono y miró aterrada a su novio.

- Tienes razón, hay que terminar con esto. Coge otra silla.

Arturo obedeció y se sentó frente a ella.

- ¿Lista?

- Adelante.

Pusieron la yema de los dedos en el vaso y lo miraron fijamente.

- ¿Qué intenciones tienes Víctor, buenas o malas? - preguntó Arturo.

El vaso se movió directo a la palabra "Malas". El corazón de Elena se aceleró y miro con pánico a su novio.

- En ese caso no te molestaremos más -dijo Arturo-. Puedes irte por donde has venido.

El vaso volvió a moverse con velocidad. Esta vez no formó palabras coherentes y después de unos segundos se detuvo en el centro. Tanto Arturo como Elena estaban aterrados. No se movieron de allí y mantuvieron el dedo en el vaso como si eso les salvara de otra secuencia de fenómenos paranormales. En un par de minutos casi ni respiraron.

- Parece que ha funcionado -dijo Arturo, al fin-. Podemos probar invocando a alguien bueno.

- ¿Conoces a alguien así?

- Podemos llamar a San Antonio.

- ¿Crees que vendrá? ¿Por qué San Antonio?

- Es el santo que te encuentra cosas cuando las pierdes, ¿quién mejor?

Elena puso los ojos en blanco.

- No creo que se digne a bajar del cielo para atendernos.

- Amor, ahora creo que hasta vendría Dios -respondió Arturo.

A Elena se le iluminó la cara.

- Y por qué no le llamamos a él.

- ¿A Dios?

- Claro. Quién mejor que él puede saber dónde está mi hija. Y nadie es más bueno...

- Tienes razón... ¿Pero crees que alguien más lo ha intentado invocar? Dicen que no le gusta que la gente use estas cosas. Ya sabes lo que dice la Iglesia que las brujerías son cosas del diablo.

- Bueno, no me importa lo que hayan hecho otros y mucho menos lo que diga la Iglesia, ni que Dios fuera de su propiedad. Si tengo que hablar con un espíritu preferiría que fuera el más poderoso de todos.

- Lo cierto es que muchos han invocado al diablo y les ha funcionado -apoyó Arturo.

- Razón de más para probar con Dios, ¿no crees?

- Ni que esto fuera un teléfono directo con el más allá -dijo él.

- Bueno, eso parece, ¿no?

Arturo tenía sus reservas, no se sentía cómodo hablando de Dios y mucho menos le gustaba la perspectiva de hablar con él. Hacía tanto tiempo que ni siquiera se confesaba, ni iba a misa que seguro que tendría muchas cosas que reprocharle. Aun así Elena estaba lista para un nuevo intento y tenía que admitir que le corroía la curiosidad. No sabía de nadie que nunca hubiera invocado a Dios, en serio, con una Ouija.

- De acuerdo, ¿estás lista?

- Cuando quieras.

Arturo respiró hondo y miró hacia una de las velas. Luego comenzó a hablar.

- Dios todopoderoso. ¿Estás ahí?

El vaso no se movió.

- ¿Te invocamos Dios de los santos? -añadió ella con una fe como nunca antes había tenido.

De repente las persianas se subieron de golpe y se llenó la sala de Luz. Elena miró a Arturo pletórica de alegría ante esa señal tan fuerte de su presencia.

- ¿Puedes decirnos dónde está mi hija? -se atrevió a preguntar Elena.

El vaso no se movió. Ambos se concentraron tanto en él que de alguna manera debería moverse, pero no hizo nada. La luz atravesaba el vidrio y las velas se habían apagado al abrirse las persianas. Elena suspiró y negó con la cabeza.

- Por favor, Dios todopoderoso, dime dónde está mi hija -pronunció esas palabras llorando.

Entonces el vaso de vidrio estalló en mil pedazos cortando a los dos en las manos. Apartaron los dedos, asustados y vieron que el tablero de la Ouija estaba como quemado por el Sol. Fueron a por yodo y se curaron los cortes. Limpiaron el suelo y la mesa de los cristales y los tiraron a la basura.

- Está claro que a Dios no le gusta este juego -dijo Arturo, resignado.

- ¡Mira esto! - Elena miraba el tablero.

Señaló las gotitas de sangre que se le habían derramado encima del tablero. Era difícil saber el orden en el que debían leer pero las gotitas eran pequeñas y todas las letras tenían manchitas de sangre.

