El ojo misterioso

8ª parte

            Entre el aparato y la pared había una cosa enorme y peluda tumbada como si fuera un perro en una caseta. Afortunadamente él estaba viendo la parte de la cola y no la cabeza, pero no le tranquilizó mucho porque era un animal del tamaño de un elefante que tenía la forma de un lobo de pelaje grueso. El boquete encajaba perfectamente con su cuerpo y por eso el sol no entraba por la apertura.

            — Mierda —susurró—. Espero que puedan salir por la cabina.

            En el interior del aparato no había luz, lo que resultaba descorazonador. ¿Habían salido ya? Si era el caso, seguramente estarían muertos. Sin  embargo no quiso irse sin estar seguro. Alumbró al interior del aparato y vio que el interior de la cabina estaba lleno de sangre.

            — No puede ser... ¿Se metieron dentro los zombis?

            No podía ver mucho más así que buscó algo en lo que subirse y no vio nada por allí. Tuvo que correr a por una silla, más allá de los arcos de seguridad y volvió cargando con una, que utilizó para poder subirse y ver lo que había pasado ahí dentro. Su linterna sufrió un pequeño corto y la luz se negó a brotar de ella unos segundos. La bestia seguía dormitando en la entrada y no parecía enterarse de nada de lo que hacía aunque procuró no hacer ningún ruido. Cuando la luz volvió a surgir, después de golpear un par de veces el chisme, pudo ver con claridad el interior de la cabina.

            — Mierda —susurró.

            El piloto estaba sobre un lateral de la cabina y las azafatas estaban en el suelo, inmóviles. ¿Estaban muertos? Intentó averiguar cómo y no tardó en descubrir una pistola negra en la mano del piloto. Su cabeza tenía un agujero de bala en la sien izquierda, un agujero por el que podía caber una pelota de tenis. Las azafatas también tenían un único agujero de bala en la frente.

            Bajó de la silla y tuvo que contener las ganas de vomitar. Ahora sí que estaban jodidos... Si se habían suicidado era porque no querían morir devorados por los zombis... O peor aún, no querían convertirse en zombis.

            Pensó que si pudiera coger esa pistola se sentiría más seguro, pero no le serviría de nada contra semejante bestia, sería como disparar alfileres a King Kong.

            Volvió por donde había venido y cuando pasó el arco de seguridad se sintió a salvo de la bestia.

            Subió las escaleras mecánicas con tranquilidad y apagó la linterna ya que la luz volvía a reinar por allí. Cuando estaba por la mitad del pasillo de subida vio una figura humana acercándose lastimosamente a la salida de las escaleras. Se descubrió desarmado ya que no tenía más armas que las monedas de sus bolsillos. El zombi levantó trabajosamente sus brazos hacia él y emitió un gemido sobrenatural que le heló la sangre.

            — Juan... —susurró, impresionado—. Apártate Juan no quiero hacerte daño.

            Su voz solo consiguió animar al zombi para que corriera hacia él pero las escaleras eran demasiado complejas para su torpe forma de andar y cayó de bruces con los brazos por delante y dejando un reguero de sus propias vísceras en su descenso aparatoso por las escaleras. Luis no tuvo dificultad alguna para pasar por encima de él, que seguía intentando alcanzarlo con sus manos. Una vez arriba Luis vio que no era el único zombi por allí. El cuerpo de David también estaba caminando en círculos y apenas se le reconocía la cara por los terribles mordiscos que le habían dado. Sus ojos estaban negros pero podían ver ya que comenzó a correr hacia él en cuanto salió de las escaleras.

            — ¡Joder! — gritó desesperado.

            Corrió en dirección contraria y luego le esquivó para dar la vuelta y regresar a los baños. Tenía tres monedas en la mano y pensó tirárselas si se acercaba demasiado pero si tenía esos mordiscos en el cuerpo y seguía en pie, dudaba mucho que unas moneditas le detuvieran lo más mínimo.

            Llegó al baño de las chicas y cerró la puerta tras él. Se quedó apoyado en ella mientras respiraba y vio que María se alegraba de verle desde el techo.

            — Lo has conseguido —dijo.

    No, ahí fuera solo hay muerte... —rectificó él, desanimado.

 

 

            Regresó al único lugar libre de zombis, el falso techo, y le contó lo que había visto a su compañera. Ésta no parecía afectada por su relato ni por el pesimista tono con el que le habló.

            — Eso nos quita dolores de cabeza —decidió ella—. Ahora podemos ir de compras sin prisa ninguna.

            — ¿Solo has escuchado lo de las tiendas? —regañó Luis—. Estamos en un callejón sin salida, los únicos que sabían lo que estaba pasando se han suicidado, lo que nos lleva a la inevitable conclusión...

            — De que no dependemos de nadie para escapar de esta isla  —completó María—.  Eso significa que ya no tenemos que salir de esta tienda ni exponernos a más peligros, estaremos bien.

            — Visto así... No suena tan mal.

            María había bebido una botella de vino tinto para desayunar así que no le extrañó demasiado su actitud desenfadada.

            Examinaron las tiendas desde arriba y a media mañana habían recogido cosas como cámaras digitales, teléfonos móviles, unos prismáticos y ordenadores  portátiles. Tantas que a Luis le dolían los brazos de tanto subir y bajar.

            — Podemos mandarnos sms —dijo ella.

            — No podemos, no hay cobertura y además...

            — Sí que podemos, mira, aquí dice que se pueden comunicar dos terminales cercanos como si fueran walki talkis. Si es así, cuando nos separemos podremos comunicarnos.

            — A ver, qué interesante. Deberíamos probarlo.

