Un día de perros

Toda historia tiene su principio y su final, esta historia comienza el jueves pasado, saliendo de mi oficina después de un día de trabajo tranquilo, mientras iba hacia la bicicleta aparcada junto a la gasolinera, cuando me encuentro la rueda de atrás blanda y que se le salió la cámara en cuanto me subí a ella. Lo primero que pensé fue que alguien me la había pinchado, pero luego vi el parche que le puse el viernes anterior y me di cuenta de que el calor del sol había hecho que se soltara el parche.

Genial, pensé, al arrastrar la bici con la rueda floja hasta casa. La tuve que llevar a duras penas, tardando media hora. Por el camino hablé con Brii con el móvil, para decirle que seguramente iba directo a dónde la reparan para que me la tuvieran lista para el día siguiente, viernes. No sabía cuánto me costaría ya que podía estar reventada la cubierta o podía ser solamente la cámara.

Llegué al taller de bicis y me dijeron que la tendrían lista a las ocho. Miré el reloj y acepté a regañadientes porque suponía que me lo iban a hacer en el momento. Me obligaba a volver a casa a pie (15 minutos más de caminata) y luego regresar media hora después para llegar a las 8. En fin, no tenía nada mejor que hacer esa hora, allí esperando, así que me fui para casa. Como Hortaleza está en un barrio lleno de cuestas para arriba y para abajo, cuando llegué a casa estaba agotado. No podía con mi alma así que le pedí a Brii que me llevara en coche a la tienda de bicis. Mientras yo fui a que arreglaran la bicicleta, ella sacó a Duna y a Thai, nuestras perritas. Me llevó y la bici estaba a punto a las 8. 9 euros por cambiar cámara y mano de obra. El mecánico me dio una lección de cómo se ponen los parches (se desinfla del todo la rueda, se lija para que solo quede goma y no polvo, sin pasarse en la lija, se pone el pegamento, se extiende y se deja secar 4 minutos, después se pone el parche y tiene que quedar tan pegado que se le puede quitar el plástico de fuera sin problemas. Nunca se pone con aire en la cámara, nunca con la goma sucia, nunca es una solución definitiva y en cuanto puedas tienes que cambiar la cámara).

Genial, tenía que avisar a Brii de que tenía bici y que se podía ir, pero el asqueroso teléfono no funcionaba bien. Uno recién adquirido, que tenía supuesta cobertura, según la pantalla, pero daba error de señal. Fui en la bici a avisarla y dejé el móvil en el bolsillo. Quizás fue una decisión que marcó el destino de ese día y puede que de mi vida. Un detalle tan simple como dejar sin señal un móvil.

Cuando llegué a casa pensé que Brigitte ya estaba allí (yo iba en bici, ella en coche y vi cómo me adelantaba). Abrí la puerta y las perras me saludaron alocadamente como todos los días. Dejé la bici de pie en el pasillo y fui a cerrar la puerta... cuando escucho fuera, en el portal:

- ¡Uy se ha salido! - era la vecina de 70 años que vive al lado. Justo en ese momento estaba entrando ella y su chica de la limpieza y vieron salir a alguien. Mi mente trabajó deprisa, demasiado deprisa. Ahí estaba Thai pero Duna no. Ésta había aprovechado mi distracción sacando la pata de la bici para salir volando de casa y en un abrir y cerrar de ojos estaba en la calle. Y yo no podía con mi alma del cansancio que tenía.

Sin pensar salí de casa y vi a Duna de pie, feliz, en la puerta del portal, ya fuera. No sabía si insultar a las mujeres que la habían dejado salir o coger a Duna por el cuello y extrangularla por ser tan inconsciente. El mal genio me hizo gritar: ¡Duna ven aquí! ¡Ven aquí ahora mismo!

