Los últimos vigilantes

13ª parte

 

 

         Despertaron cuando Ludi se incorporó, apartándoles con el hocico. Estaban tan calientes que Miguel y Charly lloraron pensando que habían salido de la cama.

         —No quiero ir al cole —protestaba Charly.

         —Ojalá pudiéramos, hijo —respondió Brigitte.

         —Escuchad —invitó Antonio mirando al cielo.

         Después de tres segundos haciéndole caso, Brigitte rompió el silencio.

         —¿El qué? No hay un maldito ruido.

         —A eso me refiero. ¿No hay pájaros? Supongo que todavía no existen... Ni los grillos.

         —¿Desde cuándo los grillos cantan al amanecer? Y en invierno los pájaros se van al sur, no se les escucha —replicó su mujer.

         El silencio se rompió cuando oyeron que Ludi se había acercado al rio y bebía grandes tragos de agua. Les dio tanta sed que fueron al remanso e hicieron lo mismo, esta vez cuidando muy bien que los niños no se cayeran al agua. Los pequeños estaban tan cansados que ninguno protestaba y se dejaban llevar como muñecos de trapo.

         —Tengo hambre —expresó Charly lastimeramente—. ¿Qué vamos a desayunar?

         —Buena pregunta hijo —respondió Brigitte.

         Como si fuera maná del cielo, una de las ratas se asomó desde un agujero de la tierra y corrió como una centella hacia la pata de Ludi. El pobre dinosaurio no se enteró de que se le subía de nuevo.

         —No pienso comer eso crudo —protestó la mujer.

         —No hay otra cosa —repuso Antonio, sonriente—. Puedo intentar hacer fuego y mira, he encontrado una piedra afilada que me puede ayudar a pelarlas.

         Brigitte puso los ojos en blanco y asintió. Estaba demasiado hambrienta para tirar algo de comida, por prehistórico y asqueroso que pareciera.

 

 

         Después de una hora frotando ramas, por fin Antonio logró encender hierbas secas que tardaron diez segundos en apagarse. Las ramas que puso encima ni siquiera se calentaron con el fuego efímero.

         —Torpe —se burló Brigitte.

         Los niños estallaron en carcajadas y Charly cogió dos palos e intentó imitarle, pero después de intentarlo unos segundos empezó a jugar a fastidiar a Miguel con los palos. Brigitte tuvo que quitárselos de las manos para que no se hicieran daño.

         —Vamos a necesitar un poco más que un puñado de hojas secas —bufó Antonio, que estaba sudando por el esfuerzo—. ¿Puedes traerme más? Y ramitas más finas, porque estas son demasiado gordas. Nunca prenderán con un fuego tan flojo. Voy a mantener esta pequeña brasa, que es lo que más cuesta encender.

         Siguió girando su palo en el agujero que aún estaba al rojo vivo. Cuanto más lo giraba dentro más se avivaba y llegado a un punto emitiría una llama que prendería las hojas que tuviera encima, si se daban prisa en traerlas. Pero Charly seguía divirtiéndose haciendo llorar a Miguel y Brigitte no podía coger hojas y vigilarlos a la vez.

         —Charly, deja ya a tu hermano o tendré que castigarte.

         —Es que Miguel llora por cualquier tontería.

         —No, tú sabes muy bien lo que le fastidia así que basta.

         —¡Eso Chaly! Deja de hace titirías —Chilló su hermano.

         —Miguel llorón —siguió el otro, riéndose.

         A pesar de que el mayor le sacaba una cabeza al peque, éste se enfadó y se fue hacia él y le empezó a dar manotazos en la espalda bastante sonoros.

         —Miguel, por Dios, deja de pegar a Charly —le regañó Brigitte mientras dejaba un buen manojo de hojarasca encima de las ramas que frotaba Antonio.

         Justo en ese momento saltó la llama y se prendieron en un fuego rápido como la pólvora. Antonio apiló encima las ramitas más finas y luego, en forma de tiende india, otras más gordas. El fuego se hizo tan grande que tuvo que apartarse por miedo a quemarse.

         Al verlo, Ludi emitió un rugido de sorpresa y se alejó de ellos.

         —Vamos, no te mueras, sigue ardiendo... —Suplicaba Antonio.

         Cuando las hojas se consumieron Brigitte trajo otro manojo corriendo y continuó ardiendo unos segundos más, esta vez con las ramas finas, que se convertían en hilos de fuego y luego se retorcían cuando solo quedaba la ceniza. Sopló un poco de viento que avivó la llama y al fin las ramas más gordas comenzaron a prender.

         —Hay que buscar más hojas, esto puede durar minutos y volver a apagarse. ¡Vamos chicos ayudadnos!

         Los niños cogieron hojas sueltas del suelo y las llevaron de una en una. Disfrutaron cada vez que la veían arder de forma efímera y luego se volvían cenizas. Por suerte Brigitte y Antonio aportaron más alimento para el frágil fuego y después de cuatro o cinco viajes buscando hojas desesperados, la llama se empezó a comer las ramas de más de dos centímetros de grosor.

         —¡Hora de comer! —Festejó Antonio.

