Raíces en el infierno

3ª parte

 

 

            «Cuando mates una vez las siguientes serán más fáciles» —recordé el consejo de Frank.

            Mi padrastro escupía acusaciones de irresponsable, desagradecida y guarra, pues dio por supuesto que me hacía estado acostando con algún tipo... Mira, en eso acertó. Pero cuando dijo esa primera verdad se soltó un resorte en mi interior y no sé qué me pasó, le agarré del pelo y lo empujé hacía el hueco de un árbol. Se resistió, me dijo que estaba loca, pero puse todo mi peso sobre su cuello y dejó de hablar, sentí que se quedaba sin aire y seguí apretando hasta que perdió todas las fuerzas y entonces le solté. Le di un par de patadas por si se movía pero no lo hacía. Creo que le maté. Nunca en mi vida me había cabreado tanto y perdí el control por completo.

            Me marché con tranquilidad, dejé allí el coche y el cuerpo tal cual, me fui caminando de regreso a mi nueva casa.

            Le conté lo que hice a Frank y éste me felicitó. Me dijo que ya estaba lista para volver a hacer un trabajo con él.

            En esta ocasión me llevó a ver a su contacto, el que le daba los encargos y que después le pagaba. Se llamaba Luis y le dijo que los ayudantes no cobraban, así que el pago sería el mismo. Frank aceptó sin rechistar, no supe si le fastidió tanto como a mí ya que nunca refleja lo que siente. Luis me miró, se dio cuenta de mi desaprobación y volvió a hablarle a él:

            — ¿Estás seguro de que necesitas ayuda? Eres bastante bueno tú sólo.

            —Tiene madera, lo hará bien.

            —En ese caso aquí tienes. Por favor, que parezca fortuito y sed discretos.

            Le dio un sobre naranja lleno de documentos.

            —Siempre lo soy —respondió Frank—. ¿Cuánto pagan?

            —Lo de siempre, cien mil pesetas para ti y otras tantas son mías.

            —Correcto.

            Mis ojos se advirtieron como platos. No sé qué me sorprendió más, lo que cobrábamos o lo que se llevaba Luis por no hacer nada.

            Nos marchamos. Yo estaba estupefacta. ¡Cien mil pesetas! Jamás imaginé que le pagarían tanto por matar a una sola persona. Él hacía al menos diez trabajos mensuales, ganaba un millón de pesetas al mes... Me pregunté dónde demonios metía el dinero si vivía en una casucha alquilada con olor a matarratas que no debía costar más de sesenta mil al mes. Pero no dije nada, contaba con que si yo mataba a esa persona me daría al menos la mitad. Al pensar en las cincuenta mil que me correspondían estaba entusiasmada. Podía comprarme tantas cosas...

            Estudiamos los papeles del sobre naranja a conciencia, el tipo iba a llevar a sus hijos al colegio a diario a las nueve de la mañana, regresaba solo a su casa y salvo días puntuales permanecía allí hasta que salía a recogerlos a las dos.   Aparentemente era un padre de familia normal pero algo lo hacía incómodo para el cliente de Luis: Estaba lisiado, le faltaba una mano y le estaban pagando una pensión de ciento ochenta mil pesetas mensuales. Por lo visto denunció a la compañía por inseguridad laboral al cortarse la mano haciendo un trabajo (no especificaba cuál en el informe). Vieron varias fotos desde distintos ángulos del tipo y Frank la pidió que le mirase bien. No podían equivocarse.

            —Tenemos la dirección, ¿Cómo vamos a equivocarnos? Lo mejor es esperarle unas esquinas antes de llegar a su casa.

            —Buen plan —dijo él.

            Le espiamos un par de días por separado, él le seguía en la ida, al dejar a los niños y yo a la vuelta. Iba caminando por lo que sería sencillo. Barajamos la posibilidad del atropello pero Frank dijo que eso era muy complicado y arriesgado, no era tan fácil, no daba segundas oportunidades y no debíamos fallar.

            El caso es que le terminamos arrinconando en una esquina cuando regresaba, donde nadie nos podía ver. Le quitamos la cartera y Frank le tapó la boca para que no gritara. El hombre me miraba aterrado, le vi su muñón... Tenía la mano derecha cortada a mitad del antebrazo. Sus ojos eran suplicantes el terror de dejar huérfanos a sus niños estaba dibujado en sus retinas, me suplicó ayuda con la mirada y Frank me entregó la pistola.

