Tierra de dragones

25ª parte

            Dejaron el cadáver en el parking del hospital y alejaron el halcón de allí a un lugar deshabitado.

            —¿A dónde iremos después? —Preguntó Amy.

            —Al futuro, no quiero cambiar el tiempo ni cruzarme con mi alter ego allá donde vayamos.

            —Sí, tienes razón.

            —Descansa... Hace días que no dormimos.

            —¿De qué año sois vosotras? —Preguntó Chemo.

            —Del 2016 —respondió.

            —¿Cómo? Si estamos en ese año.

            —Ya pero venimos de "otro" dos mil dieciséis —corrigió Amy.

            —Ah —Chemo la miró sonriendo—. Yo vengo de 2030, podéis venir a mi casa y me contáis todos vuestros secretos, que parece que son muchos.

            —¿En serio? Y ese año... ¿Todo está bien? —Preguntó nerviosa Ángela.

            —Mi madre estaba muerta pero ahora estará viva. Gracias a mí y a vuestra inestimable ayuda no la mataron.

            —Me refiero a si sigue habiendo sociedad.

            —Sí, claro. No hay coches voladores como podéis esperar. Hubo una moda pero se pasó en seguida por el precio y porque ningún gobierno los permitió circular en las vías públicas y...

            —Parece un buen sitio para empezar de nuevo —cortó Amy.

            —Voy a echar una siestecita —dijo Ángela—. Despertadme cuando las baterías se hayan cargado.

            —¿No vamos a comer? —Preguntó Chemo—. Me muero de hambre.

 

 

 

 

            —¿De qué quieres que pongamos el dibujo de tu tarta?

            —Fórmula uno con Mensa Onso —respondió Charly, contento.

            —¿De qué? —Pregunto Brigitte.

            —Mamá, tú no te enteras.

            —Ah bueno, papá lo sabrá entonces.

            —Sí —se entusiasmó el pequeño de tres años.

            Alguien llamo a la puerta y Brigitte tuvo que dejarlo en la trona de la cocina para poder atender la puerta.

            —Un momento —se limitó a decir al telefonillo.

            Cogió la llave y salió al patio. Los perros salieron delante como locos, ladrando al intruso.

            Era un guardia civil.

            —¿Es usted la señora de Antonio Jurado?

            —Sí, ¿por qué?

            Duna y Thai ladraron tan fuerte que no escuchó su respuesta. Abrió la verja y reclamó a sus perros:

            —Basta, silencio.

            Cuando pudo hablar, el guardia gritó.

            —Digo que hemos encontrado su cuerpo sin ropa ni documentación en un parking de Parla. Lo han identificado por sus huellas dactilares.

            —¿Qué?

            Una vecina la miró horrorizada.

            —¿Puede acompañarme? Debe identificarlo.

            —No puedo, no...

            —¡Señora!

            Brigitte cayó desmayada.

 

 

            Despertó en un hospital, sola y muy mareada.

            —¡El niño! —Exclamó.

            Al hablar se acercaron dos enfermeras y la hicieron tumbar de nuevo.

            —Su bebé no ha sufrido daños. No se altere, una vecina se ha quedado con el otro niño en su casa atendiéndole. Descanse y procure tranquilizarse, ha sufrido un fuerte shock.

            —¿Mi marido está muerto?

            —No se preocupe por eso ahora, intente reponerse.

            —Tengo que verlo. No puedo creer lo que me están diciendo —le tembló la voz.

            —Pobre, es normal. Pero descanse, estando embarazada no debe alterarse demasiado.

            Se tocó la tripa y respiró hondo con cierto alivio por Miguel, de cinco meses de gestación. ¿Cómo iba a apañárselas con dos niños sin marido? Esa era una de las losas que caían una tras otra sobre su dolorida consciencia a medida que trataba de asimilar la noticia.

            Más tranquila se vistió y la acompañaron fuera de la habitación. Era un hospital militar y la esperaba el mismo guardia civil que le dio la fatal noticia.

            —¿Está lista?

            —No, pero tengo que verlo.

            —Lo entiendo. Acompáñeme.

