Tierra de dragones

20ª parte

            Alfonso y los demás salieron a la última planta con suma cautela. Todos iban asustados y a pesar de que estaban actuando contra su sentido común, la certeza de que cerca de él seguirían vivos era más fuerte.

            —¡Desplegaos! Tienen que estar en este complejo.

            La voz lejana de uno de los soldados les hizo recular y se chocaron unos con otros.

            —Esperar, podemos llegar al zombi antes de que abran la puerta de acero —indicó Alfonso.

            —Buena suerte, te esperamos aquí —dijo Yenny.

            —De acuerdo.

            —Eso de que haya un tipo comiendo carne humana y con aspecto de zampa sesos da mucho mal rollo —añadió Chemo—. Yo no me apunto a eso.

            Alfonso se asomó al pasillo y vio que la puerta del fondo seguía cerrada. Estaban parapetados contra la pared de la sala de monitores y ninguno se atrevió a asomarse como él.

            —Está bien, voy. Si me cogen o me disparan corred y no miréis atrás.

            —No digas eso, por Dios —contestó Vanessa.

            Alfonso la dedicó una mirada cariñosa justo antes de correr por el pasillo. En cuestión de cinco segundos llegó a la habitación donde estaba encerrado el zombi y justo cuando abrió se escuchó un golpe seco a su izquierda. La puerta de acero fue apartada de una patada y tres hombres armados apuntaron con su fusil hacia él cuando salían por el umbral.

            —¡Quieto! ¡Las manos donde pueda verlas!

            Alfonso no hizo caso, corrió como alma que lleva el diablo mientras los soldados barruntaban que se detuviera.

            —¡Alto o disparo! —gritó otro.

            —Dispara, estúpido, se va a escapar —gruñó un tercero.

            —Tenemos órdenes de llevarlos con vida ante el capitán.

            Eso fue lo último que escucharon. Alfonso entró en la sala de monitores y cerró la puerta buscando un pestillo. No había nada.

            —Vámonos al ascensor. Les costará encontrarnos si no saben en qué planta estamos.

            —Qué huevos, ¿cómo sabías que no dispararían? —Preguntó Jaime, burlón.

            —Esperad, ha dicho que nos quieren vivos —objetó Olivia.

            —¿Y qué pasa si el capitán solo quiere estar presente cuando nos disparen? —Replicó Jaime—. Vamos, corre.

            No se detuvieron a esperar si el zombi les atacaría o era eliminado a balazos. Se cerró la puerta del ascensor sin que hubiera gritos de sorpresa ni disparos.

            Pulsaron varios pisos para despistar a los soldados, si los soldados no sabían en cuál se bajaban tendrían más posibilidades de esconderse. Salieron en la planta —6 después de que el ascensor se detuviera en la —4 y —5. Aun se detendría en siete plantas más abajo antes de que volviera.

            Era una planta repleta de oficinas con despachos, armarios espaciosos, mesas iguales color beige. Se fueron a una hilera, protegidas con mamparas de metro y medio de alto. Ellos podían ver el suelo desde una punta a otra de la planta al tumbarse sobre la moqueta gris. Yenny se escondió junto a Jaime y Vanessa y Alfonso con Chemo. Olivia y Elisa optaron por una de las primeras mesas de la sala.

            —Que nadie respire —murmuró Jaime segundos antes de ver entrar a dos soldados por la entrada de las escaleras. Escucharon docenas de pisadas siguiendo el descenso. Eran muchos y se repartían muy bien.

            Obedecieron y Jaime no perdió de vista a los pies de los dos que se detuvieron en su planta, que iban directos a ellos como si les pudieran ver.

            —Salgan con las manos en alto —dijo uno de los soldados.

            —Por favor, no dispare, no soy una amenaza para nadie —escucharon la voz de Elisa.

            —Yo tampoco —esa fue Olivia.

            ¿Cómo las encontraron tan rápido? Alfonso se fijó en los cascos de los soldados y vio que iban equipados con visores de realidad aumentada, unos cristales naranjas que salían del casco cubriendo sus ojos y que parecían servir para evitar que el Sol les deslumbrara.