- Si leemos de las que tienen menos sangre a las que más...

- T-u-h-i-j-a-e-s-t-...

- ¡Tu hija esta! - se entusiasmó Arturo.

De repente volvió a sonar el teléfono. Elena no se atrevió a cogerlo y se lo pasó a Arturo.

- ¿Diga?

- Aquí la policía. Creemos que hemos encontrado a su hija. Un agente la acababa de encontrar con una mujer vagabunda y cuando la llamaron por su nombre la niña se puso a gritar. La tenemos ahora mismo con nosotros y responde al nombre de Betti.

- ¿Cuándo ha pasado eso? -preguntó Arturo, apenas sin voz.

- Bueno, acaba de ocurrir hace escasos minutos.

- Está bien, iremos enseguida -y colgó.

- ¿Qué pasa? -preguntó Elena.

- Creo que han encontrado a Betti.

 

FIN

 

 

            - Acabo de comprar un juego de la Ouija y puedes preguntar a los espíritus dónde está tu hija - dijo Arturo.

            - ¿Estás loco? -respondió Elena-. No pienso hacerlo, todos los que conozco que la han practicado dicen que pasan cosas horribles y no quieren volver a hacerlo.

            Arturo negó con la cabeza.

            - He leído que lo utilizaban antiguos eruditos para llegar  al fondo del subconsciente. Los espiritistas la usan sin miedo porque la usan con el debido respeto y sabiendo lo que hacen. Podemos buscar a un espiritista y que haga la Ouija con nosotros. No tienes nada que perder.

            - La policía ya está buscando a mi niña -replicó Elena, malhumorada-. Confío mucho más en ellos que en una tabla y un vaso.

            - Pero podemos intentarlo. ¿Y si funciona?

            Elena volvió a mirar a su novio con ciertas dudas. Haría cualquier cosa por encontrar a Betti. Llevaba dos días desaparecida desde que fueran al centro de Madrid a hacer compras navideñas. Entre todo el tumulto de la Gran Vía se soltó de su mano y pensó que seguiría allí, pero cuando se dio la vuelta ya no estaba. Nadie la vio, y la niña terminó perdida. La policía aseguraba que la encontraría pero no hicieron nada hasta hacía tan solo veinticuatro horas.

            - ¿Lo haremos con un experto?

            - Por supuesto.

            - Entonces vale.

            Buscaron por Internet médiums que vivieran cerca para acudir a ellos. Encontraron el siguiente anuncio clasificado:

 

Mariela vidente médium, avalada por 20 años de videncia y un equipo de profesionales serios, deja que te ayude a encontrar y recuperar todo lo que te mereces atiendo personalmente 555718041

 

            - Jamás pensé que llamaría a una vidente - dijo Elena, avergonzada.

            - Adelante, cuanto antes lo hagas antes encontraremos a Betti.

            A Elena le molestaban esas cosas de su novio. Se creía todas las historias que le contaban. Seguramente si le dijera que había visto un duende le entusiasmaría tanto que no la dejaría tranquila hasta conseguir hacerle una foto. Siempre decía que había que creer en las personas hasta que se demuestre que mienten y de eso debían aprovecharse todos y le contaban cada bulo que no se lo creían ni ellos.

            Elena marcó el teléfono y sonó un contestador. Sabiendo lo caro que era llamar a esos números colgó de inmediato y se quedó mirando a Arturo con cara de circunstancias.

            - No pienso tirar mi dinero al retrete. Un contestador decía: "hola, soy Mariela, en este momento no puedo atenderte pero dime cual es tu problema y espera", que seguramente me tendría conectada más de una hora para que luego un "fantasma" me corte la comunicación... No gracias.

            Arturo suspiró resignado.

            - Enciende la tele, puede que digan algo de mi niña.

            - Podemos hacerlo sin médium -dijo él-. Solo tenemos que seguir las instrucciones de la caja.

            - ¿Es que no te das cuenta de que eso no es más que una tontería para niños?

            - Todos los amigos que lo han probado - terció Arturo - aseguran que siempre obtienen respuestas desconcertantes y correctas. Luego pasan cosas aterradoras, pero bueno, es un riesgo que tenemos que correr. Si alguien puede ayudarnos son los espíritus.