 

 

            La llevó en coche a unos treinta minutos de distancia y no prestó atención a donde iban.

            Entraron en un hospital en el que ella no había estado nunca. Sencillamente no creía que el cuerpo encontrado fuera el de su marido y no hacía más que darle vueltas a la cabeza intentando recordar a donde dijo que había ido aquella mañana y mientras caminaban le llamó por teléfono para confirmar que estaba bien.

            No contestó… Su corazón se frenó y sintió que desfallecía. Respiró hondo y volvió a llamar mientras recorrían pasillos, bajaban escaleras y otra vez a caminar y el guardia que la acompañaba firmaba en papeles al pasar a distintas dependencias.

            —No contesta.

            —Señora, no es por desanimarla, pero hemos cotejado las huellas y no hay lugar a confusión. Su marido no responderá, puede que sí el delincuente que le haya matado y dejado en calzoncillos en medio de un parking.

            —¿Le mataron?

            —Eso creo, no estoy seguro, tendría que revisar el informe. Pero tal y como ha aparecido... es lo más obvio.

            Escuchar esas palabras fueron una bofetada de realidad que se abrió camino a su resistente cerebro y por fin asimiló la noticia. Su marido nunca volvería a casa y rompió a llorar. Sus rodillas se negaron a mantenerla en pie y quedó encogida en medio del pasillo llorando desconsolada.

            —Sé que es duro, si lo prefiere le muestro las fotos nada más. No es necesario que vea su cuerpo in situ.

            —Sí lo es. Quiero verlo en persona. Tocarlo. Pero… No ahora, no puedo. Tengo que ir a casa, por favor, lléveme de vuelta.

            —Eh,… —el guardia civil miró si reloj—. Sí, lo entiendo. La llevaré.

 

 

 

 

 

            La dejó en su casa y ella le pidió que esperase abajo, que solo necesitaba unos minutos para coger algo y salía. Se secó bien las lágrimas y entró sin demostrar el dolor que sentía delante de Charly. Le dio un beso y le susurró que tenía que volver a salir y que volvería pronto.

            —No, mamá.

            La vecina que cuidaba al niño no dijo nada, se limitó a sonreírla con tristeza y ella se la agradeció con un saludo silencioso de la mano.

            No sabía por qué lloraba ya que tenía un modo de traer de vuelta a su marido. Solo debía ponerse el traje de los pleyadianos, escondido entre sus abrigos de invierno y volver a ese lugar horrible.

            Se lo puso abrochando con cuidado cada botón y luego cerró los ojos y dijo:

            —Vuélvete invisible.

            Al mirar parecía que no lo llevaba puesto. Bajó las escaleras rápidamente y no hizo caso a la vecina cuando le decía:

            —¿Cuándo volverá?

            Charly, al escucharla hablar, le tiró una pieza de un juguete soltando una carcajada.

            —No se tiran las cosas, eso es de niños malos.

            —No me van a traer nada los reyes magos  —respondió el niño—. No volveré a hacerlo.

            —Eso, cariño, qué bueno eres.

            Una nueva pieza la golpeó en la cara y el niño se partió de risa.

            —No volveré a hacerlo —Charly escondió las manos detrás de su cuerpecito cuando ella le miró con odio.

            Entonces escuchó que la puerta se cerraba.

 

 

 

            De vuelta al coche del guardia civil, del que no sabía su nombre hasta ese momento, ni le importaba lo más mínimo que se llamara Alberto, le dijo que estaba lista.

            —Vamos pues —dijo él, extrañado de verla exactamente igual que como subió. ¿No se iba a arreglar?

            —Quería coger una cosa.

            Arrancó y regresó al hospital. Esta vez Brigitte memorizó el recorrido hasta que empezaron a callejear por el centro de Madrid. Por lo visto el lugar era cerca de la Ciudad Universitaria. Pero no conocía aunque gracias al traje supo cómo llegar ya que su memoria lo retenía absolutamente todo.

            —¿Qué universidad es esa?

            —La complutense. ¿No la conoce?

            —No soy española y apenas he visitado tres zonas de Madrid.

            —Ah, ya. ¿De dónde es?