            El otro, al que no tenía controlado, fue directo a la mesa de Alfonso que trató de escapar pero no pudo porque le gritaron:

            —¡Quietos!

            Tanto él como Chemo salieron lentamente de sus escondites.

            —Todos los demás, salid o tendremos que disparar a vuestros compañeros. Sabemos cuántos sois.

            —Este mordisco duele —protestó uno de los dos—. El puto loco ese debía tener la rabia o algo peor. Tengo que ir rápido a enfermería a que me lo curen.

            —No te preocupes, nos ponen todas las vacunas por algo —replicó el otro.

            —Ya, pero no me encuentro bien.

            —Cuando vengan los demás puedes irte. Aquí Ray uno, tenemos a los científicos, estamos en la planta seis. Necesitamos más gente aquí, cambio.

            «En seguida vamos, cambio» —escucharon por radio.

            —No te muevas —pidió Jaime a Yenny en un susurro.

            Salió de debajo de la mesa con las manos en alto y vio que los dos soldados le apuntaban con los fusiles.

            —Sólo faltaba yo.

            Uno de ellos les hizo agruparse y después de contarles visualmente negó con la cabeza.

            —Buen intento y muy caballeroso, me faltan dos chicas y me sobra un chico.

            En unos segundos llegaron los refuerzos y el soldado herido pudo regresar a la base entre toses. Alfonso lo miró esperanzado, ese hombre podía suponer su salvación si propagaba el virus que aniquiló a toda la gente de esa isla. O ¿Suponía la muerte de sus amigos?

            «Con suerte no llegaremos a ver al capitán y contagia a todos los de ahí fuera.» —pensó Alfonso.

            —Voy a contar hasta tres —gritó el otro soldado—. Cuando llegue al final mataré a vuestros colegas. Uno, dos,...

            Yenny y Vanessa salieron de sus escondites con los brazos en alto.

            —Estupendo, ya estamos todos.

            —Buen trabajo —felicitó un hombre de unos cincuenta años, un tanto relleno que por el desgaste de su traje militar había perdido la mayor parte del color verde camuflaje y parecía haber dormido con él puesto toda su vida—. Volvamos con el capitán.

 

 

 

            Abby Wright no llamó a su novio Dimitri sino al cuartel general del EICFD para que fuera alguien a buscarla. El policía le ofreció unos pantalones vaqueros, que le dieron los inspectores de aduanas que tenían ropa confiscada de equipajes sospechosos y también le consiguieron zapatos de su talla. La llevaron a la comisaría y allí puso la denuncia. Se inventó un robo a mano armada de dos hombres en medio de la carretera al aeropuerto que la hicieron salir del coche y quitarse la ropa. Luego uno de ellos se alarmó de que les estuvieran viendo otros coches y la dejaron tirada en medio de la nada, sin bolso, documentación ni dinero. Describió su coche y dio su matrícula (que debía estar aparcado en la explanada donde solían coger el halcón). Le vendría bien que lo encontraran y lo llevaran a su casa.

            Una vez hechos todos los papeleos vio entrar por la puerta a John Masters y alegó ser su marido.

            —Ya he terminado con todo, ¿nos vamos?

            —¿Estás bien? —Preguntó él sin actuar demasiado pues no la besó ni hizo el menor gesto de cariño.

            —Estupendamente, espero que cojan a esos cabrones.

 

 

 

            John la dejó conducir y fueron directos a la casa de ella para que pudiera cambiarse. En el trayecto él la preguntó qué demonios la había pasado y respondió:

            —Lo contaré todo en el cuartel. Tengo que ver a Montenegro.

            —¿Y la misión? —Preguntó intrigado—. ¿Qué tal fue? Ni me lo digas, no ha cambiado nada.

            —Un desastre. Me ha robado el casco con las pruebas, sigue vivo y encima está cabreado. Al menos sigo viva.

