Entre la tumba y el ataúd

4ª parte

            Aquello era demasiado, mucho más de lo que podía soportar. ¿Por qué había añadido esa amenaza? Ya había aceptado ayudarle.

            - Quiero empezar ahora pero dígame cómo obtuvo ese poder - inquirió el viejo, como si le entrevistara sin malicia alguna.

            Quería volver a negar que pudiera ver el futuro, pero aquella foto le quitó las ganas de hacerse el valiente.

            - No lo aprendí - replicó -. Es un regalo de Dios.

            - No le creo, yo no le he dado nada - bromeó el viejo.

            - Existe un Dios que lo puede todo y que, aunque no se lo crea, le deja a usted a la altura de las cucarachas.

            - Habla como si le hubiera visto.

            - Así es - respondió, seguro de sí mismo.

            - ¿Cómo era?

            - Un hombre joven, agradable, confiable, poderoso. Derrotó al Diablo con solo tocarlo.

            - Vaya, está usted hecho un relaciones públicas. ¿También vio al Diablo?

            - Por desgracia - reconoció.

            - Eso lo hace más interesante porque no creo en más dioses que en mí mismo.

            Antonio sonrió y negó con la cabeza. Recordó la advertencia de Verónica y se abstuvo de expresar sus dudas al respecto.

            - Puede ser que tenga a muchos perritos que bailan al son de su trompeta - dijo Antonio -. Pero le aseguro que si me intenta matar a mí o a mi mujer, vendrá Dios, el de verdad - aclaró -, y colgará sus orejas en las puertas del infierno.

            Alastor le sostuvo la mirada desafiante. Antonio se regañó a sí mismo por hacer justo lo que no debía hacer, ofenderle.

            - Sabe quién soy - afirmó el viejo -. Y aún así se atreve a insultarme.

            Se puso en pie y apretó los puños. Los ojos se le pusieron negros y Antonio sintió que se quedaba sin respiración.

            - Le voy a contar una historia mientras recapacita sobre sus inapropiadas palabras - dijo el viejo, sin dejarle respirar -. Hace más de diez mil años un cometa se estrelló en lo que hoy día se conoce como Perú, la cordillera de los Andes. Pero aquello no fue el principio. Yo soy el principio y fin de todo, el pasado y el futuro. Sin mí, la raza humana no sería más que una caterva de monos con lanzas que solo tendrían en esta vida el instinto de la caza y la reproducción y sobreviviríais en cuevas o chozas de paja. Sois la raza que sois porque yo lo decidí así, he llevado los hilos de vuestros avances, he sido el guía de vuestro intelecto. Necesito que lleguéis a construir en el futuro mi carro celestial, el que me llevará de vuelta a casa.

            Sus ojos volvieron a ponerse blancos y Antonio pudo volver a respirar. El viejo señaló al cielo y esbozó una triste sonrisa.

            - ¿Qué demonios es usted? - preguntó, con dificultades.

            - Soy dios - replicó él -. El único dios que vas a conocer fuera de tus locuras.

            - ¿Ah si? - preguntó Antonio, sonriente -. ¿Entonces para qué necesita un dios aprender de un mono?

            Alastor se volvió hacia él y no respondió a su pregunta.

            - He decidido perdonarte la vida temporalmente - fue lo único que dijo -. Ahora enséñame o tus privilegios se acabarán.

            Antonio suspiró, se acabó su tregua, el viejo había cogido confianza y empezaba a tutearle, cosa que podía ser buena o mala. Al menos le trataba como un igual y eso era un avance.

            - ¿Cómo quiere que le enseñe algo que ni yo mismo sé cómo lo hago?

            El anciano sacó un aparato del bolsillo y presionó un botón.

            - Podéis traerlo - dijo por el auricular.

            Abrieron la puerta de la habitación y los gorilas metieron una mesa con cartas de tamaño de un libro mediano. Alastor se acercó a ellos y cogió las cartas para mostrárselas a Antonio. Eran símbolos sencillos como un triángulo, círculo, cuadrado, líneas paralelas, estrellas, etc.

            - Vamos a jugar primero y tendrá que ganarme. Mi mejor tanda es de tres aciertos de cinco. Si me supera le dejaré vivir hasta mañana.

