Sapphire princess: TransoZeanic

8ª parte

 

 

 

                — ¡No! —Exclamó ella—. No puedo...

                Le llevó en brazos hasta el armario de las toallas y le miró a los ojos mientras le decía:

                — Prefiero ser un ghoul que acabar contigo.

                Le cerró dentro y se escuchó un gran estrépito de hierros y chirridos. La puerta del baño se abrió y Rodrigo gritó.

                — ¡Erika vuelve aquí! ¡No habrá más oportunidades!

                Y le escuchó correr tras ella a través de la pared como si ésta ya no existiera.

                — Sigo vivo —susurró llevándose la mano al cuello—... Erika... Me quiere...

 

 

 

 

 

                Al abrir los ojos no distinguió ninguna luz. Le costó un par de segundos recordar dónde estaba y deseó que fuera en su camarote tras una larga y horrible pesadilla.

                Su brazo chocó con algo duro y al hacer fuerza la superficie fría se movió.

                «¿Por qué no hay luz?»—Se preguntó.

                Sacó las piernas del armario y las apoyó en el suelo. Apenas tenía fuerzas y sintió nauseas al tratar de ponerse de pie.

                Agudizando el oído escuchó lo más escalofriante que jamás había oído... Un silencio absoluto tan asfixiante que resonaba su propia respiración como la de un extraño, incluso oía el retumbar de su pecho al bombear su corazón.

                «Mejor me quedo escondido» —pensó al recordar a esos ghouls... Pero luego recordó a Erika, a Rodrigo y a las naufragas.

                Si tuviera una luz.., sin ella estaba como esos zombis, ciego, guiado por el olfato y el oído.

                ¿”Como” ellos?...

                Se quedó paralizado. ¿Sería uno de ellos?

                Intentó hablar pero le salió una voz lastimosa.

                — ¡Maldita sea! —Exclamó.

                Escuchó su propio grito y se calmó. No, no era un zombi... Aun.

                Abandonó el armario buscando algún resquicio de luz. Arrastró los pies porque no sabía lo que había en el suelo. Palpó la pared hasta la puerta del baño y la encontró abierta. Al salir distinguió algunos destellos un poco más allá. Avanzó con ansiedad y tropezó aparatosamente con la cama, golpeándose la espinilla derecha. El dolor casi le hizo gritar. Por suerte cayó en blando sobre el colchón.

                Continuó hasta el balcón y sus ojos captaron reflejos en los cristales interiores. Arriba veía el cielo estrellado y eso le tranquilizó.

                No estaba ciego, sencillamente no había electricidad y era noche cerrada.

                ...Lo que resultaba aún más aterrador.

                Miles de zombis acechaban en la negra cortina desplegada ante sus ojos. Cualquier ruido les atraería y no sabía si su olor ya lo estaba haciendo.

                Necesitaba luz, de lo contrario no podría salir de allí. Por otro lado, ¿quería salir?

                Definitivamente sí, si Rodrigo regresaba no quería estar ahí como un cerdo cocinado en el plato donde lo dejó.

                ¿Y Erika? Si aún vivía Rodrigo le estaría dando una nueva oportunidad y no quería volver a pasar por la misma situación jamás en su vida.

                Pensar en ella le produjo un agudo dolor en el pecho.  Tenía que olvidarla... Aunque le quisiera. Pero qué difícil era tratar de mandar sobre su corazón.

                Tanteó por los cajones buscando cualquier cosa que produjera luz. Moverse era una hazaña con las pocas fuerzas que tenía. Sentía náuseas y sus brazos y piernas estaban adormilados por culpa de su tremenda pérdida de sangre. Como diría Erika o su padre, le quedaba una "chupada" de vida. Lo que significaba que tenía menos de veinticuatro horas a no ser que lograra escapar de ellos.

                Al fin encontró en un cajón un reproductor mp3 con sus cascos. Buscó los botones y se encendió una pantalla de dos pulgadas. La luz era muy escasa y se apagaba al minuto, pero le daba un metro de distancia de visión.

                 Siguió buscando y encontró un teléfono móvil. Por desgracia era uno muy caro, de esos tan pequeños que caben en una caja de Cd.

                — ¡Jodidos avances tecnológicos! —Se quejó al comprobar que daba aún menos luz que el iPod.

                Aun así lo guardó en otro bolsillo.

                Con ayuda de su pequeña linterna llegó al baño y pudo ver el boquete que abrió Erika en la pared al huir. Salió con cuidado de no tocar los hierros destrozados, pues parecían afilados, y una vez fuera se imaginó el mapa del barco localizando mentalmente la sala donde encerraron a las naufragas.

                Debía usar las escaleras de la izquierda del pasillo y en la planta baja ir a la piscina, que le quedaba de camino.

