Supervivientes

Día 5

         Hoy ha sido un día muy largo, estamos vivos de milagro y no me explico cómo hemos tenido tanta suerte. Tenemos un nuevo amigo, un U.F.E.C. (Miembro de la Unidad Federal Estratégica de Choque) realmente bueno que nos salvó la vida cuando yo ya me veía muerto. Pero no quiero adelantar acontecimientos, voy a contar todo lo ocurrido, en orden.

         Tal y como acordamos nos levantamos temprano y después de desayunar salimos hacia la mansión de la que Verónica me habló. Condujo ella. Me llevé la cámara de fotos por si había escenas que pudieran ser interesantes de publicar en Internet.

         El camino estaba atestado de zombis, Verónica trataba de esquivarlos como pudo pero era inevitable no atropellarlos en zonas de grandes aglomeraciones.

         Llegamos a una calle cortada por la policía a donde acudían los infectados como si regalaran Playstations. Centenares de zombis venían de todas direcciones atraídos por el estruendo de los disparos. Tuvimos que parar lejos de ellos porque nos era imposible llegar hasta allí. Entonces Verónica dio la vuelta y trató de rodear la calle por unos callejones. Así pudimos llegar hasta los policías arrollando a los infectados que nos impedían el paso.

         Al fin nos encontramos con gente normal. Si hubiéramos podido ayudarles en algo nos habríamos quedado, pero al vernos llegar se nos acercó uno de ellos corriendo y al constatar que estabamos desarmados nos pidió que nos marcháramos.Ya tenían bastantes preocupaciones como para protegernos.

         Verónica se enfadó. Marcha atrás salimos del callejón y consiguió sacarnos de la ciudad. En la carretera de las afueras fue más fácil circular.

         — ¿Por qué te has ido tan pronto? -Protesté-. Debimos pedirles armas.

         — Haberte quedado -replicó aún furiosa.

         — ¡Qué vamos a hacer solos y desarmados! -Perdí los nervios

         Frenó en seco y cuando detuvo el coche me miró con odio.

         — Si quieres vuelve tú. Vamos, no tengo tiempo que perder.

         — Prefiero que sigamos juntos -dije.

         Tras una tensa mirada se debatió entre echarme a patadas o arrancar de nuevo y finalmente una horda de zombis la despertó de su trance y puso el coche en marcha.

         Cuando llegamos a "El Salado" y encontramos el parking de la entrada lleno de camiones, nos dimos cuenta de que algo no marchaba bien. También allí había zombis, los científicos que iban en esos trailers. Algunos de ellos estaban despedazados en el suelo. Y otros los devoraban.

         Verónica se empeñó en entrar. Dijo que hasta que no viera a Jonathan con sus propios ojos no se marcharía.

         Por suerte encontramos armas en cajas dentro de un furgón policial. Yo cogí una escopeta y toda la munición que me entró en los bolsillos. Ella, dos pistolas con varios cargadores. Tengo que admitir que nunca había disparado antes contra seres humanos, sólo a dianas en el servicio militar, aunque no me costó demasiado disparar a bocajarro al primer zombi que se nos cruzó por el camino y le reventé el rostro con no poco sadismo. ¡Que a gusto me quedé, joder!

         Descubrimos que la mejor manera de acabar con ellos era de un disparo en la cabeza. También que la escopeta salpica sangre infectada por lo que no es buena idea dispararlos cuando están muy cerca (aunque es mejor que no hacerlo). Y finalmente comprendimos que las armas no ayudan demasiado ya que aunque mates a dos atraes a diez. Lo que significa que agotamos casi toda la munición y sobrevivimos por los pelos, atosigados por centenares de zombis que después de dispararles volvían a levantarse como resortes porque no les hacíamos el suficiente daño.

         Entramos en la mansión con las manos y los pies temblando por la adrenalina y asustados como ratas acorraladas. Lo malo es que tenía las puertas reventadas y vimos que había más zombis en su interior. Disparé sólo a los que se nos acercaban peligrosamente y ella a los que estaban en nuestro camino.

         Una vez en los subterráneos había un tren parecido a un mercancías que estaba lleno de sangre y restos humanos en muchos sitios. Nos llamó la atención que no había ni un sólo zombi allí abajo.

         Examinamos el tren y nos metimos en la cabina de control. Todavía funcionaba y según ella, llevaba directamente a "El Salado".

         Efectivamente en menos de 5 minutos llegamos a su única parada. Al bajarnos del tren se nos quitaron las esperanzas de encontrar a alguien con vida. El suelo estaba lleno de sangre y vísceras secas, . Sin embargo ella quería entrar a pesar de todo. Decía que allí dentro había microscopios electrónicos y era el único lugar de la ciudad donde podía averiguar qué le estaba pasando a todo el mundo. Ya no esperaba encontrar a Jonathan vivo y yo creo que deseaba no verlo convertido en una de esas cosas. Si sintió dolor no lo exteriorizó. Aunque supongo que aún le quedaba alguna esperanza de encontrarlo con vida cuando llegáramos a las salas de investigación científica.

         Entramos en "El Salado" sin problemas, la puerta de acero blindado que debía impedir el acceso estaba abierta de par en par. Cuando estábamos cruzando el umbral, oímos un ruido chirriante en el techo pero estaba tan oscuro que no pudimos ver nada y nos limitamos a correr hasta un lugar donde pudiéramos ver todo lo que nos rodeaba.

         En las oficinas había zombis. Muy lentos y debilitados, los vi especialmente estropeados y putrefactos. Estos eran los auténticos muertos vivientes de las películas de Romero. Hice una foto a uno de ellos que estaba tras un cristal y no suponía una amenaza:

         Llegamos a los microscopios y no sin recorrernos "El Salado" de una punta a otra y sin dejar tiesas a docenas de zombis. Hubo suerte y no eran demasiados con lo que no fue difícil movernos por allí.

