Reencarnación

            El teléfono sonó por la mañana despertando a Máximo justo un minuto antes de sonar su despertador. Para colmo cuando llegó al teléfono ya no contestaron.

            - Empezamos bien el día… - farfulló.

            Se fue al trabajo, como todos los días.

           

            Máximo salía de trabajar a las cinco y media de la tarde. No había quedado con nadie, en realidad no tenía vida social. No le gustaba hablar de su vida porque no tenía grandes cosas que contar. Era una persona tímida que había tenido un par de relaciones en el pasado y había sufrido bastante en ambas. No le apetecía volver a sufrir.

            Estaba bien sólo y ese era el motivo de que se pasara las tardes enfrascado en sus programas, y en aprender diseño gráfico en su casa y cuando se aburría se desahogaba con los juegos que tenía. En ocasiones se pasaba tardes enteras metido en un juego y no lo dejaba ni para cenar.

            Esa tarde, saliendo del trabajo, encontró su coche con un cepo de una grua. Lo había dejado ligeramente encima de un paso de peatones. La rueda delantera tenía un enorme y odioso cepo que le impediría salir de allí en horas, y tendría que esperar a que alguien le diera una explicación o bien le hicieran pagar la multa y le dejaran en paz. Era viernes y no le apetecía nada andar de acá para allá ni esperando bajo el fuerte sol de julio.

            Llamó a su padre, él sabría a dónde debía llamar, o qué tenía que hacer. Por desgracia no le cogió el teléfono. Entonces se acercó un policía con una libreta en la mano, sin duda el que ponía las multas.

            - ¡Oiga! - le dijo, demasiado nervioso como para aparentar educación -. Aquí ha habido un error, mi coche no está mal aparcado, mire, estoy fuera del paso de peatones.

            El guardia ni siquiera le miró, pasó de largo, lo cual enfureció aún más a Máximo.

            - ¡Oiga!, ¿No me oye?

            - No puedo hacer nada por usted, yo no puse el cepo.

            - Pero haga algo, ¡Qué puedo hacer ahora!

            - Esperar nuestras noticias e irse a casa.

            - ¿Y cómo quiere que me vaya, si mi coche está inutilizable?

            - Ese no es asunto mío.

            Máximo respiró profundamente. Ese guardia le estaba tocando las narices.

            - Usted ha llamado al que me ha puesto el cepo. Haga el favor de volver a llamarlo y pagaré la multa.

            - Le repito, que su coche no es asunto mío. Ya llegará la grúa y le llamaremos cuando pueda ir a por su coche.

            Máximo no pudo contenerse por más tiempo.

            - ¡Maldito cabrón de mierda! ¡Cómo se puede ser tan …!

           

            Los sucesos que le llevaron a estar esposado en la comisaría eran confusos. Cómo le contaría a su padre que había insultado a un policía, que tenía el coche confiscado y todo por un error burocrático de lo más absurdo. Una rueda pisando un paso de peatones y te ponen la vida imposible. Deseaba despertar y descubrir que todo había sido un mal sueño.

           

            - Máximo González - le llamó un policía gordo y con cara de aburrido y desganado.

            Se levantó y se acercó a la puerta de la celda.

            - ¿Es usted? - el policía parecía extrañado.

            - ¿Puedo irme ya? - Preguntó fastidiado.

            - Han pagado su fianza. Perros atracadores como tú no deberían tener benefactores tan poderosos.

            - ¡Oiga! A quién llama atracador. No he hecho nada.

            - Si le dijera cuántas veces oigo eso al día.

            Máximo no salía de su asombro. Ahora le tachaban de atracador. Al menos había alguien que había pagado su fianza. Y su padre no podía ser pues no había logrado contactar con él.

            Al salir no vio a nadie conocido. Un hombre trajeado le recibió ofreciéndole la mano.

            - Máximo González - dijo.

            - Sí, ¿va a sacarme de aquí? ¿Es el abogado de mi padre?

            El policía abrió las esposas y le dejó irse.

            - Acompáñeme - dijo el hombre trajeado. Muy serio.

           

            Le esperaba un Audi cerca de la comisaría. Muy propio de su padre abusar de su bufete de abogados con todos los lujos para impresionarle y restregarle en los morros que si hubiera seguido su camino, su vida sería mucho más cómoda.

            En el coche, el hombre trajeado abrió un maletín y sacó una carta.

            Estaba escrita con letras recortadas de un periódico.

            - ¿Qué es eso? - preguntó.

            - Han secuestrado a su padre - sentenció el abogado -. Nos han mandado esta carta y solicitan una cantidad de dinero a cambio de su vida.