            —De Lima, bueno allí nací. Tengo doble nacionalidad.

            —¿Y española?

            —No creo que un hombre casado pueda tener interés por una mujer embarazada que acaba de perder a su marido. Por favor, un poco de respeto.

            —Perdone, solo pretendía ser amable no quería…

            —Ya, disculpe usted.

            —Claro, es comprensible. No la molestaré más.

            —Gracias.

            Él parecía avergonzado porque a pesar de que no fue obvio, sí estaba interesado en ella y trataba de agradarla para estirar sus oportunidades de conocerla mejor y que pasara lo que tuviera que pasar. El traje era el causante de que adivinara hasta el más escondido de sus pensamientos.

            —Una pregunta, ¿Cómo sabe que estoy casado?

            Brigitte se mordió el labio inferior. Con el traje puesto sabía cosas sin pretenderlo y no tenía ni idea de cómo explicarlo.

            —No lo ha negado —se limitó a responder.

            —Ya… —suspiró—. Cierto.

 

 

            Descendieron al sótano donde tenían el cuerpo de su marido y cuando llegaron a la puerta el guardia la miró a los ojos buscando su aprobación para entrar.

            —Adelante —urgió ella. Curiosamente ya no parecía triste.

            —Pensé que querría un poco de tiempo de preparación.

            —Ya he tenido mucho tiempo.

            Abrió despacio y vio en medio de una sala helada, un cuerpo tapado por una sábana blanca e iluminado por unos fluorescentes de techo.

            —¿Puedo quedarme a solas? —Preguntó ella—. No tardaré.

            —Por supuesto, la espero aquí.

            La invitó a entrar y cerró en cuanto entró.

            Tardó unos segundos en acercarse al cuerpo.  Después caminó lentamente hasta ponerse a su lado y respiró hondo. Levantó la sábana y la plegó por debajo del cuello. No había la menor duda, era su marido. Su rostro tenía la piel gris y sus labios morados. Unas profundas ojeras evidenciaban su estado mortal sintió un escalofrío.

            Cogió su mano y entrelazó sus dedos con los de él, agarrotados con el rigor mortis. Estaban fríos igual que la mesa de metal. Sin querer volvió a llorar mientras se preguntaba cómo había muerto si él tenía un traje como el suyo y podía haber previsto cualquier cosa.

            —Es hora de levantarse amor mío. Abre los ojos, estás vivo.

            Al momento sus ojos se abrieron, al principio negros como los de un zombi pero luego regresó el color a ellos y a todo su cuerpo y respiró hondo.

            —¿En qué lío andas metido ahora? —Le regañó—. ¿Sabes dónde estás?

            —Amorcito —respondió él, temeroso—, ¿qué... Hacemos en una morgue? ¿Por qué estoy en pelotas? ¡Qué frío hace!

            —Pensé que tú lo sabrías... Pero por lo visto tengo que adivinarlo todo por ti. ¿Cómo se te ocurre viajar en el tiempo? Debiste saber lo peligroso que sería. Ahora me están pidiendo que identifique tu cadáver y va a ser un lío que le resuciten judicialmente.

            —Tuve una pesadillas...

            —Yo las tengo desde niña y no hago tonterías.

            —Quizás porque no soñabas que tu hijo se ahogaba en la piscina al cumplir cinco años.

            Ella no respondió, sorprendida. Su poder, procedente de su traje, le reveló todo lo que había pasado en las últimas horas y lo que le llevó a ese funesto final. Después borró su mueca de enfado por una de resignación y le recriminó:

            —Siempre crees que el fin justifica los medios. Ahora no sé si darte de bofetadas o abrazarte. ¿Te das cuenta de lo que puedes haber provocado cambiando el destino?

            —¿En el futuro?

            —¡Qué futuro! El presente, pasado también. Lo has tocado todo.

            —Pero aún podemos enfrentarnos a lo que venga. Y más sabiendo que Charly no morirá dentro de dos años...

            —Ese futuro que cambiaste fue si yo no te resucitaba. Pero es obvio que no es así. ¿Qué pasará cuando te veas vivo en ese cumpleaños y no seas necesario? ¿Y tus pesadillas? ¿Se habrían producido si de verdad no era necesario¿

            —No sé... Da igual, aún no ha ocurrido.

