Raíces en el infierno

7ª parte

 

 

            No me atreví a ir a casa de Luis hasta cinco horas después. Vi en las noticias que la policía había abatido a tiros a un peligroso terrorista islámico y habían incautado armas y bombas suficientes para hacer volar un edificio entero. Entrevistaban a un policía viejo y medio calvo, lo reconocí en seguida: Pablo Jurado. Decía que habían completado una operación de semanas y que aún faltaba por capturar un activo de la célula desmantelada. Se refería a mí, por supuesto. Lo que me rompió el alma fue ver el cuerpo de Frank siendo sacado en camilla. Lo llevaban cubierto con una manta de plástico negra.

            Según la noticia, se llevó por delante a tres policías antes de ser abatido por numerosos disparos.

            — ¿Cómo vas a resucitar ahora? —Le pregunté, como si no terminará de creer si muere y creyera que me estaba escuchando.

            No pienso escribir nada más hasta que vuelva. Ahora no es como las otras veces, está vez sé que le amo.  Y siento que algo dentro de mí se ha muerto si él no vuelve conmigo.

            Por cierto, casi me caigo por culpa de este diario. No podía dejarlo y que cayera en manos de la policía. Aunque puede que me haya salvado la vida, lo llevaba entre el pantalón y la tripa y al saltar amortiguó bastante el golpe contra las cuerdas.

20 de febrero de 2005

            Ya la daba por desaparecida pero la he encontrado y no sólo eso, me han encargado su eliminación. No puedo creer el golpe de suerte que he tenido, tengo que matar ni más ni menos que a la asesina de mi padre, Lara Emmerich.

            Disfrutaré de esto como de un polvo de tres orgasmos. Estoy impaciente, tengo que planear los detalles.

 

1 de marzo de 2012

            Buf, tantas cosas que escribir y no sabría por dónde empezar. Podría hacer un libro de ochocientas páginas fácilmente con toda mi vida.

            Han pasado diez años desde la última vez que escribo en este diario y no creo que me acuerde de todo, no tengo tiempo de hacerlo. Lo último que escribí fue que me encargaron la muerte de Lara, alguien a quien odiaba y que ha terminado convirtiéndose en mi mejor amiga, la única que he tenido. Somos como hermanas y eso que hemos intentado matarnos tantas veces...

            Pero no escribo por ella, por nada de mi vida en realidad. He decidido volver a escribir porque soy una mujer nueva, legal y con un trabajo acorde con mis habilidades. Me han contratado con un gran sueldo y lo primero que me dijeron fue: Si no cuentas a nadie lo que has hecho, nosotros tampoco. Y aquí estoy, desobedeciendo como es normal en mí. Y todo gracias a una persona a la que he aprendido a respetar igual que a un padre político: Luis Fernández. Él ha dado mi nombre al más poderoso de sus clientes, Alastor. Un hombre misterioso que dice manejar los hilos del mundo. Según las palabras de Luis están teniendo problemas para conseguir candidatos aptos en sus fuerzas más secretas.

Por lo visto caen como moscas y les ha comentado que yo podría encajar donde tantos han fracasado.

            Es una organización que arregla desaguisados por el mundo, causadas por negligencias de camaradas o desastres de otras índoles. Cosas como un brote de un virus en Taití, donde se contagia por mordeduras y la  gente se convierte en zombi. Suena a película se serie B, como si Romero hubiera escrito el guion. Desde luego me he subido al tren y voy a averiguar con mis propios ojos cuánto de verdad hay en ese informe.

            Ayer me enseñaron las instalaciones y vi artefactos alucinantes: Un brazalete anti gravedad, un traje de goma impenetrable, un spray capaz de repararlo por si se rompe... ¡Cómo se va a romper si es indestructible!

            Me han dicho que me despida de mi familia sin contarles nada. Al parecer cada misión que realizamos podría ser la última y como no tengo a nadie se lo cuento a mi diario. Es mi único hermano, mi amuleto de la suerte.

            Antes dije que Lara es como mi hermana, bueno, digamos que nos hemos echado una mano y nos debemos muchas vidas, pero no me cuenta su vida ni yo la mía. No voy a empezar ahora.

            Nos vamos en medida hora, estoy nerviosa, sólo somos seis soldados, los otros cinco parecen muy amigos y veteranos. Uno de ellos se ha burlado de mí por novata y me ha ofrecido un par de consejos a cambio de un revolcón. Sus compañeros soltaron una risotada. Le respondí que no tenía problemas en follar con él pero que dejara los consejos para otro y se puso rojo como un tomate. Algo me dice que era un farol... Una pena.

