Tierra de dragones

22ª parte

 

 

 

 

 

          Antonio se quedó congelado. ¿Cómo iba a estar muerto si se vio a sí mismo? ¿Ese era el nuevo futuro? ¿El que estaba tratando de buscar para evitar el bucle temporal?

 

          «Si entrego el traje moriré» -dedujo-. «Pero si no muero todo se podría repetir… Y el mundo parece estar bien ahora.»

 

          -Buen trabajo, Antonio -escuchó por el comunicador-. Volvamos a casa.

 

          Estaba desolado, se dejó caer en una esquina del jardín de su piscina y se quedó sentado con las manos en las sienes.

 

          «Joder, tengo que morir para evitar la tierra de dragones. ¿Por qué no me has avisado de esto Génesis?».

 

          El silencio no significó nada, él estaba demasiado alterado para escuchar siquiera el ruido de su propio aliento.

 

          -Regresemos -ordenó Ángela-. Aquí ya no hacemos nada.

 

          Tratar de salir fue mucho más difícil que entrar ya que ahora algunos invitados se habían retirado al interior de la casa obstaculizando el paso. Lo que menos deseaba era enterarse de su futuro, pero esos desconocidos hablaban de él lejos de su mujer y sin querer lo escucho todo.

 

          -¿Pero qué le pasó al marido? -Pregunto un hombre.

 

          -Murió de cáncer en 2017. El pequeño apenas le conoció.

 

          -Qué tragedia. No sé ni cómo tienen ánimo de celebrar un cumpleaños -comentó otra mujer

 

          -A mí me parece bien, los niños deben entender que hay que seguir adelante -dijo el mismo que preguntó al principio.

 

          -¿Cáncer? -Susurró-. Los malditos viajes me terminan matando. Por eso me desmayo, debo tener ya un tumor.

 

          -No te preocupes entonces, te curaremos en la base en cuanto vayamos -dijo Abby.

 

          -No me fío ya del EICFD.

 

          -Usa el traje y cúrate -propuso Ángela.

 

          Estaba fuera de su casa y caminaba con calma hacia la explanada donde se encontraba el halcón.

 

          -Supongo que puedo hacerlo. Pero, ¿por qué no lo hice?

 

          -Esa es una pregunta absurda -reprendió Ángela-. Hazlo ahora, ponte ese traje que llevas en tu mochila de campaña y cúrate. Tenemos 5 horas de espera hasta que está nave pueda viajar de vuelta a nuestro tiempo.

 

          -Tienes razón.

 

          Se detuvo y sacó el traje, se lo puso rápidamente, pues era una especie de capa que se cerraba por delante con unos botones diminutos que requerían cuidado y paciencia ya que si se dejaba uno sin poner bien, no funcionaba. Una vez vestido miró al cielo y recordó que no debía hacer cosas malas o recibiría un castigo en forma de dolor. Durante un día lo desactivaron para disfrutar de su poder su mujer y él, pero lo reactivaron al día siguiente por el peligro que suponía si caía en malas manos.

 

          -Quiero sanarme. No tengo ningún cáncer y seré inmune a esa enfermedad. Yo y mi mujer, al menos mientras nuestros hijos nos necesiten.

 

          Cerró los ojos esperando sentir algo especial. Pero no pasó nada.

 

          -Ojala todo en la vida fuera tan sencillo -dijo Ángela entre risas-. Ya que lo tienes puesto podrías ahorrarnos estas horas y cargar tú las baterías.

 

          -Vale ya están cargadas -dijo, gustoso mientras caminaba hacia la nave.

 

          Hubo silencio en su intercomunicador, seguramente por el asombro que les causó a los de la nave ver las baterías a tope.

 

          -Repítelo -escuchó la voz de Amy.

 

          - Que se cargue ya toda su energía.

 

          -Tienes que especificar -reprendió Ángela.

 

          -Ese cabrón nos está tomando el pelo -escuchó decir a John.