La perra me vio tan enfadado que se fue...(en ese instante se me paró el corazón). Fue un instante que se me ha quedado grabado en la cabeza como el peor error que he cometido en muchísimos años. Gritarle así a la perra fue fatal y si alguien se ve en una situación así y lee esto, que se tome sus segundos para respirar profundamente y que saque toda su amabilidad, falsa o no para llamar con cariño a su perro.

Al verla correr no pensé más... solo vi que la perra iba directa a la carretera, a apenas diez metros de distancia del portal.

- ¡Duna! - le grité, desesperado.

Al oírme, corrió más rápido. Duna es una mezcla de husky siberiano con pekinés y es de mediana estatura, pelo blanco canela y con ojos totalmente azules que llaman mucho la atención. Tiene una fuerza tremenda para ser de 14 kilos y no hablemos de lo rápido que puede correr. Solo por eso me di cuenta de que ni en mi mejor estado de forma jamás la alcanzaría si ella no lo quería. En el tiempo que tardé en salir de casa pude pensar un poco la situación y me di cuenta de que tenía que dejar que se olvidara del grito y debía llamarla con cariño si quería que me hiciera caso.

- ¡Duna! - la llamé, tratando de recuperar la calma -. Ven aquí cosita, ven, no pasa nada, ven...

Duna miró hacia atrás y no se metió a la carretera. Suspiré aliviado un instante, pensé que vendría, lo que tardó en salir disparada y por milagro del cielo no venía ningún coche en ese momento. Cruzó como una centella y fue al parque de en frente a casa. Corrió para alejarse de mí, que iba detrás corriendo cuanto podía. Ella de vez en cuando miraba hacia atrás y cuando me veía demasiado cerca corría como una loca. Me rodeó y volvió a la carretera, que por suerte tampoco venía ningún coche, y corrió sin salirse de ella hasta el desvío al pasadizo que pasa cerca de la casa hacia el otro lado, el autopista. Corrí tras ella pero me sacó 30 metros en un instante. Me di cuenta de que nunca la cogería por velocidad y ella nunca me haría caso ni vendría al llamarla. Me obligué a mi mismo a no llamarla, a intentar seguirla en silencio y tratando de que se relajara en su huida. Lo conseguí a medias, pero en su libertad absoluta bajó hacia la carretera de cuatro carriles y se metió por todo el medio sin ningún miedo. En esa carretera pasan coches a más de 80 km/h, a pesar de tener semáforos, y cuando la vi hacer eso casi se me doblan las rodillas derrotado por la desesperación. Ya lo estaba viendo, un autobús la arrollaría... Sin embargo no estaban viniendo coches, corrí por la acera siguiéndola y no pude evitar gritar de nuevo:

- Duna ven aquí, te van a atropellar estúpida.

Mi desesperación se tradujo en miedo en su corto entendimiento y al verme tan cerca volvió a apretar el ritmo hasta que llegó al cruce con otra carretera de otros 4 carriles y giró a la derecha por todo el medio. Al menos iba en el sentido de circulación por lo que algún coche que pasó la pudo esquivar bajando la velocidad. Yo corría tras ellas sintiendo que estaba usando fuerzas de donde no las había. ¿Cuanto había corrido ya? ¿Medio kilómetro? Y no podía descansar. Sin embargo, verla a menos de treinta metros me daba las energías necesarias.

- Mientras la tenga a la vista hay esperanzas... - pensé -, cuando la pierda de vista se acabó y tendré que seguir corriendo y buscando a ciegas. Puede que toda la noche, puede que durante días, tendremos que ir a todos los sitios poniendo carteles con su foto... como esa familia que perdió a su perro y dio una foto, el teléfono a la clínica veterinaria de "El refugio", y estaremos desesperados y temiendo que no aparezca de una pieza. Si es que aparece.

Todo eso pasaba por mi cabeza mientras mis piernas, a regañadientes, conseguían subir esa pendiente en un ritmo de carrera muy pobre. Pero al menos la seguía. Arriba Duna ya no estaba a la vista, corría demasiado para mí. Giré por la calle de la derecha porque no la vi en la que iba al frente y si estuviera en ella la habría visto. Vi a un chico y le pregunté si había visto pasar un perro blanco. Me dijo que no.

