Los últimos vigilantes

37ª parte

            —¿Has pasado la noche con alguien? —Preguntó, visiblemente confuso y molesto—. Justo hoy...

            —No tengo la menor idea, pero esa nota no deja lugar a dudas. ¿Por qué me ocultas cosas? Está claro que tú y yo existía alguna relación sentimental. ¿Éramos amantes?

            —No viene al caso.

            —Entonces no me puedes dar más información. Esta noche debo regresar a casa y esperar al que dejó esa nota, que sí lo era.

            —Solo conozco a una persona que podría ayudarte —indicó, mordiéndose el labio inferior, pensativo.

            —¿En serio? ¿Tu esposa? —Preguntó jocosa.

            —No, no. Es una mujer que sabe cosas y ya la hemos consultado en el pasado... Espero que quiera atendernos esta vez.

            —¿Por qué? ¿Está muy ocupada?

            —Si, pero no lo digo por eso. Tengo dinero, ese no es el problema. Es que la última vez que la visitamos...

            —¿Por qué te cuesta tanto contarme cosas? ¿No dices que nos conocemos tanto? ¿No confías en mí?

            —Es que destruiste su casa.

            Ángela se quedó pálida y le miró sonriendo esperando una explicación.

            —¿Es una forma de hablar?

            —Con ella dentro —completó él—. Y está enfadada contigo... A mí me tolera porque le hice construir una casa nueva, pero ignoro cómo se tomará que vuelvas a pedirle algo. A cambio me contó su historia y me dio permiso para publicarla. Luego no he vendido una mierda, pero ahí la tengo.

            Viendo que Ángela ponía los ojos en blanco como si no le importara, carraspeó.

            —Esa mujer posee un carácter muy fuerte, ¿sabes? Pero bien pensado vamos a ir juntos y le diré que soy yo el que necesita su ayuda, luego tú puedes... Pedirle que te conteste a tus preguntas, pero no sin antes contarle lo que te ha pasado. Aunque ella se jacta de saberlo todo. Bueno, casi todo.

            —¿Es una adivina o algo así?

            —Sí, se podría llamar así. No creas que es una estafadora, no lo hace... habitualmente. Es muy buena.

            —¿Cómo? —Protestó airada.

            —Te confieso que me da muy mal rollo, y me ha hecho auténticas putadas en el pasado. Una vez intento matarme y, de hecho, casi o logra, pero como adivina no tiene igual. Nos puede ayudar a los dos.

            Ángela se quedó pensativa, mirando a la perra amarilla, que se había colocado entre sus piernas y disfrutaba de unas caricias que empezó a hacerle tras las orejas sin darse cuenta.

            —Por mí vale —respondió—. Mientras seas tú quien pague.

            —Me pregunto cómo has perdido la memoria —murmuró él, preocupado.

            —Espera, ¿Yo tiré su casa encima de ella? ¿Es que vivía en una choza de ramas?

            —Eh... Sí, no, bueno, ya lo recordarás. No fuerces tu cabeza.

            —¿Para qué fuimos?

            Antonio suspiró y se encogió de hombros.

            —Ojalá hubiera tiempo para contarnos nuestras batallitas. Mejor que nos vayamos...

            La invitó a levantarse y salir del salón cuando vio el diario que dejó encima de la mesilla.

            —¿Qué es esto? —Lo cogió con cuidado y miró la portada con asombro.

            —El vórtice. Ángela Dark.

            —Te... Encanta escribir —explicó Antonio—. Me diste una copia de tu relato. Querías que te diera mi opinión.

            —¿Soy escritora? ¿Eres mi agente? —Se entusiasmo—. ¿Y soy rica y famosa?

            Abrió el manuscrito y vio que estaba escrito a mano.

            —¿Dices que te di una copia? ¿Tengo más en casa escritas a mano? No me tomes el pelo, no soy una estúpida.

            —Bueno, yo no lo sé. He estado leyendo un buen trozo y tengo que decirte que es muy emocionante, me ha enganchado.

            —¿Te importa que me lo lleve? Aquí puede haber mucha información de mí misma.

            Antonio se encogió de hombros.

            —Me hubiera gustado leerlo entero. Dudo que averigües gran cosa en él, es ciencia ficción. Pero vamos, que es tuyo, quédatelo.