            —Hazlo.

            Cogí el arma con determinación y le apunté entre los ojos. Me tembló la mano y la pistola ardió en mis dedos.

            No podía dudar, apreté el gatillo pero sus ojos suplicantes ofrecían una fuerte resistencia a mi dedo. Me tembló el pulso y no pude hacerlo.

            Apunté a Frank y le dije que nos marchábamos. Mi compañero y mentor me miró con un odio indescriptible y me dijo que si no le mataba yo tendría que matarnos a los dos.

            —No puedo, Frank —y disparé. Le di en el centro del pecho. La pistola tenía silenciador por lo que no sonó demasiado ni llamó la atención.

            El hombre al que debía matar se arrodilló emocionado.

            —Gracias, es usted un ángel... —Me dijo el hombre, llorando de agradecimiento.

            —Puede irse. Tenga cuidado, alguien ha pagado para matarle —le dije.

            Él asintió y ni siquiera le miré cuando se marchó a su casa. Frank aún estaba en pie con el pecho lleno de sangre. Le había atravesado un pulmón y le salía un hilo de sangre por la boca.

            —Traidora... —dijo, antes de desplomarse, sin sentido.

            Hice como él me enseñó, limpié mis huellas del arma, se la puse en la mano tocando el gatillo con su dedo índice. Luego la dejé caer a su lado. Se estaba quedando frío, cada minuto que pasaba se moría. Y lo que más me asustó fue que no me sentía arrepentida. Él era mi benefactor, mi mentor, mi amante y protector. Y no me dolía su muerte, ni haber sido yo su artífice.

            Cuando le dejé, las sirenas de la policía se escuchaban a lo lejos aunque era una ambulancia que iba a otro lado. Me fui caminando y no tomé ni metro ni autobús. Me di cuenta de que no hay nada como caminar para mentalizarse de lo que acabas de hacer.

            No volví a ver a Luis, estaba segura de que no deseaba verme. Había matado a su maquinaria de ganar pasta. Me mudé... Cogí el dinero que teníamos en casa, que no era mucho, y busqué alojamiento. Me arrepentí de no haberme quedado la pistola porque tuve que sobrevivir atracando por las calles y lo hacía con un cuchillo que robé en un restaurante chino.

 

            Temiendo volver a su casa me quedé deambulando por las calles. No tenía dinero, armas ni techo donde dormir. Había matado a dos personas en menos de una semana, las dos que precisamente me daban todas las cosas que ahora me faltaban.

            Me sentí perdida, sola y aun así libre por primera vez en mi vida. Ya no tenía que ir al instituto, ni cuidar de un niñato, ni limpiar la casa de Frank o hacerle la comida.

            No le temía a nada, entré en un restaurante chino y me senté como si fuera a comer. Pedí un menú y mientras me traían la comida me llevé un cuchillo y me escabullí. Era perfecto, de acero para carne con punta y sierra.

            Con el arma en mi poder me atreví al primer atraco de mi vida. Necesitaba dinero con urgencia y elegí a una mujer que llevaba varias bolsas de la compra por el pasadizo subterráneo solitario donde yo acechaba. Le pregunté la hora y me respondió que tenía las manos ocupadas y no podía mirarla. Entonces, cuando pasaba de largo, la agarré por el cuello y le puse la punta del cuchillo rozando su piel. Le dije con frialdad que o me daba todo el dinero que llevaba encima o no daría un paso más. Entonces sí soltó las bolsas. Metió la mano en el bolso temblando y con lágrimas en los ojos abrió el monedero y saco varios billetes. Tenía tres mil pesetas, nada mal para mi primer atraco. Le di las gracias y me fui corriendo.

            Los primeros días dormí en un paso subterráneo junto a otros vagabundos. Parecían simpáticos. Uno de ellos se llamaba Chemo y me dijo que necesitaba ayuda para un trabajillo. Me prometió veinte mil pesetas si llevaba un paquete a un tipo que me esperaba en la estación de Ríos Rosas. Era sencillo, entregar y cobrar. Acepté, necesitaba el dinero. Pero cuando lo hice el tipo no me pagó y quería marcharse. Traté de detenerlo y me apartó de un manotazo. Me apuntó con una pistola a la cara. Me amenazó con dispararme si le seguía y le tuve que dejar marchar. Volví a recordar lo estúpida que fui al no coger el arma de Frank.