            —Sí, para ti —respondió airada.

            En ese momento el guardia civil entró, extrañado de escucharla hablar.

            —¿Se encuentra bien señora?

            Antonio se levantó y se cubrió con la sábana para que no le viera desnudo. El guardia civil la miró extrañado y ella le devolvió la mirada enojada.

            —Le dije que no estaba muerto —protestó Brigitte.

            —¿Está hablando con él? —Inquirió el guardia con prudencia.

            —Claro, ¿no lo ve?

            El hombre señaló la camilla y tanto Brigitte como Antonio vieron el cuerpo sin vida tumbado en la camilla. La mujer tuvo que pestañear varias veces para comprender lo que le decían sus ojos. Miró a Antonio, el vivo, y luego al muerto.

            —¿Qué? —Balbuceó.

            —Es comprensible que esté confusa. No necesita estar aquí más tiempo del necesario. Sólo tiene que firmar en este papel confirmando su identidad y hemos acabado. Trasladaremos el cuerpo al tanatorio esta tarde...

            El guardia siguió hablando mientras Brigitte miraba a su marido, el vivo, con lágrimas en los ojos. Antonio comprendió lo que había ocurrido al instante. Ella lo resucitó pero él no creía que debiera hacerlo por el bien del mundo. Y él tenía una fe tan fuerte como el traje.

            —No puede ser... No me puedes dejar así. Te necesito —susurró ella.

            —Si viviera, los del EICFD no nos dejarían en paz. Me quieren muerto, es la única forma de protegeros —respondió Antonio, con los ojos encharcados de lágrimas.

            —Pero...

            —¿Con quién habla? —Preguntó el guardia, asustado.

            —Por favor, ¡déjeme sola!

            —No creo que le haga ningún bien.

            —¡Me da igual lo que usted crea!

            El hombre dio media vuelta y salió de la morgue sin mirar atrás.

            —Y tengo un tumor en la cabeza —explicó Antonio—que me permite ver cosas, está ahí desde niño y se ha mantenido hasta ahora. La exposición a la radiación y la antimateria lo ha despertado y es lo que me ha matado. Por eso me desmayaba cada viaje con el Halcón. Podía habérmelo quitado con el traje pleyadiano pero era mi Walkie Talkie con el más allá. Escuchaba a Génesis y Verónica con el sexto sentido que me otorgaba. No quería perderlo.

            —Eres un egoísta.

            —Siento que lo veas así —contestó con tristeza.

            —Y ahora qué, ¿vas a rondarme como un fantasma? ¿En qué te has convertido ahora?

            —Seguiré mi camino, Génesis me guiará. Por favor incinera mi cuerpo y echa las cenizas al mar.

            —No, tú vas a venir conmigo. Deja de decir tonterías y vuelve a tu cuerpo. No te opongas y levántate.

            —El traje no sirve para mí. Soy inmune a su magia.

            —Pues quiero que razones y vuelvas. Volveremos a encapsular tu dichoso tumor y no volverá a desarrollarse. La solución no puede ser que te largues y me dejes sola con dos niños. ¡No es justo!

            —No tendrás problemas en encontrar marido y yo no hago más que meteros en líos. No pasaréis necesidad, tengo un seguro de vida bastante elevado y aún tenemos mucho dinero.

            —¡Te quiero a ti! ¿No lo entiendes?

            —Como tú has dicho, no puedo seguir vivo cuando vaya a salvar a Charly, para mí ya pasó.

            —Pero sí lo estarás al viajar con Abby, dentro de 15 años —replicó ella.

            —Eso es cierto...

            —Razona. Regresa conmigo.

            —Puede que tengas razón. Vuelve a intentar revivirme.

            —¡Revive! —Gritó ella.

            No funcionó.

            —Yo quiero volver...

            —Pero no crees que debas —dedujo ella temblando por la desesperación.

            —Bueno, míralo de otro modo. Dentro de 15 años estaré con vida. Eso significa que encontraré el modo de regresar tarde o temprano.