            —Gracias.

            —No tienes por qué dármelas.

            Ella asintió, aunque era su letra no lo sentía como suyo y encerraba a la persona que había olvidado ser. Puede que le ayudara a recordar.

            —También tienes otro diario, uno de tu infancia, y tu vida... Bueno, lo escribiste tú, pero en otra línea temporal.

            —¿Qué? —Le miró como si estuviera loco.

            —Si, es difícil de explicar, en esa realidad yo morí antes de nacer. Es que tú y yo hemos tenido una vida bastante fuera de lo común y que te hayas olvidado de todo de repente es... Catastrófico.

            —¿En serio?, ¿por qué? —Replicó.

            —Es muy difícil de contar. Te voy a ser sincero. Creo que... Quizás la verdad rompa los muros de tu memoria. Verás... Ayer eras el ser más poderoso del mundo. Llegué a creer incluso que quizás fueras Dios.

            Le miró aún más extrañada.

            —Mejor me voy a mi casa.

            —¡Suena a locura! Pero es cierto. Te aseguro que... Podías pedir cualquier cosa y se hacía realidad.

            No esperó a que terminara la frase, se levantó despidiéndose con la mano y no le perdió de vista por si se ponía violento.

            Por el contrario, se quedó sentado y trataba de convencerla con palabras. Cuando llego a la puerta del salón solo tenía que dar dos pasos y salir a la calle.

            —No podrás irte ni volver a tu casa —expuso, muy tranquilo.

            —Puedo gritar —amenazó, con voz temblorosa.

            —No me has entendido, tengo que abrirte la reja, te acompaño si de verdad quieres irte. Tendrás que pagar un taxi y no pasa ninguno por aquí. Ni tienes dinero ni veo que hayas traído el teléfono, no podrías volver a tu casa si no te llevo o te doy algo yo.

            —Confiaba el ti, no creí que fueras un chiflado. He pensado que prefiero buscar un policía que quedarme en tu compañía o aceptar nada tuyo.

            —No sé de qué tienes miedo, eres más fuerte que yo —Se rio él.

            —¿Me abres? —Insistió (¿la tomaba el pelo? Se le veía un hombre fuerte, algo obeso, pero los brazos de Antonio eran tan anchos como sus piernas. ¿Como podía decir que ella era más fuerte?).

            —Como quieras—acepto él, finalmente—. Se va a poner a llover, llévate un paraguas.

            Ella abrió la puerta de casa y salió esperando que fuera hacia el botón de apertura de la reja. Tiró de ella y no se abrió, se dio la vuelta temiendo que él estuviera justo detrás y vio que estaba llegando a su telefonillo con un paraguas en la mano que se negó a recoger.

            El cielo amenazaba tormenta, comenzó a lloviznar y tiró de la puerta con obstinación. Ante su sorpresa, se abrió. Antonio Jurado pulsaba el botón mientras la miraba con ojos preocupados.

            "No pensó volver ni loca, este tío es un chiflado peligroso" —pensó apenas salía.

            Caminó a buen paso mirando hacia atrás con miedo a que la siguiera y buscando las calles más anchas y frecuentadas. Aunque con la lluvia incipiente no vio a casi nadie por la acera. Al menos pasaban coches por la carretera.

            —Cuando lea mi diario del Vórtice recordaré todo —se dijo.

            Se miró las manos dándose cuenta de que, con las prisas al salir de allí, lo había olvidado encima del sofá. Sus dos supuestos diarios estaban en esa casa... Bueno, a saber, si no se los habría inventado.

            —Ya es hora de que busque ayuda profesional —susurró—. O terminaré peor.

 

 

            La lluvia se cebó con ella. Cayó tal chaparrón que se caló hasta los huesos.

            La primera esquina que alcanzó, dobló a la derecha mirando hacia atrás por si Antonio la seguía. Vio aparcado un precioso deportivo rojo que le resultó familiar. Deseó que fuera suyo, pero en ese momento su prioridad era despistar a ese colgado.

            Después de media hora dando vueltas encontró una gasolinera y allí pudo preguntar por la comisaría de policía más cercana. Le dijeron que a quince minutos caminando por la avenida principal, girando a la derecha, la encontraría.

