Que Dios se lo pague

Un joven llamado Esteban se reía de una prostituta que tenía exceso de pintalabios y maquillaje en una oscura esquina de la calle por la que pasaba. Su amigo había hecho un comentario acerca de ella, algo que todo el mundo pudo oír porque ambos habían bebido más de la cuenta.

- ¿Quién va a pagar a esa? Me tendría que pagar a mí para que la mirase.

Las risas por aquel comentario las compartieron incluso los que caminaban a su lado, que ni siquiera los conocían.

La prostituta les oyó y miró al suelo avergonzada. Hasta un vagabundo que pasaba por allí se la quedó mirando con asco.

Pocos pasos más adelante había un anciano pidiendo limosna. Era un hombre ciego y parecía a punto de morir de inanición. No tenía más que un pantalón grasiento y grisáceo y las costillas parecían a punto de salirse de su piel por la extrema delgadez.

Al pasar junto a él, Esteban se apiadó del ciego y le puso una moneda de dos euros en el platillo.

- Que Dios se lo pague - dijo el ciego.

Apenas dieron tres pasos y Esteban sufrió un infarto.

 

 

 

- La niña va a misa todos los días - decía la mujer, orgullosa de su hija Inés.

Era su único orgullo porque su marido había muerto hacía diez años y ella era lo único que le quedaba de él. Además era una niña muy educada, muy guapa y solía obedecerla enseguida.

- ¿Por qué me dice eso, señora? - preguntó Esteban, que estaba consciente y no sabía cómo había llegado hasta allí junto a esa mujer mayor.

- Ella siempre ayuda al prójimo. Por eso tuvo tantos problemas.

- ¿Inés? - preguntó él.

Vieron a la niña, de diez años, rezando en el altar. Pudieron escuchar sus pensamientos como si los hablara en voz alta.

- Querido Dios, mi madre está muy triste, por favor, haz que pueda hacerla sonreír. Mañana vamos a hacer la obra de teatro del colegio y tengo que hacer de pastora. No dejes, por favor Jesusito, que nadie se ría de mí. Me da mucha vergüenza que me vea tanta gente y quiero que mi madre sea feliz, viéndome hacerlo bien.

 

Esteban sintió cariño por aquella cría tan inocente que pedía cosas tan buenas ante el altar. Pensó que no era nada raro que una niña rezara así cuando apenas llevaba un año después de su primera comunión.

 

- Ella se enamoró varios años después de un chico muy guapo - le explicó la mujer, Esteban solo podía ver una sombra al lado de escenas donde veía a Inés mirar ruborizada a un chico que vestía cazadora de cuero, subido en una brillante moto -. Como él no tenía futuro la obligué a dejarlo. Pero ella escapó de casa porque le quería y no quería seguir oyendo mis sermones, quería vivir su sueño. Entonces él se dedicó a la venta de drogas, para sacar adelante el alquiler de su apartamento y así sobrevivieron un tiempo. Sin embargo al cabo de dos años yo morí.

- ¿Cómo? - Esteban se asustó. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué la oía con tanta claridad si ella estaba muerta? De repente la mujer parecía traslúcida aunque podía ver una aureola blanca sobre su cabeza.

- Y en un par de años -continuó la mujer -, el marido de Inés se volvió adicto a la droga que vendía y los traficantes para los que trabajaba le sorprendieron robándoles. Para vengarse raptaron a Inés y le obligaron a devolverles el dinero que les había robado o sino nunca volvería a verla. Él no podía pagar y trató de huir por lo que terminaron matándolo. Entonces, no estaban dispuestos a perder el dinero perdido y la obligaron a prostituirse. Ella se negó, pero le dieron tal paliza que le dejaron la cara deformada por los moratones de los golpes. Entonces la pintaron tanto que sus heridas de la cara no podían verse bajo el maquillaje. Le dijeron que me habían secuestrado (ya que ella no sabe que estoy muerta) y si decidía escapar o avisar a la policía me matarían. Por salvarme la vida, ella estaba en esa esquina que has visto hace unos segundos. Con la cara hinchada por los golpes, ocultos por el maquillaje esperando un primer cliente con el que poder acostarse y dar dinero a esos miserables que se están aprovechando de ella.

Esteban volvió a ver la cara horrible de aquella chica en la oscura esquina y se vio a si mismo riéndose de ella por el comentario de su amigo, apenas unos instantes antes.

- ¿Quién va a pagar a esa? Esa me tendría que pagar a mí para que la mirase.