         En la sala de investigación ella descubrió el puesto de trabajo de su novio y estudió sus papeles y notas de investigación sin decir una palabra. Él no estaba allí y eso la afectó bastante, pero no se hundió ni se puso a llorar, sino que eso pareció darle ánimos para estudiar sus papeles con más ahínco.

         Mientras, yo me senté a descansar. Fue entonces cuando apareció de la nada, caído del techo, un ser de cuatro patas con piel viscosa y roja. Me cayó encima y con su lengua afilada me causó un corte en el hombro derecho, la sangre salió a borbotones como si me hubiera dado un tajo con un hacha. Tuve la suerte de que sus uñas no me engancharon a mí sino al respaldo de la silla en la que estaba porque destrozó el plástico y por muy poco no me atravesó. Reaccioné como pude y le metí dos cartuchos en la cabeza, pero el cabrón del bicho no se murió y tras cada disparo volvía a levantarse. Verónica también le disparaba pero parecía que las balas le rebotaban porque no sangraba, parecían rebotar, deslizarse sobre su piel. Nunca había visto una criatura igual, era rápido como una lagartija pero enorme igual que un chimpancé.

         El monstruo se me tiró encima y la escopeta se me escapó de las manos por la sorpresa. Vi sus afilados dientes llenos de sangre y babas, su lengua áspera paladeó mi muerte al pasarla por mi mejilla. Verónica le disparaba sin cesar pero sus balas no parecían afectarle. Cerré los ojos, seguro de que mi próxima muerte.

         Entonces vi como su cabeza retrocedía por un fuerte golpe y su sangre me bañaba el rostro, fría y líquida como el agua. El monstruo, ¡sin cabeza!, me soltó y enfrentó a su agresor. Tardé unos segundos en levantarme. No vi la escena pero cuando conseguí mirar a mi salvador el monstruo ya estaba inmóvil, con el cuerpo partido por la mitad. El que me había salvado tenía una katana en la mano y vestía un uniforme de U.F.E.C. Pude leer en su etiqueta "Karl W."

         Nos dijo que le siguiéramos y nos llevó a una sala de seguridad con puertas blindadas.

 

         Aquí estamos ahora y he decidido escribirlo todo cuanto antes. La herida de mi hombro se ha curado milagrosamente aunque temo que la sangre de esa cosa me haya hecho algo porque me siento extraño. Más fuerte aunque no me gusta demasiado el color que rodea la cicatriz del hombro.

         A Verónica y a Karl, les he dicho que es sólo un rasguño, me lo he vendado y tengo que fingir que me sigue doliendo. Temo que sospechen que me volveré un zombi y decidan matarme o abandonarme a mi suerte.

         Ese agente, aunque me ha salvado la vida es un poco extraño. No parece querer salir de aquí,... al igual que Verónica. Sé lo que busca ella, pero ¿Y él?

 

 

 

 

         Qué estúpido, ¿cómo pudimos confiar en él? Aunque bien pensado, ¿Por qué no íbamos a hacerlo? Se convirtió en nuestro salvador y nos ofreció una salida de aquel infierno.

         La gente nunca da nada gratis y Verónica y yo estábamos desesperados, no lo vimos venir. ¿Somos unos locos por confiar en un extraño que nos tiende la mano?

         Ella descubrió cosas en los documentos que parecieron fascinar a Karl, le enseñó todo. Le contó que allí estaban investigando, en secreto, los efectos de un virus en los seres humanos y este producía mutaciones. ¡El monstruo que nos atacó era una persona! Y su mero contacto contagia el virus que lo transformó.

         Cielos, cuando lo dijo me quedé pálido, la herida de mi hombro no dejaba a arder. Sentía unas palpitaciones en la piel recién cerrada. Saber que me convertiría en una de esas cosas me puso mal cuerpo y vomité ácido.

         Karl sabía lo que me estaba pasando y se aprovechó de mi confianza ciega en él. Me dijo al oído que sabía que estaba infectado y que él tenía la cura. Al parecer había un antídoto y lo llevaba encima.

         ¿Casualidad? No, lo tenía todo planeado… El debió soltar a esa cosa para que nos atacara. Él es el que pagaba las facturas de Genomyal por la investigación, no estoy seguro de ello, pero tiene que ser eso, sino ¿por qué tendría la vacuna? Ademán no tenía más que una.

         Me inyectó un líquido azul y al momento comencé a sentirme mejor. Luego me sentí mareado y después perdí el sentido.

 

 

         Ahora mismo estoy encerrado en una especie de prisión de metal y no sé la hora que es porque no hay luz, puede que sea de noche y noto que se me está agotando el aire. Estamos volando, lo sé por el ruido y porque a veces se notan turbulencias. Gracias a mi PDA veo algo, estoy rodeado de acero.

         ¿Qué le habrá hecho a Verónica?

         Mi herida es ahora… Dios, ¿qué me ha pasado? Mi brazo entero está en carne viva, los huesos han cambiado, han crecido. La mano es tan grande que podría coger una sandía con ella… No me encuentro bien, probablemente esta sea mi última nota en este diario porque a veces pierdo el control y golpeo todo con una furia incontrolable. Mis momentos de lucidez son cada vez más escasos.

Comentarios: 3
  • #3

    Ariel (lunes, 24 octubre 2016 22:59)

    Habrá continuación ?

  • #2

    Yenny (miércoles, 19 octubre 2016 19:38)

    Se extraña la historia, continuación por faaa :(

  • #1

    Tony (martes, 11 octubre 2016 23:14)

    Esta parte he tenido que revisarla muchas veces, aunque el relato es el mismo, está rehecho casi por completo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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