- Dios mío, ya la he perdido...

Di la vuelta y vi un parque donde ella suele hacer caca, corrí hacia allí y cuando llegué la vi justo en el extremo opuesto. Ella me vio y nada más verme salió corriendo hacia la dirección contraria. Se cruzó con un señor que llevaba un perro y pensé que podían pararla. Recordé que en Aluche un hombre perseguía a su perro Pancho como un loco y el perro no le hacía caso. Aquel día nos dijo que no podía volver a casa sin él y siguió buscándole. Entonces Pancho se puso a olisquear a Thai y aprovechamos para cogerle por el arnés hasta que su dueño le alcanzó. Nos dio las gracias y le puso la correa al perro. Pensamos que porqué habría dejado suelto al perro si no obedecía... En ese momento me di cuenta que pudo ser cualquier cosa, que se soltó sola, alguna rama había soltado el arnés... y pensé que alguien podría ayudarme si la entretenía o la cogía. A partir de ese momento no gritaba a la perra, gritaba a la gente que la veía.

- Por favor, sujeten a la perra. Es dócil, no hace nada. Sujétenla.

Pero la gente se me quedaba mirando como si hubieran visto un extraterrestre y la perra pasaba a su lado como si no la vieran. Me dieron ganas de gritar a todos los que me ignoraban que eran unos... Aunque la preocupación me obligaba a pasar de largo y seguir corriendo tras ella. Cruzó dos calles más y su ángel de la guarda evitó que vinieran coches. No conseguía reducir la distancia, siempre la tenía a treinta metros y cada minuto estaba más cansado, más desesperado y tenía menos confianza en que pudiera cogerla nunca. La gente parecía sacada de una película de terror, veían al perro decían que bonito y luego me miraban como si vieran un fantasma. ¡Tan difícil es entender que necesitaba ayuda! ¡Su ayuda!

En un parque vi que ella se detenía para mirar atrás. Me detuve y no le dije nada, ella se quedó quieta mirándome. Recordé que Laura, una amiga de una protectora, nos dijo que si se escapa un perro lo peor que se puede hacer es correr tras ellos porque piensan que estás jugando. Decidí usar esa teoría. No podía más así que hice el teatrillo de que no la seguiría, me senté en el jardín y sin perder un ojo de encima de ella me tumbé en el césped.

La muy hija de perra volvió la cabeza hacia mí y después siguió su camino, feliz por haberse librado de mí.

- Agg - exclamé desesperado-. Ven aquí, perra.

Saqué el teléfono móvil y quise llamar a Brigitte. El aparato seguía sin funcionar y lo metí en el bolsillo malhumorado. No tenía tiempo de reiniciarlo en ese momento. Entonces busqué a Duna con la vista y la vi por el rabillo del ojo por una calle por donde no pensaba ir. Ya me había metido por otra calle y de milagro la vi por la que no había elegido. Pensé que si hubiera conseguido hablar, seguramente no la habría visto porque habría tenido que marcar y no habría mirado en el momento justo. Una casualidad circunstancial que no me hizo apreciar más al móvil pero que al menos sirvió para que por una vez fuera más útil apagado que encendido.

La seguí lo más rápido que pude y la vi cruzar otra calle, caminando por todo el medio de la carretera. Y vi, al fondo, la avenida de San Luis. Allí los coches van a 70 km/h y siempre hay tráfico.

- Dios mío - recé en voz alta -. Por favor, soy incapaz de alcanzarla. Haz algo, ayúdame. Por favor, por favor, yo no puedo... nunca podré alcanzarla.