 

          -¿Abrochaste todos los botones? -Dijo Abby.

 

          -¿Qué pasa? ¿No ha funcionado? -Preguntó.

 

          -Específica -insisto Ángela.

 

          -No, no es por eso... -se dio cuenta del problema-. No va a funcionar. No conmigo.

 

          -¿De qué hablas? -Inquirió Ángela.

 

          -No tenía puesto el traje cuando resucité a mi madre. Tampoco al curar a Abby.

 

          -Imposible -gruñó la teniente.

 

          -Te lo juro. De alguna manera conseguí la fe necesaria y lo hice. Ahora que sé que el no es nada especial, no creo que funcione. Probaré otra cosa…

 

          Se lo volvió a quitar y se concentró en cuanto vio en su visor del casco la silueta de la nave invisible.

 

          Dejó caer el traje a sus pies y cerró los ojos.

 

          «Ayúdame a tener la fe necesaria, Génesis -pidió en su interior-. No me falles.»

 

          «La fe que tienes es fuerte, pídelo y se cumplirá -le respondió».

 

          -Las baterías de la nave están cargadas -sentenció.

 

          -¡Ahora! -Festejó Ángela.

 

          -¡Sí, nos vamos! -Coreó Amy.

 

          -Nos la está jugando -barruntó John-. Es falso y nos estaba intentando engañar.

 

          -¿Por qué iba a hacerlo? -Reprendió Abby-, no sería tan estúpido de intentar usarlo sabiendo que fallaría.

 

          -¿Ah no? Lo que intenta es convencernos de la misma falacia que trato de colgarnos Elías cuando se negó a darnos uno. Ese no es el traje.

 

          -Pues te aseguro que no hay otro -respondió Antonio una vez dentro y sin casco.

 

          -Ni sueñes que vamos a llegar a un acuerdo contigo con esa basura que tratas de colarnos -respondió John.

 

          -Te recuerdo que si no colaboráis estáis muertos -replicó Ángela.

 

          -Que no te la cuele tu amante, guapa. ¿No recuerdas lo que pasó cuando vencimos a los grises? Elías llevaba puesto el traje al decir que "eran un fraude" usó su propio poder para que todos entregáramos el nuestro, piénsalo un poco, ¿quién los devolvería?

 

 

 

          -¿De qué hablas? -Pregunto Ángela.

 

          -Pues que él era amigo de ese viejo y por eso le permitió entregar uno falso como el que lleva ahora. Por eso conserva el suyo y no lo entregará ni aunque torturen a su familia ante él.

 

          Antonio escuchaba la conversación mientras asimilaba en shock que su traje ya no poseía poder alguno. John tenía razones para pensar que era un mentiroso y no había modo de convencerlo de lo contrario pero el traje era auténtico, siempre funcionó y ahora que sabía que su poder residía en su propia fe en él ya no funcionaría nunca más. Al menos a él... Y a los demás tampoco ya que, gracias a John, no confiaban en que fuera el bueno. En pocas palabras, no tenía forma de curar su cáncer ya que había visto el futuro en el que estaba muerto y no podía creer que pudiera o debiera curarse.

 

          No... Aún existía otra posibilidad. Su mujer tenía el suyo, a ella le funcionaba. Suspiró mientras se acercaba al asiento de copiloto, sus manos temblaban por el miedo. Si no pudo sanar, como acababa de presenciar, estaba seguro de que no sería tan sencillo que Brigitte levantara la mano sobre él y dijera: "Estás curado". Pero no había razón para que no lo hiciese y no podía darle explicaciones o también ella dejaría de confiar en el poder del traje.

 

          Lo importante ahora era callar a John y demostrarle que era el verdadero sin usar su poder. De lo contrario no lo aceptarían en el EICFD.

 

          -Te puedo asegurar, John, que funcionaba.