            - Está bien, está bien. Qué pesado eres, vamos a hacerlo solo por callarte la boca. A veces me pregunto si tienes realmente treinta y siete años o tienes doce.

            Arturo fue a por su bolsa con la Ouija recién comprada y la abrió con cuidado.

            - ¿La has comprado en el Toys "R" us? Espera...

            Elena cogió la caja riéndose y leyó por detrás.

            - ¿De ocho a catorce añitos? - Elena soltó una carcajada.

            - Puede que para los niños sea un juguete, pero...

            - ¿Te has gastado 22 euros en esto? - se enfadó Elena.

            - Teníamos que intentarlo.

            - Arturo, vamos a intentarlo -replicó ella-. Pero SOLO por que eres un pesado.

            - Genial, aunque según tengo entendido, solo funciona si los que lo hacen tienen fe en lo que hacen.

            - Bueno pues vete a la iglesia para que suba el cura. Él pondrá toda la fe que me falta a mí.

            - Mujer, esto es muy serio. Confía por una vez en mí.

            - Claro, y mañana me convencerás para que te acompañe a una cacería de gamusinos.

            - Solo hoy, por favor. No tenemos nada que perder.

            Elena quitó el plástico que envolvía el juego con evidente desgana y lo abrió buscando las instrucciones.

            - "Colocar el vaso en el centro del tablero. Todos los presentes colocarán el dedo índice en su lado del vaso. A continuación se formularán las preguntas... bla, bla, bla."

            Separaron la caja y pusieron el tablero. Elena se estaba riendo según colocó el vaso en el centro del tablero.

            - ¿Qué te hace tanta gracia?

            - Lo ingenuo que eres, cariño. Esto lo podíamos haber montado nosotros con una cartulina y tú vas y te gastas 22 euros... Con ese dinero podías haberme comprado un bolso o unos zapatos.

            - Ya, claro -respondió Arturo, avergonzado. Era muy triste que por lo que tenían delante hubiera pagado esa cantidad de dinero. Eran un folio con instrucciones para cortos mentales, un tablero de cartón piedra con símbolos dibujados, letras y expresiones corrientes y un triste vasito de plástico malo.

            - Está bien, empecemos - dijo ella, decidida.

            - Espera, mujer, tenemos que ambientar la situación. Hay que apagar las luces y encender un par de velas. Eso le dará más misterio, ¿no crees?

            - Haz lo que quieras pero como hagas cualquier cosa para asustarme, te mato.

            Arturo bajó todas las persianas y buscó en la cocina un par de velas.

            Luego se sentó frente a ella y el juego y colocó el dedo en el vaso.

            - Cuando quieras.

            Ella puso su dedo en el lado contrario.

            - ¿Ahora qué? -rezongó Elena.

            - Voy a ver las instrucciones -dijo él, abriendo el manual.

            - "Espíritus del más allá... ¿Alguien está ahí que pueda respondernos?"

            El vaso no se movió. Elena mostraba su cara de "ya te lo decía yo".

            - Hay que poner más de tu parte. Concéntrate y trata de creer en lo que hacemos.

            - Oh, claro, espera... - arrugó la frente y se concentró con una mueca exagerada en la cara.

            - Así no vamos a conseguir nada -dijo Arturo, cansado de su falta de cooperación.

            Entonces el vaso se movió bruscamente hacia el "Sí". Elena se asustó y miró enfadada a Arturo.

            - Muy gracioso. Te voy a ...

            - Te juro que no he movido nada.

            - Ya, claro, a ver,... yo no he sido y cuántas personas más pueden ser... espera déjame pensar...

            - Deja de faltar al respeto a esto. Tenemos un espíritu aquí.

            - Hola señor fantasma. ¿Cómo se llama? - preguntó ella burlona.

            El vaso se movió a toda velocidad por las letras formando una palabra.

            - Víctor - dijo Arturo, asustado.

            - Hola señor Victor, ¿cuantos años hace que estás muerto? - la voz de Elena era burlona.

            El vaso volvió a moverse frenéticamente por el tablero formando palabras.

            - No estoy muerto - dijo Arturo.

            - Vaya, entonces ¿dónde está? por que no lo veo - el tono de Elena era cada vez más enojado. Seguía pensando que todo eso era cosa de Arturo y sus bromitas.

            - Estoy justo encima de vosotros - el vaso se empezó a calentar por lo deprisa que se movía.