Empezaron a salirme lágrimas cuando la vi salir directa a la avenida con su paso rápido y alegre y vi que venía un coche a toda velocidad. La vieron a tiempo y frenaron con lo que la asustaron. El conductor lanzó improperios y me miró acusadoramente al verme llegar corriendo y sin aliento. Llegué a tiempo para ver cómo otro coche, de la dirección contraria frenaba y la asustaba de nuevo. Ella, al verse en peligro en la carretera, se fue a un jardín.

Al ver que estaba rodeada de setos y una valla aproveché mi último aliento para cortar su única salida. Ésta se percató de que ya no podía escapar y se agachó. Pensaba que la iba a pegar. Me acerqué a ella, aprovechando su rendición y la abracé... llorando y diciéndole que no me volviera a hacer eso, con la boca tan seca como un trozo de cuero curtido. Me quedé así hasta que pude volver a ponerme en pie. La gente ya no existía, no me importaba que todos me mirasen, que se fueran todos a la mierda. Ya no les necesitaba.

Estaba muerto de cansancio y tenía que llevar a casa a una perra de 14 kilos, sin arnés. Solo tenía el collar Escalibor que la protegía de garrapatas.

La cargué en brazos y comencé el retorno a casa rezando por que Brigitte hubiera llegado en seguida y hubiera cerrado la puerta antes de que Thai saliera. El camino era cuesta arriba, yo no tenía fuerzas y cada veinte pasos tenía que descansar. Solamente el miedo de llegar y encontrarme en casa a mi mujer, sin Thai, me hacía flaquear un poco más. Temía que hubiera salido la perrita detrás de mí y que no me hubiera podido seguir. Temía que la hubieran atropellado, que se hubiera perdido.

Cuando llegué a la calle de enfrente a casa vi a Brigitte, que me vio y se dirigió hacia mí con el arnés de Duna en la mano.

- ¿Está bien? - me preguntó.

- Sí, no puedo más - le dije, dejándola en el suelo y respirando, de rodillas.

Ella se puso a llorar mientras le ponía el arnés y me dijo que el móvil no valía para nada. Le dije que llevaba estropeado desde que fui a por la bici y lo cierto es que me dieron ganas de empotrarlo contra el suelo, pero recordé que gracias a que no funcionó no pude hablar con ella cuando la buscaba y si lo hubiera hecho, podría haberla perdido de vista. De alguna forma Dios usó ese aparato, para estropearlo y que no me desconcentrara en la búsqueda. Si hubiera entrado al jardín y yo no hubiera estado allí para cerrarle el paso, no la habría cogido y seguramente algún coche la habría atropellado.

- ¿Dónde está Thai? - pregunté, aún asustado.

- Cuando llegué estaba en el portal, las vecinas habían cerrado la puerta. Les pregunté qué hacía ahí Thai y me dijeron que la blanquita se había escapado y que tú habías salido corriendo tras ella. Ahí pensé, oh Dios mío, cuando venga la traerá herida o muerta. Encima escuché un derrape y un grito de perro y pensé que era ella. Qué mal rato he pasado, y encima el móvil de mierda no funcionaba.

Así pasó el susto y la angustia, bueno, en realidad nunca pasará porque la angustia se ha quedado incrustada en mi corazón hasta hoy. Aun siento que Duna está por ahí perdida y que no puedo alcanzarla. Nunca me he sentido tan impotente en mi vida y sin embargo, impotente y todo, conseguí lo que muchos no consiguen. Yo tuve la suerte de poder cogerla y llevarla a casa a salvo pero sé que hay muchas personas que no lo han conseguido. Gente que ha buscado sus perros por las calles durante días, que ha puesto carteles, que ha solicitado inútilmente la ayuda de la policía, que ha tenido que ir diariamente a las perreras municipales, esperando una llamada de esperanza.