 

          Su mente le hizo recordar que él se lo pudo quedar gracias a que todos entregaron el suyo, incluido él y Elías sabía que su mujer Brigitte no estaba presente y por tanto no le dio el traje aquel día. Ese que tenía delante era el que su mujer le regaló con su propio poder, una copia que siempre funcionó a la perfección hasta ese día. El original de verdad lo tenía escondido ella y no le había dicho ni a él dónde. Lo pactaron así para que nunca pudieran robarles los dos si uno de ellos era capturado por el EICFD. En pocas palabras, John tenía razón, no era el traje auténtico. ¿Cómo le convenenciera de lo contrario? Nunca le entregaría el bueno ni aunque torturasen a su familia.

 

          -Pues no cuela, amigo -sentenció el antiguo capitán-. Vete con el cuento a otro, no pienso colarle al comandante un fraude como este.

 

          -Pero si tú mismo te estás delatando -apoyó Abby-. Yo me moría y tú me curaste. Luego dices que maté a tu madre y diste marcha atrás al tiempo. El traje funciona a la perfección y nos estás colando una copia que tú mismo habrás pedido que aparezca para entregárnosla.

 

          -No estarías viva si yo no te hubiera curado y resucitado, tenlo por seguro. Pero te prometo que no llevaba el traje puesto.

 

          Abby le miró con media sonrisa de incredulidad.

 

          -Mientes tan mal que das pena.

 

          -Un momento -intervino Amy-, ¿estos creen que pudiste obrar el milagro de tu madre por llevar esto puesto? Pues no, lo acabamos de recoger de una taquilla de correos.

 

          -Es decir, que es falso. El bueno lo lleva puesto -añadió John.

 

          -¿Y por qué os iba a mentir? Decirle si me he quitado alguna prenda... Si lo llevara encima la nave habría cargado su batería a la primera, ¿no?

 

          -No hemos visto lo que has hecho -replicó Abby.

 

          -Está bien, lo llevo puesto y este yoes una copia tan buena como el mío. ¿No me creéis? Pues algo falla, ¿no?

 

          John sonrió negando con la cabeza.

 

          -Tu ejecución seguirá siendo la prioridad del EICFD. Y yo me encargaré de acabar contigo en cuanto tenga ocasión.

 

          -¿Y si omitimos esta conversación ante el comandante? -Propuso, ignorando su amenaza.

 

          -Claro, luego detectarán que no tiene más poder que una bata de ducha y se nos caerá el pelo a nosotros -repuso Abby.

 

          -Pues tú misma. Esa era tu única posibilidad de que os dejásemos vivir. Ángela, regresemos a 2016. No les quitéis ojo de encima y apretar sus ataduras. Son peligrosos.

 

          Él mismo revisó sus manos y pies y se aseguró de que el nudo fuera resistente. Ocupó el asiento de copiloto y se preparó para volver a quedar inconsciente.

 

          Amy se sentó frente a los dos prisioneros y Ángela manejó el aparato. Lo elevó a doscientos metros y puso el año de partida, 2016.

 

          Antes de accionar el botón la antimateria ya estaba dejando inconsciente a Antonio y le miró con extrañeza. ¿Amantes? ¿Qué clase de relación tenía con su alter ego de ese tiempo?

 

Antonio suspiró, deseando terminar con ese trámite para regresar a su casa y hablar con su mujer. Cerró los ojos y se dejó llevar por la antimateria perdiendo el sentido de inmediato.

 

 

 

          El comandante Espinola usó el teléfono por satélite para ponerse en contacto con sus superiores. Tardó más de diez minutos en lograr que le contestaran aunque ya estaba acostumbrado a que fuera complicado hablar con el ministro de defensa. Al fin y al cabo era un hombre ocupado y difícil de localizar.

 

          Cuando al fin escuchó su voz le intimidó el tono de urgencia y mal humor que transmitían sus palabras:

 

          -Más vale que tenga buenas noticias, comandante. Su tiempo se agota.

 

          -Señor, los hemos encontrado.

