Los últimos vigilantes

12ª parte

 

 

 

          Durante todo el día caminaron siguiendo las claras huellas del diplodocus y llegaron a un bosque de árboles inmensos. Fue sencillo seguir adentrándose ya que con sus patas inmensas dejó abierta una senda de troncos partidos y ramas aplastadas. No tardaron en llegar al cauce de un río de aguas espumosas, profundidad impredecible que descendía entre rocas encrespadas. Era tan caudaloso que no podrían cruzar por allí. No había rastro del coloso de cuatro patas de modo que descansaron tranquilos a orillas de aquel río. Encontraron un remanso donde al fin pudieron sentarse a descansar. Los pequeños estaban exhaustos y muertos de sed. Miguel masticaba su valioso chupete como si con él pudiera calmar su hambre.

          —¿Cuándo volvemos a casa? —Preguntó Charly con voz débil—. Quiero irme a la cama.

          —Ven, tienes que beber agua, acércate —respondió Antonio.     

          Metió las dos manos en la corriente, sujetándose con el pie en una raíz para no caerse de cabeza. Luego se las puso frente a la boca de su hijo, que bebió con avidez.

          —Yo quelo —protestó Miguel.

          —Ahora te doy a ti también.

          —Y luego yo —añadió Brigitte, sonriente—. Tengo miedo de caerme.

          —No hay problema, hay agua para todos —respondió sonriente mientras volvía a coger entre las manos un poco más de agua.

          Esta vez se la dio a Miguel, que le agarró las muñecas como queriendo que volcara más las manos. Bebió varios sorbos y el resto se le cayó encima de la camiseta.

          —Yo quiero más —protestó el mayor.

          Charly aprovechó su distracción mientras volvía a coger agua y el chiquillo se inclinó a la corriente del rio por su cuenta. Al estar tan abajo y no tomar la precaución de sujetarse con los pies, se cayó de cabeza. La fuerte corriente lo engulló de una pieza y Antonio lo perdió de vista.

          —¡Pero qué ...! —Exclamó Antonio.

          Antonio miró aterrado a Brigitte. Charly no sabía nadar ni bucear. Las veces que lo intentó en verano, cuando aún estaba con ellos, no resistía ni dos segundos bajo el agua sin tragar por la nariz. La fuerte corriente se lo llevaba rio abajo y sin pensarlo se tiró de cabeza a por él. Dentro del torrente no veía absolutamente nada pero confiaba en que fuera arrastrado como su hijo, solo tenía que nadar a favor de la corriente y podría dar con él. Se sumergió a más profundidad por si se había hundido y estaba enganchado por alguna piedra o rama del fondo pero allí abajo no veía absolutamente nada. ¿Cuánto tiempo llevaba sumergido el niño? Cada segundo que pasaba se le anulaban más las posibilidades de encontrarlo con vida.

          En sus brazadas alcanzó algo que se movía, buceó tratando de volver a alcanzarlo y pudo distinguir la cola de una especie de culebra robusta. Al tocarla de nuevo se volvió y le mordió con unos colmillos afilados como alfileres. Por suerte logró zafarse de la mordedura y huyó nadando favor de la corriente para alejarse de ella. Entonces vio asomar la cabeza de su hijo sobre las aguas que logró salir a flote nadando con las manos y pies con tanto frenesí que cuando le alcanzó le golpeó la cara y se le escapó de las manos. Por suerte pudo cogerlo por la cintura y nadó hacia arriba para sacarle la cabeza fuera de la corriente cuanto antes.

          —¡Charly!, ¡Tony! ¿Dónde estáis? —Escuchó que gritaba Brigitte a lo lejos. Su voz sonaba desesperada.

          Al fin sacó la cabeza de su hijo fuera del agua y con el brazo que no le sujetaba empezó a nadar hacia la orilla. Se agarró a una raíz pero la corriente era tan fuerte que supo que no podría aguantar mucho sin ayuda.

          —¡Estamos aquí! —Exclamó.

          Charly tosía mucho, y lloraba desesperado.

          —No puedo respirar —consiguió decir—. ¡Papá! Quítame el agua de la cara.