            Su nombre es Sebastián Romanos, mulato y cachas con un aire a Denzel Washington, aunque más joven. Por cierto tiene el culo como una piedra y estos trajes ajustados, que son a la medida, no dejan jugar a la imaginación, aunque la armadura frontal oculta el paquete, que pena.

            Espero que Seb piense lo mismo de mí, me siento muy sexy. Después de la misión le preguntaré si lo dicho era un farol o iba en serio... Me he puesto cachonda sólo de pensar en su pene... Los mulatos tienen fama de tenerlo bastante potente.

            Ya es la hora. Deséame suerte diario. Pienso contar con pelos y señales el polvazo que me echaré con Seb.

 

 

5 de marzo de 2012

            He estado al borde de la muerte tantas veces que pensé que estaba inmunizada al miedo. He tardado tres días en despertar de uno de los trances más largos y horribles de mi vida.

            ¿Por dónde empiezo? Tengo que escribir lo sucedido a ver si me alivia y sobre todo porque si no lo hago dentro de unos años pensaré que fue una pesadilla o puede que mi mente lo borré para siempre. No son recuerdos agradables y ojalá pudiera olvidarlos.

            No me extraña que busquen soldados altamente cualificados, como todas las misiones sean así... Dudo que viva para contar mi primer sueldo. Aunque mis heridas me liberan del servicio activo hasta dentro de una semana. ¿Qué suerte?

            Joder, dudo que el brote sea aislado...

            En el vuelo de ida todo eran risas y bromas hasta que encendieron el motor de antimateria. Nos quedamos sordos de repente y lo más perturbador fue que nos volvimos translúcidos y "etéreos".

Vi a mi alrededor veía el paisaje y la indescriptible velocidad que alcanzamos. Podríamos atravesar montañas y trate de tocar mi arnés de seguridad para sentirme más segura pero mis dedos lo atravesaron. De alguna manera nos mantuvimos en nuestro sitio.

            Sebastián me miraba divertido. Debía parecer asustada como la novata que era.

            Aterrizamos en la azotea de un edificio de oficinas pues las calles estaban inundadas de gente. El pánico era brutal, los sanos luchaban por sus vidas, los infectados se los comían... La inmensa mayoría se trataba de zombis pero muchos eran valientes que intentaban detenerlos en una batalla campal.

            Bajamos por las escaleras con los fusiles en alto preguntándonos si seríamos suficientes para detener esa locura.

            —Disparad a la cabeza —recomendó la teniente Wright.

            — ¿Cuál de ellas? —Bromeó Sebastián.

            Me reí del chiste, aún teníamos sentido del humor.

            Lo que pasó después fue un infierno de disparos y carreras frenéticas por intentar salvar civiles y ponerlos a salvo en un hospital que estaba bien atrincherado. La milicia nos recibió como si nos enviara el mismísimo Dios y obedecían a la teniente sin rechistar.

            Logramos un estatus de tranquilidad cuando las esperanzas de encontrar personas no infectadas eran muy escasas. Nos tomamos un descanso, por más zombis que matábamos siempre aparecían cientos más. Nuestros fusiles no se agotaban nunca si no disparábamos demasiado seguido y el hecho de tener que apuntar a la cabeza lo facilitaba. Lo que más nos beneficiaba a nosotros frente a los militares era el silencio de nuestras armas. Apenas un siseo y uno o dos zombis causan fulminados. Salvamos decenas de personas, pero somos humanos... Tres horas después ninguno tenía fuerzas para seguir saliendo a buscar supervivientes.

            Comimos y venimos con buen humor, nos agasajaron como héroes y pudimos echar una cabezadita hasta que escuchamos la alarma.

            Algunos de los que estaban con nosotros se convirtieron en zombis sin haber sido mordidos (según ellos). El hospital donde nos atrincheramos se convirtió en un caos. Los disparos eran ensordecedores y pasó lo peor que podía pasar, los de fuera, aburridos y sin nadie a quien perseguir escucharon el jaleo y acudieron como moscas a la mierda.

            Ya no había dónde refugiarse, miraras donde mirases aparecían zombis hambrientos. Los cinco nos mantuvimos unidos buscando una salida de aquel infierno pero cuando logramos asomarnos fuera por una ventana vimos un mar de cabezas rodeando el hospital.  Ni cien como nosotros habría podido con todos ellos. Usamos nuestros brazaletes de anti gravedad para correr por la pared exterior hasta el tejado.

            En la azotea decenas de personas sanas correrían huyendo de los zombis que subían en tropel. Viéndose rodeados saltaban al vacío buscando una muerte definitiva en lugar de engrosar el número de esos monstruos.

