Los últimos vigilantes

16ª parte

            Cerró los ojos y una sucesión de imágenes acudieron a su mente. Antonio y Brigitte hicieron algo mientras estuvieron en aquel tiempo que cambió la historia natural. Les vio atrapando ratas de entre el pelaje de los tiranosaurios, unos roedores con colmillos que debieron debilitar a los últimos depredadores, parasitándolos mientras estos se extendían. Cuando ellos les mataron la población de ratas nunca creció. Fueron erradicadas antes de que se extendieran por el mundo del mismo modo que un antibiótico frena en seco un catarro. Ellas darían lugar a miles de especies, que ahora nunca existirían gracias a su intervención. Años después de aquello, los tiranosaurios se extinguieron por un enorme meteorito que sumió a la Terra en una noche de dos años, pereciendo igual que todos los demás dinosaurios. La Tierra era tal y como era antes del hombre pero sin simios, conejos, ratones, cobayas, canguros...

            —Es curioso... No hay rastro de humanos —reveló—. Y estoy segura, estamos en octubre de 2018.

            —¿Tu eres Dios y nosotros Adán y Eva? —Antonio sonrió jocoso—. Y según la biblia estos son nuestros hijos, Caín y Abel —explicó—.  Tiene cierto sentido, Dios tenía aspecto humano y nunca se dice si era hombre o mujer.

            —Deja de decir estupideces —protestó Brigitte—. Tú y tus teorías rocambolescas.

            —Era un ser cruel y despiadado en el inicio del mundo —añadió Ángela—. Puede que tengas razón, no soy muy distinta a El.

            —Era broma —prorrumpió Antonio—. Pero bien pensado, podrías llamarle, es el único que puede arreglar esto. Te hará caso... Te ha dado ese poder, debería aparecer. Él debe saber dónde estamos.

            —Sí, bueno, nunca creí que existiera. No pierdo nada por probar —aceptó Ángela.

            —Por favor —suplicó Brigitte—. Antes de que Cain mate a Abel.

            Charly se estaba burlando de su hermano y éste le propinó un sonoro bofetón.

            —¡Ay! Miguel me ha pegado —lloró el mayor.

            —Si es que no paráis de chinchar —le ignoró su madre.

            —¡Chaly! No se Chincha —gritó Miguel, furioso.

            —Sí, yo también creo que hay que darse prisa —se rió Ángela—. Qué carácter tiene el pequeño, ¿de quién lo ha sacado?

            —De mí, seguro —dijeron Antonio y Brigitte al unísono.

            —Vaya, espero que no lo tenga por duplicado —se burló la otra.

            Se alejó de ellos y miró al cielo cogiendo aire profundamente.

            —Voy a hacerlo... Estoy nerviosa, saber que puedo lograr cualquier cosa no significa que pueda hacer esto, nunca creí en Dios pero esta magia no puede ser más que un don suyo... Y espero que no esté enfadado de que yo tenga su poder.

            —No tengas miedo —declaró Brigitte—. Bien pensado si aún no ha venido a quitártelo es porque no le pareces tan mala.

            —Gracias —respondió.

            —Ven con nosotros Dios, hazte visible y presente.

            Cuando terminó la frase todos, salvo los niños, aguantaron la respiración.

            —No le mires a los ojos —susurró Antonio a su mujer—. Dicen que quien lo hace muere al instante.

            —No creo que sea bueno que lo digas ahora —respondió Ángela—. Será una falta de respeto si viene y nadie le mira.

            Pero no apareció.

            —Lo que yo decía —dedujo Antonio—. Lo que ha pasado es que te has quedado sin gasolina y nos has dejado a un millón de años de nuestra época, o más.

            —No, no, no —rectificó Ángela—. Ha surgido fuerza de mí, la he notado. Él debe estar presente.

            —¿Y bien? ¿Dónde está? —Preguntó Brigitte.

            —Lo tienes delante —contestó la otra, dándose cuenta de lo que había pasado.

            —¿Dónde? No hay nadie más —protestó Antonio.

            —He tardado un par de segundos en comprenderlo... Pero soy yo —añadió.

            Éste rompió en carcajadas y la señaló con el dedo.

            —¡Qué bueno! ¿Nos tomas el pelo?