            Antonio se puso blanco. Verónica solo acudía cuando su vida estaba en juego y, aunque ese era el caso, no sabía si acudiría a su llamada.

            «No te preocupes, aquí estoy» - dijo ella, devolviéndole la confianza.

            - Genial - dijo, sonriente -. Y si gano, ¿me dejará leer algo? Es aburrido esperar todo un día.

            - Antes demuéstreme que se merece vivir ese día. Le voy a estudiar detenidamente. Usted no lo sabe pero cuando le toqué el pecho, ayer, establecí un vínculo muy fuerte entre usted y yo. Ahora puedo saber exactamente los procesos físicos y químicos de su cuerpo y podré imitarlos.

            - Impresionante - dijo Antonio, asqueado. ¿Qué le habría metido en el cuerpo?

            - Soy una criatura incomprensible para su primitiva inteligencia, solo espero que se esmere y demuestre lo que sabe hacer.

            Antonio sentía más desprecio por la arrogancia de ese viejo. Seguía sin poder creer lo que sabía de él, a pesar de que no podía negar que fuera cierto.

            - Empecemos, señor Jurado.

            Uno de sus hombres mezcló los naipes concienzudamente y colocó diez sobre la mesa. Ni siquiera él vio las cartas al colocarlas.

            - Comience - invitó con una sonrisa.

            - La primera es...

            Estuvo muy atento a lo que le dijera Verónica pero ésta no decía nada.

            - Necesito concentrarme.

            Miró fijamente la primera carta de la izquierda y siguió atento a cualquier cosa que dijera su amiga.

            «Es una estrella» - le reveló finalmente.

            - Una estrella - dijo, finalmente.

            Alastor le miró desconfiado. El gorila cogió la carta y la levantó... pero no levantó la que Antonio esperaba, a la izquierda, sino la del extremo de la derecha.

            - Una estrella, señor - reconoció el hombretón.

            Aquello desconcertó a Antonio y a su anfitrión. Éste se había fijado que él miraba la carta del otro extremo de la fila y aún así había acertado. Seguramente pensó que había tenido la suerte del principiante.

            - Ahora es mi turno - dijo el viejo.

            Alastor suspiró y se concentró. La herida del pecho comenzó a arderle a Antonio como si hubiera agua caliente derramada encima. Se tocó los apósitos y pensó que sería efecto de la tensión del ambiente. Pero se dio cuenta de que era porque Alastor se concentraba y lo que quiera que le hubiera dejado en su pecho, subía de temperatura al hacerlo.

            «No te preocupes»- dijo Verónica -, «nunca me escuchará porque solo puede detectar sustancias químicas y procesos físicos. Nunca detectaría mi presencia incorpórea atemporal.»

            - Un círculo - dijo el viejo.

            El hombretón levantó la carta del otro extremo y salió un cuadrado.

            - Maldita sea - protestó, enérgico. No tenía buen perder, por lo visto.

            «Acaba con esta competición, di todas las que te quedan que son líneas paralelas, triángulo, número uno y letra G mayúscula.»

            - ¿Quiere que le ayude señor Alastor? - preguntó, burlón.

            - ¿Cómo? - preguntó el viejo, confuso.

            - Las mías son muy fáciles, son líneas paralelas, triángulo, el uno y la G mayúscula. Si quiere le digo los suyos, lo digo porque tengo sueño y me suelen las heridas, me gustaría descansar el mayor tiempo posible.

            Alastor vio que el hombretón levantaba ordenadamente sus cartas y salían exactamente las que él había dicho.

            - ¿Como lo ha hecho? - preguntó, desconcertado -. Ni siquiera se ha concentrado.

            - Señor Alastor, todopoderoso y sabelotodo... -se burló -. Solo soy un mono con sueño.

            El viejo debía estar pensando que si él acertaba las que le quedaban ya era inútil, él había ganado. Soltó un profundo suspiro y con un gesto de la mano mandó que se marchara su ayudante.

            - Ha sido sorprendente. Me pregunto si mañana será igual de efectivo. Le advierto que será más... divertido que hoy.

            - Genial, me gustan los retos -replicó, aburrido -. Ah, antes de irse, ¿puede traerme algo que leer? Me aburro sin televisión.

