Santa Compaña

No se fía de ella y se marcha

 

            Si de algo podía estar seguro Antonio era que Isa estaba implicada. Tenía que buscar la solución a aquel misterio sin su ayuda de modo que se despidió de ella en cuanto pasaron junto a su casa y le dijo que iría al hostal donde se hospedaba.

            En cuanto ella cerró la puerta y se alejó de su casa, cambió la dirección de sus pasos y caminó hacia la iglesia del pueblo, que estaba situada en lo más alto del mismo. Prefería fiarse de un sacerdote antes que de nadie de aquel pueblo. Había escuchado repicar las campanas esa tarde y la misa debía estar terminando o a punto de terminar.

            El párroco no sabía nada de ninguna secta y se marchó sin apenas hablar porque tenía otra misa que dar antes de una hora en un pueblo que estaba a más de treinta kilómetros.

            Cuando Antonio bajó al pueblo vio que había un coche de la guardia civil en la puerta de la casa de Isabel y temió que le estarían buscando a él. Si todo ese pueblo estaba compinchado, tenía que marcharse cuanto antes. Puede que quisieran culparle a él de las muertes.

            Volvió al hostal a por sus cosas y pagó su día de estancia. Cuando salió, había dos hombres esperándole en la salida. Eran los dos guardia civiles.

            - Antonio Jurado - dijo uno de ellos.

            - Soy investigador privado, he venido a investigar...

            - Enséñenos su identificación.

            Antonio les mostró su DNI falso y uno de ellos lo examinó con especial curiosidad. Estaba en un apuro, era una falsificación barata y un policía podía saber si era real o falsa. El agente le dio la vuelta al documento y frunció el ceño.

            - Es de los antiguos - dijo, al fin -. Debería tratar usted mejor este documento, hacía tiempo que no veía uno tan maltratado.

            - Lo sé, olvidé sacarlo del bolsillo mientras lavaba unos pantalones.

            - Acompáñenos - cortó el otro, sin escucharle.

            - ¿Qué ocurre, agentes?

            - Va a tener que decirnos todo lo que sabe del crimen por el que ha sido contratado.

            - No sé gran cosa, acabo de llegar.

            Dejó la mochila en el coche y lo cerró con llave.     

           

 

            Se lo llevaron a la escena del crimen y, al entrar en la cueva, ellos le precedían. Al parecer habían creído que era agente licenciado y le habían llevado como respaldo. Sin embargo Antonio no confiaba en ellos, ni en nadie.

           

            Encontraron la fosa de cadáveres y eso le quitó cierta presión ya que los agentes comenzaron a hacer trámites para que mandaran los forenses. Le hicieron declarar en el cuartelillo y después le dejaron libre. Le advirtieron, antes de marcharse, que no metiera las narices en esa investigación porque era cosa de la policía.

           

            Antonio no pretendía hacerlo, nunca metía las narices en crímenes reales y cuando volvió al pueblo fue directo a su coche para marcharse de allí. Era de noche y no pretendía pasar un día más en ese pueblo. Sin embargo se encontró la sorpresa de que su coche ya no estaba.

            - Pero qué demonios...

            Se volvió y se dirigió a la plaza del pueblo, buscándolo por si lo había dejado en otro sitio, pero estaba seguro, tenía que estar por allí. Los trámites, la investigación y los papeleos con la policía le habían hecho perder todo el día y ya estaba oscureciendo, tenía ganas de volver a su casa esa misma noche.

            Justo en el momento que se giraba vio a dos encapuchados.

 

 

 

            Isabel salió a la calle porque escuchó un grito ahogado en la calle. Miró hacia la plaza del pueblo y vio que dos monjes vestidos de negro, con ámplias capuchas cubriendo sus cabezas, arrastraban a un hombre por la calle en dirección al camino de la cueva que descubrió con Antonio. No había mucha luz pero vio claramente la ropa de la víctima y se dio cuenta de que era él, el investigador privado.

            Estuvo a punto de emitir un grito de terror pero se tapó la boca y con su corazón desbocado fue capaz de mantenerse en silencio. Estaba siendo testigo de lo que le debieron hacer a su padre. Su mente fue fría y decidió que tenía que resolver eso ella misma. Entró en la casa y cogió la escopeta de su padre. Se aseguró de que estuviera cargada y se metió un par de cartuchos más en el bolsillo de su pantalón del chándal.

            Después salió corriendo, sin hacer ruido - o intentándolo -, y los siguió en la distancia sin perderlos de vista.

           

            Como sospechaba, se dirigían al bosque y se desviaron del camino justo cuando llegaron a la altura de la cueva escondida. La policía había acordonado todo pero no había nadie allí. Esos hijos de... no tenían escrúpulos de volver a la escena del crimen a repetir un asesinato más, aún sabiendo que la policía les había descubierto.