            De repente las velas se apagaron y Elena y Arturo gritaron.

            - ¡Estúpido! Enciéndelas. No tiene gracia.

            - Te digo que no he sido yo - dijo Arturo buscando frenéticamente el mechero. Dio con él y lo encendió.

            Cuando volvía a haber luz vio a un hombre tras Elena y se llevó tal susto que se cayó de espaldas de la silla. La silla se partió y una de las maderas le hizo un corte en la mejilla. Volvió a encender el mechero con ansiedad y sudores fríos y esta vez solo veía a Elena, que se había puesto de pie y trataba de encontrarle con las manos.

            - ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

            - Nada, cariño... solo me he asustado. Vi un... bueno creí ver... es igual.

            Con las manos temblorosas volvió a encender las velas y luego se quedó mirando la silla.

            - Eres un animal - dijo ella.

            - Lo siento, mañana compraremos otra.

            Apartó los restos de la silla y mientras lo hacía una mano le tocó la mejilla dándole otro susto de muerte. Elena se había levantado y le estaba tocando la mejilla arañada por el palo.

            - Ese corte tiene muy mala pinta. Espera que te lo cure... Sí que estás asustadizo tú.

            - No hace falta, terminemos con la sesión. No es bueno dejar al espíritu sin atender.

            - ¿Qué espíritus y que niño muerto? Sé que me estabas tomando el pelo.

            - Elena, te juro por mi madre que no he hecho más que tú.

            - ¿Por qué estás tan asustado?

            - ¡Lo he visto! Estaba justo detrás de ti cuando me asusté y rompí la silla. Era un hombre de unos cincuenta años, estoy seguro de que es Víctor.

            - Aquí no hay nadie más que tú y yo -le regañó ella.

            - ¡Te lo juro!

            - Está bien -aceptó ella de nuevo, harta-. Terminemos con esto.

            Justo en ese momento sonó el teléfono. Ambos dieron un salto y después suspiraron. Elena lo descolgó y sin esperar a que hablaran preguntó: ¿Saben algo de mi hija?

            - Estoy vivo - se escuchó tras el auricular.

            La voz era tan débil que Elena se quedó blanca por el pánico.

            - ¿Qué pasa? ¿Quién es? -preguntó Arturo.

            Elena colgó el teléfono y miró aterrada a su novio.

            - Tienes razón, hay que terminar con esto. Coge otra silla.

            Arturo obedeció y se sentó frente a ella.

            - ¿Lista?

            - Adelante.

            Pusieron la yema de los dedos en el vaso y lo miraron fijamente.

            - ¿Qué intenciones tienes Víctor, buenas o malas? - preguntó Arturo.

            El vaso se movió directo a la palabra "Malas". El corazón de Elena se aceleró y miro con pánico a su novio.

            - En ese caso no te molestaremos más -dijo Arturo-. Puedes irte por donde has venido.

            El vaso volvió a moverse con velocidad. Esta vez no formó palabras coherentes y después de unos segundos se detuvo en el centro. Tanto Arturo como Elena estaban aterrados. No se movieron de allí y mantuvieron el dedo en el vaso como si eso les salvara de otra secuencia de fenómenos paranormales. En un par de minutos casi ni respiraron.

            - Parece que ha funcionado -dijo Arturo, al fin-. Podemos probar invocando a alguien bueno.

            - ¿Conoces a alguien así?

            - Podemos llamar a San Antonio.

            - ¿Crees que vendrá? ¿Por qué San Antonio?

            - Es el santo que te encuentra cosas cuando las pierdes, ¿quién mejor?

            Elena puso los ojos en blanco.

            - No creo que se digne a bajar del cielo para atendernos.

            - Amor, ahora creo que hasta vendría Dios -respondió Arturo.

            A Elena se le iluminó la cara.

            - Y por qué no le llamamos a él.

            - ¿A Dios?

            - Claro. Quién mejor que él puede saber dónde está mi hija. Y nadie es más bueno...

            - Tienes razón... ¿Pero crees que alguien más lo ha intentado invocar? Dicen que no le gusta que la gente use estas cosas. Ya sabes lo que dice la Iglesia que las brujerías son cosas del diablo.

            - Bueno, no me importa lo que hayan hecho otros y mucho menos lo que diga la Iglesia, ni que Dios fuera de su propiedad. Si tengo que hablar con un espíritu preferiría que fuera el más poderoso de todos.