          —Hijo, aguanta, no te pongas nervioso.

          —¡Me lleva la corriente!

          Algo le cogió de la pierna y arrastró al fondo al pequeño. Antonio se sumergió para no perderle y logró cogerle de la mano antes de que la odiosa culebra lo arrastrara al interior de una gruta bajo las rocas. Le había enredado la pierna derecha y nadaba con su cuerpo con endemoniado frenesí. Pudo hacer pie y se impulsó con fuerza hacia arriba, llevándose a su hijo y liberándole del animal. Al salir a la superficie sacó a Charly para tratar de que pudiera respirar lo máximo posible fuera del agua.

          —Intenta agarrarte a mí, te estás resbalando —le suplicó.

          —¡Papa! He... Tragado mucha agua —el pequeño apenas podía respirar por los llantos de pánico.

          No tardó en aparecer corriendo Brigitte con Miguel en brazos. Al verlos mostró una alegría inmensa en la cara y dejó al pequeño a distancia prudencial.

          —Tienes que acercarme una rama —indicó Antonio. Y tienes que subirnos. No puedo con Charly, el torrente es demasiado fuerte.

          —Aguanta, por el amor de Dios.

          Buscó un árbol cercano y vio una rama del grosor de una cuerda. La arrancó tirando hacia abajo y corrió de vuelta hasta ellos.

          —Papá se ta bañando —comentó Miguel, riéndose—. ¿Poque llora Chali?

          —Hijo, luego hablamos. ¡No te arrimes al agua! —Le ignoró Brigitte, que llevó la rama a su marido y su hijo—. Agárrate.

          —Ya estoy —contestó Antonio—. Voy a tratar de subirte a Charly, cariño coge la mano de tu madre.

          El pequeño trepó por encima de su cuerpo y consiguió alcanzar los dedos de Brigitte. Pero esta no tenía apoyo suficiente y no atrevió a acercarse más.

          —Súbelo.

          El hombre soltó por un segundo la rama y elevó a Charly un segundo, tiempo suficiente para que su madre lo cogiera con fuerza y lo sacara en volandas.

          Sin embargo la corriente tiró de Antonio y no consiguió agarrar la rama de nuevo. Los remolinos le empujaron hacia abajo y se enganchó un pie en unas rocas. No pudo coger aire y estaba a punto de tragar agua cuando un palo le golpeó en la cabeza y le devolvió un momento de cordura. Se sacudió y agarró la rama con fuerza. Con el pie libre empujó desde una roca y sacó otro pie haciéndose cortes en la piel del tobillo. Ascendió con fuerza y con ayuda de Brigitte volvió a la orilla donde escaló como pudo hasta la roca, agarrado del palo que del que tiraba su mujer.

          —¡Papá! —Sollozó Charly.

          —Ya pasó, estamos todos bien... —suspiró aliviado, apoyada la cabeza en la roca y con los ojos cerrados. Al recordar la serpiente hizo lo posible para salir por completo de la corriente y una vez fuera se dejó caer panza arriba mirando al cielo y recuperando el aliento.

          Cuando los abrió vio algo insólito y aterrador. Sobre Charly, haciéndoles sombra, tenían lo que creyó una gran roca y se dio cuenta de lo equivocado que estaba. Era una cabeza similar a la de un perro pero del tamaño de un tractor. Sus ojos diminutos y escondidos tras las melenas musgosas les observaban aunque no parecía hostil. Más bien era una criatura enferma, puede que moribunda.

          —No mováis ni un músculo —susurró.

          Charly y Miguel se dieron la vuelta y vieron al dinosaurio peludo.

          —Ninosaurio —festejó el pequeño dando palmadas.

          —¡Ay Dios! —Brigitte quedó paralizada por el pánico de verlo.

          —No parece que quiera comernos —susurró Antonio, que decidió que lo mejor que podían hacer era no mostrarse asustados.

          —¿Puedo hacerle cuchis cuchis? —Preguntó Miguel entusiasmado, sin esperar el permiso de nadie para correr hacia él.