                Apenas dio dos pasos y el suelo estaba sembrado de cadáveres. Necesitó enfocar la luz hacia abajo para encontrar donde pisar.

                — Mejor muertos que zombis —susurró.

                Las náuseas se intensificaron con el olor a carne podrida. Se preguntó si Rodrigo seguiría en su misión destructiva lejos de allí o estaría cerca. Aunque había una pregunta que zahería mucho más su alma y no quería formularse.

                — Tengo que encontrar a las naufragas.

 

 

                En ninguna película de Romero los zombis duraban tan poco. Llegó a la escaleras sin encontrar uno solo (que no estuviera desmembrado). Parecía que caminaba por el infierno, con restos humanos y sangre adornando cada centímetro cuadrado que alcanzaba a ver con su escasa luz.

                Las escaleras estaban más despejadas pero al llegar a la planta baja era incapaz de avanzar sin pisar una pila de muertos. El olor era nauseabundo aunque su nariz parecía haber perdido capacidad olfativa.

                Cuando llegó a la puerta de seguridad donde encerraron a las naufragas tenía los zapatos encharcados. Se preguntó si no tendría alguna herida pequeña o arañazo pues ya sabía lo que pasaría si una sola gota de ese fango negro se mezclaba con su sangre.

                Le tranquilizaba saber que ya estaría contagiado de ser así.

                Empujó la puerta y la encontró cerrada. ¿Estarían vivas?

                — ¡Hay alguien! —Gritó, golpeando la plancha de acero con el puño.

                — Aquí, socorro —escuchó muy débilmente. Por lo que le costaba salir al sonido, el grosor de la puerta superaba los diez centímetros.

                — No os mováis —gritó, intentaré abrir.

                «¿Pero qué demonios digo? ¿Cómo se van a mover?» —Se enfadó consigo mismo.

                Examinó la cerradura electrónica y encontró un lector de tarjetas. Pero sin electricidad eso era como un ataúd.

                — Al final me toca buscar el alternador... Como si supiera dónde.

                Resopló.

                — Los oficiales que nos acompañan tienen tarjeta —escuchó voz de una chica—. Sólo hay que conectar la corriente.

                — Como si fuera tan fácil —gruñó cuidando de no ser oído.

                — ¿Cómo va todo ahí fuera?

                — No veo un carajo, estoy usando un iPod para no tropezarme con la ruma de cadáveres que hay aquí fuera

                — ¿Y los zombis? —Insistió la chica.

                — Te digo que estás todos muertos —respondió fastidiado.

                — ¿Cómo que muertos?

                Jackson puso los ojos en blanco.

                — Escúcheme —intervino un hombre—. Ahora sólo importa que active los generadores de emergencia. Vaya a la sala de máquinas...

                — ¿Dónde está? —Replicó.

                — En frente de las escaleras hay una puerta junto a los ascensores. Entre y vaya todo recto. Verá chapas en todas partes indicando lo que es cada sala. Búsquela.

                — ¿Pero qué busco?

                — ¡La sala de generadores! Se lo acabo de explicar.

                Jackson bufó. Estaba cansadísimo y la escalera le pillaba atrás, donde dar un paso sin caer sobre los muertos era una heroicidad.

                — No se mue... Volveré —farfulló.

                — Tenga cuidado, puede haber zombis ahí abajo.

                — ¿Se cree que no lo sé? —refunfuñó para si mismo mientras se alejaba.

 

                Regresó por donde había venido hasta el gran hall de la escalera. La cúpula le permitió ver una cuna blanca, así era como se veía la Luna, se diría que el cielo disfrutaba del espectáculo con esa pequeña sonrisa.

                Junto a los ascensores encontró la puerta de doble hoja que daba a los camarotes de la tripulación. Allí dentro no vio cadáveres esparcidos por el suelo.

                No llevaba nada para defenderse, ni siquiera vio las hachas de emergencia en sus cajetines. Muchos debieron pensar lo mismo que él y acabaron igual, superados por la masa de gente infectada.

                No, tenía las fuerzas justas. Las usaría para huir en cuanto viera peligro, hasta ahora le había funcionado.

                Al adentrarse en el oscuro pasillo sintió un pinchazo en el pecho al recordar a Erika. ¿Cómo se torcieron las cosas? Sus ojos azul cielo seguían gravados en sus retinas y su sonrisa angelical, su voz dulce y el encanto que desprendía cada vez que la veía en bikini le hizo sentir ganas de llorar al recordar que lo más seguro era que nunca volvería a verla. Se contentaba con saber que seguía viva pero puede que jamás lo supiera.

                Se adentró en el pasillo alumbrando las paredes y pasó por el comedor, el recinto de reuniones, despachos varios, camarote de la tripulación y finalmente la sala de generadores.

