Los últimos vigilantes

22ª parte

            —Ahora que tenemos todo el tiempo del mundo, ¿me escucharás?

            —¿Cómo has hecho eso? —Preguntó asombrado.

            —Puedes volver a poner el reloj en marcha, sé que llevas puesto el traje. Pero dame unos minutos.

            Ella también lo tenía, no cabía la menor duda, aunque no sabía de dónde lo había sacado.

            —Te quiero —se sinceró Ángela—. No se lo he dicho nunca a nadie más. Y por eso te he devuelto lo que tu mujer te pedía, este viejo y sucio mundo.

            Antonio se quedó sin palabras.

            —No quiero que me respondas, solo quería decírtelo.

            —Pero... No puedo dejar a mi familia.

            —¿Qué te acabo de decir? Cállate, ya sabía lo que dirías.

            —¿Cómo has conseguido un traje?

            —No lo tengo.

            —¿Pero de dónde viene tu poder? Yo no podría detener el tiempo, así como has hecho tú.

            —Digamos que no soy la viajera que conoces.

            —Ahora que caigo... Te veo más guapa, joven, ... Y segura de ti misma.

            —Antonio, tienes olfato para las cosas —dijo Ángela sonriendo mientras se acercaba a él y le rozaba la mano con timidez—, Pero esta vez no te enteras de nada. Quiero que recuerdes nuestro último día juntos.

            Antonio abrió los ojos como platos al venirle a la cabeza, de golpe, lo que sucedió esa misma noche. O lo que él había soñado, que ahora lo recordaba con absoluta claridad.

            —¿Fue real?

            —Ya lo creo que lo fue.

            —Vaya, buf... —Antonio la miró de otra manera. Esta vez no veía a la viajera del tiempo, la compañera de Amy Kelly, que le salvó la vida en su nacimiento. Esa Ángela era la que le utilizó para encontrar a Génesis, la que estuvo atrapada en el mundo de la antimateria junto a Alastor, la que tuvo la cicatriz en el brazo y espalda... La auténtica de su línea temporal. Sin embargo, era mucho más que todo eso.

            —Nada es más real que ese recuerdo —dijo ella.

            —Tú eres la que estuvo atrapada con Alastor —pronunció con asombro.

            —No me gusta recordar el Vórtice —replicó con seriedad—. Si me pongo a pensar lo insignificante y frágil que me llegué a sentir allí...

            —Los recuerdos de esta noche son mejores —respondió Antonio—. No quise incomodarte.

            —Solo fue un sueño para ti. Dime una cosa, ¿Volverías a hacerlo?

            —Sería genial —negarse habría sido de necios—. Es sencillamente un día por el que merece la pena vivir y morir.

            —Pero no puedes, eres padre de familia —cortó ella—. Pero no te preocupes, lo podrás recordar, como te prometí cuando estábamos juntos.

            Se quedaron pensativos unos minutos mientras Ángela aún tenía agarrada su mano. Él no la apartó.

            —¿Sabes? —añadió al soltarle—. No sé hasta donde leíste del diario de mi impostora. Dudo que esa otra Ángela supiera lo que tuve que pasar en el Vórtice. Cuando desperté me encontré en un desierto. Estuve herida, sola, cansada, enferma y sin saber cómo volver. Con lo que me gusta escribir mis penas y trapos sucios no pude dejar aquello sin documentar y en cuanto encontré libreta y boli escribí mis crónicas.

            —¿Tienes un diario de aquellos días? —sonreía él ilusionado.

            —Fueron varios meses. Y sí. ¿Lo quieres?

            —Pues claro, me apasiona tu historia y sobre todo esa: El secreto jamás revelado del triángulo de las Bermudas.

            Ángela sonrió con chulería. Chasqueó los dedos y apareció un cuaderno viejo en su mano.

            —Ya que ha salido el tema gracias por rescatarme. Creo que es una de las razones por las que eres tan especial para mí. No parece que tengas nada diferente, pero consigues cosas que nadie más podría.

            —De nada, aunque supongo que fue pura suerte.

            —Me refiero a despertar sentimientos en mí que no creí posible sentir. Solo tú lo consigues.

            —Creo... Que nadie me ha dicho nunca algo tan bonito —se ruborizó.

            Ángela levantó las cejas, taciturna y se encogió de hombros.