            Cuando regresé al pasadizo, muy enfadada, le conté lo sucedido a Chemo y me dijo que lo sentía mucho. A cambio me podía enseñar algo. Él era un experto escapista y me daría unas lecciones gratis de cómo utilizar los obstáculos de la ciudad a mi favor en momentos de fuga desesperada. Acepté el curso acelerado y me enseñó que los coches en marcha se pueden saltar con una sola mano, los callejones estrechos sirven para sortear vallas si corres por la pared sujetándote con una mano en la otra. Que los bancos de la calle pueden darte impulso para volar varios metros por encima de alguien que quiere atraparte, que las señales de tráfico permiten hacer giros inesperados que te dan ventaja ante perseguidores insistente y lo más importante era saber caer dando volteretas y seguir corriendo con el impulso del giro. Todo parecía evidente según lo practicábamos y me pregunté por qué no se me ocurrió ninguna de esas cosas antes.

            Practicamos toda la mañana y, cuando era capaz de hacer todo mejor que él, estaba pletórica. En un día le había superado y podía llegar antes que él de una punta a otra de la calle. Lo hicimos en una yincana cronometrada saltando coches en marcha, bancos, vallas, paradas de autobús y trepando sobre una pared. Chemo me dijo que era muy buena alumna y ya no tenía nada más que enseñarme.

            Me propuso una apuesta, el que menos tardará en hacer el recorrido podría pedirle al otro cualquier cosa.

            Le había ganado ya y estaba segura de poder hacerlo incluso mejor de modo que acepté.

            Me cedió el primer turno diciendo "las mujeres primero". Hice el recorrido como un rayo, conseguí un tiempo bastante inferior al último y casi sin aliento le dije que ya estaba pensando qué pedirle.

            Entonces lo hizo él y no fue ni mucho menos el lento que me suponía que era. Voló como si sus pies no tocarán el suelo, salto coches levitando sobre ellos, escaló la valla igual que si tuviera gomas en los pies. Me sacó treinta segundos de ventaja y me quedé estupefacta.

            —Gané —dijo—. Por curiosidad, ¿qué pensabas pedirme?

            —He perdido, no importa.

            — ¿Puedo pedir yo?

            —Claro.

            —Un besito.

            Suspire y se lo di.

            Estaba tan excitada con mi nueva habilidad que le di un beso de tornillo y nos enrollamos. Nunca lo había hecho con un chico de menos de veinte y fue bestial. Menudo polvazo. Vaya diferencia hacerlo con un jovencito en lugar de un tipo que ronda los cincuenta. Vi la gloria dos veces. Mientras que Frank apenas me empezaba a excitar, se corría y no quería más, Chemo parecía igual de incansable en el sexo como en la calle corriendo y saltando obstáculos.

            La última vez que lo hicimos le confesé que aun habiendo perdido había recibido mi premio, que era enrollarme con él, y nos reímos a carcajadas.

 

            Con el paso de las semanas me volví mucho más hábil y podía robar tiendas y salir corriendo como un fantasma. Aunque a veces me perseguía la policía los despistaba con facilidad. Por las alcantarillas, colándome en el metro, en autobuses o lo que fuera.

             Por fin localicé a un tipo que vendía armas. Ya no dormía en aquel subterráneo con Chemo y los otros sin techo, temía que me encontraran, la gente hablaba de mí por la zona y tuve que marcharme, le pedí que viniera conmigo pero dijo que eran una familia y no aceptó.

            Creo que le echaré de menos.

            Uno de los vagabundos que dormía donde fui aquel día me dijo dónde conseguir armas de forma ilegal con un poco de pasta. Reuní todo el dinero que tenía y fui a comprar una pipa.

            El lugar era una casa, un bajo donde vivía un viejo que estaba en prisión domiciliaria. Le pedí la más barata que tuviera y me dio una Smith Wesson de nueve milímetros y una caja de 25 balas por treinta mil pesetas. Él pedía cincuenta mil pero terminó aceptando.

            Desde entonces no he vuelto a dormir en la calle. Atraqué una panadería y saqué 15.000, luego entré en una joyería y me llevé 150.000. Con ese dinero encontré un lugar donde dormir todo el mes y de paso descansar de tanto deambular y delinquir. Empecé a dar mis golpes lejos de mi apartamento y siempre me desplazaba caminando o corriendo, nunca en transporte público a menos que tuviera que huir de alguien. Me gustaría decir que fueron atracos limpios, sin errores, sin asesinatos... Pero no lo diré porque no lo fueron.