                Fue más fácil de lo que pensaba y además la puerta estaba reventada.

                Claro que sí... Al parecer Rodrigo era responsable del apagón. Y no sólo destrozó eso, adentro parecía que un elefante estaba suelto y descontrolado.

                Rodrigo no se limitó a bajar los interruptores, sencillamente lo había destrozado todo como si supiera que alguien trataría de devolver la corriente al barco.

                ¿Y ahora qué?

                Desanimado salió de ahí y volvió al hall, de allí fue a la sala de seguridad y al llegar golpeó con los nudillos.

                — ¡Es imposible recuperar la electricidad! Alguien lo ha destrozado todo.

                — No puede ser —se quejó alguien, dentro—. ¡Busca una forma de abrirnos!

                Se desató una discusión en el interior y Jackson se dejó caer, agotado y sin saber qué hacer.

                Entonces escuchó unos pasos tranquilos a través del pasillo. Era Rodrigo.

                Golpeó la puerta y les avisó.

               Ssssssss —siseó—. No habléis.

                Pero nadie hizo caso.

                Entonces escuchó disparos de pistola a la puerta, a su espalda, justo donde se apoyaba. El proyectil no consiguió atravesarla por suerte para él.

                — Malditos cabrones, anda que avisan.

                Bien pensado le estaban dando una oportunidad. Tendría tiempo de esconderse... ¿Pero dónde? Se alejó de allí, hacia la piscina, mientras los pasos de Rodrigo seguían acercándose como una tormenta, lenta e inevitable. Ese monstruo les sacaría de allí aunque no vivirían mucho tiempo para disfrutar de su libertad. Sintió lastima por la niña pero con tal cantidad de muerte rodeándolo, ya le daba igual.

 

                El agua de la piscina estaba cubierta de cadáveres y sangre negra. El iPod no devolvía ningún color al emitir su débil luz sobre ella.

                «Los vampiros no podemos hundirnos en el agua»—recordó la voz de Erika.

                — Pues claro —sonrió triunfal.

                Dio un paso al frente y se zambulló entre los cadáveres.

                Luego sacó la cabeza y apartando los cuerpos desmembrados llegó a lo que suponía el centro de la piscina. Por suerte los muertos flotaban muy bien y no tuvo que mover un músculo para mantener la boca fuera del agua. Se cuidó mucho de no tragar una sola gota, era repugnante.

                Esperaría a que llegara Rodrigo y si se detenía debía sumergirse.            Puede que se transformara en ghoul... Pero al igual que Erika prefería eso a servir de almuerzo a un vampiro.

                Estaba temblando, el frío del agua unido a la debilidad que sufría, además del miedo que tenía casi le provocaba un castañeteo de dientes.

                Escuchó que las pisadas se detenían, seguramente ante la puerta de la sala donde estaban encerrados los últimos supervivientes.

                Entonces uno de los cadáveres se movió y se valió de otros cuerpos para llegar hasta él. No veía nada y lo escuchó chapotear cada vez más cerca, con el gemido propio de los zombis entrecortado con el agua que parecía tragar.

                Cuando estaba casi encima cogió aire y se sumergió. Braceó para alejarse de él pero una mano le agarró del pelo sin medir la fuerza y tiró hacia arriba.  Al emerger una boca le estaba esperando con avidez y le clavó los dientes en el hombro.

                — ¡Arg! —Gritó a pleno pulmón.

                El eco recorrió el barco entero. Deseó que Erika siguiera con vida y le escuchara... Quizás acudía en su ayuda.

                Pero ese zombi no siguió mordiendo. Se quedó aferrado a su carne como si succionara lo poco que le quedaba de sangre.

                No fue capaz de mantener la consciencia... Sus piernas dejaron de sentir frío, los brazos cesaron se responder y sus pulmones finalmente se colapsaron.

 

 

 

                Para escapar de Rodrigo Erika se sació con la sangre de los zombis y se transformó en uno de ellos. De algún modo fue capaz de mantener su sentido de supervivencia y pensó que su mentor oscuro nunca la buscaría en el agua de la piscina. Se metió como un zombi más y se aprovechó de que eran decenas para pasar desapercibida. Su aspecto era perfecto, nunca la encontraría.

                Pero no contaba con Jackson. ¿Por qué tuvo que aparecer? Si como vampiresa no podía controlar su sed, siendo zombi ni siquiera entendía otra cosa sino alimentarse de lo que fuera.

                Por eso cuando recuperó la cordura y le vio muerto entre sus brazos profirió un grito de horror que se escuchó a cientos de metros de distancia.