            —Es hora de poner el tiempo en marcha —sentenció.

            El sonido regresó como el estruendo de una muchedumbre, los pájaros cantando, los coches lejanos, el viento, su propia respiración, las alas de las golondrinas... Nunca se había percatado del ruido que hacía el ambiente silencioso de su casa.

            —Lleva a tus hijos al colegio, yo te espero en el coche. No olvides hablar con Brigitte.

            —¿De qué?

            —De entregar los trajes con sus poderes a los pleyadianos. ¿Ya te has olvidado?

            Antonio asintió sonriendo y se marchó acariciando como un tesoro las pastas de ese cuaderno.

            —Y no te olvides de regalarme una copia... Y que yo soy la autora. Como ganes un céntimo sin darme mi parte te enteras.

            —Oh, no tienes que preocuparte por eso, no he logrado vender suficiente ni para cubrir los gastos de publicación de mis libros, escribir en estos tiempos es poco fructífero.

            —Quizás te falte un empujón, escenas de sexo... Prueba. La gente es muy pervertida.

            —Puede que tengas razón... —Antonio miró el reloj—. Luego hablamos.

            Al entrar en casa notó que le temblaban las piernas. ¿Ángela tenía poder de detener el tiempo sin pronunciar palabra? Al tocarle la mano vio muchas cosas en su mente, pero tan rápido que apenas recordaba unas pocas. La que más le impactó fue recordar aquella noche. Un sueño donde el pecado y el engaño no existían.

            Con Brigitte se acostumbraron a la monotonía. Dejaron de dormir juntos cuando Charly se puso malo con cinco meses. Pasaron tan malas noches que el poco tiempo que podían descansar ella no pegaba ojo por sus ronquidos. Harta, le dijo una noche que si un día se dormía conduciendo al ir al trabajo y se mataba sería por su culpa.

            Desde entonces cada uno tenía su habitación.

            El tiempo de matrimonio iba matando esos preciosos detalles de vivir en pareja, la ilusión del simple roce, el calor del otro en la cama... A menudo extrañaba su tiempo de noviazgo en el que separarse era como aguantar la respiración. Ahora eso ya no les pasaba, incluso ella buscaba para él misterios con el propósito de que no estuviera en casa tanto tiempo.

            Recordando el sueño de Ángela todo había sido... Increíble. No encontraba más adjetivos. Describir con palabras momentos tan intensos dejaría la mitad de los detalles fuera y eran esos precisamente los que más importaban. Los labios de Ángela aún estaban impregnados en los suyos. Podía sentir en sus dedos la suavidad de su piel...

            Ambos podían percibir lo que le hacía al otro y eso propició que conocieran los límites, lo que tocar, cómo rozarlo... Cuándo parar y, sobre todo, ser conscientes del placer del otro.

            Uno de los momentos más excitantes que recordaba fue cuando ella le prohibió tocarla. Su frase aún le aceleraba el ritmo cardíaco.

            «Quiero que te corras con solo mirarme».

            Al recordar la suavidad de su voz notó que se estaba mojando el calzoncillo.

            Debía pensar en otra cosa, pero ¿cómo iba a sacársela de la cabeza después de algo así? Su corazón se detenía y le faltaba el aire si por un segundo apartaba a Ángela de sus pensamientos.

            «Esto no tiene por qué terminar nunca, es para siempre» —recordó y comprendió que si estaba allí y no con ella era porque él no quiso. ¿cómo pudo rechazarla? Esa respuesta la sabía... Eligió a su mujer y a sus hijos. ¿Era más fuerte su amor por su familia? Suspiró al llegar junto a ellos y ver a su mujer intentando calzar a un Miguel inerte, totalmente dormido y vestido sobre la cama. Lo cierto era que por mucho que le partiera en corazón a Ángela y a él mismo, en esa habitación estaba lo que más quería en el mundo.

            —Niños, ya viene papá, venga levantaros o no tendréis tiempo de desayunar.

            La voz de Brigitte le sacó de sus ensoñaciones.

            —¡Papá! —Exclamó Miguel—. He soñado con Ludy.

            —¿De verdad? —Preguntó, tratando de prestarle toda su atención, solo por librarse de esos pensamientos.

            —Charly y yo le hacíamos cuchis —continuó el pequeño.