            Y aquí estoy, contando mis fechorías y si la poli descubre mi diario se me caerá el pelo. Aunque estoy evitando los detalles para que les cueste culparme de cualquier cosa.

Quizás algún día venda este cuaderno y saque algo de pasta.

 

Comentarios: 10
  • #10

    Yenny (viernes, 09 junio 2017 05:52)

    La ilustración es buena pero creo que deberías afinar la cintura para que se se vea más redonda y formada las caderas, también adelgazar un poco los hombros parece espalda de albañil jaja ( lo digo en buen plan). Por las descripciones me imagino a Ángela fibrada pero delgada y ligera.

  • #9

    Chemo (jueves, 08 junio 2017 22:10)

    Pero que buen polvo se ha llevado Chemo. Me ha gustado la historia, creo que este Chemo se parece más a mí que las versiones de las demás historias. Sugiero que para la siguiente parte, Chemo se arrepiente de quedarse con los demás vagabundos y decide vagar en busca de aventuras de todo tipo con Ángela.
    Por cierto, también me ha gustado la ilustración de esta parte.

  • #8

    Lyubasha (jueves, 08 junio 2017 21:48)

    A mí también me ha sorprendido Chemo jajajaja vaya sorpresa que me llevé cuando apareció en la historia.
    Tony, espero que te mejores pronto.

  • #7

    Tony (jueves, 08 junio 2017 17:54)

    Pensaré vuestra sugerencia. Puede que en esta historia aparezcan más detalles.

  • #6

    Yenny (jueves, 08 junio 2017 17:34)

    Menuda maquina que resulto ser Chemo, esperaba mas detalle para ver sus habilidades jaja.
    La historia se ve interesante y me gusta mucho conocer los inicios de Angela.
    Tony espero que te recuperes pronto, y deberías tomar en cuenta la sugerencia de
    Alfonso, aunque sugiero algo mas erótico que pornográfico.

  • #5

    Alfonso (jueves, 08 junio 2017 14:26)

    Hasta que apareció Chemo y no lo hizo tan mal como en la historia anterior. Bien por Chemo. Tony, deberías de intentar escribir una historia pornográfica algún día.
    No creo que Frank esté muerto. Seguramente va a ir por venganza contra Ángela y es ahí cuando se dan cuenta que son el uno para el otro. Lo siento Chemo, creo que Ángela solo fue un polvo y nada más.
    Me está gustando la historia, un tanto diferente de las demás.
    Deseo que te mejores pronto, Tony. Sé que es difícil cuando llevas bastante tiempo en recuperación pero piensa que más temprano que nunca podrás volver a tu vida normal. Saludos.

  • #4

    Tony (jueves, 08 junio 2017 04:43)

    No quiero contar nada anticipado pero en Angel de la muerte es donde se cuenta y realmente no tiene por qué ser cierto porque es Ángela que se lo está contando a una de sus víctimas.
    De todas formas... Tus dudas se solucionan en la siguiente parte.

  • #3

    Jaime (jueves, 08 junio 2017 03:34)

    Menuda historia. Chemo ahora sí estará complacido con su aparición en esta historia. O quizá le hubiera gustado leer más detalles, jajaja.
    Corregidme si me equivoco, pero creo que en una historia pasada se cuenta que a Frank lo asesina una tercer persona durante un trabajo mal ejecutado y que Frank siempre fue el verdadero verdadero de Ángela. Mientras que en esta historia Frank aparece como uno más de sus encuentros casuales.
    Deseo que te mejores pronto, Tony.

  • #2

    Tony (jueves, 08 junio 2017 00:04)

    Por cierto la ilustración es mía.
    Va a ser la portada del libro de Ángela Dark,

  • #1

    Tony (jueves, 08 junio 2017 00:02)

    Espero vuestros comentarios.
    Para los que preguntáis por mi salud, he estado bien varios días pero justo hoy me han vuelto los dolores hasta el punto de que una mosca me hacía daño al tocarme el muslo. Todo mi cuerpo me dolía y no sé ni cómo compararlo porque nunca lo he pasado tan mal.
    No veo la luz al final del túnel... Por suerte las pastillas terminan haciendo su efecto y son episodios pasajeros.

Animal es el que abandona a su mascota.

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