            —No estoy bromeando —Respondió con seriedad.

            —Dios tiene que ser hombre, porque sino dime tú cómo pudo embarazar a la Virgen María. Además cuando tú naciste... El mundo existía ya, ¿Cómo vas a crearlo tú? Y además, no eres una persona "digna"... Ni siquiera una mujer...

            —¿Pura? —Preguntó, sonriente.

            —Eso es.

            —No creas, me cuesta creerlo —respondió—. Pero lo he comprendido cuando le llamé.

            —¿Exactamente qué has entendido? —Preguntó Brigitte.

            —Que yo soy.

            Antonio y Brigitte se miraron encogiéndose de hombros. Desde luego ellos no comprendían nada.

            —¿Me estás diciendo que tú eres la que crea estrellas, galaxias, y al mismo tiempo destruye las viejas? —Inquirió Antonio.

            —No insistáis, no va a venir otro Dios porque soy la única que tiene este poder.

            —¿Y Génesis? ¿Dónde está ahora? —Insistió Antonio.

            —Ella... no existe. Es el mero recuerdo de un sueño.

            —¿Cómo te llamas? —Preguntó Miguel a Ángela, riéndose.

            —¿Quieres dejar de preguntar eso? —Le regañó su padre.

            —No seas tan pesado —le dijo Charly.

            —Vale, pues entonces arregla esto —insistió Brigitte—. ¿No existen los hombres? Habrá que evitar esto, ¿no? ¿Por qué no pides que todo vuelva a ser como antes?

            —No —replicó Ángela—. La humanidad ha sido la causante de que el planeta se esté muriendo. Los seres humanos somos los mayores destructores de especies de la historia del planeta, mucho más devastadores que el peor meteorito que mató a los dinosaurios. Para sostener el ritmo de vida de tantos millones de personas es necesario tratar a las otras especies como simples latas de comida, el mundo no es justo para el resto de animales. Quiero empezar de nuevo. Aún podéis tener hijos e hijas, viviréis muchos más años. Este paraíso terrenal es todo vuestro. ¿Qué más queréis?

            —¿Y tú qué piensas hacer? —Inquirió Antonio.

            —Estoy cansada —replicó Ángela—. Vendré a veros cuando me sienta mejor. Y vosotros, por favor, no caigáis en los mismos errores que los primeros hombres. No dejéis que vuestros hijos se maten entre ellos... —sonrió al ver a Charly pellizcando a Miguel.

            —¡Ay! —Se quejó el pequeño.

            —Si veis un árbol con manzanas muy tentadoras... No las comáis, por si acaso —Ángela sonrió mientras se desvanecía como un fantasma.

            —¿Tendremos que cazar? —Preguntó Antonio.

            —No será necesario, tenéis mucha fruta, haré que todos los árboles produzcan frutos comestibles, pero las manzanas me encantan, dejádmelas a mí. Por seguir la tradición, más que nada.

            Dicho eso desapareció por completo.

            —Menuda friki —protestó Brigitte—. ¿En serio se ha creído que es Dios?

            Antonio se puso blanco de miedo al temer que les escuchara. Pero al no volver a aparecer se calmó.

            —Si no lo es, es fácil creerlo con todo el poder que tiene —respondió.

            —¡Miguel! —Brigitte detuvo la mano del pequeño cuando caía sobre la espalda de Charly—. Dejad de pegaros por el amor de ... Dios.

            —Sigo pensando que se quedó sin gasolina —comentó Antonio, con cara de circunstancias.

 

 

 

 

            Ángela deseó volver a su casa de Madrid, su cama, su colchón fresco blandito de sábanas de algodón egipcio, sus almohadas de plumón, tumbarse relajarse, descansar desnuda, mirando al techo o ver las cuatro torres de Madrid como largos dedos apuntando al espacio aunque no quería que volviera el mundo viejo,... el terrible, el sucio, el dominado por la avaricia... el que ella conoció en su más cruda representación. Su vida era un compendio de horrores, desde los crímenes que vio cometer a su padre, hasta cuando fue violada por su padrastro. Sus raíces la habían corrompido tanto que contaba sus asesinatos como quien colecciona medallas, la vida ajena, incluso la de sus amigos, tenía un precio.