 

          -Espero que los tengan bajo custodia y no me salga con que están en un agujero al que no pueden llegar.

 

          -Por supuesto, los tenemos encerrados. Espero sus instrucciones.

 

          -¿Han confiscado toda la documentación?

 

          -Sí, señor -respondió de inmediato.

 

          -Prendan una hoguera y quémenla. Arreste a quien haga falta si descubre a algún soldado fisgoneando.

 

          -Mis hombres no pasan de leer el periódico de deportes, señor -respondió guasón.

 

          -Ya... ¿Y los materiales? ¿Están en su poder?

 

          -Sí -respondió.

 

          -Estupendo, guárdelos en un contenedor de máxima seguridad y déjelo caer en el punto del océano más oscuro que encuentre.

 

          -Delo por hecho, señor.

 

          -Buen trabajo.

 

          -¿Y qué hacemos con los científicos?

 

          -Entiérrelos en cualquier parte de la isla, no me involucre.

 

          -Enterrarlos... No están muertos, señor.

 

          -¿Qué le acabo de decir? No necesito decirle lo que debe hacer. Cumpla lo que le han ordenado y no haga más preguntas.

 

          -A sus órdenes.

 

          La comunicación se cortó. El comandante Espinola se santiguó y lanzó una frase al cielo: "Yo nunca pedí este cargo, no me culpes de lo que otros mandan."

 

 

 

          Alfonso logró soltar sus cuerdas justo cuando llegaron cinco soldados a la tienda de campaña donde les tenían recluidos. Tenía una navaja suiza en el bolsillo y la había utilizado para cortar la cuerda. Los demás parecían muy desanimados, incluido Chemo que ya ni siquiera parecía querer estar cerca de él.

 

          -Seguidnos -dijo uno de los militares-. Tienen que ver al comandante.

 

          Todos se levantaron con desgana y fueron escoltados por los siete soldados a través del campamento. Uno de ellos, el mordido por el zombi, estaba atado y amordazado en una camioneta. Su piel se había puesto gris y sus ojos negros.

 

          -Subid ahí -ordenó otro.

 

          -¿Con ese hombre? -Preguntó Jaime, aterrado.

 

          -Está completamente inmovilizado. Podéis ir sentados a su alrededor.

 

          -Adiós a nuestra esperanza de brote epidémico -susurró Jaime.

 

          -Me pregunto si por mi culpa tú también morirás -dijo Chemo, mirando a Alfonso.

 

          -¿Quién ha dicho que nos van a matar? Son españoles, no ejecutan a la gente -espetó Olivia, enojada.

 

          Alfonso se limitó a suspirar. Examinó las cuerdas del infectado y se dio cuenta de que podía cortarlas con su navaja. Luego lo empujaría fuera del camión y se desataría el caos. Era su única esperanza. Pero junto a ellos subieron cuatro soldados armados con fusiles Cetme. Cualquier movimiento en falso y le matarían antes de tiempo.

 

          Arrancaron el motor y todos miraban al agónico cadáver animado que tenían a sus pies. Emitía gemidos de ansiedad, de su boca manaba un líquido de color verde y sus ojos negros parecían mirarles a todos y cada uno de ellos. Forcejeaba con sus cuerdas con tal rabia que la piel de sus muñecas y rodillas se rasgaba y no salía sangre de las grietas. En sus piernas era aún más escalofriante, se había roto la tela de su uniforme verde camuflaje y en algunos puntos se adivinaba el blanco de sus huesos.

 

          -¿Qué le ha pasado? -Preguntó Elisa con gesto de querer vomitarle encima.

 

          -Debe haber cogido algo así como la rabia. Tenemos orden de deshacernos de su cuerpo.

 

          -¿Y por qué vamos con vosotros? -Se atrevió a preguntar Olivia.