            Esperó a secarse dentro de la tienda mientras observaba uno de los sándwiches de salmón con lechuga, tomate en rodajas y philadelfia en el expositor. Se relamía de hambre, pensando en lo bien que le vendría un poco de efectivo.

            —¿Puedo ayudarla señorita? —Se acercó una mujer con gafas, de pelo castaño, mediana edad con preocupación. Era la cajera de la tienda que aprovechaba para barrer.

            —¿Por qué busca la comisaría?

            —No tengo mi bolso —respondió temblando de frío—, me han dejado tirada en este barrio y no sé cómo volver a casa.

            —¿Te han violado?

            —No, que va —Respondió con media sonrisa.

            —Cuando venga Esteban te llevará al cuartel en coche, no puedes ir con este aguacero.

            —¿Quién?

            —Es que mi compañero ha ido a la parte de atrás a traer una caja de bebidas, que se nos han acabado. ¿Quieres comer algo? Te invito.

            —Pues te lo agradecería. Estoy muerta de hambre.

            —Coge un sándwich.

            —No me gusta aprovecharme.

            —No pienso pagarlo —rio la cajera—, cada día tiró uno o dos que caducan. Coge uno, anda.

            —Gracias.

            Cogió el de salmón y lo abrió intentando ocultar su ansiedad.

            —Me suena tu cara —la cajera no se apartaba de ella y empezaba a incomodarla. No entraba nadie, aunque era normal con ese diluvio.

            —¿De verdad? —Preguntó incrédula.

            —Sí, no es la primera vez que vienes. La última vez creo que te acompañaba una chica rubia. Me acuerdo porque vestíais un disfraz súper bonito de armadura espacial. Te recuerdo perfectamente, dijisteis al salir que necesitabais hacer un viaje en el tiempo... Y algo de una batería. Esteban no se lo creía cuando se lo conté y dijo que seguro que hablabais de algún videojuego. ¿A qué jugabais? Ah, y recuerdo que luego salió a... Fumar un cigarro y volvió asustado porque ya no estabais por ninguna parte.

            Ángela no respondió. Sus pulmones dejaron de respirar y pestañeó varias veces antes de mirar a esa mujer a la cara.

            —¿Qué?

            —Fue ayer, o hace dos días, no estoy segura. Quiso escuchar vuestra conversación y, no se lo tengas en cuenta, nuestro trabajo es aburridísimo... Y al salir, simplemente dejasteis de estar ahí. Según él. Pero imagino que os fuisteis en vuestro coche.

            —Lo siento, se equivoca de persona.

            —Soy muy buena para las caras, cuando venga Esteban te lo confirmará. Se fijó bastante en ti.

            Terminó de engullir el bocadillo y metió el plástico en el cubo de la basura, junto a la puerta automática. Al abrirse por su cercanía vio que seguía diluviando.

            —Si no eras tú, sería tu hermana gemela. No viene mucha gente por aquí.

            En ese momento entró un hombre vestido con el uniforme de la gasolinera y la miró sonriendo como un tonto. Tenía cara de bonachón.

            —Mira, ya está aquí. Esteban, ¿puedes llevar a esta señorita en tu coche a la comisaría?

            —Es ella —respondió—, la del disfraz. ¡Claro que te llevo! Ven conmigo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué vas a la policía?

            —Ya... —Se resistió—. Gracias por el tente en pie. Me tengo que ir, no se molesten he cambiado de idea.

            Sin importarle la lluvia corrió de vuelta a casa de Antonio.

            —¡Esteban! ¿La has estado acosando? —Escuchó gritar a la cajera de gafas—. ¿Cuántas veces te he dicho que eso asusta a las mujeres?

            —¿Yo? ¡Qué va!

            No pudo evitar sonreír por el malentendido.

            Antonio no la mintió, se conocían y podía desaparecer, tal y como sugirió en su conversación. Debía volver a su casa.

            Era muy fácil decirlo, pero no tenía ni la más remota idea de donde estaba.

            Había huido, girado en cada esquina, temiendo que la siguiera, rogando al cielo para que no la encontrara.