 

 

            Toda historia tiene su principio y su final, esta historia comienza el jueves pasado, saliendo de mi oficina después de un día de trabajo tranquilo, mientras iba hacia la bicicleta aparcada junto a la gasolinera, cuando me encuentro la rueda de atrás blanda y que se le salió la cámara en cuanto me subí a ella. Lo primero que pensé fue que alguien me la había pinchado, pero luego vi el parche que le puse el viernes anterior y me di cuenta de que el calor del sol había hecho que se soltara el parche.

            Genial, pensé, al arrastrar la bici con la rueda floja hasta casa. La tuve que llevar a duras penas, tardando media hora. Por el camino hablé con Susi con el móvil, para decirle que seguramente iba directo a dónde la reparan para que me la tuvieran lista para el día siguiente, viernes. No sabía cuánto me costaría ya que podía estar reventada la cubierta o podía ser solamente la cámara.

            Llegué al taller de bicis y me dijeron que la tendrían lista a las ocho. Miré el reloj y acepté a regañadientes porque suponía que me lo iban a hacer en el momento. Me obligaba a volver a casa a pie (15 minutos más de caminata) y luego regresar media hora después para llegar a las 8. En fin, no tenía nada mejor que hacer esa hora, allí esperando, así que me fui para casa. Como Hortaleza está en un barrio lleno de cuestas para arriba y para abajo, cuando llegué a casa estaba agotado. No podía con mi alma así que le pedí a Susi que me llevara en coche a la tienda de bicis. Mientras yo fui a que arreglaran la bicicleta, ella sacó a Duna y a Chusky, nuestras perritas. Me llevó y la bici estaba a punto a las 8. 9 euros por cambiar cámara y mano de obra. El mecánico me dio una lección de cómo se ponen los parches (se desinfla del todo la rueda, se lija para que solo quede goma y no polvo, sin pasarse en la lija, se pone el pegamento, se extiende y se deja secar 4 minutos, después se pone el parche y tiene que quedar tan pegado que se le puede quitar el plástico de fuera sin problemas. Nunca se pone con aire en la cámara, nunca con la goma sucia, nunca es una solución definitiva y en cuanto puedas tienes que cambiar la cámara).

            Genial, tenía que avisar a Susi de que tenía bici y que se podía ir, pero el asqueroso teléfono no funcionaba bien. Uno recién adquirido, que tenía supuesta cobertura, según la pantalla, pero daba error de señal. Fui en la bici a avisarla y dejé el móvil en el bolsillo. Quizás fue una decisión que marcó el destino de ese día y puede que de mi vida. Un detalle tan simple como dejar sin señal un móvil.

            Cuando llegué a casa pensé que Susana ya estaba allí (yo iba en bici, ella en coche y vi cómo me adelantaba). Abrí la puerta y las perras me saludaron alocadamente como todos los días. Dejé la bici de pie en el pasillo y fui a cerrar la puerta... cuando escucho fuera, en el portal:

            - ¡Uy se ha salido! - era la vecina de 70 años que vive al lado. Justo en ese momento estaba entrando ella y su chica de la limpieza y vieron salir a alguien. Mi mente trabajó deprisa, demasiado deprisa. Ahí estaba Chusky pero Jacky no. Ésta había aprovechado mi distracción sacando la pata de la bici para salir volando de casa y en un abrir y cerrar de ojos estaba en la calle. Y yo no podía con mi alma del cansancio que tenía.

            Sin pensar salí de casa y vi a Jacky de pie, feliz, en la puerta del portal, ya fuera. No sabía si insultar a las mujeres que la habían dejado salir o coger a Jacky por el cuello y extrangularla por ser tan inconsciente. El mal genio me hizo gritar: ¡Jacky ven aquí! ¡Ven aquí ahora mismo!

            La perra me vio tan enfadado que se fue...(en ese instante se me paró el corazón). Fue un instante que se me ha quedado grabado en la cabeza como el peor error que he cometido en muchísimos años. Gritarle así a la perra fue fatal y si alguien se ve en una situación así y lee esto, que se tome sus segundos para respirar profundamente y que saque toda su amabilidad, falsa o no para llamar con cariño a su perro.