            Alastor negó con la cabeza y se marchó sin responder.

            - Oiga, lo digo en serio - protestó Antonio.

            El viejo desapareció por la puerta y se volvió a quedar solo.

            «No te pases de listo, es un tipo peligroso» - aleccionó Verónica.

            Al quedarse solo se arrepintió de haberle echado tan deprisa. ¿Qué iba a hacer ahora todo el día? Al menos con él pasaba el rato. No tenía nada de sueño y no tenía nada con lo que entretenerse, además apenas acababa de amanecer.

            Trató de sentarse y notó que los puntos del pecho le tiraban bastante. Si pudiera dejarse el brazo derecho colgado de algún cabestrillo, no tendría que sujetárselo con la mano izquierda. Cuando bajó los pies de la cama se fijó por primera vez en que estaba con un pijama de hospital y no tenía zapatos a la vista. Pero se dio cuenta de algo más grave. ¿Dónde estaban sus cosas? Su cartera, su teléfono móvil, las llaves del coche y la casa... Sin documentación era un completo inútil. Era Avelino Policarpo sin más, sin dinero, sin tarjetas de crédito... Estaba metido en un buen lío y no podía marcharse de allí sin recuperar todo.

            - Si no va a volver hasta mañana, supongo que no le importará que eche un vistazo por ahí - susurró para sí mismo.

            Se puso en pie y sintió un pequeño mareo. Era agradable saber que lo único que tenía inutilizado era el brazo derecho. Caminó con precaución, sin alejarse de la cama y notó que estaba bien, podía hasta correr, si se lo proponía. En frente de la cama había una cómoda sobre la que reposaba un gran espejo con marco de madera oscura. La cómoda tenía cinco amplios cajones.

            Abrió el primero y lo encontró lleno de sábanas blancas como la que tenía su cama. Pensó coger una y rasgarla para usar un fragmento para sujetarse el brazo pero no tendría fuerza para romperlas.

            Lo cerró y abrió el siguiente. Lo que vio era difícil de describir. Era una especie de cajón electrónico. Había multitud de luces y pantallitas que mostraban números binarios. Había un gran botón rojo y un teclado numérico, como de un teclado corriente. Pensó que mejor sería no tocar nada, por si activaba la secuencia de autodestrucción de la casa o algo así.

            Al cerrarlo se quedó pensativo.

            - Menudo adivino estoy hecho si no sé para qué es esto... - se dijo.

            Se concentró en Verónica y le preguntó si se lo quería decir. Ella, como casi siempre que pedía alguna tontería, no respondió a su pregunta aunque sí le contestó.

            «No vas a encontrar nada para el brazo en esos cajones» - explicó su voz -.«Pero hay algo que te puede interesar en el último cajón.»

            Antonio iba a tocarlo cuando ella volvió a intervenir.

            «Si quieres abrirlo sin que suenen todas las alarmas, abre el que viste antes y pulsa el código 1518.»

            - ¿En serio? - preguntó emocionado.

            Obedeció, pulsó el 1518 y el cajón de abajo se abrió solo.

            - Impresionante - dijo, fascinado -. ¿Hay más códigos interesantes?

            «Sí hay muchos códigos. Ese cajón abre todos los compartimentos de la habitación.»

            - Genial, cómo abro el armario de allí - susurró emocionado como un niño con su primer juguete.

            «Abre el cajón de abajo, anda» - replicó ella.

 

 

Continuará

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Comentarios: 2
  • #1

    x-zero (domingo, 28 agosto 2011 05:15)

    hay dos errores, a los 2 dialogos le falto el efecto cuando veronica habla con antonio:

    1. Si quieres abrirlo sin que suenen todas las alarmas, abre el que viste antes y pulsa el código 1518.

    2. Sí hay muchos códigos. Ese cajón abre todos los compartimentos de la habitación.

    esperando siguiente parte cada vez se pone mejor :)

  • #2

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 28 agosto 2011 08:51)

    Gracias como siempre x-zero.
    Corregido

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página:

http://tonyjfc.jimdo.com

en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo logrando que incluso aquellos a los que no les gusta leer se enfrasquen en su lectura.

 

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