Los últimos vigilantes

1ª Parte

 

 

 

 

 

Brigitte Keira se despertó a las seis de la mañana como todos los días y miró el teléfono de su mesita. Éste no sonaba y se preguntó por qué había despertado.

 —Sábado —protestó—. Genial, puedo dormir un poco más.
 Intentó moverse pero Miguel estaba despatarrado en medio de la cama y si le tocaba corría el riesgo de despertarle. Tenía el sueño muy ligero y desde la muerte de su esposo ella debía encargarse de dormir a los dos, a él y a Charly. El mayor, que no se había recuperado todavía de la ausencia de su padre, necesitaba más atención que nunca. Todos los días le mandaban mensajes al cielo y luego ella le contaba cosas de él para que se durmiera. No quería cuentos, solo le pedía saber más de su padre. Cuando murió, Charly tenía tres añitos y no hablaba demasiado, pero pasaba mucho tiempo con Antonio y casi dos años después seguía preguntándole si bajaría del cielo a verle el día de su cumpleaños. Cuando lograba dormirse intentaba meter a Miguel en la cuna pero en cuanto le soltaba se ponía a llorar y despertaba al mayor, por lo que llevaba unos días simplificándolo todo y llevándose al pequeño a su cama.
 —No debiste dejarme Antonio Jurado. Nunca te lo perdonaré.
 No podía moverse así que volvió a dormirse con el intenso dolor de hombro.
 

 Despertó a las diez de la mañana cuando Charly abrió la puerta de su habitación y le dijo que tenía hambre. Miguel también se despertó así que tuvo que levantarse como una zombi y comenzar el día.
 Sería un cumpleaños muy concurrido, había invitado a los compañeros del cole de Charly y casi todos acudirían (con sus respectivos padres y hermanos, incluso abuelos). No conocería a mucha gente pero al menos, por una vez, su casa no se sentiría tan vacía.
 Preparó los canapés, metió corriendo a los niños en el coche y fueron a comprar una tarta grande y barata a un supermercado.
 Llenó la casa de globos multicolor y mientras los niños jugaban en el patio de la piscina preparó la mesa exterior con todos los platos de comida: jamón, queso, lomo, salchichón y chorizo. Cortó tres barras de pan en una cesta y puso un palillero en medio de la mesa.
 Hacía calor, a finales de mayo siempre lo hacía, pero a pesar de la sombra del toldo, cuando se quiso dar cuenta estaba sudando. La piscina se encontraba cerrada con cadena y candado, tenía puesta la lona de invierno y el agua que había debajo llevaba casi dos años sin limpiarse ya que de eso se encargaba Antonio y ella no tenía ni tiempo ni amistades que la ayudaran a limpiarla. Como consecuencia, el agua se veía verde. De buen grado se habría dado un baño, de haberla tenido lista.
 Tener dos niños y no tener marido convertía los problemas de higiene en auténticos quebraderos de cabeza. ¿Cuándo podía ducharse sola? Nunca, el baño era un evento familiar, todos se metían en la bañera al anochecer y asunto resuelto, pero ahora sería imposible darse una ducha y la necesitaba. Antes con Miguel teniendo menos de un año necesitaba dejar a Charly solo durante la hora de su baño y éste solía desordenar el salón sacando los juguetes y esparciéndolos por el suelo. Se vio obligada a dejar de trabajar jornada completa y su horario se redujo al escolar. Y Miguel a la guardería, que por suerte en el pueblo no costaba más de 100 euros al mes. Más tarde tuvo que dejar de trabajar. Los alquileres les daban suficiente dinero para vivir. Buscó a una chica que limpiara la casa, una extranjera llamada Emma que vivía a dos calles de ella. A pesar de ser joven trabajaba estupendamente y recogía, limpiaba y fregaba la casa, incluso los baños en menos de cuatro horas. Eso sí, no hablaba demasiado. Aun así era ya casi como su hermana pues si tenía que hacer algo y debía dejar los niños, se quedaba con ellos. Lo único que no le gustaba era su marido. Aunque decía que la trataba bien, lo vio alguna vez y parecía polaco. Tenía unas bromas de lo más vulgares y cada poco tiempo Emma iba a su casa cojeando, con alguna venda en los brazos o incluso el ojo morado. Ella alegaba que tenían una afición un poco peligrosa pero no aclaraba más sobre el asunto.