            —Yo no he visto dinosaurios —protestó a voz en grito el mayor, con voz enojada.

            —Tampoco hace falta ponerse así. Miguel contaba su sueño —le regañó su madre.

            —Yo me caí a un rio lleno de pirañas y papa me salvó. Aguanté la respiración, pero casi me ahogo.

            Él, que sabía ahora que todo eso ocurrió de verdad, sonrió y ayudó a los dos a levantarse. Ya los había vestido Brigitte, les faltaban las zapatillas.

            —¿Qué te pasa? —le preguntó su mujer al notarle distante.

            —Tengo sueño —respondió—. No he dormido mucho.

            —Te dije que no fueras. ¿Dónde están esas dos? —Inquirió ella.

            —En el coche, no está más que Ángela. Amy... Luego hablamos.

            —Muy bien —Brigitte terminó de calzar a Miguel y Antonio a Charly—. ¿Queréis un plátano?

            —Galleta de totolate —respondió el pequeño.

            —Yo un bollito de azúcar —añadió el mayor.

            —Pero no os manchéis. Tenemos cinco minutos —apremió Brigitte.

            Corrieron a su sitio en la mesa de la cocina y devoraron sus desayunos con gran apetito. Aunque Miguel engulló su galleta y la almacenó en su moflete derecho que llevó hinchado como si le hubieran sacado una muela.

            —Quiero otra —consiguió pronunciar.

            —Acábate esa o te atragantarás —protestó su madre—. Se te van picar las muelas si sigues haciendo el hámster.

            Antonio lo miraba divertido, para él era todo nuevo y Miguel era tan chiquitito que parecía una persona de juguete.

            —Tengo sueño, no quiero ir al cole —protestaba Charly.

            —Yo papoco —añadió Miguel.

            —La canción de todos los días —bufó Brigitte.

            —Pero niños, hoy voy yo a llevaros. Voy a conocer a vuestros amigos.

            —¿Vendrás a buscarnos? —Preguntó Charly.

            —Pues claro tío, y me tienes que contar qué has hecho.

            —Le diré a María que te deje quedarte con nosotros —ofreció Charly.

            —No puede quedarse —replicó Brigitte.

            —¿Quién es? —Le preguntó Antonio a su mujer.

            —Su tutora, profesora, la que lleva la clase. No intentes recordar todo de golpe o te harás daño.

            Él asintió sonriendo. No debía olvidar a María para luego poder preguntarle cosas cuando volviera.

            —Vamos, es la hora. Tenemos que irnos, poneos los abrigos —Instó Brigitte.

            A toda prisa los niños fueron hacia el perchero cogieron sus respectivas chaquetas, pero solo Charly intentó ponérsela, aunque sin demasiado acierto ya que metió un brazo por una manga que estaba del revés.

            Les ayudaron a ponérselos y con las mochilas en los hombros fueron de la mano, Charly con Antonio y Miguel con Brigitte.

            Al salir de casa vieron a Ángela mirándolos desde el coche. Brigitte la ignoró, pero él se la quedó mirando con la extraña sensación de que la mitad de su ser estaba en el coche junto a ella.

            En apenas tres minutos, a buen ritmo, llegaron al colegio y cada uno dejó a un niño en sus filas correspondientes. Charly se abrazó a Antonio y no quiso soltarse. Tuvo que acercarse la profesora a sacarle del apuro.

            —Uy, Charly, hoy ha venido papá. Qué suerte. Vamos para dentro anda, que luego vendrá a buscarte.

            —Un beso —le dijo el pequeño tirando de su brazo.

            Se agachó y el niño le puso sus labios húmedos en la mejilla.

            Si algo tenía claro sobre Charly, era que le idolatraba. No deseaba perderse ni un día más de su vida.

            En el camino de vuelta Antonio y Brigitte se cogieron de la mano.

            —¿Tienes puesto el traje? —Le preguntó él.

            —Siempre lo llevo desde que viniste.

            —Yo también. Ahora tenemos que ir a ver a los Pleyadianos. Debemos entregarlos.

            Brigitte se detuvo sorprendida.

            —¿Cómo? ¿Para eso ha venido? ¿Con qué te ha amenazado esta vez?

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    Alejandro (sábado, 01 junio 2019 22:03)

    Yo también quería leer la parte 20. Hace falta leerla para entender el contexto de esta parte.