            —No estoy seguro de que sigas estándolo mucho tiempo cuando Montenegro se entere de tu decepcionante desempeño.

            Abby le dedicó un segundo para mirarle con todo su odio.

            Llegando a su casa se encontraron un coche atravesado en la calle. Antonio Jurado les apuntaba con un fusil de plasma desde el asiento de conductor y les invitó a salir. Al momento salieron dos mujeres de atrás con sendas armas en las manos.

            —Joder... —bufó ella.

            —¡Qué hace! —Protestó John.

            —No nos matará. Al menos a mí —Replicó Abby, no sin un poco de veneno en las palabras, dando a entender que no le importaría que le matara a él.

 

            Les llevaron a casa de la teniente. Su marido Dimitri no estaba y quizás pronto regresaría. Cuantos más del EIFCD se reunieran mejor, pensaba Antonio.

            —Me alegro de verte Capitán —saludó cordial a John Masters sin bajar el arma de su espalda—. Algún día me tienes que contar lo hiciste en 1972.

            —Es alto secreto. Pero sólo por saberlo debería matarte.

            —No seas bestia hombre, somos compañeros, ¿no?

            —Nunca realizó ese viaje —replicó Abby—. Lo pusimos en el registro para despistarte, era necesario que quisieras viajar al año de tu nacimiento y necesitábamos un señuelo.

            —No tiene que enterarse de todo —inquirió John, enojado.

            —No te enfades, hombre. Somos colegas —le quitó importancia Antonio.

            —En cuestiones de seguridad no existen compañeros —sentenció Masters tan serio que Antonio supo que si el fusil estuviera en sus manos ya le habría matado.

            —Eso es, de modo que no me provoques o tendré que mandarte al otro barrio —replicó, tranquilo—. Vamos a negociar. Yo tengo un traje que al Comandante le interesa, está aquí —mostró una bolsa de deportes roja y extrajo una tela plateada brillante. Tanto a Abby como a John se les abrieron los ojos por la codicia. Ángela y Amy lo examinaron con curiosidad—. Pero vosotros tenéis orden de matarme. Voy a proponeros algo, espero que tú Abby seas más razonable que John dado que has visto lo mismo que yo.

            —Sorpréndeme —replicó ella.

            —Antes explícame por qué me has traicionado sabiendo lo que pasa si yo muero.

            —Se ordenó tu sentencia de muerte porque si terminas tu máquina del tiempo provocarás lo que vimos en la tierra de los dragones. Más bien déjame proponerte a ti un trato. Destruye las pruebas, información y equipo de tu gente y a cambio intercederé por ti ante Montenegro. Si además le ofreces tu traje estoy segura de que propondrá la cancelación de tu sentencia al consejo.

            —¿Que yo provoco esa devastación? Tú misma viste que es mi muerte lo que lo causa. ¡Da igual! Necesito esa máquina, tú nunca quisiste cooperar conmigo para hacer el viaje que yo necesitaba y ya no puedo confiar más en ti. Bajo mi punto de vista hay dos opciones, o el EICFD baja las orejas o tendré que aniquilaros a todos, incluidos los miembros del consejo que ya sé quiénes son. Muertos esos peces gordos, se acabó la Organización. ¿Quién crees que puede detenerme si tengo esta arma en mi poder? —Mostró el traje para que ambos lo vieran.

            Amy miró a Ángela sonriente.

            —Destruirás el mundo con tu estupidez y arrogancia, ¿todavía te preguntas por qué queríamos destruirte antes de que nacieras? No debes seguir con ese proyecto —rugió John—. Te conozco y eres tan obstinado que no te importarán las consecuencias de tus acciones solo por satisfacer tu empeño ególatra.

            —Sólo quiero salvar a mi hijo —se defendió enojado.

            —Sí, pero no serás el único que tenga una máquina del tiempo —replicó Abby—. ¿Puedes confiar en los científicos que has contratado? No eres tú quien nos preocupa, es el secreto de los viajes en el tiempo. Estos chicos no son de fiar.

