Los últimos vigilantes

 

 

 

El pasado nos limita, el futuro nos atemoriza. El único lugar seguro es el presente.

 

 

Isaac López

 

 

 

         Ángela y Amy sacaron el Halcón del cauce del rio y sobrevolaron a una planicie más segura donde poder recargar la batería de la nave. El gran problema de los núcleos urbanos o sus cercanías era que las placas solares no funcionaban con el escudo óptico activado y por tanto, nunca tendrían energía suficiente para viajar en el tiempo. Se alejaron a una montaña cercana a Alcalá de Henares, fuera de la vista de lugares habitados y aterrizaron en una explanada, en medio de un bosque de encinas.

 

         -¿No te sientes rara? -Preguntó Ángela, que miró a su compañera después de posar el aparato y desactivó el escudo óptico.

 

         Al ver a Amy suspiró y negó con la cabeza. La rubia tenía los ojos cerrados y sonreía como si estuviera drogada.

 

         -¿Puedes esperar a quedarte sola? -Preguntó fastidiada.

 

         -Uf, tienes que pedírselo también, esto es flipante...

 

         -Qué asco tía.

 

         -No me vengas con esas, hay confianza, ¿no? Además, siempre estás lloriqueando con que no consigues llegar al cuarto orgasmo, pues con este ya llevo cinco.

 

         -¿Qué? -Preguntó sorprendida-. Eso no es lo que yo quiero. Si fuera tan fácil no sería algo tan especial, ¿No te parece?

 

         -Dime si no te comerías dos kilos de chocolate si supieras que no vas a engordar ni un gramo. Si no hay órdenes, y si me disculpas, voy a por el sexto...

 

         Cerró los ojos y apretó con más fuerza el asiento mordiéndose el labio inferior.

 

         -Ni hablar, no delante de mí -volvió a protestar.

 

         Ángela decidió marcharse, le ponía enferma que su compañera fuera tan viciosa. En su vida había conocido muchos hombres obsesionados con el sexo, pero Amy los superaba a todos. Era una ninfómana sin remedio. A ella también le apetecía un buen polvo de vez en cuando pero si le quitaba el componente de la interacción con un hombre, era como... Comer solo el azúcar de una tarta. Aunque era un hecho demostrado que algunas personas se comerían un kilo de azúcar de una sentada.

 

         Cuando salió de la nave caminó por entre la hierba y se dejó caer bajo la extensa sombra de un pino de diez metros de alto.

 

         -¿Y ahora qué? -Se preguntó, sintiéndose sola.

 

         Sin un mundo que salvar, un techo donde vivir, un tiempo al que pertenecer... Se sentía fuera de lugar. Sentía curiosidad de ir a la casa de Ángela Dark, su otro yo. La que se enrolló con Antonio Jurado y probablemente le gustaría saber de su existencia. Era como su hermana gemela. ¿Debía verla? ¿La consideraría una amenaza? No, ¿Por qué? Nadie se siente amenazado por sí mismo. ¿O sí? Ella misma había presenciado cómo el comandante Montenegro asesinó a su "hermano" para suplantarle en el tiempo al que llegó. Quizás la otra Ángela también y entonces se desataría un duelo a muerte que no quería ni pensar. Tenía muy claro que no sería fácil matarla ni aunque pudiera hacerlo por sorpresa.

 

         Le preguntaría a Amy qué pensaba hacer ella, pero estaba demasiado ocupada con su... Suspiró y deseó que no se volviera una viciosa incorregible, ningún vicio era bueno... Aunque bien era cierto que llevaba muchísimo tiempo siéndolo y no le afectaba en su trabajo.

 

         Su estómago gorgoteó. Se lo palpó y sintió hambre.

 

         -No tenemos ropa de calle, ni dinero, ni casa, ni contactos, ni nada.

 

         Esa era la primera meta, obtener pasta. Era relativamente sencillo, solo debían usar la máquina del tiempo y comprar lotería... No, no era en absoluto fácil. Se morirían de hambre antes de ver un euro. Y ni siquiera tenían dinero para comprar un boleto. Lo más sencillo ganar el Euro millón, que podían poner los números que habían salido el día anterior.

 

         Sí, era un buen plan a largo plazo. Pero necesitaban comer ya y no tenían dinero.

 

         -Amy, ¿Te apetece ir a un cumpleaños? Tengo hambre -vociferó.

 

         -¡Estamos invitados a alguno! -respondió la otra desde la nave.

 

         -No tenemos otro sitio donde ir, de momento.

 

         Amy salió de la nave con una mueca de extrañeza.

 

         -¿No quieres venir? No vengas, pero me muero de hambre -le dijo, con suficiencia.

 

         -¿Quieres volver a la casa de Antonio Jurado? ¿Te das cuenta de que se lo montas con él su mujer te puede convertir en una babosa podrida con un chasquido de dedos?

 

         -¿Quién va a montárselo con nadie? -Respondió-. La fiesta durará hasta la noche. Le pediremos permiso a Brigitte, seguro que no le importa que comamos mientras nadie nos vea. Entenderá nuestra situación y hasta nos pueden prestar ropa y dinero.

 

         -¿Te pareció que quisiera que entráramos en su casa?

 

         -No, pero ¿conoces a alguien más? Confía en mí.

 

         -Pues qué tontería de viaje hasta aquí, la nave no lleva ni una hora cargando y necesitamos la carga completa para poder volver a viajar en el tiempo.