            Ahora todo sería distinto, ella pondría en orden todas las cosas y necesitaba más poder.

            —Quiero dominar la telequinesis.

            Cerró los ojos, soltó el aire de sus pulmones, y al abrirlos buscó una piedra que pudiera mover con el pensamiento. Extendió la mano e imaginó el pedrusco, de ciento cincuenta kilos, elevándose por su voluntad. El objeto salió de la tierra como si tuviera vida propia y flotó en el aire obedeciendo las órdenes de su mano. La hizo girar y luego, lo arrojó hacia arriba, lanzándolo como un cohete fuera de la atmósfera.

            Hacía varios años que Alastor, el jefe del EICFD, la obsequió con su veneno oscuro. Con esa magia, alimentada por la oscuridad reinante, podía levantar objetos, destruirlos con sólo apretar el puño. Cuando Génesis la derrotó, el poder que amasaba huyó de ella.

            Creyó que iba a morir y recordó el amargo sabor de la muerte segura. Génesis tan sólo tendría que haber chasqueado los dedos y la habría convertido en una antorcha viviente. Además... No pidió ayuda divina en un momento porque pensaba que ese era su merecido final. La mujer vestida de Sol no creyó lo mismo y decidió perdonarla y confiarle su poder. Aquel día algo se murió dentro de ella y nació una chispa que con el tiempo se fue apagando.

            Y después Antonio Jurado, con el traje puesto, cuando logró descubrir su engaño de nuevo sintió el sudor frio y terrible de la certeza de una muerte segura. Cerró los ojos esperando una palabra mortal y lo que escuchó fue una nueva oportunidad. Ella le arrebató sus poderes y creyó que nunca tendría quién la tosiera.

            Pero incluso sin poderes, o porque realmente existía un Dios y la quería con ese poder, o quizás por pura suerte, Antonio encontró la forma de destruir a todos, incluida ella. Regresar a su lado salvó lo poco que podía salvarse de su especie.

            Todo ello había conducido a ese momento, al fin y comienzo de todo. El futuro de la humanidad dependía de sus acciones y odiaba y amaba a partes iguales a su Adán porque sabía que a su vez él la quería y también a su mujer.

            —No hay duda de que soy Dios.

            Decidió montar su propia buhardilla en aquel campo. Ya pensaría cómo deshacerse de Brigitte sin que él la odiara por ello. Con órdenes sencillas fue haciendo aparecer el edificio, un lujoso palacio de piedra blanca brillante que hizo surgir de la nada, con un gran portón de oro y cuatro grandes ventanas en cada pared. Creó dos guardianes de mármol blanco de tres metros de altura, desnudos, asexuados, musculosos, custodiando la puerta a ambos lados. Se inspiró en el recuerdo de John Masters al moldear su rostro.

            Pensar en algo y ver que aparecía ante sus ojos le gustó tanto que no pudo detenerse. Después creó un jardín con una profunda piscina de agua de río, con exóticos peces de colores que aparecían cuando ella los imaginaba. Puso árboles muy altos y frondosos que dieran mucha sombra. Más allá, en el yermo, hizo crecer hierba aromática mezclada con eucaliptos y quiso que muchos animalitos como conejos, ardillas, ciervos, jabalíes, corretearan por allí a sus anchas. Hizo crecer árboles frutales, manzanos, perales, viñas, cerezos, almendros, olivos, nogales. En un momento dado quiso saberlo todo y conocía cada una de las especies vegetales, animales, insectos, hongos... Su mente ya no estaba limitada por sus escasos estudios. Tenía el conocimiento universal.

            —Quizás el verdadero creador de todo me está poniendo a prueba, a ver cómo me porto y qué hago. Desde luego él tuvo su carácter cuando mandó un diluvio y se cargó a todo el planeta menos a unos elegidos... No es muy distinto a lo que yo hubiera hecho. Pero yo no destruiría el mundo, tenía tantas cosas que quiero que vuelvan... Y ahora soy inmortal, tengo en mis manos el destino del planeta, del universo. Lo cierto es que yo sé que soy yo, Dios. Nadie puede toserme, no puedo morir, mi palabra se hace materia, todo cuanto dicen de Dios se cumple en mí.