          Ante el asombro de todos, el animal agachó la cabeza y olisqueó al pequeño con curiosidad. No estaba sano, tenía muchas heridas por todo el cuerpo y olía muy fuerte a infección. Al principio pensaron que fue a raíz de alguna pelea con otro carnívoro pero al fijarse bien supieron la razón. Estaba tan débil que no podía más que levantar la cabeza del suelo. Su cuerpo se veía inmóvil más abajo de donde veían su cabeza. Por su postura casi podían asegurar que le habían despertado mientras agonizaba pues parecía incapaz de ponerse de pie. Cuando Miguel se acercó y le acarició los bigotes, el coloso cerró los ojos y se dejó toquetear.

          —Qué suave. ¿Puedo quedármelo? —Inquirió el pequeño, entusiasmado.

          —Se deja tocar —comentó Charly con asombro. Aprovechó para hacerle cosquillas como su hermano.

          —No me gusta, está demasiado dócil —indicó Brigitte.

          —Si nos quisiera comer, ya estaríamos en su barriga —añadió su esposo.

          Antonio se levantó y se acercó al que parecía un perro gigante, aunque las patas delanteras eran cortas y las traseras muy fuertes, largas y robustas como las de un canguro. Su aspecto más bien era de conejo por sus enormes extremidades traseras. Su cola era gruesa y entre su abundante pelambrera se movía algo. Entonces se dieron cuenta del problema.

          —Creo que está lleno de parásitos —dijo Antonio, señalando el movimiento de su pelo.

          Brigitte se acercó al pelaje y lo apartó donde lo vio moverse. Al hacerlo apareció un roedor del tamaño de una mano que se escondió en el pelo en cuanto la vio.

          —¡Ratas! —Chilló, histérica.

          Con un movimiento veloz la agarró por la cola y la sacó mientras el roedor lanzaba dentelladas al aire. Las ratas que ellos recordaban tenían aspecto simpático con sus dos incisivos y sus manitas humanas en miniatura. Pero esas eran espantosas. Ojos negros y en la parte más alta de la cabeza, orejas diminutas y mandíbula larga llena de colmillos. Sus manos eran garras con uñas tan afiladas como las de un gato. La nariz se movía nerviosamente en todas direcciones, si les pillaba podía devorar un dedo de un bocado.

          —¿Cuánto tiempo llevan existiendo estos bichos? No tenía ni idea de que hubiera hace tantos millones de años.

          Antonio se apresuró a ayudarla. A juzgar por el movimiento del pelo debía tener muchas de ellas.

          —Qué asco —concluyó Brigitte, arrojándola al rio.

          —¡Qué haces! —Exclamó Antonio mirando cómo la engullían las burbujeantes aguas—. Podemos comerlas. No tenemos nada más que comer.

          —¡Crudas! Debes estar bromeando —respondió Brigitte—. Sin cuchillo para quitarles el pelo, ¿cómo pretendes pelarlas?

          Su marido ya había cazado otra en el pelo del dinosaurio y al llegar a ella vio que ésta se alimentaba de una herida abierta del enorme animal. Una que seguramente le causó el roedor.

          Su boca alargada lanzaba dentelladas hacia él.

          —Dios mío, menuda monstruosidad —valoró con asco, arrojándola al rio.

          —Se llama Ludi —regañó Miguel mientras seguía acariciando el morro del dinosaurio.

          El enorme animal les miró y levantó la cabeza para ver lo que estaban haciendo Brigitte y Antonio. Abrió la boca mostrando una mortífera hilera de colmillos aserrados y ambos se quedaron paralizados, durante un instante temieron que se los comería. Pero usó su dentadura para rascarse detrás de una pata delantera. Al hacerlo vieron que se desplazaron tres roedores más que fueron hacia ellos y los atraparon sin problemas.

          —Mira este bicho —bufó Antonio al coger otro de un tamaño similar a un conejo—. Es enorme. Y mira qué colmillos... No me extraña que lo estén matando, menudas alimañas.

          —Tíralo, es un parásito —protestó Brigitte, dando ejemplo y arrojando los dos suyos al rio.