            - Lo cierto es que muchos han invocado al diablo y les ha funcionado -apoyó Arturo.

            - Razón de más para probar con Dios, ¿no crees?

            - Ni que esto fuera un teléfono directo con el más allá -dijo él.

            - Bueno, eso parece, ¿no?

            Arturo tenía sus reservas, no se sentía cómodo hablando de Dios y mucho menos le gustaba la perspectiva de hablar con él. Hacía tanto tiempo que ni siquiera se confesaba, ni iba a misa que seguro que tendría muchas cosas que reprocharle. Aun así Elena estaba lista para un nuevo intento y tenía que admitir que le corroía la curiosidad. No sabía de nadie que nunca hubiera invocado a Dios, en serio, con una Ouija.

            - De acuerdo, ¿estás lista?

            - Cuando quieras.

            Arturo respiró hondo y miró hacia una de las velas. Luego comenzó a hablar.

            - Dios todopoderoso. ¿Estás ahí?

            El vaso no se movió.

            - ¿Te invocamos Dios de los santos? -añadió ella con una fe como nunca antes había tenido.

            De repente las persianas se subieron de golpe y se llenó la sala de Luz. Elena miró a Arturo pletórica de alegría ante esa señal tan fuerte de su presencia.

            - ¿Puedes decirnos dónde está mi hija? -se atrevió a preguntar Elena.

            El vaso no se movió. Ambos se concentraron tanto en él que de alguna manera debería moverse, pero no hizo nada. La luz atravesaba el vidrio y las velas se habían apagado al abrirse las persianas. Elena suspiró y negó con la cabeza.

            - Por favor, Dios todopoderoso, dime dónde está mi hija -pronunció esas palabras llorando.

            Entonces el vaso de vidrio estalló en mil pedazos cortando a los dos en las manos. Apartaron los dedos, asustados y vieron que el tablero de la Ouija estaba como quemado por el Sol. Fueron a por yodo y se curaron los cortes. Limpiaron el suelo y la mesa de los cristales y los tiraron a la basura.

            - Está claro que a Dios no le gusta este juego -dijo Arturo, resignado.  

            - ¡Mira esto! - Elena miraba el tablero.

            Señaló las gotitas de sangre que se le habían derramado encima del tablero. Era difícil saber el orden en el que debían leer pero las gotitas eran pequeñas y todas las letras tenían manchitas de sangre.

            - Si leemos de las que tienen menos sangre a las que más...

            - T-u-h-i-j-a-e-s-t-...

            - ¡Tu hija esta! - se entusiasmó Arturo.

            De repente volvió a sonar el teléfono. Elena no se atrevió a cogerlo y se lo pasó a Arturo.

            - ¿Diga?

            - Aquí la policía. Creemos que hemos encontrado a su hija. Un agente la acababa de encontrar con una mujer vagabunda y cuando la llamaron por su nombre la niña se puso a gritar. La tenemos ahora mismo con nosotros y responde al nombre de Betti.

            - ¿Cuándo ha pasado eso? -preguntó Arturo, apenas sin voz.

            - Bueno, acaba de ocurrir hace escasos minutos.

            - Está bien, iremos enseguida -y colgó.

            - ¿Qué pasa? -preguntó Elena.

            - Creo que han encontrado a Betti.

           

 

 

FIN

Escribir comentario

Comentarios: 6
  • #1

    Guada (jueves, 17 febrero 2011 19:12)

    Hay algo raro en la historia; al principio cuando describías los elementos del juego de la ouija el vaso era de plástico, pero luego cuando se rompió era de vidrio.

  • #2

    Lucy (viernes, 08 abril 2011 16:21)

    Es verdad. Yo no me había fijado. Por cierto... ¿Qué pasó con Víctor?

  • #3

    carla (miércoles, 06 julio 2011 05:18)

    Uuyy... Me puso la piel de gallina, estuvo buena! Aunque como resaltaron arriba cometiste un pequeño error. Jeje....

  • #4

    elvergalarga (jueves, 27 noviembre 2014 01:57)

    no creo que la tabla guija sea verdad

  • #5

    marcos (domingo, 15 marzo 2015 21:32)

    Quien eres

  • #6

    tonyjfc (domingo, 15 marzo 2015 23:59)

    Justo debajo del contador de visitas tienes mi nombre.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo