El investigador que interrogaba a las paredes

33ª parte

— Tampoco tenemos fuerza para correr, de momento —explicó Antonio dejándose caer en una silla del salón.

— Estoy de acuerdo —secundó Jackson.

— Descansar lo que queráis pero no se os ocurra comer nada —cedió Sam.

Antonio resopló aliviado. Le asustaba el momento de regresar al avión ya que si ya le detestaban de por sí, cuando supieran que no se sentía capaz de pilotar ese aparato le darían la paliza de su vida.

Cuando pilotó la avioneta allá sobre el año 2006 acababa de leerse el manual y el antiguo dueño le explicó dónde estaban los controles básicos y lo que debía hacer secuencialmente al despegar y aterrizar. El manual le ayudó pero asentando conocimientos con lo que el tahitiano le explicaba.

Si su memoria fuera prodigiosa o hubiera seguido pilotando avionetas, seguramente podría hacerlo pero no recordaba ni lo que comió hacía tres días, cuanto menos aquellas lecciones de pilotaje.

Asumió la responsabilidad de pilotar porque necesitaba a esa gente y, siendo sincero consigo mismo, no creyó que ninguno sobreviviera tanto tiempo. Ahora se aferraban a él aun odiándole sólo porque según ellos podía sacarles de allí. Si les contaba todo eso...

«Antonio sube a la planta de arriba» —sintió la voz de Verónica.

Notó con absoluta claridad su presencia de aura violeta. Hacía tiempo que no escuchaba a su vieja amiga del más allá. A diferencia de otros prestidigitadores que aseguraban ver espíritus, él los escuchaba en su mente y su imagen solía rodearse de un color. Ni Alastor conocía eso por lo que supo que no era él.

— Voy a ver qué pasa arriba —dijo, como si fuera ocurrencia suya—. No me gustaría que empiecen a trepar y entren por ahí.

— Buena idea, te acompaño —se apuntó Sam.

— Nosotros vigilaremos abajo —dijo Erika mirando con complicidad a Jackson.

Antonio y Sam subieron las escaleras y se pusieron nerviosos al escuchar ruido en una de las habitaciones. Eran gemidos de zombi. ¿Ya habían entrado?

«No tengas miedo» —aconsejó Verónica.

«¿Por qué?»—contestó.

«Confía en mí».

Cogió el pomo de la puerta y Sam dio tal empujón que casi lo tira al suelo.

— ¡No abras! Hay zombis dentro.

— Joder que susto me has dado... —se acercó de nuevo a la entrada y añadió—: Tranquila mujer, no hay nada que temer.

Abrió la puerta y esta graznó como un cuervo. Nadie se abalanzó sobre ellos pero Sam se mantuvo alerta con la punta del sable por delante.

Cuando la abrió del todo vieron a una mujer temblando y sudando en el suelo, en una esquina. Era Ángela y no parecía ser un zombi.

— No me lo puedo creer —siseó Samantha, asombrada.

— Se ha curado sola —añadió Antonio,  no menos sorprendido.

Aun así se acercaron con cautela y Ángela les vio.

— Has vuelto —dijo con voz extremadamente débil.

Al ver que era capaz de hablar Antonio corrió junto a ella y se arrodilló a su lado.

— Te traigo sangre... —No sabía qué decirle, se dio cuenta de que no la necesitaba después de escucharse.

— ¿A mí? Los vampiros son ellos —protestó—. Te has tomado enserio tu promesa.  

— No tienes idea de cuanto —replicó Sam poniendo los ojos en blanco.

Cogió aire, le costaba respirar. Apenas parecía poseer fuerzas para hablar, debía tener mucha fiebre.

Antonio le puso la mano en la frente y la notó helada

— Vamos a salir de este lugar –informó Antonio—. Pero, dime, ¿qué ha pasado?

El calor de su mano la hizo sonreír. La confortaba y se sintió un poco más fuerte.

—Nunca perdí la conciencia —susurró—, cuando me encerrasteis estuve aguantando un hambre voraz. Alguien regresó, Lara creo. Quiso matarme pero me liberó y tuve miedo de hacerle daño... Corrí a esconderme. Vine a esta habitación y si me hubiera encontrado sé que la habría matado. El hambre ha remitido pero siento mi corazón muy débil.

— Vamos a descansar, estamos seguros aquí de momento. Luego...

«No te preocupes por pilotar—dijo Verónica en su mente.

—Saldremos de este infierno —añadió seguro de las palabras de su amiga del más allá.

«No me refería eso» —explicó Verónica.

 

 

 

 

 

 

 

Lara se abrochó el cinturón de seguridad mientras sujetaba la bolsa de plástico entre las rodillas.

— Espero que esta porquería no me contagie —dijo en voz alta.

El soldado le dedicó una mirada de incomprensión.

— ¿A qué esperas para darme una bolsa más segura? ¿Han repartido cerebros y tú te has quedado fuera?

El rubio se quitó la máscara y al ver que se trataba de Aquiles se quedó pálida. ¿No les había dicho Ángela que estaba muerto?

— La sangre zombi no me afecta —dijo, con presunción.

— Me alegro por ti, pero la que corre peligro soy yo. Esta cabeza sigue chorreando sangre y no me gustaría que me salpique en cualquier turbulencia.

Tenían que hablar a gritos por el tremendo ruido de los rotores.

— Agradece que te hemos ido a buscar —respondió—. Y no te preocupes, no volaremos muy lejos. En cuanto verifiquen la identidad de la asesina la incineraremos. Y si te has confundido de víctima, tú irás al horno detrás, estés infectada o no.

Aquella afirmación le heló la sangre. Significaba que tenía poco tiempo de vida a menos que se le ocurriera algo. Además ese tipo sabía algo, sino ¿por qué esa amenaza gratuita?

Recordó lo que ocurrió cuando cortó las ataduras de Ángela, quería luchar contra ella y esperó un ataque de frente, una lucha de tú a tú... Pero se fue corriendo escaleras arriba como si no la viera y cuando quiso seguirla ya no pudo encontrarla, no había rastro de ella en los alrededores de la casa. Mientras la buscaba, vio a una mujer zombi aún viva sin piernas en donde lucharon Antonio y los demás. Le cortó la cabeza a ella. No tenía mucho tiempo de buscar a Ángela y necesitaba salir cuanto antes de ese infierno. Pero no contaba con que se tomarían tan mal su engaño.

 

 

Tenía tres opciones:

 

Tratar de reducir a Aquiles ahora que estaba sólo.

Esperar a llegar a su destino y pensar allí qué hacer sobre la marcha.

Sincerarse con el soldado y pedirle ayuda para buscar a Ángela.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página:

http://tonyjfc.jimdo.com

en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo logrando que incluso aquellos a los que no les gusta leer se enfrasquen en su lectura.

 

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