 

          -Ya os enteraréis. No queráis ver el final de la película antes de su hora. Unos diez minutos después aparcaron en medio de enormes palmeras y les hicieron bajar. Luego entre dos, cogieron al infectado por los brazos y lo tiraron al suelo sin ningún miramiento. Cayó de cabeza y se abrió una brecha que le dejó al descubierto media calavera. Sin embargo no pareció dolerle demasiado y siguió rechinando sus dientes con la rabia de no poder soltarse. Jaime dejó de mirarlo cuando un incisivo se le partió por la presión de los dientes inferiores.

 

          -Quemadlo -ordenó el sargento-. Me da escalofríos.

 

          Le rociaron con gasolina y le prendieron fuego. El pobre hombre se retorció de dolor mientras su carne se reducía a cenizas. Luego los soldados se alejaron de ellos y les apuntaron con sus fusiles.

 

          -Apunten... -Ordenó el sargento-. Fuego.

 

          Antes de que los fusiles escupieran plomo escucharon una explosión que hizo temblar el suelo. Provenía del poblado. Fue tal la sorpresa que ninguno obedeció y trataron de ver lo que había pasado a través de la maleza.

 

          Alfonso aprovechó para salir corriendo empujando a uno de ellos y se escurrió por entre los helechos y plantas más altas de modo que no pudieran localizarle.

 

          -¡Abrid fuego estúpidos!

 

          Una lluvia de balas silbó junto a sus oídos y optó por tumbarse si no quería morir acribillado. Cuando los disparos cesaron continuó su huida tratando de ser sigiloso y no mover la vegetación en dirección contraria a la aldea de la iglesia, buscando siempre el cobijo de las hierbas más altas. Cuando dejó de escuchar a sus perseguidores un nuevo estruendo de balas rompió el silencio... Esta vez los proyectiles de plomo no volaron en su dirección.

 

          -Joder... Chicos, no he podido salvaros. Lo siento.

 

          Siguió corriendo hasta que sus piernas dejaron de responder y se dejó caer en un hueco donde brotaba agua de manantial junto a una especie de cerro de unos cincuenta metros de altura. La probó y al comprobar que no era salada bebió con avidez. No se dio cuenta de lo sediento que estaba hasta que el agua bañaba toda su ropa y por más que la tragaba no conseguía calmar su sed. Tuvo que hacer varias pausas y al fin, cuando el estómago parecía a punto de explotar, dejó de beber.

 

          Entonces el sonido de las balas fue ensordecedor. Durante minutos escuchó cientos de disparos y explosiones. ¿Qué estaba pasando?

 

          Se subió al cerro reptando por el lado que sus enemigos no podían ver y se asomó. El poblado ardía en grandes llamas, los helicópteros se veian destrozados. El humo negro ascendía tan denso que el cielo se cubrió completo como si fueran nubarrones. Entonces escuchó gritos, luego los disparos fueron amainando hasta que al final regresó el silencio. Uno sepulcral que traía muy malos augurios.

 

          -Quisiera poder decir que me dan pena estos cabrones -pensó en voz alta, refiriéndose a los soldados.

 

          El cóctel de sentimientos fue tal que no sabía si reír porque sus enemigos eran historia, llorar por los amigos muertos o gritar de histeria por la incertidumbre de lo que acababa de pasar, o esconderse en el agujero más profundo que encontrase porque los que habían atacado no serían ni mucho menos amables con él si le encontraban.

 

          Entonces algo lejano que parecía una piedra se giró y vio unos oscuros ojos escondidos en las cuencas de una cosa que de lava solidificada. Era inmensa, debía medir tres metros de altura y al chocar con las palmeras caían cocos. A pesar de la distancia se le veía con claridad y cuando corrió hacia él sus músculos se negaron a escapar por que no podía igualar semejante velocidad y fuerza. Era como ver caer un avión de pasajeros delante dirigiéndose implacable hacia él.

 

          Eso le salvó la vida ya que al llegar al claro donde mataron a sus amigos se detuvo por unos disparos.