            Llegamos tarde, no pudimos salvarlos a pesar de que bloqueamos el acceso a la azotea y liquidados a todos los zombis que vimos.

            Estoy acostumbrada a matar pero ver saltar a estas personas me provocó una sensación de fracaso y frustración que me hizo luchar con las ahínco.

            Cuando estábamos a salvo y resoplando de cansancio, Sebastián me dio unas palmadas en el hombro y me dijo: Me alegro de que sigas viva, el último novato no habría durado ni una hora.

            —Gracias —le dije un poco molesta—. ¿No es la primera vez que hacéis esto?

            ¿Novata? Estoy segura de que yo maté más zombis que él. Pero no mostré mi fastidio.

            —No, estos cabrones han conseguido escapar de la isla de Tupana, que tuvimos que ir a limpiar a principios de enero. Allí no había tantos, pero tampoco esperábamos encontrarlos. Ese día murió León, un chico muy preparado que venía de Estados Unidos. Era demasiado impulsivo e independiente. Tienes que aprender que sólo sobrevivimos porque somos un equipo compenetrado, nunca te hagas la heroína.

            —¿Quieres que te la chupe ahora o este consejo era gratis?

            Hasta la teniente soltó una risotada. Necesitábamos un poco de humor. Yo, por lo menos, estaba muy nerviosa.

            Nos pusimos en contacto con la nave y vinieron a buscarnos. Una vez a salvo el comandante Montenegro nos pidió un informe desde la base. La teniente lo redactó y se lo envió por escrito.

            —Muy bien —respondo al leerlo—, usaremos el arma Tesla para limpiar rastros, vuelvan a la base y felicidades por seguir con vida muchachos.

            —No podemos destruir la isla comandante —repuso la teniente Abby—. Como le he explicado, la situación en la ciudad es crítica, pero hay muchas zonas donde los zombis no habrán conseguido entrar. Puede haber gente encerrada esperando ser rescatada. Denos hasta la medida noche para recorrer la ciudad y rescatar a los que podamos.

            —Cada minuto que pasa es más fácil que lo sucedido salga a la luz. Tienen una hora —respondió.

            —Haremos lo que posible.

            —¿Tienen constancia de que haya supervivientes? —Insistió Montenegro.

            —Que sepamos, no. Pero no perdemos nada por intentar encontrarlos, a eso vinimos, ¿no?

            Ella pensaba eso. Ingenua. Lo que daría por volver atrás en el tiempo y decirle al capital que soltara esa arma mientras estábamos a salvo. Estaríamos vivos los cinco.

            Fue la hora más larga de toda mi vida. Parecía sencillo, un vuelo rasante por la destrozada población buscando reductos que estuvieran siendo asediados por los no—muertos. Fuimos a las zonas ricas y casi todas las casas ardían. El Palacio presidencial estaba en completo silencio con las barricadas vacías. Con los prismáticos vimos más infectados dentro que fuera. La cámara térmica de la nave solo detectaba formas muertas de "vida".

            En cinco minutos estábamos a punto de claudicar y dar luz verde al lanzamiento cuando Macron, la piloto del halcón, avistó  a un superviviente en un edificio.

            —Allí, la torre blanca, es un niño a juzgar por el tamaño. Hay que darse prisa, el edificio está lleno de zombis y van a derribar su puerta.

            —No llegaremos a tiempo —dije.

            —Si fuera tu hijo, lo harías —replicó la teniente—. Bájanos Macron.

            Nos dejó en la azotea y tuvimos que despachar a tres zombis que deambulaban aburridos por allí. En las escaleras bajamos en formación dos—dos—uno, yo a la zaga por lo que me tocaba saltar cuerpos con cabezas reventadas. Hasta que empezaron a perseguirnos los de los pisos que dejábamos atrás. Al principio eran pocos y pude con ellos sin problema pero en un momento dado nos vimos superados y sentí mordiscos en la pierna y el brazo izquierdo. Por suerte el traje que llevaba puesto era más fuerte que sus dientes, aunque demasiado elástico y no me quito el dolor de semejantes dentelladas. Tengo las zonas amoratadas ahora. Me los quité de encima golpeándolos con el rifle y luego los reventaba a disparos, pero escuche que uno de mis compañeros gritaba de dolor y al verlo disparé a las cabezas al zombi que mordida su cuello causando una herida de la que brotó un torrente de sangre intermitente. Dejamos allí a Díaz y seguimos saturados hasta que cayó Sebastián, que él mismo vengo su muerte reventando a los que le mordieron y cuando empezó a transformarse en zombi se reventó los sesos él mismo.