            Al verla correr no pensé más... solo vi que la perra iba directa a la carretera, a apenas diez metros de distancia del portal.

            - ¡Jacky! - le grité, desesperado.

            Al oírme, corrió más rápido. Jacky es una mezcla de husky siberiano con pekinés y es de mediana estatura, pelo blanco canela y con ojos totalmente azules que llaman mucho la atención. Tiene una fuerza tremenda para ser de 14 kilos y no hablemos de lo rápido que puede correr. Solo por eso me di cuenta de que ni en mi mejor estado de forma jamás la alcanzaría si ella no lo quería. En el tiempo que tardé en salir de casa pude pensar un poco la situación y me di cuenta de que tenía que dejar que se olvidara del grito y debía llamarla con cariño si quería que me hiciera caso.

            - ¡Jacky! - la llamé, tratando de recuperar la calma -. Ven aquí cosita, ven, no pasa nada, ven...

            Jacky miró hacia atrás y no se metió a la carretera. Suspiré aliviado un instante, pensé que vendría, lo que tardó en salir disparada y por milagro del cielo no venía ningún coche en ese momento. Cruzó como una centella y fue al parque de en frente a casa. Corrió para alejarse de mí, que iba detrás corriendo cuanto podía. Ella de vez en cuando miraba hacia atrás y cuando me veía demasiado cerca corría como una loca. Me rodeó y volvió a la carretera, que por suerte tampoco venía ningún coche, y corrió sin salirse de ella hasta el desvío al pasadizo que pasa cerca de la casa hacia el otro lado, el autopista. Corrí tras ella pero me sacó 30 metros en un instante. Me di cuenta de que nunca la cogería por velocidad y ella nunca me haría caso ni vendría al llamarla. Me obligué a mi mismo a no llamarla, a intentar seguirla en silencio y tratando de que se relajara en su huida. Lo conseguí a medias, pero en su libertad absoluta bajó hacia la carretera de cuatro carriles y se metió por todo el medio sin ningún miedo. En esa carretera pasan coches a más de 80 km/h, a pesar de tener semáforos, y cuando la vi hacer eso casi se me doblan las rodillas derrotado por la desesperación. Ya lo estaba viendo, un autobús la arrollaría... Sin embargo no estaban viniendo coches, corrí por la acera siguiéndola y no pude evitar gritar de nuevo:

            - Jacky ven aquí, te van a atropellar estúpida.

            Mi desesperación se tradujo en miedo en su corto entendimiento y al verme tan cerca volvió a apretar el ritmo hasta que llegó al cruce con otra carretera de otros 4 carriles y giró a la derecha por todo el medio. Al menos iba en el sentido de circulación por lo que algún coche que pasó la pudo esquivar bajando la velocidad. Yo corría tras ellas sintiendo que estaba usando fuerzas de donde no las había. ¿Cuanto había corrido ya? ¿Medio kilómetro? Y no podía descansar. Sin embargo, verla a menos de treinta metros me daba las energías necesarias.

            - Mientras la tenga a la vista hay esperanzas... - pensé -, cuando la pierda de vista se acabó y tendré que seguir corriendo y buscando a ciegas. Puede que toda la noche, puede que durante días, tendremos que ir a todos los sitios poniendo carteles con su foto... como esa familia que perdió a su perro y dio una foto, el teléfono a la clínica veterinaria de "El refugio", y estaremos desesperados y temiendo que no aparezca de una pieza. Si es que aparece.

            Todo eso pasaba por mi cabeza mientras mis piernas, a regañadientes, conseguían subir esa pendiente en un ritmo de carrera muy pobre. Pero al menos la seguía. Arriba Jacky ya no estaba a la vista, corría demasiado para mí. Giré por la calle de la derecha porque no la vi en la que iba al frente y si estuviera en ella la habría visto. Vi a un chico y le pregunté si había visto pasar un perro blanco. Me dijo que no.