            Suspiró, mientras caminaba por la habitación que había creado y fue haciendo aparecer cómodos sillones forrados de seda, gatos de varios colores correteando por ahí, un perro mastín durmiendo en la alfombra, una cama enorme, cuadrada, en medio de la habitación con algodonosas sábanas sobre un colchón de robusto algodón. Todo blanco, suave, perfecto.

            Todo estaba bien salvo una cosa que obstinaba en bloquear en su mente. Una puerta que no se atrevía abrir en lo más recóndito de su alma.

            —Voy a echar una siesta y luego veré lo que hago.

            Se desvistió con el pensamiento quedando desnuda, visualizó su cuerpo como de una joven de dieciocho años, piel tersa, suave, perfecta y se dejó caer sobre la cama, notando el frescor de las sábanas. Se acurrucó buscando el anhelado descanso entre esas blandas nubes de algodón.

 

 

 

            A diferencia de lo que tuvieron que sufrir para comer antes de la llegada de Ángela, ahora el mundo estaba poblado por árboles en flor y muchos de ellos con frutas, como los cerezos, que estaban tan atiborrados que las ramas de cerezas lamían el suelo verde.

            Antonio fue el primero en probarlas y pensó que nunca había comido algo tan rico en su vida. Sus hijos las comieron con ansiedad y Brigitte les alertó de que no se tragaran los huesos, aunque fue una advertencia de más ya que Charly y Miguel ya estaban escupiéndolos.

            —¿Sabéis cuál es el único ingrediente que hace que la toda la comida sepa siempre mejor? —Preguntó Antonio.

            —Agua —intentó adivinar Charly.

            —¿Es esa otra de tus preguntas chiste? —Se burló Brigitte.

            —El hambre.

            —No me digas... —Bufó ella.

            —Exacto. Es curioso, ¿verdad? —Antonio miraba al cielo mientras saboreaba esas deliciosas frutas.

            —Si tú lo dices...

            Brigitte puso los ojos en blanco y Charly se rió.

           Quelo más —le ignoró Miguel, llenando sus manos de cerezas, cuyas ramas parecían serviciales al descender a su altura por efecto de la gravedad.

            Cuando se llenaron hasta más no poder Antonio vio que un poco más allá estaba el río donde se cayó Charly, mucho más profundo y de aguas más tranquilas. Se acercó a ver el discurrir de la corriente y se sentó a la orilla. Hacía calor, era como hubieran adelantado una estación pues cuando visitaron a los dinosaurios estaban entrando en el invierno. Ahora las flores y las cerezas le indicaban que eran los inicios de la primavera. ¿Sería mayo? Era difícil decidirlo, en ese lugar no existían los calendarios ni los relojes. Ellos lo iniciaban todo y como no tenía ni idea de qué fecha era decidió que sería el primer día del año. Los meses serían 5 y tendrían todos 73 días. A su vez los dividiría en semanas de 7 días por mantener algo del mundo antiguo. Como le pareció lo más correcto lo compartiría con su mujer, que se sentó a su lado y se quitó los zapatos y calcetines. Se arrimó al cauce del río y los metió dentro a su lado.

            —¿Y si hay pirañas? —Bromeó Antonio.

            —Para eso estás aquí —respondió.

            —¿Crees que podría salvarte de ellas?

            —No. Pero puedo echarte la culpa.

            Apoyó la cabeza en su hombro y Antonio sonrió negando con la cabeza.

            —Es bonito esto, ¿eh? —susurró él—. He decidido que cambiaremos el calendario. A partir de ahora tendremos 5 meses de 73 días...

            —Nuestros hijos necesitan el mundo civilizado —le ignoró su mujer—. ¿Y si se ponen malos? No hay médicos, ni hospitales, medicinas, ni casas. Esto es primavera, pero ¿Y en el invierno? Sabes muy bien lo malito que se pone Charly con el frío. En casa ni con radiador ni medicinas conseguimos quitarle la tos en menos de un mes.

            —Tenemos tiempo de construir algo —propuso él.

            —¿Tú? ¿Con qué herramientas? No puedes ni cortar un matojo sin una sierra o un hacha. Podríamos buscar una cueva, pero estaría lejos de esto.

            —¿A dónde quieres ir a parar? Si no nos queda otra nos terminaremos adaptando aunque te veo muy negativa —opinó Antonio—. ¿Que te parece lo de los meses?