 

          Elevó un brazo tan grueso y oscuro como el tronco de un árbol y golpeó el suelo. Nuevos disparos rompieron el silencio, al menos un soldado seguía vivo y las balas producían chispas en el cuerpo de esa cosa. Parecía que su piel era tan resistente como el kevlar. Luego escucho un tumulto y vio salir de los matorrales a todos sus amigos corriendo. Tres soldados cubrían su huida y uno de ellos fue agarrado brutalmente y arrojado por los aires hasta reventarse a diez metros de distancia contra el suelo.

 

          -Esto sólo puede ser una pesadilla -reaccionó Alfonso-. Esa cosa no es real.

 

          Impulsado por su convicción de que era un sueño se envalentonó y elevó los brazos para atraer a sus amigos donde él.

 

          -¡Aquí!

 

          Cuando les vio correr hacia él se dio cuenta de que acababa de sentenciarse a sí mismo. Hasta ese momento creía que sería el único en sobrevivir y al unirse a ellos ganaba todas las papeletas para morir.

 

          -¡Corre Alf! No nos esperes -grito Jaime.

 

          Los dos soldados que quedaban corrieron huyendo del monstruo al quedarse sin munición. ¿Por qué les defendían? Pero Alfonso no perdió un segundo en hacerse preguntas absurdas.

 

          -Mejor corro -decidió.

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Yenny (lunes, 03 abril 2017 18:50)

    Que pena que no estés mejorando pero no te desanimes eso no es bueno para ti, tienes una familia que te quiere y apoya así que levanta ese ánimo y a tener que fe que todo mejorará pronto.

  • #6

    Alfonso (domingo, 02 abril 2017 15:39)

    Jeje. Al parecer no importa qué tanto cambien el pasado, parecer ser que Alfonso tiene que sobrevivir. Supongo que el ejército debe tener armas de alto poder como granadas o bombas en su arsenal para derrotar al montruo, ¿no es así?

    Lamento oir que tu recuperación no va como esperabas, Tony. Espero que pronto puedas recuperar la salud.

  • #5

    Tony (sábado, 01 abril 2017 00:54)

    Pues Chemo, voy a escuchar tu deseo. Espero no defraudarte en las próximas partes.
    En cuanto a mi recuperación, no va bien. No es que vaya lenta, va hacia atrás. Cuando parecía que ya me estaba desapareciendo todo ha vuelto el dolor y no solo en un lado sino en los dos y las piernas también.
    Esto me tiene muy desanimado la verdad...

  • #4

    Jaime (viernes, 31 marzo 2017 01:27)

    Seguramente Antonio se curará con ayuda del traje pleyadiano ahora que sabe que tiene cáncer. No creo que muera, puesto que Tony se quedaría sin su personaje principal.
    La historia va muy bien. Espero que te mejores, Tony.

  • #3

    Yenny (jueves, 30 marzo 2017 18:35)

    Y yo esperando que llegue el invierno, no aguanto el calor.
    ¿Nos quedaremos sin más historias de Antonio Jurado? que se recupere me gustan sus historias.
    Alf es un traidor huye solo jajaja, supongo que es el instinto de supervivencia.
    Tony trata de tomar un tiempo para descansar no es bueno que abuses, deseo que te recuperes pronto y sin dolores así que toma algo caliente y a la cama :)

  • #2

    Chemo (jueves, 30 marzo 2017 04:20)

    Cada vez se pone más interesante la historia. Espero que el Chemo de esta historia haga algo bueno para variar y salve a las chicas quienes lo recompensan después por su gran valentía. Jaja

  • #1

    Tony (jueves, 30 marzo 2017 01:30)

    Esta semana ha sido complicado sacar un rato libre. A ver si termina de una vez el frio porque no hay mes que no haya uno o dos enfermos en casa.
    Mi recuperación es mucho mas costosa porque no tengo un solo día de reposo. Además los dolores han vuelto.
    En fin, ya queda poco para el final. Espero que os esté gustando.

Animal es el que abandona a su mascota.

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