            —¿Quieres que mate a mi gente?

            —No será necesario, mientras tú y yo hemos estado viajando han enviado un comando que se ocupará de ellos, a estas horas deben estar muertos.

            —¿Qué? —Protestó—. Hay que detenerlos.

            —Sólo hay una forma de hacerlo y es que vengas al cuartel con nosotros y entregues tu traje.

            —Tú mismo nos acabas de amenazar —añadió John—, pero lo olvidaremos para que no haya situaciones incómodas si nos entregas eso.

            —Si viene con nosotros—razonó Abby—y nos ayuda a destruir las investigación de sus científicos, no es un terrorista.

            Antonio la miró con desconfianza.

            —Ni se destruirán los documentos ni...

            —... Salvarás el mundo? —Cortó la teniente—. Esos chicos van a poner a disposición de internet la peor arma jamás creada, el plano de la máquina del tiempo. Ponte en nuestro lugar, ¿no lo impedirías desde los orígenes?

            —¿Cómo matándome a mí antes de nacer?

            —Sé lo obstinado que eres y que nunca me escucharás. Si no podemos matarte ahora es porque siempre consigues librarte y encima tienes eso —señaló el traje—, por eso pensamos en hacerlo cuando no lo tenías y estabas más indefenso.

            En toda la conversación Ángela miró repetidas veces a Amy, que se encogía de hombros.

            —Permitir mi ignorancia pero... ¿Ese papel de plata para qué sirve? —Preguntó, cansada de no entender su importancia.

            —Es el arma definitiva —sentenció John.

            —No puedo creerlo —se burló Amy—. Si parece un disfraz de astronauta de Star Trek.

            —El que lo lleva puesto puede literalmente conseguir cualquier cosa —explico Antonio—. Por ponerte un ejemplo, John antes tenía piernas artificiales y con este traje le devolví sus miembros naturales, pero ya se ha olvidado de ese favor, por lo visto.

            —Si no hubiera visto lo de tu madre diría que eres un loco y un bocazas —replicó Ángela—. Pero ahora te creo.

            —¿Y entonces qué? —Pregunto John—. ¿Nos vas a matar? Mira, no eres un asesino y nosotros te estamos ofreciendo un trato justo.

            —Tengo otro mejor.

            —¿Cuál? —Pregunto la rubia.

            —Ayudarme a contar a la Organización que yo no soy el malo, que retiren mi condena a muerte y después os dejaré vivir en paz. Como muestra de buena voluntad os daré el traje.

            —Últimamente soy un cero a la izquierda, poco más que un instructor con más fama que autoridad, no podemos influir en las decisiones de los jefes.

            —No nos creerán —aumentó Abby—. La máquina del tiempo es una transgresión muy grave. Nadie, ni siquiera ellos mismos, pueden viajar sin que los demás lo sentencien a muerte. Su Organización tiene unas directrices muy claras, son aliados para no ser enemigos. Mientras te obstines en tener una estarás en su punto de mira.

            —Entonces seré yo quien les sentencie a ellos, a menos que se os ocurra otra cosa.

            —Te lo hemos dicho —replicó Abby—. Destruye el proyecto, toda la documentación, obliga a esos chicos a que nunca vuelvan a hablar del tema con nadie y quizás te concedan la amnistía si entregas eso.

            —Sólo aceptaré si me dejas hacer un último viaje al futuro. Prometo no intervenir, solo verlo.

            —¿Qué piensas hacer? —inquirió la teniente.

            —Quiero estar en el cumpleaños de mi hijo cuando cumpla cinco años.

            —¿Y por qué tiene que ser con la máquina del tiempo? —Protestó Abby.

            —No lo sé. La cuestión es que no podré... Por alguna razón no estaré y él morirá ahogado en la piscina llamándome, sabiendo que no podré salvarlo.

            Abby miró a John buscando alguna objeción. Este se desentendió encogiéndose de hombros.

            —Está bien, ¿Cuándo es?