            - Dios mío, ya la he perdido...

            Di la vuelta y vi un parque donde ella suele hacer caca, corrí hacia allí y cuando llegué la vi justo en el extremo opuesto. Ella me vio y nada más verme salió corriendo hacia la dirección contraria. Se cruzó con un señor que llevaba un perro y pensé que podían pararla. Recordé que en Aluche un hombre perseguía a su perro Pancho como un loco y el perro no le hacía caso. Aquel día nos dijo que no podía volver a casa sin él y siguió buscándole. Entonces Pancho se puso a olisquear a Chusky y aprovechamos para cogerle por el arnés hasta que su dueño le alcanzó. Nos dio las gracias y le puso la correa al perro. Pensamos que porqué habría dejado suelto al perro si no obedecía... En ese momento me di cuenta que pudo ser cualquier cosa, que se soltó sola, alguna rama había soltado el arnés... y pensé que alguien podría ayudarme si la entretenía o la cogía. A partir de ese momento no gritaba a la perra, gritaba a la gente que la veía.

            - Por favor, sujeten a la perra. Es dócil, no hace nada. Sujétenla.

            Pero la gente se me quedaba mirando como si hubieran visto un extraterrestre y la perra pasaba a su lado como si no la vieran. Me dieron ganas de gritar a todos los que me ignoraban que eran unos... Aunque la preocupación me obligaba a pasar de largo y seguir corriendo tras ella. Cruzó dos calles más y su ángel de la guarda evitó que vinieran coches. No conseguía reducir la distancia, siempre la tenía a treinta metros y cada minuto estaba más cansado, más desesperado y tenía menos confianza en que pudiera cogerla nunca. La gente parecía sacada de una película de terror, veían al perro decían que bonito y luego me miraban como si vieran un fantasma. ¡Tan difícil es entender que necesitaba ayuda! ¡Su ayuda!

            En un parque vi que ella se detenía para mirar atrás. Me detuve y no le dije nada, ella se quedó quieta mirándome. Recordé que Laura, una amiga de una protectora, nos dijo que si se escapa un perro lo peor que se puede hacer es correr tras ellos porque piensan que estás jugando. Decidí usar esa teoría. No podía más así que hice el teatrillo de que no la seguiría, me senté en el jardín y sin perder un ojo de encima de ella me tumbé en el césped.

            La muy hija de perra volvió la cabeza hacia mí y después siguió su camino, feliz por haberse librado de mí.

            - Agg - exclamé desesperado-. Ven aquí, perra.

            Saqué el teléfono móvil y quise llamar a Susana. El aparato seguía sin funcionar y lo metí en el bolsillo malhumorado. No tenía tiempo de reiniciarlo en ese momento. Entonces busqué a Jacky con la vista y la vi por el rabillo del ojo por una calle por donde no pensaba ir. Ya me había metido por otra calle y de milagro la vi por la que no había elegido. Pensé que si hubiera conseguido hablar, seguramente no la habría visto porque habría tenido que marcar y no habría mirado en el momento justo. Una casualidad circunstancial que no me hizo apreciar más al móvil pero que al menos sirvió para que por una vez fuera más útil apagado que encendido.

            La seguí lo más rápido que pude y la vi cruzar otra calle, caminando por todo el medio de la carretera. Y vi, al fondo, la avenida de San Luis. Allí los coches van a 70 km/h y siempre hay tráfico.

            - Dios mío - recé en voz alta -. Por favor, soy incapaz de alcanzarla. Haz algo, ayúdame. Por favor, por favor, yo no puedo... nunca podré alcanzarla.

            Empezaron a salirme lágrimas cuando la vi salir directa a la avenida con su paso rápido y alegre y vi que venía un coche a toda velocidad. La vieron a tiempo y frenaron con lo que la asustaron. El conductor lanzó improperios y me miró acusadoramente al verme llegar corriendo y sin aliento. Llegué a tiempo para ver cómo otro coche, de la dirección contraria frenaba y la asustaba de nuevo. Ella, al verse en peligro en la carretera, se fue a un jardín.