            —O... te verás cómo te veo yo ahora —razonó Brigitte—, con el tumor serás capaz de verte a ti mismo.

            —Y mi yo del futuro me vio aunque yo me tenía el escudo óptico... Si hubiera estado vivo no podría verme —dedujo Antonio—. Tienes razón.

            —No me digas que la tengo, por el amor de Dios.

            Antonio agarró la sábana que tenía entre las manos. Podía tocar cosas, de algún modo seguía con vida pero era completamente invisible para otros que no tuvieran el traje pleyadiano, como su mujer. Por eso pudo conseguir el pendrive con la grabación del futuro, el mundo de los dragones, podía hacer cualquier cosa como cuando tenía el traje, todo excepto volver a la vida. Ni el EICFD podría detenerle ahora siendo un fantasma. Además, si necesitaba salvar a sus hijos de nuevo sería más sencillo en ese estado.

            —No estarás sola. Yo seguiré a tu lado.

            Brigitte le abrazó y lloró desconsoladamente en su hombro.

            Alberto, el guardia civil se asomó de nuevo a la morgue y la vio llorar sobre el cuerpo muerto de su marido. Suspiró y cerró la puerta de nuevo.

            —Dios me libre de tener que perder a mi mujer.

            Y se santiguó emocionado por la triste escena.

 

Comentarios: 7
  • #7

    Yenny (domingo, 30 abril 2017 18:37)

    No lo malinterpretes no es lástima pero si un poquito de pena que una persona joven y con hijos tan pequeños no los disfrutes al 100 %, pero siempre hay que quedarse con lo bueno y hay que tener que que todo es temporal.

  • #6

    Chemo (domingo, 30 abril 2017 17:58)

    Me ha gustado esta parte, un poco conmovedora. Me quedó la duda sobre el futuro deÁngela y Chemo. Supongo que Ángela se va a vivir con Chemo a su nuevo futuro. Ojalá Tony nos explique un poco más, jeje.
    Espero que te mejores pronto, Tony.

  • #5

    Jaime (domingo, 30 abril 2017 05:29)

    Este vez me has dejado sorprendido, Tony. No m esperaba que Antonio fuese a fallecer, siendo el personaje principal. Aunque, ahora que lo pienso, puede seguir siendo el personaj principal pero como fantasma, jaja.
    Muchas bendiciones para ti y tu familia.

  • #4

    Alfonso (domingo, 30 abril 2017 04:25)

    Est parte fue muy conmovedora. Al menos muchos hechos de la historia comienzan a tener sentido. Será interesante leer una historia en dónde Antonio se acostumbre a su nuevo estado.
    Por cierto, Tony, te mando muchos buenos deseos y espero que recuperes la salud pronto. Cuídate.

  • #3

    Tony (domingo, 30 abril 2017 02:59)

    No pretendía que mi vida diera tanta pena.
    Gracias por tu preocupación por mi Yenny. Yo no creo que está cosas tengan que pasarle a las que más se las merecen. Lo que creo es que siempre hay que extraer lo bueno de todo lo que nos pase. Aunque parezcan cosas muy injustas.
    En mi caso, gracias a esta enfermedad, he conseguido disfrutar de mis hijos más que nunca. Antes les veía apenas 1-2 horas al día y a veces ni eso.
    Todo tiene su lado bueno y yo me quedo con eso.

  • #2

    Yenny (sábado, 29 abril 2017 17:14)

    Creo que Tony también puede ver cosas, aunque no lloré esta parte fue muy triste y emotiva.
    Es tan frustrante que las cosas malas le pasen a personas que no se lo merecen como en tu caso Tony, deseo mucho que te recuperes y disfrutes al máximo de tu familia y amigos porque te mereces eso y mas, y aunque es bueno tener más activo por la página no es agradable que sea por este motivo.
    Un fuerte abrazo y un beso grande desde la distancia y los mejores deseos para ti.
    Pd. : Ahora si se me escaparon unas lágrimas jejeje

  • #1

    Tony (viernes, 28 abril 2017 13:09)

    Espero que no hayáis llorado mucho.
    No olvidéis comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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