          El coloso gorgoteo agradecido y volvió a rascarse en otra zona de su espalda provocando otro movimiento masivo de sus "piojos prehistóricos".

 

          Estuvieron desparasitando a "Ludi" durante el resto del día. Charly se subió a su cabeza y descubrió que le encantaba que le rascaran entre los ojos.

          —Si no fuera por tanto pelo diría que es un tiranosaurio —valoró Antonio, rascándose la cabeza.

          —Creo que nos ha tomado cariño —sonrió Brigitte—. Puede que nos considere sus mascotas.

          —¿Te imaginas? —respondió él—. Si volvemos nadie nos creerá. Todos piensan que son animales tan agresivos que siempre están rugiendo y comiendo... Y míralo, parece un perro gigante.

          Le dio un abrazo y palmeó su lomo.

          —Creo que quiere dormir —opinó Brigitte—. ¡Mira allí se mueve otra rata!

          Antonio reaccionó rápido y la cogió por el pecho. Ésta se giró y le dio un mordisco en el dedo corazón. Por suerte se soltó antes de que le hiciera mucho daño. La tiró con rabia al torrente del río y se estudió la mordedura, por suerte no llegó a hacerle sangre.

          —Menudos colmillos.

          —¿Te ha molilo? —Preguntó Miguel con su vocecita infantil.

          —Sí, me ha mordido, casi me lleva el dedo —exageró—. Mejor si ves uno de esos bichos no lo toques, no se les puede hacer cuchis cuchis, ¿habéis entendido niños?

          Ambos asintieron.

          Efectivamente, el dinosaurio Ludi, libre ya de parásitos se quedó profundamente dormido hecho una bola y ellos aprovecharon el calor de su cuerpo para dormir calentitos. Seguían sin probar bocado y posiblemente tardarían mucho en llenar sus estómagos. Se cobijaron en el pelo del animal y se juntaron entre ellos hasta que se quedaron dormidos los pequeños y Antonio.

          —Eh, despierta —susurró Brigitte tocándole el hombro a su marido.

          —¿Qué pasa?

          —Por lo de antes... En el rio... Buen trabajo —le sonrió cariñosa—. Creí que os perdería a los dos, con el pánico que le tiene Charly al agua, que no es capaz de mantener la boca cerrada... Pensé que si lograbas encontrarlo estaría muerto.

          —Yo también lo pensé. Parece que en situaciones límite sí hace caso en lo de aguantar la respiración.

          —No sé cuánto duraremos —se puso seria su mujer—. ¿Crees que Ángela querrá llevarnos de vuelta algún día?

          —No tengo ni idea. Lo único que podemos hacer es sobrevivir como podamos.

          —¿No decías que tú ya no necesitabas traje? Sabes perfectamente que aquí no duraremos demasiado y cuando estemos en apuros no habrá tiempo de que te concentres. Eres nuestra única esperanza.

          —La última vez que pude hacer algún milagro fue con ayuda de Génesis, pero aún no ha nacido.

          —¿No puedes comunicarte con ella a través del tiempo?

          —Voy a intentarlo. Aunque más correcto sería decir que yo tendría que viajar en el mundo astral al futuro, muy muy lejano para que me escuche. Y los viajes astrales nunca se me han dado bien, y menos aún en el tiempo.

          —Inténtalo, necesitamos que puedas hacerlo.

          Cerró los ojos y la llamó mentalmente. "Génesis, si puedes oírme... Respóndeme. Dime algo, por favor."

          Para escucharla debía poner en silencio sus pensamientos. Tuvo que apartar a los niños, sus continuas desobediencias podrían terminar llevándoles al estómago de un dinosaurio, se empeñaban en meterse en la boca de Ludi. También le molestaba Ángela que le miraba desde un rincón oscuro de su mente y le pedía en completo silencio que la salvara de la otra que la mató, a Brigitte que esperaba a su lado con impaciencia un resultado... Cuando por fin su mente estaba vacía respiró hondo...

          —No te duermas —le reprendió su mujer al escuchar el cambio de ritmo de su respiración.

          —Perdona, estoy muy cansado.

          —¿Alguna respuesta?

          —No la siento. En cierto modo es lógico, todavía no existe.

