Antonio Jurado

8ª parte

 

            La cámara de fotos estaba sobre la mesita del salón. Quien quiera que la hubiera puesto ahí, quería que quedara claro que antes no estaba. Y nadie había roto los sellos policiales de la puerta, solo podían haber entrado y salido por la ventana. Un cuarto piso del centro madrileño no tenía escaleras de incendios. ¿Quién podía entrar por la ventana?

            Era una cámara réflex con flash incorporado. El carrete podía tener pruebas claras así que la llevaron a la comisaría. En una hora tenían las fotos reveladas en las manos.

            En muchas de ellas aparecía el señor Valentín de vacaciones, abrazado a una chica joven en la playa, curiosamente cada foto tenía una chica distinta y estaba en un lugar diferente. Las últimas fueron en su casa y lo más llamativo era que había sacado una foto de sí mismo con el brazo por encima del vacío.  Es decir, o fingía que estaba con alguien, o bien ese alguien no podía salir en las fotos, o bien, de alguna manera se había borrado. No era tan descabellado, aunque sí muy difícil de hacer. Las fotografías podían retocarse, aunque ninguno de los dos, ni Elisa ni Pablo, sabían cómo hacerlo. Además tenían el negativo original, habían visto cómo lo habían tratado con químicos para fijar la imagen. Era imposible que alguien las hubiera manipulado.

            - Dios mío - dijo Elisa, comprendiendo -. Ella no sale.

            - ¿Por qué sacaría una foto sin nadie al lado?

            - Vamos, abra su mente - replicó ella -. Esto prueba que es una vampiresa, tal y como dice Abel.

            - Señorita, creí que quería la verdad. Esto es una mierda, no supone ninguna prueba de nada. ¿O es que pretende ir al juez a decirle que hay una vampiresa suelta por la ciudad? Piense un poco, imagínese lo que supondrá eso para su carrera. Olvídese de que la contrate un bufete de abogados de renombre. Esto la hundirá, es mejor que destruyamos esta prueba, es obvio que alguien la llevó a la casa para confundirnos.

            - ¿Y cómo entró en la casa? Las personas no vuelan y entran por las ventanas. Solo pudo entrar ella si es una vampiresa. Quería que sepamos la verdad - discutió ella -. Abel es inocente.

            - O fue él quien preparó esta broma para salirse con la suya, para probar que existen los vampiros. Yo me inclino más por esta teoría. Esa chica es cómplice, estoy seguro. Pero ni el uno ni el otro son inocentes.

            - No puede hablar en serio - dijo Elisa.

            - Usted está ofuscada, quiere ganar y no le importa que le tomen el pelo. Deje de engañarse a sí misma, está defendiendo a un asesino.

            Elisa no supo cómo contestarle. Cogió la fotografía, la metió en su bolso ante la mirada crítica del inspector, con intención de presentarla en el juicio. A pesar de todo, no dijo nada, no podía decidir por ella. Si quería ponerse en ridículo, era cosa suya. El juicio sería dentro de una hora y ya no tenía tiempo para hacer nada más.

           

           

            Abel estaba preparado para salir y enfrentarse al mundo. No sabía si habían encontrado la cámara o si Elisa había hallado alguna prueba que demostrase su inocencia. Tenía confianza en que Sam cumpliría su palabra, para ella, él era la persona más importante del mundo y haría lo que fuera necesario para sacarle de allí. Necesitaba su sangre. Lo único que esperaba era que saliera legalmente para que le devolvieran sus pertenencias.

            Ante su asombro, a la salida de su pequeña cárcel los agentes le entregaron su cartera.

            - Toma, necesitarás presentar tu documentación para el juicio - le dijo el policía.

            Abel la cogió con las manos temblorosas y la abrió. El boleto de lotería no estaba a la vista, él mismo lo había escondido en uno de los bolsillos tarjeteros, bien doblado. Miró dentro y allí estaba, su pasaporte a la otra vida. Se metió la cartera en el bolsillo de la chaqueta aparentando indiferencia.

 

            De camino al tribunal solo le custodiaban dos agentes. No era mucho trayecto, era el mismo edificio en distinta planta, tenían que subir del segundo sótano a la novena planta. Se metieron en el ascensor y uno de los agentes presionó el botón nueve. El ascensor subió lentamente, era un viejo cacharro que en su tiempo debió ser caro pero no lo habían cambiado desde hacía más de veinte años. Los botones eran de los negros que se quedan fijos cuando los presionas.

            El ascensor se paró en la primera planta. Entró gente que se apelotonó delante de ellos. Les hicieron hueco echándose para atrás. Abel se sintió agobiado, se preguntó si todos irían más arriba ya que les resultaría difícil dejarles salir.

            Su preocupación fue absurda ya que en la tercera planta se bajaron casi todos. Solo quedó una mujer de unos sesenta años, de pelo blanco. Cuando se cerraron las puertas la mujer se volvió hacia ellos y tocó un botón del panel, con el que el ascensor se detuvo en seco.

            - ¿Qué demonios hace señora? - preguntó uno de los guardias.

            La mujer se volvió y les miró con cara de inocente.

            - Disculpe las molestias pero me tengo que llevar a su detenido.

            - No diga tonterías, estamos subiendo a su juicio.

            - O vamos, van a contrariar a una pobre mujer mayor - sacó un spray de su bolso y se lo roció en la cara a ambos agentes. Olía a cloroformo y éstos se quejaron de los ojos y cayeron al suelo retorciéndose de dolor hasta perder el sentido. La anciana presionó el botón de la primera planta y el ascensor se puso en marcha.

            - ¿Pero qué hace? - dijo Abel, asustado.

            - No seas estúpido, soy yo. Te dije que te sacaría de aquí.

            - ¿Pero no pusiste la cámara...?

            - Sí, pero eso no parece haberte ayudado mucho. Te condenarán igual.

            Abel abrió la boca, sorprendido. Las puertas del ascensor se abrieron, Sam  le puso su chal sobre las esposas que sujetaban sus muñecas y se le agarró del brazo. En esa planta bajaron y la gente casi no les dejó salir porque querían entrar en tropel. Cuando vieron a los guardias, los que entraron se quedaron mirando a la extraña pareja que salía sin saber qué hacer o decir. Daba igual porque el ascensor cerró sus puertas y subieron.

            Salieron del juzgado con naturalidad, sin que nadie se fijara en ellos. Aparentemente un chico salía con su madre del edificio. ¿Por qué iban a detenerlos? Nadie había avisado aún.

            Cogieron un taxi y Sam indicó que les llevaran a una dirección de fuera de Madrid.

            No dijeron nada en el largo trayecto.

            Se bajaron y ella pagó al taxista. Estaban frente a un chalet del que ella tenía las llaves.

            - Dios mío, has matado a más personas - se asustó Abel.

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Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página:

http://tonyjfc.jimdo.com

en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo logrando que incluso aquellos a los que no les gusta leer se enfrasquen en su lectura.

 

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