            Isabel entró en la cueva cuando dejó pasar un par de minutos, pensando que así ellos estarían demasiado lejos para oirla levantar los arbustos y entrar.

            Le temblaba el pulso, aquella escopeta pesaba y estaba fría por que eran dos enormes tuvos de hierro medio oxidado. Ni siquiera sabía si esa antigualla podía disparar pero estaba segura de que si amenazaba a alguien con eso se convertiría en su esclavo. Nadie, con dos dedos de frente, querría que le encañonaran con esa escopeta y eso le daba la tranquilidad y la seguridad que necesitaba para continuar.

            Los cirios estaban recién encendidos, podía oler la cera recién quemada. Su seguridad se fue difuminando a medida que penetraba en la cueva. Había visto entrar a dos hombres encapuchados pero allí dentro se escuchaba el murmullo de una multitud. Sin embargo su sonido helaba la sangre ya que no eran personas que hablaran entre sí sino que entonaban cánticos espantosos, en latin, en los que podía entender que estaban alabando al demonio.

            Al darse cuenta de eso se detuvo. Las piernas le temblaron, era muy extraño que hubiera tanta gente allí dentro si no les había visto entrar. ¿Lo tenían todo planeado? No podían haber entrado durante la tarde ya que estaba la policía estudiando las pruebas, o eso le habían dicho.

            - Todo el mundo está compinchado - se dijo, aterrada, sabiendo que hiciera lo que hiciera ella podía ser la siguiente.

            No podía irse sin saber qué era lo que hacían allí dentro. Si debía morir, quería hacerlo sabiendo la verdad.

            Siguió caminando, abrazada a la escopeta de su padre y llegó a la gruta donde había... ¡Cielo Santo! Había miles de personas congregadas. Pero lo que más la paralizó por el pánico fue que no eran personas sino fantasmas encapuchados con voces tétricas. Solo había una persona de carne y hueso en el altar y era un vecino del pueblo, un loco que siempre andaba borracho y maldiciendo a la gente. Sobre la sábana del altar estaba el cuerpo inconsciente de Antonio.

            - Dios mío - susurró -. Esto debe ser una pesadilla.

            El loco tenía en sus manos un hacha enorme y estaba recitando rituales satánicos mientras levantaba el hacha sobre la cabeza del inspector privado. Isabel supo que si no hacía algo vería rodar su cabeza como debío hacerlo la de su padre unos días antes. Apuntó con su escopeta y se dio cuenta de que estaba demasiado lejos y podía matar también a su amigo.

            - ¡Detente! - gritó con voz temblorosa.

            Corrió hacia él sin dejar de apuntarle y el loco la miró como poseído por Satán.

            - ¡Infiel! - exclamó -. Matarla.

            Las ánimas se volvieron hacia ella y sus rostros le helaron la sangre. Eran esqueletos sin ojos, sin piel... La maldad de sus miradas la dejó paralizada y a punto estuvo de soltar su arma. Sin embargo tuvo el coraje suficiente para apuntar a los más cercanos y disparar.

            El bramido del arma retumbó en la cueva como un fuerte terremoto. Las paredes temblaron y los esqueletos a los que disparó se diluyeron en la nada al ser atravesados por cientos de perdigones de plomo.

            Aquel resultado le dió tiempo a recargar el arma. Al ver que el loco seguía su ritual corrió hacia él y alcanzó el altar antes de que las ánimas se acercaran a ella.

            - Suelta el hacha o disparo - le ordenó teniéndo su cara justo a la altura de su mira.

            - No puedes hacerme daño - dijo él, seguro de si mismo -. Aunque dispares, me rebotará y tú morirás. Me protege el príncipe de las tinieblas.

            Isabel frunció el ceño, incrédula.

            - Te aseguro que como no sueltes ese hacha te reventaré la cabeza y nadie reconocerá tus restos - replicó.

            Él no hizo caso a su amenaza y prosiguió su ritual. Cogió impulso como para cortar la cabeza a Antonio y ella disparó.

            Los sesos de aquel desgraciado se esparcieron por la cueva y en el instante que lo hicieron, las ánimas desaparecieron. El eco ensordecedor del arma, unido al chirrido del hacha al rebotar en el suelo pedregoso despertaron a Antonio que miró a su alrededor confuso y sin daber dónde estaba.

            - Buenas noches, dormilón - dijo ella nerviosa pero pletórica por aquel desenlace.

            - ¿Qué ha pasado? - preguntó.

            - Que una chica ha tenido que salvarte la vida.

            - Dios mío... - dijo él, al ver el cuerpo sin vida junto a su lecho.

            - No, Satán - corrigió ella -. Será mejor que no te cuente lo que he visto, no quiero que me tomes por loca.