 

         -No será porque no lo has disfrutado, guarra -replicó Ángela con una sonrisa de complicidad.

 

         -Habló la envidiosa.

 

         -Me muero de hambre, venga, vamos a papear.

 

         Cuando se levantó cuatro soldados las rodearon con fusiles de plasma apuntando a sus cabezas.      

 

         -No mováis ni un músculo -amenazó una mujer rubia vestida con el traje de grafeno sin placas. La reconocieron en seguida, al igual que a su musculoso compañero. Eran Abby Bright y John Masters.

 

         -Vaya, sorpresa. ¿Qué hacéis aquí Abby? -Le dijo con descaro.

 

         -Estáis detenidos por violar el protocolo de seguridad de viajes temporales. Además tenéis una máquina ilegal. A partir de ahora queda confiscada. ¿Cómo la has conseguido? ¿Acaso tienes otro traje pleyadiano?

 

         -Creo que me confundes. No soy la persona que crees.

 

         -No me confundo, eres Ángela Dark. ¿Quién es tu amiga?

 

         -¿No me conoces?

 

         -No hemos violado ninguna ley -se defendió Ángela-. Estamos aquí por salvar vuestro mundo. Ahora no podremos regresar a nuestra línea temporal.

 

         Ángela se agachó para coger sus cosas del suelo y con es distracción lanzó la pierna e hizo caer a Abby. Activó su escudo magnético-óptico y vio que Amy reducía a otro muchacho, que se resistió y mantuvieron una lucha cuerpo a cuerpo. Cuando la teniente Bright estaba en el suelo sacó el machete de la parte de atrás de su cinturón y se lo puso en la garganta.

 

         -Dile a tus hombres que bajen las armas -amenazó.

 

         -No, suéltala ahora mismo -ordenó John Masters apuntándola a la cabeza con su fusil.

 

         -Eres idiota, ¿o qué? Tengo un escudo magnético como tú -le retó con la mirada-. Cuando dispares la mataré y luego iré a por ti.

 

         -John, baja el arma -Abby casi lo suplicó al sentir el afilado acero cortando su garganta.

 

         -No cedo a los chantajes -insistió el americano.

 

         -No me digas que no lo pasaste bien con nosotras en el vestuario del EICFD -se burló Ángela-. ¿No quieres repetirlo?

 

         -Esa insinuación es suficiente motivo para que apriete el gatillo -respondió John con odio en la mirada-. Es mi última advertencia, suéltela o tendré que disparar. Dudo que tu escudo detenga este láser.

 

         -¡Suelte el arma! -No contaba con que había un soldado más apuntándola a la cabeza.

 

         -¡No pienso daros mi nave! -Gritó.

 

         Los disparos se sucedieron antes de que pudiera atravesar el cuello de la teniente. Como no tenía la menor oportunidad contra los dos después de una voltereta dio una patada en el estómago a John y éste cayó sin respiración. Los otros dos la alcanzaron con sus disparos y consiguieron agotar la batería de su escudo, pero lo hicieron a costa de dejar secos los fusiles.

 

         -Soltad las armas -les apuntó con su cañón de plasma-. Con esta sí que no valen de nada vuestros escudos magnéticos.

 

         -¿Habéis venido en halcón?-Preguntó Amy, sonriendo, tras noquear al chico con el que luchaba.

 

         -No ha aterrizado -respondió Abby, que se levantó del suelo y cogió su arma para apuntarlas.

 

         -Si disparas, les mato -la retó Ángela.

 

         -Basta de faroles, ya no tienes escudo.

 

         Apuntó a su cabeza y disparó. Ángela lo vio venir y dio una voltereta hacia atrás. Una vez en el suelo apuntó a Abby y le dio en el centro del pecho. Su escudo magnético frenó la potencia del impacto pero rasgó su traje negro a la altura de la cadera. Volvió a disparar, la teniente lo esquivó y el disparo alcanzó al halcón que estaba justo detrás. El impacto abrió un boquete en el lateral de la nave. Al estar cargando baterías no tenía activada ninguna defensa.

 

         -¡Maldita sea! -rugió Amy-. Ten cuidado donde disparas.

 

         Abby siguió disparando a Ángela y la alcanzó en el pecho. Por suerte su escudo de escamas era mucho más fuerte que el traje de grafeno, pero la placa se puso al rojo vivo y sintió una intensa quemadura por encima del pecho izquierdo. El maldito escudo seguía pitando, sin energía. Ese fue el minuto de carga más largo de su vida.

 

         No tenían donde protegerse y cuando John y sus dos compañeros se repusieron de sus golpes tuvo que rendirse al verse encañonada por los cuatro.

 

         -No quiero que os acerquéis a ellas -ordenó John-. Ya habéis visto lo peligrosas que son.

 

         Ángela se frotó la herida del pecho y supo que no era grave.

 

         -No os preocupéis, que yo no voy a resistirme -musitó.

 

         Cuando dijo eso su escudo dejó de pitar y alguien la golpeó la cabeza por detrás.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios: 2
  • #2

    Valeria (lunes, 04 febrero 2019 21:17)

    Ando un poco perdida porque hace tiempo que lei el relato anterior pero me esta gustando mucho este

  • #1

    Tony (miércoles, 14 noviembre 2018 13:30)

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