            —Hoy. Justo hoy cumple 2, espero que aún podamos llegar a tiempo. Es en plena comida y son las tres de la tarde. Entonces será sábado y celebrarán el cumpleaños con una barbacoa, mucha gente y él detesta las multitudes, se irá a la piscina y nadie le hará caso,... Caerá y no le escucharán. Sólo quiero salvarlo.

            —Te preguntaría cómo sabes que pasará eso... —Protestó Masters—pero seguro que no me lo creo y aun así es verdad. ¿Y si averiguas que no estás porque has muerto? ¿No querrás enterarte de más para evitarlo? —Preguntó.

            —No, eso no quiero saberlo, no me interesa.

            —Pues no perdamos tiempo —decidió Abby—, vamos a observar todo lo que tengas que ver y yo diría que hemos llegado a un acuerdo. ¿Cuándo entregarás eso? —señaló el traje—. El comandante será más receptivo si se lo regalas por las buenas.

            —Se lo daré en cuanto le vea —aceptó de buen grado—. Pero antes deberíais llamar a Montenegro para que no haga daño a mis científicos. Ellos no tienen culpa, sólo hacen su trabajo.

            —Dudo que estemos a tiempo, pero llamaré —replicó Abby.

 

 

Comentarios: 5
  • #5

    Chemo (miércoles, 01 marzo 2017 14:36)

    Creo que lo que tenía que decir ya lo han dicho Jaime y Alfonso. Por lo menos yo ya me quedé con las chicas cuando Jaime y Alfonso fuéronse a investigar. Nada más falta quedarme a solas con Abby y Ángela, jejeje.
    Espero la continuación.

  • #4

    Alfonso (miércoles, 01 marzo 2017 04:48)

    Creo que estoy un poco desilusionado. ¿Por qué a Jaime le tocaron Yenny y Vanessa, mientras que a mí me toca Chemo? Jaja, es sólo una broma para Chemo.
    Parece que esta vez que han cambiado la historia no se va a salvar Alfonso. Seguramente el zombi de la isla infecta a los soldados quienes terminan trnsmitiendo el virus a todo el mundo y ultimadamente crea a los dragones.
    Muy buena historia, espero la continuación. Te mando los mejores deseos para que te mejores pronto, Tony.

  • #3

    Yenny (martes, 28 febrero 2017 16:54)

    La última vez que me burlo de tu "catastro", el karma actúa muy rápido y para colmo enfermarse en verano y con un calor insoportable, lo tengo merecido por bocazas jajaja.
    ¿Quién publica los planos de una máquina el tiempo en internet?. Sólo faltaría que suban el tutorial a youtube para enseñar paso a paso a ensamblarla jajaja
    Que lindo Jaime todo una caballero, ojalá existieran más hombres como él

  • #2

    Jaime (martes, 28 febrero 2017 04:06)

    Me hubiese gustado que Antonio destruyese al consejo y al EICFD de una buena vez. Así se acabaría el bucle temporal siempre que Antonio evite que los científicos hablen sobre el proyecto. ¿Acaso Ángela y Amy van a dejar que Antonio haga lo que quiera con el traje y sus prisioneros?
    Por cierto, Chemo ha de estar celoso porque Yenny y Vanessa se escondieron junto a mí, mientras que sólo Alfonso se quedó con él. jeje
    Espero que te mejores pronto, Tony. Los mejores deseos.

  • #1

    Tony (lunes, 27 febrero 2017 13:18)

    Siento la tardanza, seguimos de "catastro" y las horas de sueño cada vez son más apreciadas.
    Aun sigo de baja y no tengo ninguna rutina de escribir lo que hace que sea más por quitármelo de otros momentos de descanso y por tanto más difícil.
    Para los que habéis preguntado por mi salud, muchas gracias. De momento sigo con el collarín y hay días que me molesta mucho el cuello y otros apenas nada, supongo que lo normal.
    Por cierto, tullido y todo he conseguido que Jimdo retire la obligación de los Captcha. Ahora no tenéis excusa, ¡escribir!

Animal es el que abandona a su mascota.

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