 De seguir así llamaría a los servicios sociales. Ese hombre tenía que pagar si la maltrataba. Aunque si estaba equivocada probablemente perdiera la amistad y la disponibilidad de Emma para siempre.
 La había invitado al cumpleaños pero la sirvienta lo rechazó diciendo que ya tenía planes. Una pena porque sería la única con la que sentía algo de confianza en aquella gran reunión cumpleañera.
 Recogió los juguetes de Charly mientras Miguel tomaba su biberón en la hamaca mecánica.
 —Mamá, caca —urgió el mayor con impaciencia.
 —Vamos, te acompaño al baño. Pero tú ya eres grande para ir solo.
 —Tienes que limpiarme —protestó él.
 —También eso puedes ir haciéndolo solito, hoy ya tienes cinco añitos.
 —Ya puedo hacer puzles más grandes —se enorgulleció.
 —Sí, hijo, te haces grande.
 —Con papá eran más divertidos —replicó con tristeza el pequeño.
 —Lo sé. Todo era mejor cuando estaba aquí él... —apoyó, dándole un beso en la mejilla. Al hacerlo se le humedecieron los ojos.
 —Está en el cielo, vendrá a vernos algún día —respondió el pequeño.
 —No lo creo, amorcito. Del cielo no vuelve nadie.
 —Pero él quiere venir.
 —¿Quién te lo ha dicho? —replico ella, escéptica.
 —¡Ya está! —Exclamó feliz, se bajó del retrete de un salto y se agachó sobre su pierna—. Límpiame.
 Y no continuó la conversación.
 
