Los últimos vigilantes

36ª parte

 

            Abrió los ojos en el sofá de su casa y vio que la televisión estaba encendida. Su mente era un vació infinito, sin nada de información, y una película que debió ver la noche anterior descansaba sobre la mesita del salón y era "Recuérdame". En la carátula había una entrañable pareja y el chico le resultaba familiar. Pero no sabía si le conocía de verdad o sería un actor famoso.

            —Qué raro...

            Solo recordaba eso. Ni siquiera podía evocar su propio nombre.

            Se levantó, vio una botella de ginebra vacía y una nota sobre la mesa con una firma que no reconocía.

            «Lo he pasado genial, estoy deseando que llegue la noche.»

            —Y mis bragas por el suelo... —murmuró mientras se llevaba la mano derecha a la vagina y descubría que bajo el camisón translúcido no tenía ropa interior y la sentía dolorida, como cuando se emborrachaba y traía a un tío a casa para echar un polvete. Sin embargo, no recordaba absolutamente nada de él. Ni de la noche que debieron pasar. Ni sabía si esa nota la escribió ella o la persona que la acompañó. Ni nada más, excepto que solía llevarse gente a casa sin saber su nombre ni decírselo ella.

            Se palpó el cuero cabelludo en la cabeza buscando algún golpe, herida o cualquier cosa que pudiera explicar esa amnesia. Quizás se había puesto salvaje la cosa y se golpeó en alguna parte.

            No encontró zonas dañadas ni golpeadas.

            —Me gustaría saber qué me ha pasado.

            Lo pronunció como si estuviera acostumbrada a pedir deseos y verlos cumplidos. Pero su mente no despejó las dudas que tenía.

            Algo comenzó a hacer ruido en la habitación contigua. Fue hacia allá y vio una cama deshecha con ropa suya desperdigada por el enorme cuarto. Frente a la cama de tamaño "king sice" vio dos mesillas de noche de color negro con bordes de acero brillante. Al lado, en la pared izquierda encontró una silla con funda aterciopelada y a su lado una puerta. Se asomó y vio un lujoso baño con bañera redonda, aún tenía espuma y agua, y con la ventana cerrada el ambiente estaba caliente.

            Absolutamente todo cuanto veía era nuevo para ella.

            Su atención regresó al molesto aparato que tocaba la canción de "Ghost", la película de Patrick Swayze y Demi Moore. ¿Por qué esto o recordaba? ¿Una música tan romántica? ¿Por quién se la habría puesto? ¿Sería su invitado nocturno?

            Intrigada cogió el teléfono con nerviosismo.

            —Quién es.

            —¡Ángela! Mi mujer y mis hijos han debido escuchar nuestra conversación. Por favor, ven cuanto antes.

            —Le he hecho una pregunta. ¿Quién es? —Preguntó medio molesta.

            —¿Me tomas el pelo? —Esa voz... Le resultaba extrañamente familiar, igual que la cara de ese actor.

            —No, me lo toma usted —Respondió con fuerza—. No es tan difícil contestar. ¿Cómo se llama? ¿Le conozco? ¿Quién es su mujer y por qué iba a saber yo dónde está?

            —¿Estas bien? —Preguntó el otro, con tono preocupado.

            —Bueno, no tengo nada que decirle. Si no va a decirme quién es esta conversación se ha terminado.

            Iba a cortar la llamada cuando escuchó:

            —¡Soy Antonio! Hace tan solo unos minutos estabas en mi cama y despareciste.

            —Entonces tú eres...

            No quiso darle pistas, acababa de acostarse con un hombre y podía ser ese.

            —Antonio Jurado. Me estas asustando, no puedes haberte olvidado de mi, ayer te abrí mi corazón en mi propia casa y he fastidiado mi vida al hacerlo.

            —¿Estoy en tu casa? —Preguntó consternada.

            —¿De qué hablas? Yo estoy aquí y tú no, ¿qué te pasa? Mi mujer ha debido escuchar lo que hablamos sin que nos diéramos cuenta. Se ha enfadado y se ha llevado a los niños sin decirme a dónde. Por favor. Si Charly y Miguel no están con Brigitte... Me estoy volviendo loco. Dime dónde se los ha llevado si es que están con ella, solo quiero saber que están bien.

            —¿Y cómo voy a saber yo eso? —Respondió airada. Y pensó: «Ni siquiera sé dónde estoy yo, este tío está loco».

            —En serio, ¿estás bien? —Insistió con preocupación.

            —No, no lo estoy en absoluto —Se sinceró al fin—. No sé de quién es la casa donde me encuentro, ni siquiera sé si soy la Ángela que usted cree. Me he debido golpear la cabeza. ¿Sabe dónde vivo?

            —No. Nunca me dejaste averiguarlo —respondió.

            —Joder. Pero ¿le parece que mi voz es la de la mujer que ha nombrado?

            —Eres tú, Ángela, no hay duda.

            —¿Cómo está tan seguro? Ni siquiera me suena ese nombre —Protestó.

            —Porque cada vez que te oigo mi corazón se acelera.

