Diario de Jill Valentine

Día 7

           

            Durante las primeras horas en la torre del reloj comprendí que sin armas era una presa demasiado apetitosa y fácil para los zombis. Tuve que pasar junto a ellos sigilosamente, llamándoles la atención con piedras mientras me escondía y esperaba que fueran a donde el ruido y pasar sin problemas. Recordé mi adolescencia, que no fue nada fácil. Mi padre me enseñó a entrar en tiendas a hurtadillas para ganarnos el pan y me he visto obligada a usar esos mismos métodos con el fin de poder entrar en la torre y buscar algún arma.

            He encontrado soldaditos de Umbrella por todas partes. No me avergüenzo de decir que me alegré de ver que todos están muertos, aunque también me he alegrado de no ver a Carlos entre los cuerpos. Lo extraño es que no son zombis. Tienen los miembros arrancados de cuajo y nadie les ha mordido. Hay sangre y vísceras por todos lados. Me temo que no estamos solos los zombis y yo ya que en algunas salas, hasta los ellos están descuartizados. Es por eso que ni cogiendo dos fusiles de asalto y con más munición de la que he cargado en mi vida, me siento segura y sigo escondiéndome y procurando que ni los zombis me vean. La verdad es que aunque quisiera atacarlos son demasiados, si abro fuego se podrían juntar alrededor mío más de cincuenta. Algunos están quemados y caminan como los demás, da la impresión de que esos son más duros de pelar y me llevarían medio cargador cada uno. Aunque no pienso averiguarlo, es un suicidio llamar la atención, dado que "algo" puede estar al acecho. No quiero ni pensar que se trate del Tyrant. El que me encontré en la mansión de Umbrella, hace una semana estuvo a punto de matarnos a Chris y a mí y nos hizo falta una bazuca para derribarlo. Ni siquiera sé si lo matamos del todo, lo dejamos echando humo mientras subíamos al helicóptero. No me extrañaría que fuera el mismo quien ha causado tantas  bajas entre los hombres de Umbrella.

            También sospecho que hay alguna otra clase de monstruo que aún no he visto. Algunos zombis y soldados estaban... podridos con color verduzco pálido Era como si algún bicho enorme, una abeja quizás, les hubiera picado y por el veneno se hincharon. Cada cosa que veo más me hace odiar más a Umbrella y su particular fauna de los horrores.

           

Más tarde

 

            Buscando por la torre algún documento que me ayudara a entender qué hacían aquí los soldados de Umbrella conseguí encontrar a uno que llevaba un equipo de radio más sofisticado. Este tenía unas instrucciones en una carpeta de plástico donde se decía que había que hacer tocar la campana de la torre para que un helicóptero vaya a recogerlos. Al parecer si no ocurre antes de esta tarde a las ocho, los darán por muertos y pondrán en marcha el plan B. Ignoro cual es pero me imagino que no es nada bueno.

 

            Faltan tres horas para las ocho de la tarde y todavía no he entrado en el torreón. Ya me he cruzado con criaturas que parecen salidas de pesadillas. Las arañas gigantes escupen un veneno que sólo por el olor casi te paraliza. Por suerte son muy blanditas y con un fusil de asalto quedan reducidas a un moquillo verde con apenas un par de ráfagas.

            Sigo sin saber qué es lo que mata a los mismos zombies y espero no averiguarlo nunca.

            La buena noticia es que al fin encontré a Carlos. Aunque sería más exacto decir que él me encontró a mí cuando estaba disparando a la araña gigante y me vi rodeada de zombis. Si no hubiera intervenido ahora no lo estaría contando. Me salvó por los pelos.

            Sin embargo se encontraba mal, cuando terminamos con todos los que había a la vista se puso a llorar y me dijo que no valía la pena seguir luchando, que íbamos a morir igual. Aun tengo que contarle lo que he descubierto sobre hacer sonar la torre a las ocho, pero no pienso perder el tiempo en buscarlo. Si quiere salvarse tendrá que volver a encontrarme él a mí.