  • #5

    Alfonso (miércoles, 29 mayo 2019 20:29)

    Definitivamente la sección más interesante de esta parte es la de los comentarios. Me he reído mucho.
    1. Jaime - aunque estoy de acuerdo contigo sobre la mayoría de los matrimonios, no todos son así. Al menos no el mío. El truco es no dejar que se apague la llama de la pasión y no darse paso a la monotonía. No tengo hijos pero supongo que con ellos ha de ser más difícil.
    2. Chemo - Concuerdo contigo en que es difícil imaginar qué pasará ahora que Antonio y Brigitte regresen sus trajes pleyadianos y Ángela es una diosa. En las historias anteriores al menos se desvelaban posibles tramas o desenlaces, pero aquí no hay mucho de donde coger. Sobre todo ahora que Alastor ha muerto y la invasión de la Oscuridad ha sido derrotada gracias a Antonio. Habrá que leer la parte 20 para saberlo.
    3. Tony - Deberíais hacer caso al comentario de Ángela sobre el sexo. Esta parte fue interesante poque no fue tan explícito pero da paso a la imaginación sin ser vulgar o considerarse perturbador para un menor de edad. Y hacer el final interesante: siento que tras la muerte de Alastor no hay más "enemigos" que combatir. Incluso el EICFD no parece tan peligroso ahora. ¿Tal vez rescatar al Consejo?

  • #4

    Tony (miércoles, 29 mayo 2019 17:09)

    Pero si falta la limonada. ¿Como que no hay más que contar? XD
    (Por el dicho de “esto no tiene chicha ni limoná”)
    La chicha está en el capítulo 20.
    La próxima parte tiene pinta de llegar puntual el lunes o martes. Es cierto que cierra un capítulo pero abre otro más interesante.

  • #3

    Chemo (miércoles, 29 mayo 2019 16:56)

    Jajaja, Jaime, me ha gustado tu comentario. En parte concuerdo contigo, aunque supongo que hay gente que sigue casada por convicción y es feliz así.
    Supongo que esta parte es lo más cercano que tendremos a la parte 20. Concuerdo con Ángela: la historia atraería más suscriptres si tuviera escenas eróticas. No por la perversión en sí, sino como una forma de aliviar la tensión.
    También creo que sería más interesante una historia de un mundo alterno en la cual Ángela borra a Brigitte de su existencia y Antonio se casa con Ángela. Creo que harían mejor equipo, desde todas las perspectivas.
    No sé cómo terminará esto, pero tal parece que ya no hay mucho más que contar. Espero equivocarme.

  • #2

    Jaime (lunes, 27 mayo 2019 17:37)

    Hola Tony. Ya extrañaba leer tus historias. Ojalá pudieses publicar cada semana como lo hacías antaño.

    Me ha gustado esta parte. Ha dejado entrever un poco de las aventuras de Antonio y Ángela, y de lo acontecido en la parte 20. Si Ángela fuese inteligente, ella podría hacer que Antonio nunca hubiese conocido a Brigitte o a alguna otra antes que ella. Es la única forma en que se cumpla que «esto no tiene por qué terminar nunca, es para siempre».

    También me a dejado una muy buena moraleja: «El peor error en la vida de un hombre es casarse». Conozco infinidad de matrimonios que, o bien, han terminado o bien, siguen juntos por compromiso mas no por que realmente deseen continuar juntos. E incluso en la naturaleza, las parejas animales están juntas solamente hasta que sus crías dejan el nido. Y las razones es obvia: la monotonía, el aburrimiento, el cumplimiento de la procreación exitosa, etc. Sería interesante un tratado filosófico al respecto.

    Honestamente no me llama la atención la historia de Ángela en el Triángulo de las Bermudas. Me gustaría que continúe la saga del triángulo amoroso -o mejor aún, un cuadrilátero amoroso, jejeje-.

    ¿Qué opináis?

  • #1

    Tony (lunes, 27 mayo 2019 10:25)

    No sé por qué esta parte me ha costado más de la cuenta revisarla. Está escrita desde hace una semana pero la he tenido que retocar tantas veces que hasta hoy no he podido publicar. A ver si consigo agarrar el ritmo de una parte por semana y publico lunes-martes otra vez.
    No olvidéis comentar.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

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