Sintió ganas de llorar pero en ese momento volvió en sí.

 

 

 

- ¡Estas bien! - gritaba su amigo -. Esteban, tío. Gracias a Dios, creí que te morías.

Esteban abrió los ojos. Estaba llorando. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Menos de un minuto?

Aun tembloroso se levantó con debilidad.

- ¡De repente te caíste! Creí que te había dado un infarto.

Esteban se secó las lágrimas. Miró hacia el anciano ciego. Este ya no estaba en su sitio. La gente se aglomeraba a su alrededor mirándole como si se preocuparan aunque ninguno le tendió la mano para levantarle, nadie le preguntó cómo estaba. Sus curiosas miradas solo buscaban averiguar qué hacía en el suelo para poder contarle a alguien lo que acababan de ver. En sus miradas solo vió mezquina curiosidad. Una mujer le ayudó a levantarse y no le dijo nada. Cuando la miró a la cara descubrió que era la misma prostituta de la que se había reído, era Inés, que tal y como le dijo su madre siempre quería ayudar a todo el mundo.

Esteban no pudo sentir más que profundo cariño por ella y deseó ayudarla. Su amigo la empujó, con repugnancia.

- ¡Apártate puta! - gritó, empujándola y haciéndola caer de espaldas -. No quiero contagiarme el sida con tu asqueroso aliento.

- ¡Déjala! - gritó Esteban -. No tienes ni idea de quién es esa chica. ¡¿Quién te crees que eres para juzgarla?!

El la ayudó a levantarse sintiéndose culpable de las lágrimas que ella tenía en los ojos. Aceptó su mano y cuando se levantó, él la abrazó con fuerza. No le importó los cuchicheos de la gente ni la mirada enfermiza de su amigo que parecía convencido de que de repente se había vuelto loco.

- Inés - susurró Esteban a su oído -. No tienes que seguir haciendo eso. Tu madre murió hace dos años. Ellos ya no la pueden hacer daño.

Ella lloró con fuerza sobre su hombro. Entre susurros continuaron hablándose mientras la gente se iba apartando. El morbo del chico moribundo había pasado y no querían ver más en cuanto le vieron abrazado a la prostituta.

- No llores - dijo Esteban -. Siento mucho haberme reído de ti. Si quieres, puedes venir a casa, allí nadie te encontrará. Debes curarte esas heridas.

- ¿Cómo sabes todo esto? - preguntó ella, llorando.

- Tu madre me lo ha contado - respondió a su oído, asegurándose de que nadie más le oía -. Desde el cielo, cuando me he desmayado.

- Me vigilan, no puedo marcharme. Te harán daño si intentas ayudarme.

Esteban miró a su alrededor. Había mucha gente mirando, aunque cada vez menos. Cualquiera podía ser su chulo. Su amigo hablaba por el móvil y no hacía más que repetir que necesitaba un psiquiatra y repetía mucho su nombre. No sabía con quién hablaba, pero ya tendría tiempo de explicarle la verdad.

- Solo me apetece un revolcón - dijo, en voz alta para que todos le oyeran -. Vamos a mi casa.

Ella le miró extrañada, su amigo se dio una palmada a sí mismo en la frente mirando al cielo y hablando solo.

- ¿Pero qué dice ahora? -se lamentó, hablando solo-. Me rindo, colega. Me piro.

Esteban la miró sonriente y le guiñó un ojo a Inés.

La besó en la mejilla y mientras susurró.

- No tendrás que volver a revolcarte con nadie más, si tú no quieres. Puedes vivir conmigo el tiempo que sea necesario.

Inés le abrazó con sincero agradecimiento y lloró amargamente desdibujando su maquillaje. Pidieron un taxi y éste les llevó a casa de Esteban.

Cuando fue a pagar, el chico reconoció al taxista. Era el mismo hombre ciego al que le había dado limosna minutos antes solo que ahora veía y estaba vestido. Cuando lo reconoció le pagó el trayecto y le dio una generosa propina.

- Que Dios se lo pague - dijo el taxista con una abierta sonrisa.

 

 

 

 

 

Fin

 

U

n joven llamado Esteban se reía de una prostituta que tenía exceso de pintalabios y maquillaje en una oscura esquina de la calle por la que pasaba. Su amigo había hecho un comentario acerca de ella, algo que todo el mundo pudo oír porque ambos habían bebido más de la cuenta.