 

Más tarde

 

            Si las cosas pueden ir mal, seguro que van mal. Es la puta ley de Murphy. Tenía que hacer sonar la torre del reloj para pedir un helicóptero y cómo no podía ser de otro modo, no funciona. Le faltan piezas y no sé dónde voy a encontrarlas. Menos mal que no está Carlos cerca porque si encima tengo que soportar sus lloriqueos creo que le hubiera golpeado para que se callara.

            ¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? Por una vez tenía esperanzas de salir con vida de aquí, pero no, el puto reloj estaba averiado en el peor momento posible. No sé qué hacer, buscaré herramientas por ahí a ver si puedo ingeniar algo para que suene la campana. Si no lo consigo antes de las ocho…, mierda son las siete.

            Si no actúo pronto, este sería mi último apunte en la libreta.

 

Más tarde

 

            He recorrido de arriba abajo la maldita torre y encontré todo lo que necesitaba. Hice funcionar el armatoste y sonó la campana. Las cosas iban estupendamente cuando apareció el helicóptero de Umbrella y comenzó a aterrizar en el patio. Pero ese cabrón de mutante llegó justo en ese momento y disparó un misil a nuestros salvadores. La explosión fue brutal, casi me dejó ciega y sorda y la metralla me causó cortes por todo el cuerpo. Luego apuntó hacia mí y esquivé el misil. Pero éste dio de lleno en la torre, que se vino abajo y los escombros me golpearon por todo el cuerpo dejándome bastante maltrecha. Pero eso no fue lo peor. El monstruo vino hacia mí y me agarró por la cara. Su arpón me iba a atravesar cabeza cuando apareció Carlos y le descargó diez cartuchos de escopeta. Le reventó, no quedó un rostro reconocible, y lo arrojamos al fuego para terminar de acabar con él de una vez por todas pero se levantó de entre las llamas y de dos zancadas se escapó de nuestro campo de visión.

            Cuando nos quedamos solos, me sentía mareada. Pensé que había sido por los golpes de los escombros en mi espalda, o los cortes de los cristales. Pero no tenía huesos rotos ni hemorragias. Sólo magulladuras por todo el cuerpo.

            — Estás infectada —me dijo Carlos.

            Para demostrar que estaba en lo cierto me puso un cristal delante y pude ver que habían comenzado a oscurecerse mis cuencas oculares y que unas horribles venas azules comenzaban a invadir mi cara.

            — Vete, no hay cura para esto —le dije.

            — No voy a marcharme sin ti. Escuché decir a un médico que habían conseguido que Umbrella les proporcionara vacunas. Seguro que las tienen en el hospital, sólo tengo que encontrarlas.

            — Eres un iluso. Pero gracias por darme esperanzas. Si cuando llegues ya no soy yo… Dispárame sin dudar. No quiero ser un zombi, no puedo acabar así.

            — Llegaré a tiempo —respondió.

            Nos quedamos mirando y sentí ganas de besarlo. Pero eso probablemente le hubiera contagiado también a él.

            Buf, Ya son las nueve, el helicóptero ya no vendrá y no hay torre,… La única prisa que tiene Carlos es que consiga llegar antes de que el virus me transforme en zombi.

            Me tiemblan las manos… Yo creo que ya es demasiado tarde… Tengo sueño.

 

Comentarios: 3
  • #3

    Denis (lunes, 22 octubre 2012 21:51)

    va muy bien!

  • #2

    naruto7 (viernes, 31 agosto 2012 01:28)

    va bien la historia sigue asi

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 30 agosto 2012 12:22)

    Si te gusta o si no te gusta como va la historia este es el momento de decirlo.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página:

http://tonyjfc.jimdo.com

en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo logrando que incluso aquellos a los que no les gusta leer se enfrasquen en su lectura.

 

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