Santa Compaña

3ª Parte

            - Lo siento - dijo ella, llorando -. No quiero detener a esos desgraciados... Voy a matarlos.

            Su respiración estaba agitada, sabía que con el golpe que le había dado al inspector podía haberle roto el cráneo. Lo lamentaba de veras, pero sabía que siendo un policía trataría de detenerlos legalmente y eso sería fatal para ellos. El pueblo era un feudo de ese grupo y no solo eso, un importante ministro del gobierno había vivido allí muchos años y estaba segura de que taparía cualquier cosa que sus seguidores hicieran. La única forma de acabar con ellos era matándolos. O, al menos, a sus cabecillas.

            Bajó sin hacer ruido por aquella gruta hasta que llegó a una especie de cripta. Había docenas de tumbas con fechas anteriores al siglo XIIX. Olía a putrefacción y un poco más allá había un foso donde una sustancia oscura hacía brillar las paredes. Como no podía ver el fondo, cogió un cirio y prendió un pañuelo de papel con él. Luego lo soltó al círculo oscuro y el papel ardiente iluminó una fosa de cadáveres. Había cientos de esqueletos y sobre ellos cuatro cuerpos recientemente asesinados. Los cuatro tenían la cabeza separada de su cuerpo. Las piernas le flaquearon y antes de poder identificar a su padre, el pañuelo se apagó. No quiso encender otro, sabía que entre esos cuerpos uno era él.

            Miró a su alrededor, allí no había nadie, pero era obvio que hacía poco alguien había retomado unos antiguos rituales que se habían llevado a cabo allí durante cientos de años, hace muchísimo tiempo. Podía ser que incluso hubiera un único asesino y podía estar observándola desde cualquier rincón oscuro.

            Al no descubrir a nadie por allí corrió hacia arriba, subió hasta la gran cueva donde Antonio estaba inconsciente y trató de reanimarlo con bofetadas.

            - Lo siento, lo siento, vamos despierta.

            Éste volvió en sí y al verla quiso alejarse.

            - Perdóname, no confío en nadie de la policía y tú eres detective.

            - No, no, no tengo nada que ver con la policía - se defendió él.

            - Vámonos, no hay nadie. Tenías razón traen aquí a la gente y les cortan la cabeza.

            - ¿Qué has visto?

            - Mi padre está muerto. Tenemos que irnos, no hay nadie y podrían volver.

            Él aceptó y se levantó con dificultad. Estaba mareado y tenía un voluminoso chichón en la parte de atrás de la cabeza.

            - No tenías por qué golpearme - espetó.

            Ella no respondió.

            Varias sombras les rodeaban. Eran como monjes vestidos de negro con las capuchas sobre sus cabezas. Al menos eran diez.

            Al verlos Antonio encendió su linterna y les alumbró directamente para ver sus rostros. Estos apartaron la cabeza de modo que no llegó a ver a ninguno.

            Se acercaban lentamente con armas como hachas, cuchillos largos y porras con clavos oxidados. Su silencio y su implacable avance paralizaron los miembros de Isa. Antonio les apuntó con su pistola pero solo tenía siete balas, y ellos eran más.

            - ¿Quiénes sois? - preguntó ella.

            - No os acerquéis o dispararé - amenazó Antonio, apuntando a uno de ellos a la cabeza.

            No le hicieron caso, estaban a menos de cinco metros de distancia y seguían saliendo más de grutas que ni siquiera habían visto.

            - Dios mío, esto es el fin - dijo ella.

            - Deteneos - ordenó Antonio, apuntando a otro de esos misteriosos encapuchados.

            No le hicieron caso, dieron otro paso ceremonioso hacia ellos, estaban encerrados en un círculo de unos ocho metros de diámetro rodeados de unos cuantos centenares de monjes.

            ¡Bum! - resonó la pistola, haciendo rebotar el sonido del disparo incontables ocasiones en las paredes de la cueva.

            Aunque había apuntado bien, la bala no hizo nada al misterioso encapuchado.

            - No puedo creerlo, podía matar a un elefante con estas balas - se quejó él.

            - Dispara otra vez - ordenó ella -. Dispara al pecho y no fallarás.

            ¡Bum!, ¡Bum! Dos disparos más les ensordecieron. Sin embargo el monje no se detuvo, estaba tan cerca que podían verse con claridad los agujeros de las balas en su túnica. No salía sangre.

            - ¿Pero qué demonios son estas cosas? - gritó Antonio.

 

 

            Justo cuando dijo eso desaparecieron y alguien le abofeteó...

            - Vamos levántate - era Isa, estaba tumbado y le estaba despertando. Debía haber soñado eso -. Tenemos que irnos.

            - ¿Qué? - dijo él, titubeante.

            - Perdóname, no confío en nadie de la policía y tú eres detective. Tenía que golpearte.

            - Dios, esto es de locos - rezongó él, obedeciendo y corriendo hacia la salida de la cueva.

 

 

            Cuando ya estaban a salvo, camino del pueblo, Antonio no sabía qué decirle a Isa. El sueño que había tenido era tan real... Sin embargo fue un sueño y no podía decirle que había visto a centenares de monjes de negro porque realmente no los había visto.

            - Será mejor que volvamos a casa - dijo ella.

            - Iré a mi hostal... necesito aclarar mis ideas.

            - Puedes venir a mi casa - replicó ella, sonriente -. Me sentiré más segura.

            - ¿Puedo fiarme de ti? - preguntó él, frotándose el chichón de la cabeza -. Te recuerdo que fuiste tú la que me agredió.

            - Creo que sólo nos tenemos el uno al otro - replicó ella, con tristeza -. Los demás no son de fiar.

 

 

Antonio se va con ella a su casa

No se fía de ella y se va al hostal a organizar ideas.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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