            - ¿Quién va a pagar a esa? Me tendría que pagar a mí para que la mirase.

            Las risas por aquel comentario las compartieron incluso los que caminaban a su lado, que ni siquiera los conocían.

            La prostituta les oyó y miró al suelo avergonzada. Hasta un vagabundo que pasaba por allí se la quedó mirando con asco.

            Pocos pasos más adelante había un anciano pidiendo limosna. Era un hombre ciego y parecía a punto de morir de inanición. No tenía más que un pantalón grasiento y grisáceo y las costillas parecían a punto de salirse de su piel por la extrema delgadez.

            Al pasar junto a él, Esteban se apiadó del ciego y le puso una moneda de dos euros en el platillo.

            - Que Dios se lo pague - dijo el ciego.

            Apenas dieron tres pasos y Esteban sufrió un infarto.

 

 

 

            - La niña va a misa todos los días - decía la mujer, orgullosa de su hija Inés.

            Era su único orgullo porque su marido había muerto hacía diez años y ella era lo único que le quedaba de él. Además era una niña muy educada, muy guapa y solía obedecerla enseguida.

            - ¿Por qué me dice eso, señora? - preguntó Esteban, que estaba consciente y no sabía cómo había llegado hasta allí junto a esa mujer mayor.

            - Ella siempre ayuda al prójimo. Por eso tuvo tantos problemas.

            - ¿Inés? - preguntó él.

            Vieron a la niña, de diez años, rezando en el altar. Pudieron escuchar sus pensamientos como si los hablara en voz alta.

            - Querido Dios, mi madre está muy triste, por favor, haz que pueda hacerla sonreír. Mañana vamos a hacer la obra de teatro del colegio y tengo que hacer de pastora. No dejes, por favor Jesusito, que nadie se ría de mí. Me da mucha vergüenza que me vea tanta gente y quiero que mi madre sea feliz, viéndome hacerlo bien.

 

            Esteban sintió cariño por aquella cría tan inocente que pedía cosas tan buenas ante el altar. Pensó que no era nada raro que una niña rezara así cuando apenas llevaba un año después de su primera comunión.

 

            - Ella se enamoró varios años después de un chico muy guapo - le explicó la mujer, Esteban solo podía ver una sombra al lado de escenas donde veía a Inés mirar ruborizada a un chico que vestía cazadora de cuero, subido en una brillante moto -. Como él no tenía futuro la obligué a dejarlo. Pero ella escapó de casa porque le quería y no quería seguir oyendo mis sermones, quería vivir su sueño. Entonces él se dedicó a la venta de drogas, para sacar adelante el alquiler de su apartamento y así sobrevivieron un tiempo. Sin embargo al cabo de dos años yo morí.

            - ¿Cómo? - Esteban se asustó. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué la oía con tanta claridad si ella estaba muerta? De repente la mujer parecía traslúcida aunque podía ver una aureola blanca sobre su cabeza.

            - Y en un par de años -continuó la mujer -, el marido de Inés se volvió adicto a la droga que vendía y los traficantes para los que trabajaba le sorprendieron robándoles. Para vengarse raptaron a Inés y le obligaron a devolverles el dinero que les había robado o sino nunca volvería a verla. Él no podía pagar y trató de huir por lo que terminaron matándolo. Entonces, no estaban dispuestos a perder el dinero perdido y la obligaron a prostituirse. Ella se negó, pero le dieron tal paliza que le dejaron la cara deformada por los moratones de los golpes. Entonces la pintaron tanto que sus heridas de la cara no podían verse bajo el maquillaje. Le dijeron que me habían secuestrado (ya que ella no sabe que estoy muerta) y si decidía escapar o avisar a la policía me matarían. Por salvarme la vida, ella estaba en esa esquina que has visto hace unos segundos. Con la cara hinchada por los golpes, ocultos por el maquillaje esperando un primer cliente con el que poder acostarse y dar dinero a esos miserables que se están aprovechando de ella.

            Esteban volvió a ver la cara horrible de aquella chica en la oscura esquina y se vio a si mismo riéndose de ella por el comentario de su amigo, apenas unos instantes antes.

            - ¿Quién va a pagar a esa? Esa me tendría que pagar a mí para que la mirase.

            Sintió ganas de llorar pero en ese momento volvió en sí.

 

 

 

            - ¡Estas bien! - gritaba su amigo -. Esteban, tío. Gracias a Dios, creí que te morías.

            Esteban abrió los ojos. Estaba llorando. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Menos de un minuto?