 

         La rata era pequeña, de poco más que un puño de grande pero al verla pelada los niños y Brigitte esperaron impacientes a que se hiciera al fuego mientras el padre la daba vueltas, pinchada en un palo. Ya no era una alimaña, lo veían como un delicioso conejo y el olor era similar.

         Ludi les observaba con curiosidad aunque su mirada les decía que no comería esa cosa ni obligado. Parecía divertirse con sus actividades y no se alejó de ellos. Seguramente se moría de hambre y Antonio lo miraba con recelo pensando que quizás estaba esperando a comérselos cuando tuviera más apetito. Aunque seguramente no los había comido ya porque no sabía si podía hacerlo. Mejor sería no hacerse heridas que le permitiera oler su sangre.

         —Nos mira de forma extraña —apuntó Brigitte—. Es como si no fuera la primera vez que ve un ser humano y el que vio antes... Le ayudó.

         —Eso no tiene sentido, mujer —replicó Antonio.

         —Piénsalo, ¿por qué no nos atacó al vernos en el rio? Se acercó asumiendo que podíamos quitarle los parásitos. ¿Tu que harías si estás moribundo lleno de sanguijuelas y te encuentras un ser que nunca has visto?

         —Puede que nada.    

         —Quizás tengas razón pero este animal... Confía en nosotros como si nos conociera.

         —No tenemos colmillos y en esta época todo pone los pelos de punta —valoró al mirar la calavera de la rata con los afilados colmillos, en el suelo.

         —¿Por qué? Papá —Preguntó su hijo mayor—. ¿Se ponen de punta los pelos?

         —Es una forma de hablar. Quiero decir que es preocupante que no haya ni moscas, ni avispas, ni pájaros, hormigas...

         —¿Ni Génesis? —Preguntó Brigitte, dándole a entender que estaba cansada de estar allí y no le apetecía seguir estudiando ese entorno.

         —Puedo intentarlo otra vez. Ahora estoy más descansado.

         —Según la Biblia —replicó su mujer—, Dios tenía aspecto de hombre. Nos creó a "su imagen y semejanza". Ludi le ha tenido que ver, por eso creo que nos trata así.

         —Intentaré hablar con ambos, a ver si hay suerte.

         Antonio cerró los ojos un segundo antes de que Charly saltara encima de él.

         —¡No te duermas papá!

         —Deja a tu padre en paz —le regañó Brigitte.

         —No puedo con los niños aquí. Es imposible que me dejen concentrar.

         —Y luego estarás muy cansado —resopló su mujer—. En el fondo quieres quedarte a investigar, por eso no te agobias siempre piensas que todo se arreglará por si solo y me desespera que seas así. Pero ya hemos tenido un aviso con Charly ayer, como pase una desgracia por estar aquí viendo tus malditos dinosaurios... No te lo perdonaré en la vida.

         —No lo entiendes, no es eso. Yo no he pedido venir aquí...

         —Con nosotros no, que pedirlo sí lo has hecho.

         —Venga ya, pedí un viaje en primera clase, con un Halcón esperando en alguna parte para regresar cuando me aburriera. No quedar atrapado aquí con vosotros y mucho menos ser la mascota de un enorme tiranosaurio que en cualquier momento podría comernos de un bocado. Después, cuando los niños estén más tranquilos lo vuelvo a intentar.

         —Me pregunto si podrás hacerlo o también ese poder te lo ha quitado Ángela.

         Los chiquillos fueron corriendo a jugar con Ludi y éste gorgoteó mirando hacia las cumbres montañosas. El inmenso animal miró a Antonio y luego a las montañas como si esperara que comprendiera algo. Al acercarse, el dinosaurio se agachó y movió la cabeza pidiéndole alguna cosa, ¿lo hacía para que le montaran?

         Primero trepó él, que temió hacerle daño con sus casi cien kilos de peso colgados de su pelambrera, luego ayudó a Brigitte y los niños treparon solos, disfrutando de que pudieran colgarse del pelo del enorme animal.

         Una vez arriba el coloso se puso a dos patas y comenzó a correr. Tuvieron que agarrarse fuerte aunque la cola la llevaba en alto y ellos iban perpendiculares al suelo para no caerse.

 

         Las fuertes zancadas del animal les llevaron en apenas una hora hasta lo más alto de las montañas, donde vieron toda una manada de tiranosaurios esparcidos por las rocas con el mismo mal que torturó el día anterior a Ludi. Algunos estaban muertos y cientos de ratas devoraban con ansiedad sus restos, incluidos los huesos, que roían como termitas. Otros en cambio, aún se veían enteros y al ver aparecer a Ludi con ellos sobre su lomo les rugieron.

         Uno que superaba en altura a su amigo lanzó una dentellada contra Antonio, que se acurrucó entre los pelos del dinosaurio y por muy poco no le alcanzó. No hubo más intentos ya que Ludi se enojó y le pegó un cabezazo en medio del pecho, intimidando a su agresor.

         —Te lo dije, no es normal que Ludi nos aceptara tan pronto —dijo Brigitte—. Estos nos quieren comer.