            - Oh

            - Una de las condiciones es que debe usted entregar el dinero en persona, sin protección policial. Hemos decidido que es el único modo de obtener una pista de su paradero. ¿Está usted dispuesto a hacer la entrega?

            - Pero, ¿quién ha decidido que se iba a pagar? - se molestó Máximo.

            El abogado le miró con una frialdad e indiferencia tal que éste se sintió sucio y egoísta por lo que acababa de decir.

            - Q…quiero decir que, ¿no debería decidir eso yo?

            - ¿Y qué hubiera decidido?

            Máximo tragó saliva. No tenía que responder. Solo pensar que tendría que entregar el maletín con el dinero y que arriesgaba su vida y la de su padre, le puso más nervioso de lo que ya estaba. ¿Es que no iba a pasar nada bueno ese día?

           

            - ¿No me van a dar un arma? - preguntó, mientras le ponían el micrófono pegado en el pecho con cinta aislante blanca.

            Nadie le contestó. ¿Eran policías aquellos hombres? Vestían de paisano y apenas hablaban entre ellos. El maletín lo estaban rellenando meticulosamente tras rellenarlo con montones de fajos de billetes de cien euros. No sabía cuánto había, pero había mucho más dinero del que creía que pudiera existir. Pensó en lo bien que viviría si se escapaba con el maletín. Pero esa idea no dejaba de ser una broma, teniendo en cuenta el peligro en el que se encontraba su padre.

            - Debe ir a esta dirección. Coja un taxi, esas fueron las instrucciones. Llame a la puerta y diga la contraseña: Jugador.

            Máximo sonrió. Jugador… En realidad era como jugar a uno de sus juegos de espionaje, solo que en la vida real. Y no era divertido.

           

 

            Hizo lo que le dijeron y llamó a la puerta con los nudillos dado que el timbre no funcionaba.

            - Jugador - dijo, ante una cara tras una abertura en la puerta. Era un lugar tan aislado que entendió sobradamente por qué no deseaban compañía. Era una gran casa en la que ponía en lo más alto "Hostal Valverde".

            - ¿Cómo dice? - preguntó el hombre.

            - Ju… jugador, es lo que me dijeron que dijera.

            - No le entiendo amigo, se habrá equivocado de sitio.

            Máximo miró su nota. Estaba bien escrita la dirección. ¡Era esa dirección!

            Iba a llamar de nuevo, pero alguien siseó desde su espalda.

            - Oiga, jugador - le dijo un chico de unos catorce años, vestido de punki.

            Máximo se volvió y le miró.

            - ¿Qué quiere?

            - Algo que tiene en la mano, si no le importa.

            - ¿Dónde tienen a mi padre?

            - ¿A quién? - respondió el joven -. Disculpe yo solo tengo un recado, venir a por el maletín y llevármelo.

            - No pienso entregar esto hasta ver a mi padre.

            - Le repito que solo soy un mandado.

            - Pues ya puedes volver por donde has venido, mocoso.

            - Si no me lo da por las buenas, serán las malas.

            Máximo se daba cuenta de que unos secuestradores no podían ser tan estúpidos de dejarse ver en plena calle al entregar el dinero. Y al decir lo de "las malas", el muchacho había sacado algo del bolsillo que casi le hace cagarse en los pantalones.

            - Ten - cedió el maletín entregándoselo con las manos temblorosas. El punki le apuntaba con una pistola a la cabeza.

            El joven lo abrió y hojeó todos los manojos de billetes. Máximo rezó por que no decidiera contarlo todo allí delante, con esa pistola apuntándole.

            - Muy bien, supongo que nadie echará en falta este paquetito - dijo el chico, guardando en el bolsillo de su chaqueta un fajo con más de cincuenta billetes de cien euros. Luego cerró el maletín le guiñó un ojo y se alejó.

           

            Según se alejaba sentía que el miedo dejaba paso a unos calambres que le recorrieron las piernas y todo el cuerpo.

           

            A lo lejos vio cómo un coche negro recogía al punki y se fueron hacia el norte. Hacia Ávila.

            Y su coche estaba recién confiscado por la grúa. Le había llevado un taxi y el muy cara ni siquiera le esperó por si tardaba poco. Estaba en medio del autopista, en un hostal de mala muerte, sin un billete en el bolsillo. Por suerte tenía la Visa.

            La noche era bonita en las montañas. Fuera de Madrid se veían estrellas en el cielo.

            Tardó poco en decidir qué hacer. Iría al hostal a dormir y por la mañana buscaría una forma de volver.

Animal es el que abandona a su mascota.

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