            Por alguna razón aquellas palabras no le sonaron nuevas, aunque sí muy osadas. Sin embargo, tuvo la certeza de que le conocía y una muralla levantada en su memoria le impedía recordarle.

            —Si me conoces quiero encontrarme contigo. Dime tu dirección que voy para allá en taxi.

 

 

 

 

            Cuando la tuvo apuntada y colgó se dio cuenta de que su instinto no le había fallado. Su móvil le reconoció, mostraba la foto de un hombre de unos cuarenta años y, debajo del número de teléfono descubrió la misma dirección que apuntó en el papel.

            Además, se dio cuenta de que, al otro lado del mismo, estaba el mensaje que encontró en su salón. No podía ser de ese Antonio, que debía ser su amante o uno de tantos. También supo con certeza que no era su propia caligrafía al compararla con lo que acababa de escribir.

            Su significado provocó temor en ella al recordar lo que le dijo por teléfono: Ella no revelaba a nadie su dirección, o al menos a él. No debía bajar la guardia.

            El que sabía lo que le había pasado, el que tenía la respuesta al por qué no recordaba nada, fue el autor de esa nota. Volvió a leerla en voz alta y la recorrió un escalofrío de miedo.

            "Lo he pasado genial, estoy deseando que llegue la noche."

            ¿Y si estaba casada? ¿Era su marido? Eso explicaría por qué no firmó la nota.

            —No cabe duda, tengo que volver antes del anochecer para que me cuente lo que ha pasado.

 

 

            Antonio la espero impaciente y preocupado mientras leía en su salón el diario de Ángela en el Vórtice. Se enganchó tanto con la desesperaron que tuvo que pasar sabiendo que quizás nunca saldría de allí, con sus aventuras para encontrar alimento, sus primeros encuentros con personas desquiciadas que la consideraban un enemigo mortal, sus dos primeros amigos que logró gracias al sexo, pues fue capturada y violada en grupo, cosa que le encogió el corazón (pero lo narraba con tanto detalle que evidenciaba que, a pesar de todo, disfrutaba recordándolo), tantas experiencias que el tiempo se le pasó volando mientras leía y solo se detuvo cuando sonó el timbre de su telefonillo.

            —Cielos, una hora... Es mejor que yo.

            Dejó el diario sobre la mesilla del salón y fue a abrir la puerta.

            Al abrir la reja se quedó desconcertado. ¿Por qué no aparecía a su lado? Realmente vino en taxi porque el coche blanco con franja roja la esperaba a su lado.

            —Pasa —dijo desde la puerta de su casa y pulsando el botón que abría la verja.

            Empujó y la abrió, pero no entró.

            —¿Podrías pagarle? —Preguntó—. Es que no tengo dinero.

            —Yo que usted me daba prisa, el contador sigue corriendo —escuchó una voz lejana.

            —Será posible —murmuró buscando su cartera sobre el zapatero.

            —¿Cuánto es?

            —Ochenta y dos loros —respondió con chulería.

            Le pagó noventa y espero el cambio, pero el taxista se limitó a decir gracias y se marchó.

            —¡Oiga! —Le gritó inútilmente.

            —¿Por qué grita? —Le reprendió Ángela.

            —Me ha tangado ocho euros.

            Iba a increparle que ella todavía más, pero con mirarla a los ojos supo que estaba asustada y no parecía la mujer que conocía. ¿Dónde estaba su seguridad? ¿Y sus poderes?

            —¿Usted me conoce? —Preguntó nerviosa.

            —¿Cómo? —Replicó estupefacto.

            —¿No entiende mi idioma? ¿Qué parte de la pregunta no ha entendido?

            —Claro, pero ahora no estoy tan seguro de si te conozco.

            —No me ha visto nunca... Entonces este teléfono no es mío, genial, ahora sí que estoy jodida.

            —Si qué eres Ángela, te conozco de sobra, pero me está costando asimilar que no recuerdes quien soy.

            —¿Por qué? ¿Qué sabe de mí?

            —Creí que lo sabía todo. Pero no hablemos aquí, por favor, entra.

            —Está bien.

            Ángela no se fiaba de él ya que sentía un desequilibrio injusto entre lo que ella conocía de él y viceversa. Pero no tenía más remedio que arriesgarse ya que ni siquiera conocía su propio nombre. No encontró su bolso, no sabía dónde estaba su DNI, solo ese hombre la podía ayudar.

            La invitó a sentarse en un sofá donde una perra de pelo amarillo dormía a pierna suelta en uno de los lados.

            —Duna, bájate —ordenó Antonio.

            Sin tocarla, la perra levantó la cabeza y la miró con unos hermosos ojos azules. Era de tamaño mediano y obedeció de mala gana. Se levantó, se sacudió dejando a su alrededor una nube de pelo y se bajó rozando la cabeza peluda con su pierna.

            —¿Me conoce? —Preguntó asombrada.

            —Lo verdaderamente extraño es que tú a mí no —replicó el tal Antonio, insistiendo con la mano para que tomara asiento.