          —Sigue intentándolo.

          Antonio volvió a cerrar los ojos y se durmió de nuevo. Entonces le despertó el bufido de su mujer.

          —¿Cómo puedes dormirte sabiendo el peligro que corremos?

          —Estoy agotado, hemos caminado todo el día, he tenido que emplearme a fondo para sacar a Charly del río, he cargado con Miguel un buen rato, me duelen los brazos, la espalda y tengo un hambre que me comería una de esas ratas con piel y todo. Lo siento, estoy demasiado hecho polvo para concentrarme.

          —Ya, duerme un poco entonces. Por cierto, lo he pensado —reflexionó Brigitte—. Hemos perdido la oportunidad de comer algunas. Ya sé que son parásitos asquerosos pero no sé cuándo tendremos más comida al alcance de la mano. Deberíamos intentar comerlas aunque sea crudas. Mañana buscaremos piedras, una rama con forma de arco y haremos algunas flechas. No aguantaremos ni dos días si no tenemos armas o al menos un cuchillo que nos permita pelar los animales muertos.

          —Tranquila, Dios sí existe en este tiempo. Nos ayudará.

          —Eso espero, de momento lo está haciendo. Me escuchó cuando le supliqué que encontraras a Charly en el fondo del rio.

          —¿Lo ves? Todo irá bien.

 

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    Lyubasha (martes, 22 enero 2019 20:56)

    Está muy interesante. A mí tampoco me gustan los perros así que no estoy interesada en un perrosaurio. Tengo ganas de ver cómo continúa la historia y descubrir qué hará Antonio Jurado para regresar a su tiempo.

  • #5

    Jaime (lunes, 21 enero 2019 19:28)

    ¡Vaya! Esta vez soy el último en comentar. Esta vez no sabría decir cómo podrá la familia de Antonio salir de la prehistoria. solamente se me ocurre que algún ser inteligente que vivió en nuestro planeta en la prehistoria encuentre a Antonio y le ayude a regresar a su tiempo.
    Yo honestamente odio a los perros, así que no quisiera uno. Aunque podría rentar un coliseo donde poner al perrosaurio y cobrar a los visitantes por verlo. Jeje

  • #4

    Yenny (lunes, 21 enero 2019 04:53)

    Me gusta esta parte de la historia en la época prehistórica es un cambio impredecible, a esperar que harán para salir de ese tiempo.
    También quiero un perrosaurio, aunque no me gusta mucho esa desparacitación.

  • #3

    Esteban (sábado, 19 enero 2019 19:59)

    Me está gustando mucho esta historia. Supongo que los hijos de Antonio tienen algún poder sobrenatural que los ayudará a sobrevivir. De otra forma, dudo mucho que sobrevivan en ese territorio hostil sin ningún tipo de armas para defenderse.
    PD: Quisiera también tener un perrosaurio.

  • #2

    Alfonso (viernes, 18 enero 2019 03:22)

    Si un día me despertase en la época prehistórica, seguramente no sobreviviría en un par de horas. Pero bueno, Antonio está protegido por Dios.
    ¿Qué tipo de dinosaurio será Ludi?

  • #1

    Tony (viernes, 18 enero 2019 00:57)

    La trama se empieza a desenredar. Espero que os esté gustando y, por favor, no olvidéis comentar.

Por la obligación de poner en todos los coches espejos sin ángulo muerto

¿Cuántos accidentes y muertos dejarían de haber si todos los coches tuvieran espejos sin ángulos muertos? Si crees que hay que obligar a los fabricantes por ley a ponerlos en todos los modelos, pincha aquí.

¿Necesitas un editor de textos superior?

 

 

MOBI

 

La agenda del futuro

 

 

Mega

Organizador y

Buscador de

Información

 

Pincha aquí para saber más.

 

 

 

 

 

No dejes que te los cuenten

Relatos olvidados I

La mujer que se enfrentó al sistema y descubrió secretos por los que cualquiera moriría, solo por conocerlos.

Relatos olvidados II

Relatos olvidados III

Los grises. No prometas a una chica lo que no puedas cumplir

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.