         Gorgoteó mirando a todos los supervivientes y luego les miró a ellos. Se comunicaban se alguna forma porque uno de los más cercanos dio dos pasos hacia ellos y puso su cabeza en el suelo.

         Ludi mordió la ropa de Antonio por su espalda y lo bajó colgando patas arriba y gritando aterrado por la falta de cuidado. Lo levantó sin el menor esfuerzo. La fuerza de su cuello era colosal.

         Lo dejó caer encima de una piedra y el agredido dijo "gracias" mientras trataba de ponerse en pie.

         El tiranosaurio más grande, soltó un gruñido ensordecedor que volvieron las piernas de Antonio en pilares de mantequilla, pero Ludi se interpuso entre los dos. 

         —¿Quiere que los salvemos a todos? —Preguntó Brigitte, conmocionada.

         El hombre no tuvo dificultades en agarrar al primer roedor que correteaba por la melena del enorme animal. Lo sacó agarrándolo por la cola y se lo mostró a todos los dinosaurios. Estos abrieron los ojos asombrados y cuando lo vieron matar al animal, golpeándolo contra una roca, los más enfermos empezaron a levantarse y acercarse a ellos.

         —Ayudadme, esto va a llevar un rato —invitó a su familia—. Estos bajaron gustosos de Ludi y se pusieron manos a la obra.

 

 

         A medio día tenían una montaña de roedores reventados junto al último que acababan de salvar y ya solo faltaban los más enfermos, los que no podían acercarse para que les sacaran los parásitos y el más grande, que seguía sin fiarse de ellos.

         —Con esos tenemos comida de sobra —se jactó Antonio.

         Pero el más grande de los tiranosaurios se abalanzó sobre ellos y comenzó a aplastar el montículo de parásitos muertos con sus patas con una rabia tal que no dejó más que una mancha de sangre y vísceras en el pedregoso suelo.

         Luego les miró a un escaso metro de distancia mientras salía un gorgoteo de su garganta. Después de una intensa mirada que parecía cargada de odio, apoyó la cabeza en el suelo y se acomodó para que le sacaran los suyos.

         —Vaya, tendremos que cazar más —entendió Brigitte, temblorosa.

 

Comentarios: 5
  • #5

    Tony (domingo, 03 febrero 2019 02:03)

    Siento el nuevo retraso.
    Espero publicar este lunes o martes la continuación.

  • #4

    Yenny (domingo, 27 enero 2019 04:17)

    Voy a recordar siempre llevar un encendedor a mano creo que nunca podría hacer una fogata con ramas.
    Ya van dos partes desparasitando dinosaurios, supongo que deben tener un papel importante en la historia, espero que se acaben pronto las ratas porque de sólo leer la palabra rata me da urticaria.
    La verdad por mas que trato de imaginar que rumbo va a tomar esto no soy capaz de pensar en nada.
    Próxima parte pronto y sin tantas ratas, no puedo controlar el escozor jaja

  • #3

    Alfonso (sábado, 26 enero 2019 03:13)

    Se me hizo muy inverosímil esta historia. Me imaginaba una época en donde para sobrevivir había que dominar a otras especies.sin embargo, los tiranosaurios resultaron inteligentes y sumisos, ignorando su instinto de matar para sobrevivir. En fin, la próxima parte será sobre brontosaurios amigables, tanto que incluso son homosexuales... Es broma, pero en serio ni como ficción me lo creo.
    Yo más que comer una rata, las amaestraría para hacer un circo. Y guardaría a las ratas que no pueda controlar para regalarlas a mis enemigos.
    Jaime está tan obsesionado con las ratas que se ha olvidado de Ángela. Tony, deberíais seguir hablando de las ratas por un tiempo más. Jeje

  • #2

    Jaime (viernes, 25 enero 2019 03:30)

    Como no he comido, justo ahora quiero comer unas deliciosas ratas prehistóricas a la leña. A saber cómo sabrán.
    Espero la continuación.

  • #1

    Tony (jueves, 24 enero 2019 13:48)

    Siento el retraso. Algo falló en el sistema de copia de dropbox y se eliminaron algunas cosas que escribí. Nunca os fiéis de los programas de copia de seguridad, nunca dejéis de hacer copia en DVD o pendrives fuera de la máquina donde trabajáis.
    Por suerte esta historia solo perdió una corrección y he tardado poco en rehacerla.
    Espero que os esté gustando el relato y por favor, seguid comentando.

Por la obligación de poner en todos los coches espejos sin ángulo muerto

¿Cuántos accidentes y muertos dejarían de haber si todos los coches tuvieran espejos sin ángulos muertos? Si crees que hay que obligar a los fabricantes por ley a ponerlos en todos los modelos, pincha aquí.

¿Necesitas un editor de textos superior?

 

 

MOBI

 

La agenda del futuro

 

 

Mega

Organizador y

Buscador de

Información

 

Pincha aquí para saber más.

 

 

 

 

 

No dejes que te los cuenten

Relatos olvidados I

La mujer que se enfrentó al sistema y descubrió secretos por los que cualquiera moriría, solo por conocerlos.

Relatos olvidados II

Relatos olvidados III

Los grises. No prometas a una chica lo que no puedas cumplir

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.