            Siguiendo las instrucciones del manual consiguieron comunicarse a través de los teléfonos y después los apagaron y decidieron ahorrar batería para cuando los necesitaran.

            Aquella tarde no hicieron mucho más, se entretuvieron con sus adquisiciones gratuitas y les alcanzó la segunda noche.

            — ¿Qué haremos mañana? –preguntó ella.

            — Sobrevivir, igual que hoy.

 

 

 

            Aquella noche no tuvieron la visita del lobo gigante, durmieron como si no hubiera peligros, agotando entre ambos una botella de vino y una tabla de quesos de origen francés.

 

 

 

 

            La mañana fue muy tranquila ya que sus intentos de comunicación con el exterior fueron inútiles.

            Se les ocurrió que podían buscar los generadores de electricidad para tratar de activar la antena y el radar del aeropuerto, pero no sabían por dónde empezar y seguramente no tendrían las llaves necesarias ni conocimientos para activar la comunicación.

            Se quedaron sin ideas y volvieron al local donde dormían, donde estaban tenía varias ventanas que daban al mar y ambos se quedaron absortos con la bella vista del pacífico.

            — ¿Tienes novia o mujer? –preguntó ella.

            — No, nada de eso, ¿y tú?

            — No, a mí me van los tíos.

            — ¿Los tríos? Vaya una viciosilla, aquí lo vas a tener complicado, como no quieras un zombi...

            — He dicho tíos, tonto.

            — Ya lo sé. Estaba bromeando.

            María no se rió pero le miró sonriente. Luis empezaba a darse cuenta de que era una chica guapa, algo torpe y gruñona, pero su cara era muy agradable cuando sonreía. Ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento.

            — No me has contestado —insistió Luis.

            — No, no tengo pareja.

            — Pero seguro que has tenido —indagó él.

            — No muchas, la verdad. Estuve cinco años con Roberto, que fue el primero. Luego no salí con nadie en dos años, conocí a Rubén que era el hermano de mi amiga Clara... Con él estuve un año y medio y luego me pasé tres años sola hasta que me enamoré de un profesor en la universidad, que no fue más que un rollo de unas semanas. La verdad, dudo que exista mi media naranja, cuanto más conozco a los hombres más me doy cuenta de ello.

            Se lo quedó mirando sonriendo.

            — ¿Y tú? ¿Cuál es tu historia?

            Luis se la quedó mirando medio ofendido. Pero al parecer era habitual en ella soltar puyas como esa y lo peor era que empezaba a acostumbrarse.

            — Vaya tuviste novios desde muy joven. No debes tener más de veinticinco años y tienes más experiencia amorosa que yo.

            — Cuenta, cuenta.

            — Bueno yo solo he estado enamorado una vez y fue a los catorce años. En realidad no fue una relación, más bien era un amor platónico. Ella nunca supo lo que sentía... Es más, nunca hablé con ella.

            — Jo que triste —opinó María.

            — No te creas, lo tengo superado. Creo que nunca he salido con nadie porque las chicas que me gustan mucho suelen ser desconocidas y no me atrevo a hablar con ellas.

            — Entonces, deduzco que no te gusto.

            Luis se la quedó mirando sorprendido. Ella no parecía desilusionada, más bien al contrario.

            — No hemos empezado por buen pie —bromeó—. A lo mejor si no tuviera la sensación de que te habrías quedado con David en lugar de conmigo me sentiría diferente.

            — David se sacrificó por mí —aclaró ella—. No me entiendas mal, no quiero que mueras de forma tan horrible, pero nunca olvidaré lo que hizo.

            — Lo sé, el tío era un auténtico héroe. Ojala siguiera en nuestro grupo.

            — No quiero morir así —añadió ella.

            — ¿Morir? ¡Ja! David no está muerto. Le vi fuera, convertido en zombi.

            — No bromees con algo así —pidió ella-. Eso no es vivir.

            — No es broma, debe estar ahí fuera si es que no se lo ha comido el monstruo ese. No sé si podrá volver a ser el de antes, pero vivo está... Porque tiene mucha hambre.

            María suspiró imaginándolo, con cara de dolor y se quedaron mirando la ventana hacia el mar. Entonces sus ojos captaron algo que tardaron en asimilar.

            Ambos miraron asombrados algo que no esperaban ver allí. Un buque de guerra inmenso apareció en el horizonte y avanzaba lentamente hacia la isla. Se levantaron y se acercaron a la ventana ilusionados. No tenía bandera visible pero estaba claro que estaba muy preparado para la batalla naval.

            — ¡Estamos salvados! —gritó María—. ¡Han venido a buscarnos!

            — Vaya, pues se han dado mucha prisa —replicó Luis, que no estaba tan contento—. ¿Seguro que vienen por nosotros?

            — No seas tonto, pues claro que vienen, ¿por qué sino?

            — Yo que sé... Tienes razón. ¡Esto hay que celebrarlo!

 

 

 

 

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Comentarios: 4
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 28 mayo 2012)

    Después de la tormenta siempre llega la calma. No te pierdas las siguientes partes.

  • #2

    Bellabel (lunes, 28 mayo 2012 16:41)

    Gracias esta buenisíma. :)

  • #3

    yenny (lunes, 28 mayo 2012 18:40)

    Espero que la otra parte se ponga interesante porque estas partes han sido muy predescibles y un poco aburridas, pero se ve que la que sigue va a estar mucho mejor :)

  • #4

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 28 mayo 2012 19:10)

    Se puede decir que la historia está cogiendo aire para el resoplido final.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página:

http://tonyjfc.jimdo.com

en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo logrando que incluso aquellos a los que no les gusta leer se enfrasquen en su lectura.

 

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