            Al ver que estaba rodeada de setos y una valla aproveché mi último aliento para cortar su única salida. Ésta se percató de que ya no podía escapar y se agachó. Pensaba que la iba a pegar. Me acerqué a ella, aprovechando su rendición y la abracé... llorando y diciéndole que no me volviera a hacer eso, con la boca tan seca como un trozo de cuero curtido. Me quedé así hasta que pude volver a ponerme en pie. La gente ya no existía, no me importaba que todos me mirasen, que se fueran todos a la mierda. Ya no les necesitaba.

            Estaba muerto de cansancio y tenía que llevar a casa a una perra de 14 kilos, sin arnés. Solo tenía el collar Escalibor que la protegía de garrapatas.

            La cargué en brazos y comencé el retorno a casa rezando por que Susana hubiera llegado en seguida y hubiera cerrado la puerta antes de que Chusky saliera. El camino era cuesta arriba, yo no tenía fuerzas y cada veinte pasos tenía que descansar. Solamente el miedo de llegar y encontrarme en casa a mi mujer, sin Chusky, me hacía flaquear un poco más. Temía que hubiera salido la perrita detrás de mí y que no me hubiera podido seguir. Temía que la hubieran atropellado, que se hubiera perdido.

            Cuando llegué a la calle de enfrente a casa vi a Susana, que me vio y se dirigió hacia mí con el arnés de Jacky en la mano.

            - ¿Está bien? - me preguntó.

            - Sí, no puedo más - le dije, dejándola en el suelo y respirando, de rodillas.

            Ella se puso a llorar mientras le ponía el arnés y me dijo que el móvil no valía para nada. Le dije que llevaba estropeado desde que fui a por la bici y lo cierto es que me dieron ganas de empotrarlo contra el suelo, pero recordé que gracias a que no funcionó no pude hablar con ella cuando la buscaba y si lo hubiera hecho, podría haberla perdido de vista. De alguna forma Dios usó ese aparato, para estropearlo y que no me desconcentrara en la búsqueda. Si hubiera entrado al jardín y yo no hubiera estado allí para cerrarle el paso, no la habría cogido y seguramente algún coche la habría atropellado.

            - ¿Dónde está Chusky? - pregunté, aún asustado.

            - Cuando llegué estaba en el portal, las vecinas habían cerrado la puerta. Les pregunté qué hacía ahí Chusky y me dijeron que la blanquita se había escapado y que tú habías salido corriendo tras ella. Ahí pensé, oh Dios mío, cuando venga la traerá herida o muerta. Encima escuché un derrape y un grito de perro y pensé que era ella. Qué mal rato he pasado, y encima el móvil de mierda no funcionaba.

 

            Así pasó el susto y la angustia, bueno, en realidad nunca pasará porque la angustia se ha quedado incrustada en mi corazón hasta hoy. Aun siento que Jacky está por ahí perdida y que no puedo alcanzarla. Nunca me he sentido tan impotente en mi vida y sin embargo, impotente y todo, conseguí lo que muchos no consiguen. Yo tuve la suerte de poder cogerla y llevarla a casa a salvo pero sé que hay muchas personas que no lo han conseguido. Gente que ha buscado sus perros por las calles durante días, que ha puesto carteles, que ha solicitado inútilmente la ayuda de la policía, que ha tenido que ir diariamente a las perreras municipales, esperando una llamada de esperanza.

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Comentarios: 2
  • #1

    guada (miércoles, 09 febrero 2011 23:04)

    yo perdi un perro y nunca lo encontré

  • #2

    carla (miércoles, 06 julio 2011 06:00)

    Si que fuen un dia de perros!

Animal es el que abandona a su mascota.

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