            —¿Quién soy? —Inquirió nerviosa—. ¿Cuándo nos vimos por última vez?

            —¿Que recuerdas exactamente?

            —Yo he preguntado antes —Se quejó.

            Antonio se sentó en otro sofá a la derecha del suyo. Estaba tan atento a ella que al tomar asiento hizo rugir a un dinosaurio de juguete al que aplastó sin querer. Tuvo que apartarlo y esperar a que dejara de rugir, ya que no tenía botón de apagado.

            —Tú nombre... Tienes dos. Bueno, en tu DNI sale Ángela Gutiérrez Padilla. Pero utilizas un alias, Ángela Dark. Y la última vez que te vi fue en mi casa, ayer a las siete.

            —¿Cómo puede venir? ¿Me trajiste? ¿Tengo coche?

            —Viniste sola.

            —¿En taxi? —Insistió.

            —En... Cuéntame lo que recuerdas.

            Ángela resopló.

            —¿Por qué ignora mis preguntas?

            —Es que no lo sé.

            —¿Como que no lo sabe?

            —En serio, apareciste en mi casa, no vi en qué viniste ni cómo te fuiste. No... Dijiste ni adiós, me despisté con los niños, un vecino vino a quejarse y cuando volví ya no estabas.

            —De modo que tengo carnet de algo. ¿Sabes si tengo moto?

            Antonio soltó una risotada.

            —Tienes una negra preciosa en donde quiera que vivas.

            —Si me conoce tanto... ¿por qué no le he dado mi dirección? —Atacó con desconfianza.

            —Nunca te la pedí. Eras tú la que siempre venía a mí. Soy un hombre casado.

            Leyó en su triste tono de voz un deje de amargura.

            —¿Y yo? ¿Estoy casada?

            Arqueó las cejas y suspiró resignado.

            —Que yo sepa, no.

            —¿Que había entre nosotros? —Se atrevió a preguntar.

            El agachó la cabeza y se pellizcó nerviosamente la mano izquierda.

            —Nada.

            ¿Y por qué sonó como si dijera "todo"? La tenía en una situación de indefensión total y, comprobar que no quería aprovecharse de ella, le hizo bajar la guardia. Podía confiar en él. Si hubiera querido le habría dicho que era su marido solo por si eso le daba derecho a sexo.

            —¿Qué quería saber? —Se interesó.

            —Está claro que sin memoria no me puedes ayudar. Cuéntame lo que recuerdas. Con todo detalle, por favor.

 

            Ella se encogió de hombros y decidió abrirse narrándole todo cuanto vio al despertar aquella mañana.

 

 

 

Comentarios: 9
  • #9

    Yenny (martes, 29 octubre 2019 04:23)

    Se siente muy corta esta parte, ojalá que pronto se suba la siguiente.
    Estoy emocionada por la historia de Halloween de este año y saber de que va a tratar.

  • #8

    Esteban (lunes, 28 octubre 2019 03:00)

    Espero la continuación.

  • #7

    Alejandro (domingo, 27 octubre 2019 18:06)

    Ya quiero leer la parte en donde violan a Ángela por el vórtice, jajaja

  • #6

    Chemo (domingo, 27 octubre 2019 02:15)

    Esta parte justamente termina antes de una noche de sexo ente Ángela y Antonio. La mejor manera de despertar la memoria olvidada. Aunque dudo mucho que el Consejo permita que éstos dos se junten, ya que ellos saben que Antonio ha obrado milagros anteriormente y es capaz de regresar la memoria perdida de Ángela.
    Espero la narración de Halloween con mucho terror.

  • #5

    Vanessa (sábado, 26 octubre 2019 19:19)

    Yo esperaba poco de más acción. Paece ser que habrá que esperar a la siguiente parte. Ya quiero leer la historia especial de Halloween.

  • #4

    Alfonso (sábado, 26 octubre 2019 02:13)

    Estuvo corta esta parte pero parece que da pie a la verdadera acción que le sigue. Yo creo que Ángela necesita una buena probadita de sexo para recuperar la memoria.
    Por cierto chicos, ¿qué planes tenéis hacer este Halloween? Yo pienso ir a visitar la los padres de mi esposa en el país vasco. Me han dicho que hay una casa embrujada a la cual nadie se acerca por lo iaccesible que es. Si hay tiempo probaré visitarla.

  • #3

    Tony (viernes, 25 octubre 2019 04:33)

    Como llevo unas paginas adelantadas es probable que antes del viernes de la próxima semana suba la 37.
    El diario del vórtice aún tendrá que esperar porque este relato tiene partes planeadas hasta fin de año o más.

  • #2

    Jaime (viernes, 25 octubre 2019 00:42)

    Se me hizo bastante corta esta parte. Ya quiero leer la pare donde Ángela es violada en el vórtice (y por el vórtice).

    Esperaré la historia de Halloween 2019 con ansias. Buenas noches, Tony.

  • #1

    Tony (jueves, 24 octubre 2019 23:38)

    Bueno, la próxima semana descanso de vigilantes y por fin el relato de Halloween 2019.
    El martes intentaré publicarlo.

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