            —Este viaje del tiempo ha costado... miles de millones de vidas —volvió a ignorarle.

            —Te equivocas, nosotros reiniciaremos a la raza humana. Somos Adán y Eva, todo volverá y espero que mucho mejor de lo que conocimos. Sabemos que no hay que comer del árbol prohibido. Ángela quiere todas las manzanas para ella, es fácil, no se tocan y listo. Esta vez no será necesario trabajar.

            Brigitte le agarró el brazo con sus manos.

            —Ni tú eres Adán ni yo Eva, ni Ángela Dios —escupió—. ¿Es que nos vamos a quedar sin hacer nada? Sabemos quién ha causado todo esto, nosotros, pero ¿quién nos envió al pasado?

            —Ángela.

            —Exacto. Ella debe deshacerlo. Es la única que puede y tú... La conoces muy bien. Así que exprímete el coco. ¿Alguna idea para convencerla?

            Antonio suspiró y miró al agua. Vio que unas carpas del tamaño de un antebrazo besaban los pies de su mujer. Esa naturaleza no conocía el miedo al hombre. No podía renunciar fácilmente a una vida así. ¿De verdad creía que la humanidad mereciera seguir existiendo tal y como la conocían?

            Charly y Miguel chapoteaban en una orilla a poca profundidad. Reían con tal alegría que no quería silenciarlos por volver a lo de antes. Ese era el paraíso y la única que no parecía contenta de estar allí era Brigitte.

            Pensó en la historia bíblica. Ella era la que proponía a Adán el plan para desafiar a Dios. Era la única que no parecía contenta con el paraíso y quería la vida de pecado.

            —No soy yo el enemigo, no me mires así —le leyó el pensamiento, enojada.

            —Pero eres tú la que quiere volver... Yo creo que no hay que culparse de lo que nunca ha pasado.

            —Sí que sucedió. Venimos de allí y soy la única que lamenta la pérdida de incontables vidas humanas. ¿Soy la mala por querer salvar a la humanidad?

            —Si tuviéramos que lamentar lo que hemos perdido por las decisiones tomadas en el pasado no dejaríamos de llorar nunca —replicó Antonio, negándose a compartir esa empatía por el mundo viejo.

            —Pero tu decisión es dejar que sea solo un sueño. La mía es salvarlos. Ojalá pudiera hacer otra cosa que tratar de convencerte a ti de que hagas algo.

            —Hablas como si me quedaran poderes. Ángela es tan poderosa que si discrepo con ella puede fulminarme como...

            —No seas ridículo, tú eres la única persona que le importa en el mundo.

            —¿Yo? —Antonio se sonrojó.

            —¿No te has dado cuenta?

            —Ella no quiere arreglar nada ni que la humanidad vuelva porque son una amenaza para ella.

            —Y bien sabes que el mundo del que procedemos es peligroso y cruel. ¿No prefieres esto? Por tus hijos.

            —¡Antonio, no tenemos derecho a juzgar a nadie! —Exclamó Brigitte—. No puedo quedarme aquí sentada sabiendo que mis compañeros de oficina ya no existen, mi familia, mi padre, mi madre, mi hermana. Mis amigos del trabajo, ¿Sabes que Alfonso iba a tener un hijo? Y Jaime se va a casar el mes que viene. Yenny está feliz con su nuevo novio y quieren viajar juntos a Egipto este verano... Chemo se ha echado novia, al fin sienta la cabeza y ha dejado de hacer chistes verdes. El último día que le vi me habló de comprarle a su novia un dinosaurio cantarín. Son mis amigos y lo único que puedo hacer por recuperarlos es intentando convencerte para que entres en razón. Si nos perdieras y fuéramos un sueño, ¿no intentarías recuperarnos? Tus padres te importan un poco ¿no?, tus amigos, ¿no tienes ninguno?

            —No lo entiendo, no está en nuestra mano recuperar el mundo antiguo. Y no tengo ni la menor idea de dónde encontrar a Ángela. Y aunque lo supiera... ¿Cómo la convenzo de que deshaga todo? Me pides un imposible.