            - Por el amor de Dios, cuéntamelo - suplicó él -. Te mentí, no soy inspector. Soy un detective de... lo sobretural. Si has visto algo que no puedas explicar yo puedo ayudarte.

            - ¿Cómo por ejemplo ver un templo satánico repleto de monjes de negro que en realidad son esqueletos y que querían que ese infeliz te sacrificara en su nombre?

            - ¿En serio? - preguntó atónito.

            - No, por supuesto que no he visto eso. ¿Estás loco? - rió ella, como si en verdad no lo hubiera visto. Nunca contaría a nadie lo que había visto, incluso ella empezaba a convencerse a sí misma de que había sido una alucinación.

           

 

            Antonio no consiguió que Isabel le contara lo sucedido, cuando salieron de la cueva ella fueron al cuartelillo de la Guardia Civil y dio testimonio de lo que había visto.

            - Seguí al que arrastraba el cuerpo de mi amigo y llegó a esta cueva. Luego se puso a hacer cosas raras en el altar y parecía que iba a cortarle la cabeza con un hacha. Le pedí que se detuviera y no lo hizo, así que tuve que disparar.

 

            Corroboraron los hechos y el caso quedó cerrado. Aunque Antonio trató de sonsacarle la verdad, ella ya había aceptado su propia versión de la alucinación así que no tuvo problemas en contarle lo que creyó haber visto.

            - Por supuesto, el miedo me debió jugar una mala pasada y no vi tal cosa.

            - ¿Eso crees? - preguntó él -. Déjame decirte que eres de las pocas personas que han visto la Santa Compaña Satánica y siguen con vida.

            - No sabía que existiera eso.

            - Las leyendas hablan de monjes vestidos de blanco que se aparecen a la gente antes de que éstos mueran. Todo encaja con lo que has presenciado ya que siempre hay un hombre vivo que les precede. Aunque normalmente estas personas no son conscientes de lo que hacen porque acude a los ritos cuando duermen, en estado de sonambulismo. Suelen ser personas muy creyentes.

            - Aquí no había más que un fanático de Satán.

            - Es la primera vez que escucho una historia así, pero al menos el caso lo has resuelto y me has salvado la vida. Es probable que yo fuera ahora mismo uno de esos fantasmas si no hubieras decidido seguir al hombre que me atacó.

            - Bueno, en realidad...eran dos.

            - Oh, vaya... - replicó Antonio, confuso -. Ahora que lo dices yo también vi a dos encapuchados y la mujer que me llamó también habló de dos monjes, arrastrando a tu padre.

            - Y ese loco no iba vestido así - repuso ella -. ¿Crees que los fantasmas te cogieron?

            Antonio la miró, negando con la cabeza.

            - No lo sé, Isa, pero estoy seguro de que ya no volverán.

 

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Comentarios: 7
  • #1

    tonyjfc (sábado, 22 enero 2011 10:28)

    Por favor, comentar qué os ha parecido la historia.

  • #2

    Lyubasha (sábado, 22 enero 2011 13:24)

    Hola otra vez:
    Voy a comentar también este final.
    Este me gustó más que el anterior, creo que tiene un ritmo más adecuado (el otro era demasiado rápido) y además me sorprendió (pensaba que no iba a tener mucha relación con lo sobrenatural, como en "La reliquia del ángel" pero me equivoqué).
    Como dije antes me pareció un relato muy bueno, y espero que no sea el último sobre Antonio Jurado :)

  • #3

    yenny (sábado, 22 enero 2011 17:49)

    EStoy de acuerdo con el comentario anterior este final es mejor que el otro aca se explica mejor el caso y me mantuvo en suspenso toda la historia.
    Espero que escribas mas relatos de este tipo en el que poamos escoger el final.
    Cuidate y sigue escribiendo lo haces muy bien tienes mucho talento.

  • #4

    Angelo (sábado, 22 enero 2011 19:34)

    totalmente de acuerdo con los dos comentario anteriores es final sobrenatural fue mucho , mejor por que el primero me pareció que fuiste muy rápido, en este segundo no explica si Antonio queda con isa . Pero en general goze la historia y en especial los relatos del detective privado me llaman mas la atencion. sigue asi tony.

  • #5

    x-zero (sábado, 22 enero 2011 21:38)

    pues la verdad que me gusto mas este final que el otro, en este si expl;ica lo que hacian en la cueva, son buenos los relatos que haces
    saludos

  • #6

    Nacho (jueves, 24 febrero 2011 16:45)

    el otro no explica tan bien como este lo que pasa y eso es lo mejor me encanto segui haciendo este tipo de libros con "opciones"

  • #7

    Carla (sábado, 02 julio 2011 00:35)

    Super bueno!! Me mantuvo en suspenso desde el inicio. Y me encanto. :)

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

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