            Fue un shock para mí, sólo quedábamos la teniente, Curtois y yo. El francés fue el último en caer justo cuando abrimos la puerta de la casa de la niña. Nos distrajimos al sentirnos a salvo dentro de la vivienda de la niña y nos encontramos con cuatro zombis que la asediaban, sus familiares.

Curtois cayó por las dentelladas de la madre zombi en su cuello pues pensó que era una superviviente y la teniente y yo aprovechamos para llegar hasta la niña y liquidar a todos los monstruos que la asediaban. Abby la cogió sobre los hombros y regresamos a la escalera, que ya debía estar despejado el camino, pero no, más zombis salieron de la casas y tuvimos que poner al límite las armas.

            Salimos y nos recogieron en el halcón mientras una veintena de zombis nos pisaban los talones. Cuando la nave se alejó, a salvo de las fieras que nos gritaban desde abajo, estábamos exhaustas y la niña miraba al infinito.

            — ¿Estás bien, pequeña? —Preguntó Abby.

            No respondió, quizás porque vio que yo rematé a sus padres o simplemente no escuchaba, pensé. El caso es que cuando habló... La muy cabrona dijo: Me mordieron, ¿pueden curarme?

            La teniente me miró y yo me fijé en los ojos de la cría. Estaban llenos de venas azules y se estaba transformando. La sujeté con fuerza contra el asiento justo a tiempo, antes de que comenzara a lanzarnos dentelladas. Tenía muchísima fuerza, me alcanzó en el hombro y me hizo un daño brutal, creí que había arrancado la tela de grafeno pero no. Aun así el mordisco me dejó una marca que tardaré semanas en curar.

            Abby abrió la compuerta del halcón y luego me ayudó a arrojarla al vacío. Al verla caer dando manotazos al aire como tratando de agarrarse al viento, suspiramos aliviadas.

            — ¿Todo bien por allí? —Preguntó Macron desde el puesto de piloto.

            —Llévanos a casa —supliqué.

            —Y que revienten este infierno —añadió Abby.

            Creo que lo que más me jode no es que hayan muerto mis compañeros, a los que apenas conocía. Es que murieron por salvar a una niña infectada, dieron sus vidas para nada. Y me siento vulnerable como nunca antes en mi vida.

 

 

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Yenny (viernes, 04 agosto 2017 18:57)

    Querido Jaime creo que si satisficieran mis deseos ocultos saldrían asustados.

  • #6

    Jaime (viernes, 04 agosto 2017 13:54)

    Sería interesante que todos los personajes participásemos en una orgía, y así satisfacer los deseos ocultos de Yenny. Ya me imagino a Chemo, Alfonso y yo con Ángela, Yenny y Vanessa.

    Es broma, ya sé que no va pasar, pero aún así sería lo que haría este relato mucho más interesante de lo que ya es.

  • #5

    Yenny (martes, 01 agosto 2017 19:23)

    Tuve que leer las partes que me faltaron, lo único que no me gusta es que parece que todos tienes con quien desahogarse después de leer y yo no jaja. Me gusta que se muestren diferentes facetas de Angela porque no creo que sea mala, también tiene algo de principios.
    Esperaba que Frank el inmortal apareciera de nuevo, pero creo que hasta a los gatos se le acaban las vidas.
    Me gusta esta historia, ha sacado el lado pervertido de todos jajaja

  • #4

    Alfonso (viernes, 28 julio 2017 05:19)

    Me es muy extraño imaginarme a la Ángela de esta historia, quien a veces puede llegar a matar sin remordimiento alguno y otras veces hasta defiende a sus víctimas. Yo he conocido gente con múltiples personalidades, así que no dudo que pueda ser una de ellas.
    Creo que Chemo ya ha contagiado a Jaime.
    Muy buena historia. Espero la siiguiente parte con ansias.

  • #3

    Chemo (viernes, 28 julio 2017 01:51)

    Creo que me voy a inscribir al EICFD. Ya tengo muchas ganas de follar, jeje. Espero la continuación.

  • #2

    Jaime (jueves, 27 julio 2017 02:22)

    Esta parte se me hizo bastante floja. Me hubiera gustado que te alargaras un poco contando más detalles sobre la relación entre Ángela y Lara, o de cómo se dio a conocer por Luis Fernández. Por cierto, ¿ya ha aparecido Luis en alguna otra historia?
    Creo que esta parte me ha dejado con ganas de que me la chupen. Ya me estoy pareciendo a Chemo, jaja.

  • #1

    Tony (jueves, 27 julio 2017)

    Espero que os esté gustando el relato.
    La próxima parte podría tardar un poco más en escribirla. En verano el tiempo libre se lo llevan más que nunca los niños y no puedo apenas escribir.
    Feliz Agosto a todos y no olvidéis comentar.

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