            —¿Por qué no te lo planteas así? —Razonó ella—. Vete a buscarla e improvisa. Tú la conoces, trata de buscar su debilidad, háblala, sincérate, declárate si hace falta, te ama. No te preocupes por mí y los niños, estaremos bien. Tú concéntrate en que ella abra su corazón. Quizás eso baste. Cuando uno habla así, formula deseos y cosas sin darse cuenta. Esa es tu oportunidad, aférrate a eso.

            —Ni hablar, ¿Voy a dejaros solos? ¿Y si os pasa algo? —Dudó Antonio—. Si no lo consigo, ¿cómo os encuentro? Podría tardar meses en encontrarla, quizás años... Y no sabría volver.

            —Si lo logras, dejaremos de estar aquí —Brigitte le puso la mano en la mejilla y le besó en los labios—. Eres el único que puede lograrlo, no me falles.

            Antonio suspiró y asintió con tristeza.

            —Como desees.

Comentarios: 8
  • #8

    Yenny (miércoles, 06 marzo 2019 05:37)

    Aún en espera de la siguiente parte. Si es por un buen final, la espera valdrá la pena.

  • #7

    Chemo (viernes, 01 marzo 2019 03:16)

    Mientras haya alguna escena con duchas puedes demorarte cuanto desees. Jejeje
    Seguramente el final no decepcionará.

  • #6

    Tony (viernes, 01 marzo 2019 01:22)

    Hola amigos,
    He pensado que el final que había escrito no me gustaba nada así que voy a reescribirlo. Esto puede llevarme algo más de tiempo aunque espero que merezca la pena.
    Disculpad la espera.

  • #5

    Chemo (sábado, 23 febrero 2019)

    El peor error de un hombre es hacer caso ciego de una mujer. Si Antonio realmente quiere quedarse a vivir en el nuevo mundo, podría pedir a Ángela que le construya un doble para poder estar con Brigitte y Ángela al mismo tiempo. Y de paso hacerse de otras copias que quepan en cada uno de los agujeros de Ángela. Jeje
    Mi predicción para la siguiente parte: Ángela construye unas duchas en el paraíso terrenal. Y Chemo regala a Ángela un dinosaurio cantarín mientras van a las duchas.

  • #4

    Alfonso (viernes, 22 febrero 2019 02:10)

    Espero que mi mujer no lea esta parte porque me comenzará a pedir un hijo. Llevamos poco más de un año de casados y en ocasiones me ha confesado que quiere hijos pero yo aún no me siento preparado para ello. Tal vez en unos años más o en una realidad alterna.
    Yo creo que Antonio tiene la solución perfecta para hacer recapacitar a Ángela: proponerle que haga aparecer las duchas (y de paso a los amigos de Brigitte) para recordar viejos tiempos. Jejeje
    Si eso no funciona, volverá a iniciarse el mundo y sus tragedias: Caín y Abel, Sodoma y Gomorra, etc.

  • #3

    Yenny (jueves, 21 febrero 2019 14:15)

    Me pierdo unos días y hay dos partes nuevas.
    Es obvio que de alguna manera todo volverá a la normalidad, es poco probable que Ángela se acostumbre a la soledad.
    No creo que en ningún mundo paralelo Chemo pueda dejas esos chistes, son parte de su esencia, aunque me encantó la parte del dinosaurio bailarin jajaja.
    Siempre las mujeres complicando las cosas, también que se está en ese paraíso para que regresar, espero que Ángela no los expulse de el.

  • #2

    Jaime (jueves, 21 febrero 2019 02:35)

    Bueno... al menos ha aparecido el dinosaurio bailarín de Chemo. Jejeje Eso de casarme quizá ocurrirá en una realidad alterna o en mil años. Y el día que Chemo tenga novia o deje sus chistes dejará de ser Chemo. Quizá las predicciones de Yenny y Alfonso sean más acertadas.

    Pues la historia se repite. Eva convence a Adán de ir en contra de Dios. Y, aunque este Dios no puede ser engañado fácilmente, tiene sus debilidades: sexo y lujuria. ¿Será el inicio del bien y el mal?

  • #1

    Tony (jueves, 21 febrero 2019 00:23)

    Chemo siempre acierta lo que va a pasar a continuación. Espero que os haya gustado esta parte y que os preparéis para la siguiente... ¿Será el final?

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

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