            Aun tembloroso se levantó con debilidad.

            - ¡De repente te caíste! Creí que te había dado un infarto.

            Esteban se secó las lágrimas. Miró hacia el anciano ciego. Este ya no estaba en su sitio. La gente se aglomeraba a su alrededor mirándole como si se preocuparan aunque ninguno le tendió la mano para levantarle, nadie le preguntó cómo estaba. Sus curiosas miradas solo buscaban averiguar qué hacía en el suelo para poder contarle a alguien lo que acababan de ver. En sus miradas solo vió mezquina curiosidad. Una mujer le ayudó a levantarse y no le dijo nada. Cuando la miró a la cara descubrió que era la misma prostituta de la que se había reído, era Inés, que tal y como le dijo su madre siempre quería ayudar a todo el mundo.

            Esteban no pudo sentir más que profundo cariño por ella y deseó ayudarla. Su amigo la empujó, con repugnancia.

            - ¡Apártate puta! - gritó, empujándola y haciéndola caer de espaldas -. No quiero contagiarme el sida con tu asqueroso aliento.

            - ¡Déjala! - gritó Esteban -. No tienes ni idea de quién es esa chica. ¡¿Quién te crees que eres para juzgarla?!

            El la ayudó a levantarse sintiéndose culpable de las lágrimas que ella tenía en los ojos. Aceptó su mano y cuando se levantó, él la abrazó con fuerza. No le importó los cuchicheos de la gente ni la mirada enfermiza de su amigo que parecía convencido de que de repente se había vuelto loco.

            - Inés - susurró Esteban a su oído -. No tienes que seguir haciendo eso. Tu madre murió hace dos años. Ellos ya no la pueden hacer daño.

            Ella lloró con fuerza sobre su hombro. Entre susurros continuaron hablándose mientras la gente se iba apartando. El morbo del chico moribundo había pasado y no querían ver más en cuanto le vieron abrazado a la prostituta. 

            - No llores - dijo Esteban -. Siento mucho haberme reído de ti. Si quieres, puedes venir a casa, allí nadie te encontrará. Debes curarte esas heridas.

            - ¿Cómo sabes todo esto? - preguntó ella, llorando.

            - Tu madre me lo ha contado - respondió a su oído, asegurándose de que nadie más le oía -. Desde el cielo, cuando me he desmayado.

            - Me vigilan, no puedo marcharme. Te harán daño si intentas ayudarme.

            Esteban miró a su alrededor. Había mucha gente mirando, aunque cada vez menos. Cualquiera podía ser su chulo. Su amigo hablaba por el móvil y no hacía más que repetir que necesitaba un psiquiatra y repetía mucho su nombre. No sabía con quién hablaba, pero ya tendría tiempo de explicarle la verdad.

            - Solo me apetece un revolcón - dijo, en voz alta para que todos le oyeran -. Vamos a mi casa.

            Ella le miró extrañada, su amigo se dio una palmada a sí mismo en la frente mirando al cielo y hablando solo.

            - ¿Pero qué dice ahora? -se lamentó, hablando solo-. Me rindo, colega. Me piro.

            Esteban la miró sonriente y le guiñó un ojo a Inés.

            La besó en la mejilla y mientras susurró.

            - No tendrás que volver a revolcarte con nadie más, si tú no quieres. Puedes vivir conmigo el tiempo que sea necesario.

            Inés le abrazó con sincero agradecimiento y lloró amargamente desdibujando su maquillaje. Pidieron un taxi y éste les llevó a casa de Esteban.

            Cuando fue a pagar, el chico reconoció al taxista. Era el mismo hombre ciego al que le había dado limosna minutos antes solo que ahora veía y estaba vestido. Cuando lo reconoció le pagó el trayecto y le dio una generosa propina.

            - Que Dios se lo pague - dijo el taxista con una abierta sonrisa.

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Comentarios: 2
  • #1

    carla (miércoles, 06 julio 2011 05:29)

    Bueniisiima!!! Eso demuestra que no debes juzgar a nadie por su apariencia, pues no conoces la historia detras de ella. Excelente historia. Valiosa leccion!

  • #2

    Yinesa (jueves, 18 agosto 2011 21:16)

    wao! de veras que esta historia da un gran ejemplo de como no debemos juzgar a la gente sin antes saber su pasado y el por que estan en tal condicion o desdicha, me gusto mucho :)

Animal es el que abandona a su mascota.

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