            Ahora llovía más que nunca, tiritaba de frío y también de miedo a no saber encontrar al único hombre de la Tierra que la podía ayudar.

            "Podías pedir cualquier cosa y se hacía realidad" —recordó que le dijo.

            —Que deje de llover —pidió.

            La lluvia sigo cayendo.

            —Seré estúpida, me tomarán por loca.

            Estaba tan calada que se puso a estornudar. Fue una secuencia interminable que la dejó casi asfixiada.

            Al recuperar el aliento sintió que aflojaba la lluvia. Miró al cielo, se estaba aclarando. Unos segundos después la lluvia cesó.

            —Será coincidencia. A ver —cerró los ojos, concentrada—, quiero recordarlo todo.

            Como supuso, no pasó nada.

            —Ya, pues ojalá pudiera encontrarle para decirle que no todo se cumple.

            Según dijo eso vio un deportivo rojo aparcado en la acera de en frente. Se fijó en él cuando huía. Estaba en la calle donde giró para despistar a Antonio. Solo debía entrar por la primera a la izquierda y llegaría a su chalet.

            —No, otra casualidad —se dijo sonriendo.

            Mientras caminaba le empezó a doler la cabeza, parecía que fuera a estallarle. Tuvo que llevarse las manos a las sienes como si eso ayudara con el dolor.

            —Por Dios que pare.

            Se apoyó en la pared y fue aminorando el paso lentamente.

            Cuando se encontraba mejor se dio cuenta de que su deseo se había vuelto a cumplir.

            —Entonces, ¿Por qué no recuerdo nada?

            Lo pidió, dos veces, además. La otra fue estando en su propia casa.

            No podía creer lo que le dijo Antonio, aunque ahora dudaba. Lo que estaba claro era que alguien la había visto en la gasolinera un par de días antes. Además, Vestía un disfraz de astronauta y hablaba de viajes en el tiempo, las mismas locuras que había insinuado ese hombre en su casa.

            —Espero que pueda ayudarme a encontrar respuestas —susurró, antes de llamar al telefonillo.

 

 

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    Alfonso (sábado, 09 noviembre 2019 01:32)

    Esperando la continuación.

  • #5

    Chemo (jueves, 07 noviembre 2019 15:01)

    Yo también creo que la Organización hará su aparición pronto. Y Fausta seguramente es parte de ellos.

    PD: Yo también quiero ver/leer el vórtice de Ángela. Jejeje

  • #4

    Vanessa (jueves, 07 noviembre 2019 00:27)

    Yo también quiero leer el relato del vórtice de Ángela (sin doble sentido).
    Concuerdo con Jaime. La Organización parece dejar que Ángela haga lo que quiera. Supongo que aparecerán en la siguiente parte.

  • #3

    Jaime (miércoles, 06 noviembre 2019 01:36)

    Menos mal que ángela huyó de la gasolinera. Esteban seguramente violaba a Ángelaantes de llevarla a la gasolinera.
    Se me hace raro que la Organización no haya mandado a sus matones a evitar que Ángela entre en contacto con Antonio, ya que él es el único que podría devolver la memoria a Ángela. Seguramente harán su aparición en la siguiente parte.
    Ojalá Tony no tarde en publicar la siguiente parte.Se me hizo muy corta la historia.

  • #2

    Yenny (miércoles, 06 noviembre 2019 00:56)

    Esta parte no ha avanzado mucho ojalá y en la otra si lo haga. Por lo que parece Fausta reaperece esperemos que no sea muy rencorosa jeje.
    Quiero leer ese diario del vórtice y creo que los chicos también �

  • #1

    Tony (martes, 05 noviembre 2019 23:48)

    Se acabó el descanso de Halloween, espero que el regreso del relato principal siga atrayendo a todos.
    No olvidéis comentar.

MegaMobi

 

 

 

La agenda del futuro

 

 

Mega

Organizador y

Buscador de

Información

 

Pincha aquí para saber más.

 

 

 

 

 

No dejes que te los cuenten

Relatos olvidados I

La mujer que se enfrentó al sistema y descubrió secretos por los que cualquiera moriría, solo por conocerlos.

Relatos olvidados II

Relatos olvidados III

Los grises. No prometas a una chica lo que no puedas cumplir

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.