                Se abrazó a él, buscó vida en su interior, pero estaba helado. Lo sacó del agua y le depositó en una tumbona de la piscina, posiblemente la misma donde le conoció.

                No se movía, su corazón no se escuchaba. Estaba muerto.

                — Bien hecho, Erika —escuchó a su espalda.

                Se dio la vuelta y vio a su padre bajando tranquilamente por las escaleras. La ausencia total de luz convertía su entorno en un escenario de grises y sombras. Para ella y su padre la oscuridad lo envolvía todo y la vida reflejaba un impresionante despliegue de colores en función de la energía del individuo. Ahora Jackson era un cuerpo sin luz, opaco y gris.

                — No sólo te has desecho de él sino que has saciado tu apetito. Ni yo lo hubiera pensado mejor. Acompáñame, aún quedan siete supervivientes y necesitaré tu ayuda para acabar todo esto.

                — No me necesitas —respondió, tensa.

                — ¿Has contado la cantidad de veces que te he perdonado? Erika, no tengo a nadie más que a ti en este mundo. No importa lo que nos hemos dicho, siempre nos tendremos el uno al otro.

                Sin decir una palabra obedeció y  fue junto a él. Éste sonrió satisfecho.

                — Abre tú la puerta, debemos mostrarnos amables, no conviene que se dispersen por el pánico. Cuando yo entre aseguraré la puerta para que nadie escape y podrás hacer lo que quieras con ellos. Sé que tienes muchas frustraciones y necesitas liberar energía.

                — No cuentes conmigo.

                La sequedad de su respuesta unida a la mirada desafiante hizo reír a Rodrigo.

                — Lo celebro, así podré comer yo. Estoy hambriento.

                Rodrigo se quedó mirando la sala de seguridad y ella actuó. Metió sus dedos entre la puerta y el marco, el metal cedió como plastilina, la oscuridad total les daba una fuerza inmensa, les hacía indestructibles e increíblemente fuertes.

                Agarró la hoja de la puerta y tiró hacia fuera causando chirridos ensordecedores. El acero se puso al rojo vivo al ser arrancado y cuando abrió hueco, tres linternas alumbraron en su cara. Al bañarse de luz sintió repentina debilidad en su mano derecha y sufrió una quemadura por la alta temperatura que alcanzó el acero que aferraba.

                — Aparten las luces, venimos a salvarlos —susurró tratando de ser amable.

                — Mami, tengo mucho miedo —escuchó decir a la niña.

                Al alumbrar a Rodrigo y liberarla del fuerte fulgor de las lumbreras  recuperó todo su poder y su quemadura sanó en dos segundos. La niña no le quitaba ojo de encima, la miraba como si fuera un monstruo, hubiera jurado que veía dentro de ella. Quizás, por mucho que le doliese esa palabra,  era la que mejor la definía.

                — ¿Quiénes sois? —Inquirió un oficial, apuntando a Rodrigo con su arma.

                Le temblaban las manos.

                — Somos ángeles y venimos a purificar este barco —se burló.

                Dicho esto colocó la puerta de modo que nadie pudiera salir.

                — Por qué nos encerráis de nuevo —se atrevió a preguntar la madre de la niña.

                — El Señor ha decidido que vuestra carga de sufrimiento está completa. Es hora de entregar vuestras vidas.

 

 

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Tony (domingo, 09 marzo 2014 11:01)

    Siento no haber subido nada esta semana, he estado demasiado ofuscado en escribir el final y al fin lo he terminado. Solo puedo decir que lo mas pronto posible subiré una de las partes. Así que la próxima no será la última como anuncié.

  • #6

    CECILIA (miércoles, 26 febrero 2014 18:44)

    Una semana es mucho pero esperare con gusto, sin embargo creo que Ericka no dejará que Rodrigo acabe con los supervivientes, por lo menos no con la niña y su mamá...

  • #5

    yenny (martes, 25 febrero 2014 04:29)

    Se supone que al morder a Jackson, Erika debe regresar a su estado normal Francisco, no creo que siga siendo una zombie, o bueno asi lo entiendo.

  • #4

    Ariel (lunes, 24 febrero 2014 14:31)

    me pregunto, como van a salir erika y Rodrigo del barco, serán vampiros pero tampoco pueden volar,

  • #3

    Francisco (lunes, 24 febrero 2014 06:49)

    Me gustó el relato. ¿Acaso Rodrigo no se dio cuenta de que Erika es ahora una vampiresa-zombi? Creo que el único superviviente al final va a ser Rodrigo.

  • #2

    yenny (lunes, 24 febrero 2014 04:15)

    Eso es demasiado cruel, no podre soportar una semana,

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 24 febrero 2014 00:54)

    No te pierdas el emocionante desenlace la próxima semana.

Animal es el que abandona a su mascota.

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