 Cada día le salía con una cosa, siguió limpiando y preparó los globos. Charly intentaba inflarlos con la boca pero pronto se aburrió y empezó a jugar con los que ella iba hinchando con su bomba de mano.
 Miró el reloj, eran las doce de la mañana. Contó visualmente los globos, había al menos veinte de diversos colores.
 —Suficiente. Ahora a hacer los sándwiches.
 —¿Puedo comer una galleta? —Preguntó Charly, que ya traía una en la mano mientras venía de la cocina.
 —Hijo, luego no me comes... Bueno, haz lo que quieras, es tu cumpleaños.
 —¡Bien!
 Miguel se puso a llorar. Era su pañal, tuvo que cambiarlo, lavarse las manos, dejarlo en el salón, en el corral, encendió la televisión con una película de dibujos. Charly protestó porque no quería ver lo que puso y tuvo que cambiarlo hasta que ambos se quedaron contentos. Miguel ya casi conseguía escapar pues caminaba perfectamente agarrado a algo y en el parque se pasaba el tiempo tratando de subirse a los juguetes intentando salir. Al menos estaba entretenido (hasta que se caía que debía ir corriendo por si se había hecho daño).
 Las dos llegaron casi sin darse cuenta. Tenía preparada la mesa del patio y estaba sacando la bandeja de los sándwiches cuando llamaron los primeros invitados. Apenas sabía quiénes eran porque solo conocía a los que iban a buscar a sus hijos al colegio y de vista. Hablaba con pocos padres y esa era una de las razones por las que invitó a toda la clase. Así socializaba más y su hijo se acostumbraba más a las multitudes pues no le gustaban demasiado.
 Estuvo recibiendo invitados hasta las tres. Pronto su casa se llenó de extraños que se conocían entre sí pero que ella ni siquiera sabía sus nombres. Intentó hablar con los más aislados y llegó a olvidarse de Miguel un rato. Pero pronto la llamó la atención con sus llantos. Lo peor fue que no todos los invitados iban al patio donde estaba la comida. A pesar de las sombrillas muchos se fueron al salón y hablaban a voces allí. No podía dejarlos solos mucho tiempo de modo que tuvo que estar pendiente moviéndose continuamente.
 Entonces pensó que no había visto a Charly jugando con los demás niños. Al no verle por el salón ni el patio subió al piso de arriba a buscarle.
 Justo cuando estaba subiendo el último escalón hubo un gran tumulto en el patio. Escuchó chapoteos en la piscina y bajó corriendo.
 Dos hombres habían saltado la valla y trataban de sacar a alguien atrapado en la lona de la piscina. Entre los dos no podían sacarlo del agua.
 —¡Charly! —Exclamó aterrada.
 Corrió hacia él y trató de ayudarles a levantar la lona. Pesaba una barbaridad. Entonces, cuando parecía que no podrían con él, algo elevó al pequeño desde abajo y pudieron sacarlo.
 —¡Qué demonios! —protestó uno de los que estaban en el agua.
 Al verlo fuera lo confirmó. Era su hijo.
 Lo agarró y lo sacó del agua.
 —¿Qué hacías en la piscina?
 —Me caí... Papá me ha sacado.
 —¿Qué? —Preguntó confusa.
 —Ha venido a mi cumpleaños mamá.
 Brigitte examinó la piscina con detenimiento mientras abrazaba a su hijo. No vio nada fuera de lo común hasta que vio un charco de agua en una parte donde nadie estuvo. La zona mojada se extendió de forma extraña hacia ella pero allí no había nadie. Pestañeó un par de veces para estar segura de lo que veía y entonces vio durante un instante el rostro de su esposo justo frente a ella. Pero no fue el tiempo suficiente para estar segura.
 —Te creo Charly...
 Le abrazó y lloro porque pensó que lo que había visto era una alucinación.
 —¿Qué? Alguien me ha empujado —protestó una señora que estaba justo en la puerta del patio.
 —¿Quién? Si no ha pasado nadie —replicó un hombre a su lado.
 —Te digo que alguien me ha tocado el hombro y me ha pedido permiso para pasar.
 Brigitte se levantó con su hijo en brazos y se dirigió a la puerta.
 —¿Qué ha pasado?
 —No es nada, no se preocupe —replicó la mujer.
 La visión pudo ser una alucinación, pero eso ya no.
 —Charly, cariño, juega con otros niños y no se te ocurra volver a la piscina.
 Lo dejó en el suelo y salió corriendo del patio, apartando a la gente a su paso pues había por todas partes de la casa. La puerta de entrada estaba cerrada y cuando llegó vio que se abría sola.
 —¡Es el! —Gritó—. Antonio no te vayas.
 Salió corriendo y vio que la verja del patio también se movía y era imposible sin llave incluso para alguien como ella, que simplemente llegó a ver cómo se cerraba ante sus narices. Tuvo que regresar a casa a coger su llave y descubrió que la de la entrada no estaba. Buscó en su bolso las llaves y salió corriendo. Tenía que alcanzarle, fuera a donde fuese.
 —Si has necesitado llave para salir no puedes ser un fantasma —susurro mientras abría la valla.
 Miró a ambos lados y no vio nada. La calle estaba desierta. Pero era normal, iba equipado con un escudo óptico lo cual le volvía completamente invisible al ojo humano. Ella misma los había usado en una misión que hicieron hacía más de un año.
 —¡Antonio! —Gritó—. No vuelvas a dejarme, por favor. No sin una explicación.
 Dicho eso rompió a llorar y se quedó sentada en la entrada de su casa, desconsolada.
 —Es su mujer —escuchó que decía una chica joven a su lado—. No podemos irnos sin explicarle lo que está pasando.
 Levantó la mirada y no vio a nadie... Pero sí vio sus sombras. Había tres personas frente a ella, en medio de la calle. Dos mujeres y un hombre corpulento.
 —Deberíais haberme esperado en la nave —dijo la voz de su marido—. No entiendo por qué habéis venido a buscarme.
 —Las explicaciones a su debido tiempo —alegó una voz que le resulto conocida—. Tú habla con ella.
 Escuchó un suspiro y después se hizo visible. Era él.
 —Hola amor —susurró, acercándose a ella.
 Se levantó y le abrazó sin entender cómo era posible que estuviera vivo.
 —¿Cómo es posible?
 —No estoy vivo como crees. Solo he venido a salvar a Charly. Es un viaje en el tiempo, pertenezco al año 2016. Supongo que entenderás por qué no he podido dejarme ver.
 Acto seguido se aparecieron dos mujeres vestidas con armadura de placas brillantes. Eran Ángela Dark y otra mujer rubia con los ojos cubiertos por un maquillaje negro que daba miedo.
 —¿Qué haces con ellas?
 —Me ayudaron a venir a este tiempo. No te preocupes, son de confianza.
 —Pero Ángela y tú... —se enojó al mirar a la morena.
 —No, cariño, no fue con ella exactamente —rectificó Antonio, avergonzado—. No tenemos mucho tiempo, debemos irnos.
 —¿Por qué tienes que irte? —Preguntó histérica—. Si vuelves morirás.
 —Es necesario para hacer posible este día —replicó él.
 —De eso mismo teníamos que hablar —intervino Ángela.
 Antonio la miró con extrañeza.
 —Ven conmigo... Si quieres vivir.
 Ella misma pulsó el botón de su pecho y lo hizo invisible. Luego desaparecieron las dos mujeres con él.
 —Bonita fiesta de cumpleaños. No descuide a sus invitados —escuchó decir a la rubia.

Comentarios: 1
  • #1

    Tony (miércoles, 24 octubre 2018 12:06)

    He vuelto a publicar en esta página para facilitaros su acceso.
    Espero que pronto vuelvan todos los lectores habituales y se sumen algunos más.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página:

http://tonyjfc.jimdo.com

en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo logrando que incluso aquellos a los que no les gusta leer se enfrasquen en su lectura.

 

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